Justicia literaria

Ajeno a los dimes y diretes de la República de las Letras, Gabriel Zaid, cuya apuesta ha sido por la conversación inteligente con el lector, analiza las diversas aristas del caso Alatriste, incluido su rol como funcionario de la UNAM. En la sección de Libros, Rafael Lemus reseña sus dos obras premiadas con el Villaurrutia.

La vida no es justa, y tampoco la vida literaria. Pero no hay que resignarse a la injusticia hecha a obras, autores, públicos, lenguas y países.

Hay injusticias irremediables: las obras perdidas, las lenguas extinguidas. Y no es fácil hacer justicia a todas las obras y lenguas ignoradas. ¿Qué sabemos de la literatura estonia, vietnamita o swahili? Se traduce poquísimo, y casi todo de unas cuantas lenguas. Se ha avanzado mucho en la justicia a la literatura náhuatl y maya, pero no hay nada semejante para las otras lenguas indígenas. Es injusto que el corpus de poesía cora recogido por Konrad Preuss en Die Nayarit-Expedition (1912) esté en cora y alemán, pero no todavía en español.

La traducción misma o las ediciones descuidadas pueden no hacer justicia a las obras. Hay que remediarlo. Las buenas traducciones y ediciones son perfectamente posibles. La buena crítica literaria también, incluso la que no se escribe, pero se ejerce por los editores de libros, periódicos y revistas, antólogos y jurados que dan premios.

Una injusticia irremediable está en el sufrimiento de los que sienten el llamado a las letras, pero no logran escribir algo importante. ¿Por qué las musas despiertan el deseo, y luego se resisten? Hay algo triste en los amores no correspondidos. Pero qué se va a hacer. Muchos son los llamados a la dicha de lo bien dicho y pocos los afortunados con ese encuentro feliz. Hasta los afortunados pueden acabar fuera del paraíso. No hay leyes ni cuidados que puedan reparar esa injusticia.

Para los afortunados, el premio está en la obra misma (el encuentro feliz), especialmente si resulta memorable, aunque el autor se pierda de vista. Antonio Machado exaltó esa consagración invisible que reciben los autores anónimos de coplas, refranes y metáforas memorables. Desear eso es preferir la gloria de las palabras a la gloria del autor. Recrearse en la obra (hacerle justicia) es más importante que reconocer a su creador (hacerle justicia).

Nada glorioso, en cambio, es tomar un texto ajeno y firmarlo como propio. Es una confesión de impotencia. No hay mayor desgracia que el desdén de las musas, y se comprende que los desgraciados traten de consolarse con un maniquí al que le ponen lo que les gusta. Pero la desgracia empeora con el robo, que debe ser castigado legalmente o cuando menos exhibido.

Las leyes, naturalmente, son fáciles de aplicar cuando se calcan párrafos exactos, no en casos menos obvios. Hay plagios involuntarios, cuando la lectura capta elementos atractivos que ni siquiera puede precisar en qué consisten, aunque después los use, recreándolos. No se puede llamar plagio a la influencia. La reinvención de la prosa que pasa de Julio Torri a Alfonso Reyes, de Reyes a Borges, Arreola y Monterroso, de Borges a Cortázar, es una creación personal en cada caso. Hay imitaciones legítimas, transparentes y hasta declaradas, como el famoso soneto de Fray Luis de León (“Ahora con la aurora se levanta”) que corre bajo el título de “Imitación del Bembo”. Hay hasta coincidencias asombrosas que no son plagios.

Pero resulta una coincidencia demasiado asombrosa (señalada por Guillermo Sheridan en su blog de Letras Libres, “Un premio mal habido”, 25 de enero de 2012) que el obituario de Camilo José Cela escrito por Javier Villán para El Mundo diga:

 

Sus escritos tienen esa savia y riqueza de carácter de alguien acostumbrado a lidiar los marrajos que la vida echa al ruedo.

 

Y que, cinco años después, en un arrebato de inspiración, Sealtiel Alatriste escriba también sobre Cela (“Un beso en una Alcarria soñada”, Revista de la Universidad de México, enero de 2007):

 

Sus novelas tienen esa savia y riqueza de carácter de alguien acostumbrado a lidiar los marrajos que la vida echa al ruedo.

 

Me limito a esa frase inconfundible para no cansar al lector con una transcripción más amplia del plagio; y me limito a este aunque hay muchos otros. La página de “Enrique Sealtiel Alatriste y Lozano” en la Wikipedia tuvo una sección completa dedicada a las acusaciones de plagio, suprimida el 27 de enero de 2012 (como puede verse en el historial de la página).

El mismo Alatriste habla de sus plagios en una declaración “Sobre la naturaleza de lo original”, donde dice que no son plagios, sino homenajes (sumamente discretos: sin comillas ni referencia al texto homenajeado). Reconoce que una novela suya de 1994 sigue a otra de Henry James “hasta el punto de que prácticamente la secuencia anecdótica es la misma y muchos de los diálogos de mis personajes están tomados literalmente de los de James”. Lo único original del premiado es la desfachatez: dice que no fue un plagio, sino “una especie de cita literaria elevada al cuadrado” (“Alatriste habla sobre su producción literaria”, El Universal, 2 de febrero de 2012, citado por Sheridan en “Que me equivoqué: que no son plagios”, El Universal, 7 de febrero de 2012).

Hay otras injusticias: los libros importantes que no se editan o reeditan, los que se editan mal o se traducen mal o no se traducen; las omisiones, errores, tonterías o sesgos de la crítica literaria; la piratería. Todas son, además, injusticias al lector.

Publicar un libro malo en una buena colección es un fraude al lector que confía en el editor. Juan José Arreola decía con resignación que toda buena editorial tiene su departamento de claudicaciones. Pero son claudicaciones. Defraudan. Van destruyendo un patrimonio social: la confianza del público lector.

Se dirá que los mediocres encumbrados no engañan a nadie, porque andan visiblemente desnudos ante los ojos de los buenos lectores. Se dirá que hasta los buenos críticos se equivocan. Es verdad. Si T. S. Eliot, Edmund Wilson, Xavier Villaurrutia, Octavio Paz y otras inteligencias semejantes votaran por las mejores obras literarias, coincidirían, digamos, en un setenta por ciento. Pero hasta sus diferencias de opinión orientarían al público, por inteligentes y creíbles. El buen juicio literario no necesita ser unánime para ser justo.

Escribir algo notable y celebrado por algunos conocedores es tan afortunado que no hace falta mucho más: basta con una buena edición. Que no salgan reseñas (o sean tontas), que no se venda mucho o que no gane premios, no es para ponerse a llorar. Pero no hay que olvidar el interés público: la injusticia a los lectores por los fraudes y ninguneos.

Ningún premio mal habido, ninguna reseña favorable para quedar bien, ninguna antología descuidada o complaciente, ninguna historia de la literatura con más oído para los nombres que ojo para los textos, ninguna claudicación editorial, engañará a los buenos lectores. Pero destruyen la fe pública, desorientan al público lector y hacen perder el tiempo.

Hoy que se publica tanto, es imposible leer todo para escoger lo que interesa. Los avisos de unos lectores a otros son indispensables: no te pierdas esto, no me convence aquello. La división del trabajo explorador sirve para compartir hallazgos y ahorrar tiempo. La recomendación creíble es un tesoro. La crítica profesional debería ser la extensión de este servicio amistoso a todos los lectores: los amigos desconocidos que necesitan y agradecen la orientación inteligente y sincera. Cuando no hay reseñas, antologías, editores ni premios en los cuales se pueda creer, pierde la sociedad: se vuelve menos.

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