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DICIEMBRE DE 2007Entrevista con Adam Michnik
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¿Cómo interpreta Adam
Michnik la deriva populista de Polonia?
No me parece que sea un fenómeno exclusivamente polaco. Esto
ocurre en todos los países poscomunistas. Es interesante que su rostro
ideológico no sea importante, porque ese populismo puede tener un rostro y un
lenguaje de izquierda, pero también el rostro y el lenguaje de la derecha.
Incluso un rostro de izquierda sin la tendencia nostálgica.
En primer lugar, en la época de la dictadura, el Estado
era como un gran y severo padre que garantizaba el trabajo, la vivienda, la
educación, la salud, las vacaciones de los niños, etcétera; su pérdida genera
confusión y temor. En segundo lugar, es necesario reconocer que la economía de
mercado genera desigualdad, que puede ser explotada de manera demagógica y
populista, con un discurso organizado contra los nuevos ricos que tiene
aceptación popular. Este discurso se basa en la descalificación de la política,
argumentando que por definición todos los políticos son corruptos y que todas
las elites están corrompidas. Otro elemento del que abreva el discurso
populista es el aumento de la criminalidad.
En el lenguaje de
la izquierda poscomunista y populista se insiste en que hay que ser muy
prudentes y desconfiar del capital extranjero, porque la patria es víctima de
las grandes fuerzas internacionales que quieren adquirir todas sus riquezas
naturales: carbón, petróleo, minerales, etcétera. Para el otro populismo, el
que utiliza el lenguaje de la derecha, su tesis es que todos los países están
gobernados los ex aparatchik del
comunismo y que nada ha cambiado. En ambos casos, las emociones son parecidas y
van dirigidas contra el capital internacional, las elites intelectuales y los
negocios.
Pero, ¿no hay una
especificidad polaca en este panorama general?
En el caso concreto de Polonia está en el poder una coalición
bastante singular, integrada por dos partidos que anteriormente eran
considerados enemigos de la democracia. Por un lado, la Liga de las Familias Polacas
o LPR y del otro, el Partido de la Autodefensa. El
primero es un partido clerical, de corte fascista, mientras que Autodefensa es
la versión criminal, aventurera y chovinista del poscomunismo. Desde luego que hoy en día estas fuerzas en el poder están en el
Parlamento y aceptan la
Constitución. Pero el lenguaje y los símbolos son del
fascismo y del lenguaje de la extrema derecha de Europa, intolerantes ante el
Estado laico, el aborto, la organización de la educación, etcétera.
Recientemente en Gazeta Wyborcza publicamos un informe
sobre las intenciones del Ministro de Educación de eliminar las lecturas
obligatorias de los jóvenes polacos de autores como Gombrowicz, Kafka y
Dostoievski. Por supuesto, la
dimensión del escándalo los obligó a rectificar, pero es una muestra de su
verdadera naturaleza. Es increíble. Esa es la pulsión con que interpretan el
funcionamiento del ámbito público. Incluso, como en Norteamérica, tienen la
idea de que hay que rechazar la teoría de la evolución del hombre y sustituirla
por el creacionismo.
Hace
relativamente poco escribí un artículo, “Rezo por la lluvia”, publicado en
español por El País, en el que
estudio en detalle la composición del actual gobierno polaco. Para mí, es una
explosiva mezcla del lenguaje ideológico de Georges W. Bush y el ejercicio
político de Vladimir Putin. El coctel molotov perfecto. Se trata de una
política que busca ejercer el dominio en todos los medios de comunicación y
utilizar los servicios secretos contra los adversarios políticos. Algo
escandaloso.
Lech y Jaroslaw
Kaczynski, presidente y primer ministro de Polonia, han promovido una polémica
ley, llamada “de la lustración[1]”,
que obliga
a declarar si se colaboró con el régimen comunista. ¿Cuál es su postura al
respecto?
El proyecto de ley implicaba que cada funcionario público, pero no
sólo en el gobierno, sino también en la universidad, en el mundo de los
negocios y en el periodismo, debe confesar si colaboró o no, en la época del
comunismo, con los servicios secretos.
Bronislaw Geremek,
ex canciller y líder disidente, se negó a declarar en señal de protesta. La ley
ha sido un inmenso escándalo. Afortunadamente, el Tribunal Constitucional
determinó que la mayoría de las disposiciones de la ley eran
inconstitucionales.
Se trata de una política destinada a construir la sociedad de la desconfianza y el
miedo. Desde luego nosotros, que trabajamos en la clandestinidad contra la
dictadura, no aceptamos la presencia de ex agentes dentro del gobierno. El
problema con la ley es que prácticamente se trata de la victoria, después de su
muerte, de la seguridad comunista. Con la ley, las pruebas decisivas de tu
biografía no son ya tus actos políticos ni tus artículos escritos, muchas veces
en la clandestinidad, sino las notas de la policía. Por ejemplo, la policía
podía haber escrito que Lech Walesa, premio Nobel de la Paz, líder de Solidaridad, ex
presidente de Polonia, fue agente jefe de la policía y sus notas se vuelven más
eficaces y verdaderas que su propia historia de actuaciones públicas y que el
testimonio de sus colaboradores. Con esta ley, quien tenga en sus manos los
archivos de la policía puede chantajear a cualquier persona.
En ese sentido, parece
que se trata de una ley opuesta a la actuación de los integrantes de la Mesa Redonda, que
buscaba el perdón, pero sin amnesia; ahora parecería que se busca la amnesia
pero sin perdón.
Tienes razón. Es una buena fórmula. Hay que utilizarla en los
debates de Polonia. Ahora somos presa de la amnesia total, pero nunca de la
amnistía.
Usted marcó cuatro
claves para una buena transición: la emancipación del ciudadano frente al poder
del Estado, la emancipación frente al poder de la Iglesia católica, el
respeto a la memoria histórica y la reconciliación. ¿Cuáles de ellas siguen
vigentes y cuáles se ven amenazadas?
En primer lugar, a pesar de todo, a pesar del gobierno –que para
mí es bastante malo–, Polonia es un país democrático. En principio, los
derechos humanos son respetados. Creo que los ciudadanos hemos logrado un grado
aceptable de libertad frente al poder del Estado. En el tema del Estado laico
existe ciertamente una tendencia preocupante de las autoridades eclesiásticas a inmiscuirse en asuntos que no son —o
no deberían ser— de su competencia. Por ejemplo, en la educación pública.
Sobre la memoria
histórica, a reserva de lo ya dicho sobre la “ley de la lustración”, hay que
entender que la tendencia del poder, de todo poder, es manipular la memoria
histórica, pero si tenemos libertad de expresión, si no hay un monopolio desde
el poder de la memoria colectiva, no es un drama: es un debate, una lucha intelectual. En todos los países
democráticos la memoria histórica es discutible. En Francia, con respecto a la
guerra de Argelia o el régimen de Vichy; en México, con la Revolución o el
movimiento del 68.
Desde el poder se
pueden resaltar los momentos de gloria nacional, e incluso los momentos de
tragedia nacional, pero el verdadero problema que se tiene que enfrentar es cómo manejar el silencio de la mayoría de
la sociedad en la época comunista. En la versión oficial, toda Polonia estuvo
en contra de un pequeño grupo de comunistas en el poder. Eso no es cierto. Otro
problema difícil de manejar es la herencia del antisemitismo, todavía vivo.
Para mí, el
verdadero problema en Polonia hoy es que la tendencia autoritaria no sólo está
dentro del poder, sino en el seno de la sociedad, y ese sentido implica un
riesgo para nuestro futuro democrático. Baste ver el creciente abstencionismo
en las elecciones. Las formaciones populistas —que están mejor organizadas—
pueden utilizar todas estas tendencias autoritarias para vulnerar la democracia
desde dentro.
Algo parecido a lo que
ya sucede en Rusia.
Sí y no. La práctica en Rusia es diferente: no existe la
alternancia del poder. En Rusia, los generales de la antigua KGB siguen siendo muy poderosos y
continúan operando en la guerra de Chechenia. En Polonia no hay guerra, por lo
tanto la escala de todo es distinta, y mucho menos sangrienta. En nuestro país
los periodistas no son asesinados. Lo que sí hay son grandes escándalos de
corrupción. Hace poco sucedió algo que da para preocuparse. Alguien,
seguramente dentro de la policía, avisó al Ministro de Agricultura que teníamos
listo para publicar en Gazeta Wyborcza un expediente completo sobre sus actos de corrupción, lo que le
permitió anticiparse a la publicación y presentar su renuncia, después de
intentar tenderle una trampa a sus subordinados. Estamos viendo mecanismos y
métodos inaceptables en un estado de derecho. Es inaceptable.
Quizás lo más grave de
lo que señala usted es el poco apoyo ciudadano a la democracia. Cuando se pasa
de un régimen totalitario a un régimen democrático el individuo debe adquirir
responsabilidades para las cuales quizás no está preparado.
Eso es algo normal. Es comprensible en toda sociedad que sale del
totalitarismo, que sale de una dictadura. Eso pasó en España después de Franco,
en Portugal tras Salazar. Me parece algo normal. El problema más delicado, más
dramático, es que en toda Europa somos los testigos de la crisis de un proyecto
de futuro de la democracia.
¿Cuál es el saldo que
hace usted hoy del debate que sostuvo con Leon Wieseltier, acerca de la
responsabilidad colectiva que los polacos tienen, o no tienen, en el
Holocausto?
En primer lugar, sigo pensando que la tesis sobre la
responsabilidad colectiva de los polacos es completamente falsa. La sociedad
polaca fue víctima de la ocupación nazi. Es un fenómeno fundamental, que no hay
que olvidar. La sociedad fue una víctima, ahí está el problema de la
responsabilidad colectiva.
En segundo lugar,
creo que entre los intelectuales judíos en Estados Unidos funciona ese
estereotipo acerca de la relación entre polacos judíos y polacos no judíos. Mi
amigo Wieseltier, en el artículo de Letras
Libres en que polemizó conmigo, fue también víctima de ese estereotipo. Yo
le pregunté: “¿Cuál es la razón de esa culpa colectiva?” Él me dijo: “Todos
somos responsables de esos hechos, yo mismo soy responsable de todos los
norteamericanos.” “Ah, sí, tú eres responsable de todas las injusticias que
aquejan a los Estados Unidos, y de la esclavitud; de acuerdo –le dije–,pero ¿cuál
es el fundamento de tu responsabilidad?” Para mí es completamente absurdo
sentirte responsable de todas esas barbaries. Es una locura. Pienso que Leon
Wieseltier ha cambiado su postura hoy, y que tiene una visión menos radical.
Otra cosa es la discusión sobre el funcionamiento del antisemitismo polaco
antes de la Segunda
Guerra Mundial, lo cual, gracias a nuestra disputa, me parece
que ya no es un tema tabú.
Sin embargo, no se puede
olvidar que el exterminio judío sucedió principalmente en territorio polaco…
De ninguna manera. Se trataba del “gobierno general”. Claro, el
diablo está en los detalles. Era un territorio de los nazis. No había un Estado
polaco. Eso no significa que no hubiera colaboradores polacos con los nazis.
Pero eso es otra cosa muy diferente. Me molesta lo vulnerable que somos ante la
prensa americana en este asunto. El extermino judío es obra de los nazis, no de
los polacos. Los polacos fueron masacrados en la guerra y durante la ocupación.
¿Cómo está dividida la
opinión pública sobre la historia polaca reciente?
Detecto dos tesis encontradas, si hablamos con un trazo burdo. Una
tesis sostiene que la sociedad polaca es una víctima inocente de la historia y
que son otros pueblos los bandidos, los agresores inescrupulosos y responsables
de todos los crímenes. Esta tesis está emparentada con el mito mesiánico del
siglo XIX y la idea del pueblo
polaco como inocente por naturaleza, que vive bajo la premisa de los valores
cristianos y católicos. La otra tesis, con la que comulgo, sostiene una versión
menos maniquea de la historia. Aun así, hay que ser justos con los que abogan
por la primera tesis, ya que ésta se presenta en todos los países que tienen alguna
gran frustración en su pasado, y se manifiesta como una agresión hacia el otro.
La versión extrema de esta tendencia incluso califica de antipolaco, de un
complot internacional, al que sostiene la idea de nuestro antisemitismo.
Este mecanismo
funciona igual en todos los países poscomunistas: entre checos y eslovacos,
húngaros judíos y húngaros no judíos, húngaros y rumanos, checos y alemanes,
rusos y ucranianos...
¿La Iglesia católica polaca
pasó de ser un espacio de la oposición a convertirse, hoy en día, en un apoyo
del populismo con pretensiones que vulnerarían el Estado laico? ¿Cómo ve usted
esta evolución?
Hoy la Iglesia
católica está dividida y, por primera vez, de manera pública. La coalición en
el poder no sólo tiene en contra a sacerdotes e intelectuales que forman parte
de la Iglesia,
sino también a algunos obispos y otros hombres de la jerarquía eclesiástica.
Después del comunismo, una tendencia natural en los círculos altos de la Iglesia fue volver al
lenguaje y a las ideas anteriores a la Segunda Guerra
Mundial. El regreso al pasado. Desde el primer día de libertad, las relaciones
entre la jerarquía eclesiástica y el Estado democrático fueron muy complejas.
Es un problema sin fin. Una discusión eterna. Polonia tradicionalmente ha sido
un país católico que ha sentido una profunda simpatía por la Iglesia y su lucha contra
del totalitarismo.
El primer
conflicto en la era democrática entre la jerarquía y el pueblo, no digo ya con
los intelectuales, fue por una causa aparentemente menor: una diócesis reclama
la propiedad de una guardería de la que deberá expulsarse a los niños. La
expropiación durante el régimen comunista constituyó un despojo, un acto
ilegal, pero esta recuperación no es muy elegante. Lo más grave para mí ha sido
el apoyo casi oficial, durante las segundas elecciones democráticas, que la
jerarquía católica dio a un partido de extrema derecha.
¿Y la relación con el
Vaticano, tras la muerte del papa polaco, Juan Pablo II?
En el Vaticano no hay una línea idéntica para todos los países.
Por ejemplo, en los países musulmanes, la Iglesia utiliza el discurso de los derechos
humanos. Mi intuición me dice que, después de Juan Pablo II, observamos una
tendencia incluso un poco más conservadora en temas como el aborto, la
investigación genética, los derechos de los homosexuales, etcétera. Pero debo
añadir que el problema con la “ley de la lustración” fue también, en sus
resultados, una acción en contra de la jerarquía eclesiástica, porque en los
archivos de la KGB polaca se
encontraron muchos documentos de la época de la dictadura que mostraron que
muchos sacerdotes, e incluso obispos, colaboraron con los servicios de la
policía secreta.
... al ser una
institución opositora tenía que infiltrarse de cualquier manera…
Exactamente.
Por eso la renuncia del
arzobispo de Varsovia.
Eso fue un escándalo inimaginable, una tragedia de
Shakespeare. En la catedral de Varsovia, ante miles de peregrinos que venían a
la consagración del arzobispo, y con la presencia del presidente de la República, y transmisión
en vivo por la televisión (no conozco a nadie que no lo haya visto). Era una
enorme y vistosa ceremonia, cuando todo el mundo sabía que ese escándalo estaba
latente. Y en medio de esa celebración esplendorosa, como se acostumbran en
Polonia, el Arzobispo lee su renuncia. Todo el mundo se queda estupefacto,
salvo el Presidente de la
República, que aplaude. En medio de un absoluto silencio sólo
se escuchaban los aplausos del Presidente. Y de inmediato se armó un escándalo
en todo el país. Él nunca confesó, pero leyó su renuncia delante de todo el
mundo. Hay que decir que la situación de colaboración de este religioso se dio
cuando era joven y quería ir a estudiar a Alemania; ustedes saben que en la
época del comunismo, para recibir un pasaporte, había que tener contactos y
relaciones con la policía y ellos hacían todo para reclutar a la gente, y a
cambio de su pasaporte le pidieron que trabajara en cuestiones de espionaje. En
mi opinión no es una falta tan grave. Tras ese suceso, muchos religiosos
declararon en la prensa que no habían colaborado con la policía. Fue también el
momento de la gran debacle de la
Iglesia católica, al que siguió el primer escándalo de
pedofilia entre sacerdotes, hecho público por la prensa. A causa de esos dos
acontecimientos, la Iglesia
católica se encuentra hoy dividida, y no sólo eso, bastante debilitada.
En 1976 vivió en París.
¿Cómo se enfrentaba a los intelectuales occidentales que no entendían la
verdadera naturaleza del comunismo ni lo que ustedes estaban viviendo?; esos
intelectuales que no los veían como víctimas, sino como gente que quería luchar
por construir y defender un proyecto totalitario. ¿Cómo era ese corto circuito?
¿Cuál es su lectura del mundo intelectual de esa época?
Primero es necesario aclarar que no estaba exiliado. Estaba de visita
legal como asistente a unas conferencias. Fue el momento final del mito del
comunismo soviético, ya que no había casi ningún intelectual francés que
defendiera la política de Brezhnev. Quizá los comunistas ortodoxos pensaran
así, pero ésos no eran mis interlocutores. La extrema izquierda estaba en
contra de Brezhnev, pero defendía una suerte de comunismo ideal, representado
por Fidel Castro y Mao Tse Tung. En esa época tuve mi primer contacto profundo
con el medio intelectual. Sostenían esta tesis: no debe igualarse el
imperialismo norteamericano con la Unión Soviética. No son comparables. La Unión Soviética
tiene errores y deformaciones, pero está en la senda correcta; en cambio,
Estados Unidos es por naturaleza un imperio dañino e inmoral. Fue una situación
en la que, en la práctica, no hubo oportunidad para que se diera un diálogo
real, ya que existía una verdadera demonización del capitalismo, en la que
aquellos críticos vivían plácidamente, y una idealización del comunismo, al que
no conocían. Yo mismo pensaba en esa época que el socialismo podía tener aún un
rostro humano. Estaba convencido de que el comunismo era una buena idea, la
propiedad colectiva era algo positivo, la autogestión en la empresas era algo
loable; incluso hoy pienso que son buenas ideas, pero que desgraciadamente no
funcionan. Ese es el problema de este sistema de valores. No me gusta el
capitalismo, pero me parece que no se ha encontrado un sistema más justo, más
eficaz y más democrático. Un día conversé con Jürgen Habermas y le pregunté “¿Qué
queda de nuestro sueño?” Él respondió: “La democracia radical.”
Usted fue uno de los
intelectuales que dio su apoyo público a la guerra de Iraq, ¿qué piensa ahora?
Déjame contestarte con una anécdota. La otra noche cenamos Helena,
mi mujer, y yo, con un amigo y colega marroquí, el cual tiene una perspectiva
amplia del mundo, y le digo en confianza: “Hay una diferencia fundamental: para
ti el enemigo principal es Estados Unidos; para mí, los regímenes totalitarios”.
En el contexto de la guerra de Iraq yo también critico la política de ocupación
de Bush, pero prefiero esa incipiente democracia iraquí a la dictadura
anterior. El discurso de mi amigo marroquí se limita a analizarlo como un
conflicto entre el rapaz imperialismo americano y el inocente pueblo iraquí. Me
parece un absurdo.
Usted ha salido en
defensa de Günter Grass, quien, a través de sus memorias, confesó que no sólo
había sido miembro de las juventudes hitlerianas, sino un voluntario de las SS.
Me parece que se desató contra él una verdadera cacería.
Günter Grass ha sido, por décadas, el azote de la derecha alemana, y ahora es
la ocasión para atacarlo y cobrárselo todo. Creo que él no ha tenido razón en
muchas cosas; por ejemplo, su postura de apoyo incondicional a los sandinistas.
Pero de ahí a hacerlo responsable de los crímenes del nazismo es algo
completamente deshonesto. Él sólo tenía diecisiete años, y fue en el resto de
su vida el más profundo crítico del nazismo en Alemania. Son argumentos que
conozco bastante bien, son como los que utilizaron en contra de un amigo que
murió hace poco y que, durante su juventud, fue miembro del Partido Comunista,
pero que después estuvo diez años en la cárcel por ser el líder del movimiento
democrático en contra de la dictadura. No estoy de acuerdo en que se puedan
usar argumentos de ese tipo.
Usted ha dicho que las
revoluciones tienen dos etapas. La primera, la lucha por la libertad, y la
segunda, la lucha por el poder. Actualmente, ¿cuáles son los riesgos de la
lucha por el poder en los países del Este?
En los países de Europa central y del Este, salvo la República Checa,
la tradición democrática es muy débil. También antes de la Segunda Guerra
Mundial, había gobiernos semidictatoriales. Si las estructuras democráticas son
débiles, la lucha por el poder es brutal, primitiva, está repleta de intrigas y
de calumnias. El momento actual es allí muy complejo y muy delicado para el
futuro de las democracias, porque las bases de la democracia son el diálogo y
el compromiso, pero también el respeto por el adversario. Si no hay ley ni
derecho, se establece una guerra civil fría. Por ejemplo, que no se acepte el
resultado de las elecciones es incompatible con las reglas de la democracia. El
odio entre los adversarios tampoco es democrático.
¿España fue un modelo de
transición democrática para Polonia?
Sí, yo fui un gran entusiasta de la transición española, y he
hablado mucho sobre el tema con Jorge Semprún.
Pero en España, además,
esa transición estuvo acompañada por una gran transformación social y cultural.
¿Hay algo equivalente que acompañe la transición polaca?
La cultura polaca funcionaba, en la dictadura, en cuatro nichos
incomunicados entre sí. Primero, estaba la cultura oficial –tanto la manejada
por las autoridades, como la que no les quedaba más remedio que aceptar–. En
ese grupo estaban, por ejemplo, Wadja, Przak, Penderecki, Kapuscinski. En
segundo lugar, la cultura católica, que tenía sus propios espacios, los
seminarios, revistas, etcétera. Era aceptada a regañadientes por el régimen,
estaba vigilada y muchas veces la censuraban, pero existía. En tercer lugar, la
cultura polaca en el exilio, que fue bastante fuerte: Gombrowicz, Milozs,
Kolakowski, por citar los nombres de tres grandes autores. En cuarto lugar, la
cultura clandestina, del samizdat, en
la que nosotros trabajamos.
Con la
transición, estos cuatro grupos han emergido a la superficie y se han mezclado,
pero no han sufrido una transformación como la española, con “la Movida”, que implicaba una
ruptura total con la cultura del régimen franquista. Nuestro problema es otro:
no tenemos en la literatura y el cine ningún diálogo con la realidad cotidiana.
Las manifestaciones culturales contemporáneas están en crisis. Tampoco hemos
sabido contar esa gran victoria en la historia de Polonia que fue dejar atrás
la dictadura y hacer una transición pacífica.
Me interesa preguntarle
acerca del mundo obrero polaco de hoy, que conoce muy bien porque usted mismo
fue obrero. Parecería que el peso de ese sector, tan importante en el fin de la
dictadura, se ha desdibujado.
En ningún país existen los grandes movimientos obreros de antes.
Los de Polonia fueron quizás los últimos. Solidaridad demostró irónicamente que
Marx tenía razón y que la clase obrera podía “abrir” el futuro. Pero los procesos
sociales, después de 1989, y los movimientos obreros, en el sentido
tradicional, están liquidados. Hoy tenemos luchas por conquistas sociales
puntuales, y las huelgas se tratan siempre de temas económicos, no políticos.
En Europa, el mito del movimiento obrero ha terminado.
Polonia ha sido siempre
un campo en tensión entre Rusia y Alemania, entre el mundo católico y el
ortodoxo, entre el mundo eslavo y el germánico. ¿Cómo es la relación hoy con
Alemania –su tradicional enemigo– y, por extensión, la de los polacos con la Unión Europea? ¿Y
con Rusia?
La construcción de la Unión Europea cambió completamente la geopolítica
de Polonia. Tradicionalmente nosotros vivíamos entre Rusia y Alemania, como
dices, pero ahora Alemania es la de la Unión Europea, no aquella Alemania agresiva.
Ahora es un país central de Europa y es una fuerza democrática positiva.
Después del fin del comunismo, Rusia no es el vecino de Polonia, lo es también
Ucrania, Lituania y Bielorrusia. Nuestra geopolítica es completamente nueva.
En la relación polacoalemana
hay lógicamente problemas, pero nuestro verdadero problema es la postura de
“los gemelos” Kaczynski, que dirimen todos sus complejos, frustraciones y
miedos, acusando a los demás. Gracias a esta visión política, la relación oficial
polacoalemana es bastante mala, pero no sucede así en la sociedad. En Alemania
trabajan una gran cantidad de polacos, sin mayores obstáculos. La frontera está
abierta. No se trata de problemas reales, sino de problemas históricos
manipulados, por un lado, por la extrema derecha alemana y, por el otro, por la
germanofobia de los que están actualmente en el poder. Actúan como si la guerra
hubiera terminado hace dos semanas.
Con Rusia pasa
casi lo mismo. Claro que Putin no es el hombre de mis sueños, pero como se ha
dicho antes sobre Alemania: “Hitler cambia, Alemania queda.” Lo mismo pasa con
Rusia: Putin cambia, pero Rusia permanece. Y con un país tan cercano, la
política rusofóbica es absolutamente estúpida. Hay que saber encontrar amigos y
aliados en Rusia. Soy optimista porque, a pesar de todo, la evolución rusa es
positiva. Los problemas reales son —y serán— con el totalitarismo islámico, no
con Rusia. En Rusia la tradición democrática es débil, pero ya no es un régimen
totalitario. El absolutismo aceptado por la mayoría de la población rusa irá,
paso a paso, cediendo terrero a la cultura de la libertad.
[1] La
"lustración", término procedente del latín, se refiere a un rito
católico de purificación y reconciliación en el que se ofrecía un sacrificio
solemne. En los países de Europa oriental y central, denota los mecanismos
utilizados para desenterrar su pasado comunista.
[1] La "lustración", término procedente del latín, se refiere a un rito católico de purificación y reconciliación en el que se ofrecía un sacrificio solemne. En los países de Europa oriental y central, denota los mecanismos utilizados para desenterrar su pasado comunista.
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