"Como siempre, eres un delirante", le dijo Dionisio Ridruejo a Ernesto Giménez Caballero

Giménez Caballero y Ridruejo siguen trayectorias opuestas: el primero pasa de ser un vanguardista original a un servidor del franquismo, mientras el segundo se transforma de falangista dogmático en demócrata liberal. Jordi Gracia estudia las relaciones entre estos dos autores.

Mayo 2006 | Tags:

El deterioro no fue súbito pero sí empezó temprano, y aunque su precocidad fue mucha, y fue prolífica, la decadencia de Giménez Caballero como escritor va pegada a la rueda fascista. Cuanto más franquista y más católico, menos interesante como escritor, como ensayista, como imaginativo imprevisible, imprudente también, y sin duda variadísimamente brillante y raramente culto. De ese Giménez Caballero anterior a la guerra, fascista juvenil y pletórico vanguardista, se pueden leer muchas cosas que todavía hoy sobresaltan por su vigor, por su imaginación, por su fecundidad creativa: es el que está antes de hacer (a mano y muy bien) La Gaceta Literaria de 1927 y el que está también después de eso, virado abiertamente a la expansión del fascismo desde Italia y hacia España, de la mano del futurismo o de Curzio Malaparte, a quien traduce y prologa. Y por eso es más difícil de explicar la ceguera santurrona o teatralmente beata de un creyente fanatizado por la fe religiosa y la fe política, cuando han ganado ya la guerra y aspira a tocar poder real y verdadero, de acuerdo con sus propias profecías (o, mejor, solicitudes en toda regla) escritas en Arte y Estado de 1935.

Los últimos textos que ha incluido José-Carlos Mainer en su reciente antología de Giménez Caballero Casticismo, nacionalismo y vanguardia (Fundación Santander Central Hispano) proceden de ahí y ahí se planta. Lo ha avisado en el prólogo, advierte que es también práctica común entre quienes mejor conocen la obra del escritor, y deja sin recorrer una senda progresivamente depresiva tras la guerra, e incluso durante la guerra. Hay material para hacerlo, sin duda, pero es muy descorazonador porque se trata de otro Giménez Caballero, o del peor de los anteriores. Algunas cartas y algunos documentos de los años cuarenta, dirigidos a quien fuera su devoto lector con veinte años, Dionisio Ridruejo, son particularmente luminosos del eclipse literario que padece el escritor a cambio de la proliferación incesante de panfletos y artículos políticos religiosamente franquistas. La edición de esta espléndida antología puede ser el pretexto para mostrar algunas calas en el fascismo seco y retrógrado de un vanguardista que ha dejado de serlo para hacerse más franquista que nadie, además de mostrar el talante indesmayable de un fascista en plena guerra, que es lo mismo que decir en plena posguerra. Una y otra vez hay que seguir documentando la culpa más irredimible del primer franquismo: la prolongación efectiva de la guerra en la victoria desde el 1 de abril de 1939. No sólo ya en términos de represión y asesinato administrativo y programado, no sólo a través de los múltiples campos de concentración o las depuraciones angustiosamente arbitrarias e impunes. Porque las cartas y artículos de Giménez Caballero a Ridruejo muestran crudamente la convicción, íntima y política, de que la guerra no sólo no ha terminado sino que está viviendo en 1942-1943 momentos dramáticos. Fuera de la península ha de ratificarse lo que prometía el resultado de 1939 dentro de la península: la victoria contra el comunismo, el rojerío internacional, la masonería y el aplastamiento total del republicanismo (exiliado, sí, pero no del todo ni suficientemente extinto).

Giménez Caballero sabe en 1942 que Ridruejo es un celoso falangista, comprometido con el fascismo hasta el fondo, y discrepante del franquismo desde el principio y ya explícitamente desde su regreso, muy consumido, de la División Azul. Entonces decide dimitir de sus cargos (y sueldo) en el nuevo Estado, abandonar la dirección de Escorial y escribir a Franco el 7 de julio de 1942 una carta muy crítica con el curso del régimen. La respuesta de Franco es altamente benévola, porque se limita a confinar en Ronda (Málaga) a un falangista que ya lo anduvo mareando desde 1937, a vueltas con el Decreto de Unificación de Falange con el tradicionalismo carlista, que es cuando conoce a Giménez Caballero. Fue el propio Giménez Caballero quien contó años más tarde que Ridruejo le había salvado la vida junto con Agustín de Foxá y otros, al detener a los camisas viejas dispuestos a pasearlo en respuesta a su discurso favorable al Decreto de Unificación que preparó Franco para abortar desde dentro los brotes revolucionarios de Falange. Es posible que Giménez Caballero no supiese demasiado bien qué estaba en juego ni qué dejaba de estar en ese Decreto de Unificación y que su conducta tuviese más que ver con impulsos entusiastas que con cálculos de intereses políticos. Sin duda sí lo sabía, y muy bien, Dionisio Ridruejo, porque en esa pugna estaba enrolado con los más estrictos legitimistas, como Pilar Primo, Agustín Aznar, etcétera.

Su amistad fue por tanto tardía, y no muy intensa porque no podía serlo. En cierto modo era verdad que sus caminos fueron inversos, como quiso explicar Giménez Caballero en Retratos españoles (Planeta, 1985). Mientras Giménez Caballero descubrió el fascismo en 1928 desde el liberalismo, Ridruejo desdeñó el fascismo desde 1942 para hacerse liberal. No es muy exacta la fecha que pone Giménez Caballero, desde luego, pero le es útil porque encaja con la etapa en que mantuvo mayor contacto amistoso con Ridruejo, como si sólo el momento de la marginación de un meteorito triunfal (Ridruejo) fuese propicio para entrar en relación con él. Lo advirtió el propio Ridruejo en Casi unas memorias (Planeta, 1976, p. 158): “¿Qué clase de hombre era éste que me había rehuido en mis horas de poder y me buscaba en las de desgracia?”.

Giménez Caballero llegó a escribir que el destino de Ridruejo “era el previsto en mi Genio de España: ¡recrear nuestro Catolicismo!” (Retratos españoles, p. 194) y volvía a equivocarse. En realidad se equivocaba con plena conciencia, resistiéndose a aceptar (¡a la altura de los años ochenta!) que Ridruejo no acabase siendo lo que él quería, resistiéndose a que la deriva de Ridruejo regresase a la aguas del liberalismo, tan desnutridas, tan poco heroicas: “La socialdemocracia es poca cosa, vulgar cosa para ti” (íbid., p. 192), dice Giménez Caballero que le espetó a Ridruejo ya en los sesenta, cuando el antiguo camarada bregaba con un par de docenas de amigos (Juan Benet, que era tesorero del PSAD, Fernando Chueca, Jesús Prados Arrarte, Pablo Martí Zaro, etcétera.) en esa clave política tan desangeladamente sensata. La mística política de Giménez Caballero se había borrado mucho tiempo atrás del caletre de Ridruejo y en cambio había seguido crepitando en la del Robinsón literario de los años treinta sin que quedase ya la frescura, ni la brillantez, ni la pulsión estrictamente creadora: quedaban las manías y quedaba el dogmatismo ideológico que no tuvo en sus orígenes intelectuales. Su mismo perfil esquinado e hiperplural le había hecho antipático a todos, o inoportuno, como quiere Mainer en su introducción, porque no era de fiar, porque andaba a brincos no sólo en el papel sino en la vida intelectual y política cotidiana. En realidad, el instinto irracionalista y casi vegetativamente transgresor del vanguardista no había estado nunca entre los rasgos estéticos o morales de Ridruejo, ni siquiera en sus tiempos más febriles de fascista.

Genio de España o la vanguardia fascista

Por eso conviene prescindir de los cortes rígidos y volver a mezclarlo todo, que es como anduvo entonces, y advertir que la fragua de aquel juvenil fascista que es Ridruejo en 1933, con 21 años, no tiene como referente sólo a Giménez Caballero y tampoco sólo a quienes en seguida estarán en su círculo de amistades madrileñas de 1935: Agustín de Foxá, Samuel Ros, José María Alfaro, Eugenio Montes y también José Antonio y Pilar Primo de Rivera, a quienes llega por sus hermanas, y por la mujer de la que se enamora, Marichu de la Mora (muy íntima amiga de José Antonio, futura mano derecha de Pilar Primo y después, hasta 1943, en relación sentimental también con Dionisio). Algunos amigos de Ridruejo de 1933 tienen filiación falangista, como Xavier de Echarri o Samuel Ros, pero otros se sienten indudablemente en la órbita de la CEDA y Gil Robles, y particularmente en lo que el propio Gil Robles había reconocido como su vanguardia juvenil, la Juventud de Acción Popular (JAP). Pero incluso para los mismos japistas eso es una forma de fascismo que no dice su nombre ni se atreve a reconocerse como tal fascismo. Son colegas que han estudiado con él en los agustinos del Escorial, como José Antonio Pérez Torreblanca, Francisco de Cáceres, o Luis Felipe de Peñalosa, sobrino del Marqués de Lozoya, y que en algún caso, como en el de Cáceres y Echarri, han hecho antes que el propio Ridruejo el paso por la Escuela de Periodismo para graduados de El Debate, es decir, ligada a la Asociación Nacional Católica de Propagandistas y cuyo perfil político fue explícitamente la CEDA. Lo que leían y se decían antes del Alzamiento anuda un cabo más en la compleja secuencia de la formación del fascismo español y las complicidades que acabaron uniéndolos, ya sin fisuras, para favorecer en la primavera de 1936 el inmediato golpe de Estado.

Giménez Caballero había aspirado a ser, como escribió en Arte y Estado, en 1935, ministro de Propaganda de la España fascista del futuro, y eso estaba muy cerca de ser lo que era precisamente Ridruejo desde 1938 y dejaría de ser a principios de 1941. Pero es que además el libro seminal del fascismo del joven Ridruejo de 20 años, en 1932, es sin duda Genio de España. Hacia los años setenta, Ridruejo contaba que lo había descubierto en manos de Antonio Robles en 1932 (“es un disparate fascista del Giménez Caballero”, le dijo) y le faltó tiempo para buscarlo… Todavía en los años setenta lo describía como libro “vibrante y alucinado”: “estábamos pendulando entre los manifiestos futuristas de Marinetti, la visión de El Acorazado Potemkin y la lectura de Menéndez Pelayo. El libro no corregía el estilo –simplificaciones y relumbres– del autor. Pero me fascinó” (Casi unas memorias p. 156). Y de otro libro suyo de 1928, recogido también por Mainer y extrañamente valioso todavía hoy, Los toros, las castañuelas y la Virgen, diagnosticaba así: entre las “generalizaciones de brocha gorda” y las “relaciones sorprendentes” emergía un “tejido de arbitrariedades en el que, de vez en cuando, saltaba la chispa de la genialidad” ( p. 156).

Desde entonces no cejó en recomendar Genio de España, prestarlo, difundirlo entre amigos, compañeros de estudios y ya camaradas, como Xavier de Echarri. Sus cartas de entonces son radiografías del protofascismo juvenil y la impotencia exasperada en que se están moviendo ambos hacia 1933, cuando empiezan a militar en Falange. Echarri se mofa con descaro de la cursilería de Juan Ramón Jiménez, porque es “para vomitar”, y a cambio agradece en marzo de 1933 una carta de Ridruejo, entonces director de la revista Ensayos, de los agustinos del Escorial, porque es “magnífica, lírica, fascista, cordial y literaria, buenamente literaria”. De paso se burla de otro colega, futuro falangista y divisionario, Román Escohotado, por una colaboración en la revista de las vanguardias Papel de vasar: “ignora en absoluto que estamos en 1933 y que ya es hora de retornar a formas simples y a emociones puras”, que es lo que en cambio sí logra hacer el poema de Ridruejo que publica el mismo número de Ensayos, y lo glosa ampliamente: “ya estás reintegrado a la poesía, como todos nos reintegramos a algo: a España, a su esencia, a su valor y a su valer. Igual, como producto de sinceridad e impulso de patriotismo y de emoción. Así, de patriotismo escribiéndolo ya a grito de pluma, sin que nos parezca cursi ni ridículo: que ya hemos descubierto también nuestra confusión entre lo heroico y lo ridículo y entre lo ridículo y lo salvador”. Y dada la tónica, no extraña que le mande para la revista un artículo que “no creo que sea impublicable por fascista. Y que sigas enamorado, y bien enamorado y poeta, buen poeta y fascista, es lo más que se puede pedir a un hombre. Yo, querido capitán Dionisio Ridruejo, de las juventudes fascistas españolas, sigo mi vida sin una sola incidencia...”.

A este Echarri de veintipocos años, futuro primer y breve director de Arriba en 1939, y director después de La Vanguardia desde 1960, le entusiasma la naturaleza “cruda, que es la auténtica, lejos de la primavera de Madrid” y cada vez se siente más lleno de “espíritu rural. En esto como en todo estoy con Malaparte”, y aprovecha la alusión para reclamarle a Ridruejo los libros que le ha prestado. La carta es del 18 de marzo de 1933; unos meses después, en septiembre, Ridruejo recibe carta de otro compañero de estudios también en los agustinos del Escorial, José Antonio Pérez Torreblanca, a punto de iniciar oposiciones de letrado del Tribunal de Garantías y a punto de licenciarse como alférez. Ridruejo le ha prestado con mucho entusiasmo Genio de España, pero se lo ha prestado antes de saber que José Antonio, dos años después, ha de decirle a propósito del libro que es “demasiado simple” y lamentable, además, la “vena presuntuosa de aparecer como un Führer, lo que es algo ridículo” (Casi unas memorias, p. 54). A Pérez Torreblanca le iba a parecer lo mismo, para sorpresa y lección del joven Dionisio, que recibió este análisis de su amigo en 1933: “empecé a leerlo de mala gana, francamente. Le había dado un vistazo en el camino [hacia el cuartel donde hace el servicio militar] y me hizo daño ese estilo a pellizcos, pretendidamente travieso, que hace del Robinsón un enfant terrible poco digno de respeto. En la primera guardia de sargento que hice me propuse devorarlo”, pero se lo habían robado: “corrió la misma suerte que aquella Venus mecánica [de José Díaz Fernández] que yo, tan granujamente, no te he repuesto. Es el destino fatal de todos los libros que me prestas: me los roban”. Por fin compró otro y lo leyó:

Tranquilamente. Pareciéndome Giménez Caballero un hombre de ráfagas puras y de breves atisbos geniales. Me ha puesto siempre contra él la conciencia de su inconstancia –no inquietud– y su aparente falta de veracidad. Tiene una manera de hablar escribiendo, un gesto, que levanta asco, no sé por qué. Quizás sea falta de madurez. Da risa pensar en esa oscura pretensión de Führer o Duce que le corre bajo la piel de las palabras, como un hilo de agua entre la arena. Bajo las ráfagas puras, el aletazo de no sé qué endiablada conciencia de providenciales designios y tal. Eso nos dice su actitud en el Robinsón literario de España.

Y también eso dice, explica en seguida, su sentimiento de ser la “única alma nieta de la generación catastrófica”, por 98, evidentemente. Y frente a las imágenes musicales que emplea en el libro, la irritación se exaspera porque “con el tema de nuestra salvación no se pueden hacer acrósticos”. De ahí que en seguida explique que la verdadera sustancia del libro está ya dicha “machacona e inhábilmente” por Ramiro de Maeztu en sus series sobre la Hispanidad de Acción Española, y en seguida las cita todas (además de suscribir a Ridruejo por cuatro meses). Y lo resume así: “Que nuestra salvación está en volver a ser como Dios quiso y nos crio. Que nuestra conducta en las cosas del gobierno temporal, ha de ser la que exige el mando único, la autoridad, la jerarquía, la colaboración gremial, la lucha contra los enemigos, el saber constante y profundo del fin trascendente”. No hace falta añadir que le ha gustado mucho la refutación de Ortega: “¡Toma Ortega!”.

Paco Cáceres es otro íntimo segoviano, que como Echarri había pasado ya en 1936 por la Escuela de Periodismo de El Debate, de Madrid, que es donde iba a permanecer Ridruejo entre octubre de 1935 y junio del año siguiente, cada vez más seguro de su fascismo. Es amigo de Foxá, ha cruzado algunas palabras con José Antonio (que le escribe a la redacción de El Adelantado de Segovia elogiando su mano de poeta, tres veces subrayada la palabra poeta, en agosto de 1935), íntimo de otro falangista como Samuel Ros o el propio Echarri, y afortunado participante en diciembre de 1935 en la cena que dio a luz la letra del Cara al sol. Cáceres ejerce de periodista en Oviedo en 1935 y después de la guerra, en 1940, será nombrado por la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda (allí está todavía Ridruejo), director del periódico Alerta en Santander. En 1935 Ridruejo anda insistiendo en el mismo El Adelantado de Segovia –en cuyos talleres imprimió a su costa el poemario que motivó la carta de José Antonio, Plural– para que publiquen un discurso de José Antonio, que no llegan a publicar, y acepta el nombramiento de jefe del sindicato universitario de Falange de una capital que no tiene universidad (y los falangistas no pasaban de treinta muchachos, casi todos menores de edad…).

El fascismo de jóvenes gil-roblistas

Sus amigos están mucho más próximos a la JAP que a Falange, pero acabarán allí o en las periferias ya muy fundidas en un solo frente desde julio del 36. Ahora, en mayo de 1935, Paco Cáceres está sumido en las primeras decepciones de la juventud, una leve crisis de fe –“Dionisio, si no fuéramos a Dios por la fe, habríamos de buscarlo por aburrimiento”–, muy desconfiado de la política pero nada inactivo en sus curiosidades intelectuales. Ha visto en el Teatro Escuela de Arte La cacatúa verde, de Schnitzler –“es un teatro de masas no aborregadas del que ni siquiera tenemos noticia”– y Before the Breakfast de O’Neill, que le gusta pese al destrozo de los actores, y ha leído Diablo mundo y ha visto en cine una “película sorprendentemente buena, Yo he sido espía” y un día después escuchó la conferencia de “Juan de Lozoya, marqués de Contreras”, dictada en Acción Española sobre Felipe ii: “interesantísima: ni la detracción absoluta ni el encumbramiento a semidiós” y lo estupendo fue “la compenetración de la arquitectura y la política del Rey”, y todavía pudo ver bailar a la Argentina para quedarse deslumbrado en particular por el baile más popular, “la corrida”, cuyo mérito fue “no conceder al realismo más que dos o tres movimientos esbozados, y sin embargo, conseguir todo el ritmo y toda la gracia de una fiesta de toros”; el resultado fue una ovación interminable: “el pueblo loco ante la gracia auténtica y honda de la raza, y los intelectuales ante el prodigio de estilización. El telón se levantó diez veces”.

A Cáceres le subleva particularmente la cobardía de la jap, “ese miedo tan horrible a parecer fascistas, ese hacer desfiles con filas cuidadosamente descuidadas y batir de pies regularmente irregular”. Y la sobreabundancia abusiva allí de curas y mujeres, cierto “olor a beata y sacristía”, se enmendaría “militarizando la agrupación” : “si la jap va aumentando el carácter deportivo que empieza a tener, si en sus desfiles consiente a sus miembros marcar el paso, si caen muertos unos cuantos japistas y, finalmente, si se crea un uniforme, quizá peligren las fuerzas falangistas”. No ha conseguido reducir todavía su distancia con respecto al ideario de FE, le explica a Ridruejo, y la razón en el fondo es que la pretendida “amplitud liberal” que pudiera llevar Gil Robles no es verdadera ni auténtica, y cambiará por la fuerza de las circunstancias: “Cuando los socialistas se le pongan de morros comprenderá la absoluta necesidad de aniquilarlos”, lo que no parece virtud exactamente cristiana. Y en esas mismas fechas, 21 de noviembre de 1935, un tal Ricardo, amigo que no identifico pero muy próximo a la familia y al propio Dionisio, le comenta el discurso de “tu Jefe” favorablemente pero sin adherirse a él, como los demás, como Torreblanca, como Cáceres, como Luis Felipe de Peñalosa, pese a frases como esta misma: “Yo sinceramente creo que, mientras los hombres no vuelvan a matarse por Cristo y por España, nada podrán conseguir. Claro que esto está muy unido, muy cerca de lo que Primo de Rivera dijo sobre la Religión y el Ejército, pero es que aunque esté muy cerca, muy cerca de tu Jefe, me falta lo sustancial, que es la fe”. Lo cual deja admirablemente formulada la doble fe del fascismo español, católica y política.

Tras la victoria del Frente Popular, en algunos de ellos las cosas cambian. Paco Cáceres lo confiesa sin remilgos y brutalmente en carta fechada el 17 de abril de 1936, cuando empieza en pleno arrebato de inventario con las “ganas de rabiar, de blasfemar, de morder, de matar. […] No pienso ni discurro, grito siempre, busco la discusión para chillar y desahogarme” y está dispuesto sin más a las armas:

Cada día es más fuerte en mí la creencia de que nada se puede hacer ya en España con la palabra; que lo que se requiere es que el monólogo pistoleril marxista, que apenas ha obtenido algún monosílabo férreo en forma de bala de nuestro campo, tenga la adecuada contestación de descargas cerradas. Hace falta sangre, mucha sangre que purifique este ambiente de asco que se respira en toda España. ¿Qué esperan esas derechas para retirarse de la Cámara, después del discurso de Azaña de ayer? Bien claro está: “yo no emplazaré baterías contra la masa”. Es decir, “Aprestad las armas y defendeos; de mí no esperéis apoyo”.

La radicalización de la carta le lleva a pedir:

armas, armas y barricadas para reconquistar España. ¡Viva la Falange!, Dionisio, que es la única que hasta ahora ha aceptado la lucha en el terreno que se ha planteado. “Amo el atentado personal”, como dice un redactor mío que es de los tuyos. Estaba por decir de los nuestros. Y lo digo, ¡qué porras! No sé si siento todo el programa de fe, pero siento, sé que su táctica es la única posible en nuestros días, y que España no admite matices ahora, sino que está dividida en dos partes, de las cuales una es el “partido de los hombres”. La España y la antiespaña, que antes eran una elucubración política, son hoy una realidad.

Rancia vanguardia

Las fronteras entre JAP y FE en 1936 no pueden ser más difusas y porosas, al menos entre los jóvenes (que son quienes están ahí). Mainer recuerda en su edición que parte de Arte y Estado se había publicado precisamente en Acción Española, esa revista a la que los amigos han suscrito a Ridruejo, y que es “el cogollo intelectual mismo del autoritarismo clerical y monárquico, que no era mal compañero del fascismo aristocrático y suavemente historicista de Rafael Sánchez Mazas y Eugenio Montes, pero que tenía muy poco que ver con el fascismo montaraz y virulento de Giménez Caballero” (p. LX). Montaraz y virulentamente… moderno, fascista, tan reaccionario y tan moderno como para hacerse explícitamente franquista en plena guerra, incluso más que nadie, o tanto como el que más. O mucho me equivoco, o lo que le puso Ridruejo en la dedicatoria de su libro Primer libro de amor, de 1939, era justamente la intuición de que Giménez Caballero está más allá de la vida racional porque actúa literariamente siempre, incluso cuando lo que está en juego es... él mismo: “A Ernesto, al que admiro y temo”.

Quizá por eso Ridruejo no contaría con él ni durante la guerra, en la famosa oficina de Burgos por donde anduvo el núcleo del fascismo intelectual (Foxá, Laín, Tovar, Torrente, Vivanco, etc.), ni tampoco después, cuando Ridruejo y Laín organizan desde Falange la revista Escorial, ni tampoco en el proyecto de semanario que hacia otoño de 1939 lleva en la cabeza Ridruejo (y que quedará en nada). Y, sin embargo, Giménez Caballero no deja de mandarle cosas y papeles al confinamiento dulce que ha decretado Franco para el falangista rebelde, instalado en el Hotel Victoria de Ronda, en Málaga, desde octubre de 1942 y hasta mediados del año siguiente. Vive con apuros económicos ciertos y tiempos muertos interminables, también fecundos para los experimentos literarios: empezar una o dos novelas, componer unos dramas que no irán nunca a las tablas pero alguno saldrá en Fantasía, hacer muchos poemas, leer a Rilke (alojado años antes en aquel mismo hotel) y a Montaigne, a Quevedo y a Machado, a Séneca y a Pla. Es así como va a ir digiriendo la consciente temeridad de expresar a Franco su discrepancia ante la evidente insufiencia fascista de su régimen.

No estoy seguro de que Giménez Caballero creyese lo mismo, aunque sí compartía sin duda la angustia de la guerra en Europa y sólo desde ese ángulo se entiende la alarma de un artículo que le manda a Ridruejo “al regreso de la Europa actual con bombardeos en Milán y acompañando las tropas alemanas desde la frontera suiza hasta Cervère” (18/11/1942). Fue inequívoca su solidaridad, y por eso precisamente levemente burlona, con el que había sido Jefe Nacional de Propaganda cuando dejó de serlo, “un poco castigado como chico malo. Hubiera preferido verte aquí en Madrid –le dice en la misma carta de noviembre de 1942–. Pero ya que estás ahí te deseo lo que justamente obtendrás: mayor purificación de tu ánimo y mayor madurez de visión. Nos esperan días cenitales donde se necesitarán almas muy batidas y experimentadas”. Y que eso se lo diga precisamente Giménez Caballero no deja de resultar chocante. Porque es el mismo que en mayo de 1943, y ante el “menor barullo y algarabía” que ha despertado la segunda recluta de voluntarios para Rusia, le manda un artículo que no consigue colocar en parte alguna, pese a que según una Hoja del lunes de 31 de enero de 1944, Giménez Caballero “no desmaya en aquel su arraigado anhelo de que resplandezca, en la actual hora española, el verdadero sentido…”. Y tiene razón, desde luego, porque el autor de Nuestra España lo es también, como Consejero Nacional de Falange (y ese es el membrete que usa cuando escribe a Ridruejo), de grandes cantidades de artículos en Arriba desde 1939 y desde 1940 también responsable en Solidaridad Nacional de series tanto doctrinales (sobre la naturaleza del nacional-sindicalismo) como más recreativo-literarias con pretensiones teóricas (sobre los catalanes, por ejemplo).

El artículo impublicable se titulaba “Deber”, ignoro si llegó a verlo impreso, pero en todo caso sí debió de ser de los que justifican el temor que Ridruejo sentía por aquel amigo al que le debía en gran medida su temprano fascismo. Porque además de ser una apología franquista rotunda, como nunca se le puede leer a Ridrujeo en ningún lugar, es también una llamada al arma falangista para proteger la Victoria de la amenaza de la revolución comunista y masónica y asegurar la anulación interna del enemigo en términos literalmente extravagantes (o delirantes) en 1943: “¡Nadie os engañe! Ese clarín que suena no es de desesperación ni agonía. Sino de contraataque decisivo. Quizá Dios depare a España en Rusia jornadas de gloriosos avances y de irrupciones como aquellas tras Teruel (hoy Stalingrado) y Gandesa (hoy Jarkov)”. Es una llamada al deber porque es preferible “morir cara a cara ahora en Rusia que como conejos en una España otra vez hedionda, traicionada, masónica y con olor a retrete miliciano”. Y razona tramposamente sobre la menor resonancia de esa llamada a voluntarios para Rusia porque significa, dice, “la angustia de cerciorarnos que todo el sacrificio de tres años y de tres siglos para dotar a España de honor, de vergüenza, de unidad y de reivindicaciones sagradas, han sido aparentemente inútiles frente a la marea cada vez más densa de los renunciatarios, los traidores y los pactantes con el implacable y eterno enemigo”. No hay que interpretar, por tanto, ni abstencionismo falangista, ni debilidad franquista sino algo mucho más grave: “la sospecha de que nuestro esfuerzo pudiera pronto ser más urgente aquí que allí. Y porque miramos ansiosamente el cariz amenazante de África, nuestro frente natural histórico”, donde el aquí que subraya Giménez Caballero vale por la población derrotada y nada más que expectante ante la evolución de la segunda guerra, todavía muy poco clara según la descarada tergirversación informativa de la prensa española. Y frente natural no vale por linde sino por frente de batalla, y es una de las obstinaciones de aquel Giménez Caballero enredado en su pasado tanto como obcecado en su presente.

Algo semejante le explica en otro documento que le manda y que es una carta-artículo en homenaje a Emiliano Aguado (que ha sido premio José Antonio y tiene banquete en Escorial), con una retórica de guerra, vengativa y revanchista, extremosísima y triunfal, y... asustada, porque ahora es peor que en el 98. Igual que entonces, España se dedica ahora a los bailes y los saraos, olvidada de la hora que se juega en el mapa de Europa: “Yo no puedo comer ni reír ni conversar, pensando que nuestros camaradas en Rusia pueden ser copados mientras que aquí en Madrid se baila en Pasapoga y se aumentan los langostinos y la gasolina para que triunfen y se diviertan los que no hicieron la guerra y los que quieren que la victoria de Franco se derrumbe”. Por eso la consigna es “¡Vuélvanos Franco a las comidas sacras de cuartel y rancho! ¡Vuélvanos a sus Órdenes y Consignas, sin discusión alguna, sin articulados en Comisiones y Leyes de papel y de barullo! Vuélvanos al clima heroico y sublime donde aprendimos a amarle, a obedecerle, a reverenciarle como el Salvador de todas nuestras miserias seculares, de todas las vergüenzas y renunciaciones indecibles de España”. Y así quizá se acabará por fin con “todos los rojos de la guerra civil, agazapados en los trincherones aún no derruidos de la Península”. La razón es clara, por supuesto, y es estrictamente franquista: “la revolución avanza de nuevo desde Rusia, levantando –contra el sacrificio de tres años inenarrables de victorias españolas– todos los fermentos inextintos de rencor y de odio que infestan el mundo!”. ¿Tan lejos están estas animaladas de las que profería un paranoico criminal como el capitán Aguilera, que ha exhumado Paul Preston hace poco? “‘Tenemos que matar y matar y matar, ¿entiende?’, le dijo a[l periodista] Whitaker. Y lo que hacía en realidad no era otra cosa sino expresar la opinión de su jefe, el general Mola”. (Preston, en Culturas y políticas de la violencia. España siglo XX, Madrid, Siete Mares, 2005, p. 203).

¿Para qué le mandaría Giménez Caballero semejante panfleto a un hombre que precisamente por chico malo no es probable que suscribiese semejante ristra de babosería patriotera y sobre todo más franquista que ideológicamente falangista? Es verdad que no menos de cuatro cartas entre las ocho que recibe Ridruejo en su confinamiento de Ronda hablan de entretenerlo con esos papeles, pero quizá a costa de destemplarle los nervios. Quizá acabe siendo verdad que todo, incluido su franquismo desnudo y patético, lo hizo Giménez Caballero por lealtad estética o fidelidad literaria a a la impunidad de la letra, y quizá por eso mismo su literatura fue ese delirio organizado y consciente, menos caprichoso de lo que aparenta visto a pedazos, u hojeado a ratos perdidos. Pero que fuese un delirio coherente no resta nada de la peligrosidad latente en ese sujeto que parece no discriminar entre vida y literatura, o entre la realidad y sus delirios, ni siquiera cuando escribe a un amigo sin que aparente entender qué es lo que está pasando. En la vanguardia anida ese esguince de la razón que ha de hacerla vulgar y rancia: Mainer enfoca por ese lado la relectura de la obra vanguardista de Giménez Caballero e inevitablemente (inevitablemente en el caso de Mainer) el prólogo contiene no tanto un proceso a la vanguardia estética y literaria de entreguerras como un proceso a la beatería con la que hemos tendido a mirar a la vanguardia. Albergó mucha metralla preparada para traspasar las fronteras de la recreación estética o literaria y andar a tiros que no eran ya retóricos sino materialmente mortales.

Es verdad que Pere Gimferrer prologó hace veinte años aquellos Retratos españoles de Giménez Caballero y que ahí anduvo con pies de plomo para discriminar “la materia del libro” de lo que era propiamente su “existencia como artefacto literario”, y era por ahí por donde todavía latía la “vitalidad de los fogonazos” o, mejor todavía, su “capacidad ininterrumpida de delirio visionario organizado y sistemático”: fuera de lo real, al margen de lo real, por encima o por debajo de lo real, en todo caso circunscrito, según Gimeferrer escribía piadosamente, a los márgenes de lo escrito sobre el papel... Y quizá es así, pero el impulso insurrecto de la vanguardia se ha traducido ya en voz extraviada en la idolatría franquista: “opúsculos de apología delirada, en los que sólo de tarde en tarde brota un destello de la antigua chispa” es como llamó Ridruejo a aquella producción literaria de Giménez Caballero en Casi unas memorias (p. 158), y quizá ni siquiera eso había quedado ya del dulzón julepe de menta. ~

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