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OCTUBRE DE 2007Tres cartas a Vargas Llosa
por Julio Cortázar, José Donoso, Carlos Barral
A
un autor se le puede conocer, también, como el destinatario
mudo de una correspondencia: son los otros quienes recortan su
silueta al escribirle en la confianza de la amistad. En este caso,
Julio Cortázar, José Donoso y Carlos Barral traen a
Vargas Llosa al primer plano de la conversación.
Ginebra, 18 de agosto de 1965
Querido
Mario:
A
esta máquina le faltan todos los acentos; los iré
poniendo a mano cuando relea esta carta, pero perdonarás que
se me salten algunos. Por paquete certificado te devuelvo la novela,
y espero que recibas las dos cosas sin demora. He dejado pasar una
semana después de la lectura de tu libro, porque no quería
escribirte bajo el arrebato de entusiasmo que me provocó La
casa verde. Y sin embargo, ahora que voy a decirte algunas
cosas sin pensarlas demasiado, dejando que la máquina vuele
casi a su gusto, siento que el entusiasmo no solamente no ha
disminuido sino que se ha afirmado, se ha vuelto ya eso que todo
novelista quiere para su obra: recuerdo, memoria segura y firme.
Quisiera decirte, ante todo, que una de las horas más gratas
que me reserva el futuro será la relectura de tu libro cuando
esté impreso, cuando no haya que luchar con esa “a”
partida en dos que tiene tu condenada máquina (tírala a
la calle desde el piso 14, hará un ruido extraordinario, y
Patricia se divertirá mucho, y a la mañana siguiente
encontrarás todos los pedacitos en la calle y será
estupendo, sin contar la estupefacción de los vecinos, puesto
que en Francia las-máquinas-de-escribir-no-se-tiran-por-la-ventana).
Sí,
leer tu libro impreso va a ser una gran maravilla, porque volveré
a vivir el largo viaje de Fushía y Aquilino, que me parece la
viga maestra del edificio, o mejor, el hilo conductor de todo el
tapiz, como en los diagramas geográficos la línea del
nivel del mar parece regir todas las curvas ascendentes y
descendentes, las montañas y las fosas submarinas. Y volveré
a encontrarme con Bonifacia y con Lituma, con Nieves y con Lalita,
para mí los personajes más vivos y logrados de la
novela después de Fushía, o junto con él. Fíjate
que así, soltándote unas primeras impresiones casi
pasionales, te estoy dando ya una opinión sobre el libro; pero
me parece necesario decirte, antes de seguir, alguna cosa sobre la
totalidad del libro. Bueno, Mario Vargas Llosa. Ahora te voy a decir
toda la verdad: empecé a leer tu novela muerto de miedo.
Porque tanto había admirado La
ciudad y los perros (que secretamente sigue siendo para mí
Los impostores),
que tenía un casi inconfesado temor de que tu segunda novela
me pareciera inferior, y que llegara la hora de tener que decírtelo
(pues te lo hubiera dicho, creo que nos conocemos). A las diez
páginas encendí un cigarrillo, me recosté a
gusto en el sillón, y todo el miedo se me fue de golpe, y lo
reemplazó de nuevo esa misma sensación de maravilla que
me había causado mi primer encuentro con Alberto, con el
Jaguar, con Gamboa. A la altura de los primeros diálogos de
Bonifacia con las monjitas ya estaba yo totalmente dominado por tu
enorme capacidad narrativa, por eso que tenés y que te hace
diferente y mejor que todos los otros novelistas latinoamericanos
vivientes; por esa fuerza y ese lujo novelesco y ese dominio de la
materia que inmediatamente pone a cualquier lector sensible en un
estado muy próximo a la hipnosis (y eso no significa pérdida
de lucidez, sino paso a otra forma de lucidez, que es el milagro de
toda gran novela, de un Lowry o un Joyce Cary o un Dostoievski, y no
te pongas colorado, peruanito, que yo no elogio así nomás
a nadie, aunque sea un amigo muy querido).
A
todo esto Aurora se había apoderado del primer cuadernillo, y
me seguía de cerca, de modo que terminamos casi al mismo
tiempo el libro y pudimos hablar mucho y criticar todo lo que
encontrábamos criticable, y controlarnos mutuamente para
evitar las ingenuidades o los entusiasmos excesivos o momentáneos.
Para mí fue una gran alegría que mi mujer sintiera
exactamente lo mismo que yo, porque es una crítica severa y
tiene sobre mí la ventaja de que es más desapasionada y
toma sus distancias y juzga objetivamente. Cuando sentí que
ella reaccionaba igual que yo, las pocas dudas que pudieran haberme
quedado sobre mi primera impresión se disiparon totalmente.
Hoy, a muchos días ya de la lectura, seguimos hablando con el
mismo tono del primer día. Has escrito una gran novela, un
libro extraordinariamente difícil y arriesgado, y has salido
adelante por todo lo alto, como diría alguno de nuestros
compañeros españoles. Me río perversamente al
pensar en nuestras discusiones sobre Alejo Carpentier, a quien
defiendes con tanto encarnizamiento. Pero hombre, cuando salga tu
libro, El siglo de las luces
quedará automáticamente situado en eso que yo te dije
para tu escándalo, en el rincón de los trastos
anacrónicos, de los brillantes ejercicios de estilo. Vos sos
América, la tuya es la verdadera luz americana, su verdadero
drama, y también su esperanza en la medida en que es capaz de
haberte hecho lo que sos.
Quizá
te moleste este tono un poco exaltado. De acuerdo, bajaré el
registro y te hablaré profesionalmente, sin olvidar las
críticas que se me ocurren y sobre las que volveremos a hablar
cuando nos veamos. Pero como también me ocurre que la novela
me interesa profesionalmente, hay algo que tengo que decirte de
entrada y sin el menor regateo: en el plano técnico, La
casa verde es maravillosa. Yo no sé si alguien ha
empleado ya el recurso que utilizas de los flashbacks
incorporados a la acción en presente; no recuerdo ningún
ejemplo, y pienso que lo has inventado. Cuando lo advertí por
primera vez (Fushía y Aquilino hablan en la barca, Aquilino
quiere saber cómo se evadió Fushía de la cárcel,
y ahí nomás sigue un diálogo entre Fushía
y sus compañeros de evasión, para volver después
a renglón seguido al diálogo en presente, y otra vez
atrás) sentí una impresión casi vertiginosa.
Comprendí que conseguías un téléscopage
del tiempo y el espacio, que le ahorrabas al lector un montón
de ideas y situaciones intermedias, que tocabas lo esencial de lo
narrativo, esa elección
de lo realmente significativo y necesario, que a su manera todo gran
novelista logra. A ese primer acierto técnico, que me sigue
pareciendo cada vez más extraordinario, se suman muchos otros
análogos; la irritante, a veces exasperante ambigüedad de
los planos del tiempo, que exige del lector una atención
vigilante, los episodios que coexisten en un solo momento del relato
por el hecho de que hay una relación analógica entre
ellos y es natural que los acerques (es natural, pero había
que hacerlo, y es difícil, como en el relato paralelo de la
muerte de Toñita y del aborto de Bonifacia). Es curioso, pero
cuando iba llegando al final del libro, antes del epílogo,
tuve una sensación que pocas veces he tenido al leer novelas;
la de que había como una complejísima estructura
musical, en el
sentido en que un poema sinfónico supone temas entretejidos de
una manera que el oído, que los percibe consecutivamente,
puede sin embargo lograr gracias a la distribución, a los
timbres, a los desarrollos y los leit-motivs,
algo como una estructura simultánea, un enorme pedazo de
música petrificada en la que todo lo que fluía se
organiza en un inmenso tapiz suspendido delante de los ojos –del
oído, si quieres– como una vivencia total y simultánea.
No sé explicarme mejor, pero pienso que mientras hilvanabas
los temas, los subtemas, las infinitas recurrencias y resonancias de
la novela, entraste sabiéndolo o no en una dimensión
musical. No lo entiendas a la manera de una influencia, por supuesto
(creo que no eres demasiado melómano), sino de una analogía
“estructural”. Yo, que soy melómano incurable, no
encuentro otra manera de decirte hasta qué punto la trama de
tu libro me parece una especie de potenciación, de proyección
hacia ese plano de la arquitectura sonora, sin la cual ninguna obra
humana (plástica, literaria o poética) puede superar
sus limitaciones. En todo caso, desde el punto de vista de la armazón
narrativa, tu libro es uno de los más complejos y más
incitantes que he leído en muchos años.
Te
prometí las críticas, y paso a ellas para no seguir
elogiando de una manera que pueda parecerte indiscriminada. La
primera observación viene de Aurora, y yo la comparto. No nos
gusta el título del libro. Es pintoresco, y muy por debajo de
todo lo que ocurre. Ya sé que un título es cosa
difícil, pero trata de imaginar otro. Me gustaría
sugerirte alguno, pero no se me ocurre nada. Y ahora, pasando a los
personajes, quizá te sorprenda que, para mí, Anselmo no
está logrado. Digo que quizá te sorprenda porque en
algún sentido debe ser para vos el eje mismo del libro, sin
contar que el epílogo está centrado en torno a él.
Pues bien, no he logrado “vivir” a Anselmo. Así como
Lituma chorrea vida, y Bonifacia, y Fushía, y los
inconquistables en pleno, y Lalita, me ocurre que a Anselmo lo veo...
literariamente. No entiendo demasiado su llegada, la fundación
del prostíbulo, su decadencia, me fastidia un poco cuando está
viejo y trabaja para su hija, no llega a emocionarme su amor por la
ciega ni su muerte. Me pregunto por qué, y quizá cuando
vuelva a leer el libro lo descubra.
En
líneas generales siento como si la segunda parte de la novela
estuviera algo por debajo de la primera, pero es que hay una tal
variedad y una tal fuerza en todo lo que ocurre al principio y hasta
la mitad, que uno queda un poco como un perro apaleado y puede ser
que entonces influya alguna fatiga hasta física. No te
preocupes por esta observación, que puede ser demasiado
subjetiva. Pienso también (hice una nota para indicarte el
lugar exacto, pero la he perdido) que algunas referencias
“explicativas” están completamente de más, a menos
que sean irónicas y se me haya escapado la intención.
Me refiero a una parte donde das algunos datos geográficos
sobre el Marañón (u otro río, pero creo que es
el Marañón), y lo haces en uno o dos párrafos
que parecen intercalados didácticamente, y que me molestan por
eso. Precisamente lo estupendo del libro (ayer se lo decía a
Deustua) es que la descripción de la naturaleza, que es
fundamental en la novela, está de tal manera fusionada con la
acción, que jamás se da uno cuenta de que tú le
estás mostrando al lector cómo es un claro del bosque,
una curva del río, una calle de la ciudad. Hay una sola
atmósfera en que todo ocurre simultáneamente,
escenarios y acciones, y eso es de lo más difícil y te
lo digo por amarga experiencia personal. El clima general del libro
(sequedad y arena y viento, o calor húmedo y alimañas y
pantanos) surge con una fuerza tremenda, y alguna vez que me he
detenido a analizar un par de páginas para ver cuál era
la acumulación de detalles que provocaba esa fuerza, he visto
lo que te digo más arriba, es decir, que te basta contar a tu
manera para que todo se dé en una misma instancia narrativa,
sin esa separación escolar entre “descripción” y
“acción” que es propia del novelista común.
Hablando
de descripción, se me ocurre que así como en la edición
de La ciudad y los perros
Seix Barral incluyó la foto del Leoncito Prado, estaría
muy bien que en La casa verde
hubiera un mapa. Los no peruanos tendríamos un gran placer en
ubicar mejor el escenario general del libro, y creo –es una idea de
Aurora, que como ves colabora bastante en esta carta– que si la
cubierta del libro fuera un gran mapa de toda la Amazonía
(abarcando el lomo y la contratapa), en esa forma se eliminaría
lo que tiene de pedante o “científico” un mapa en el
interior del libro, y a la vez el lector se daría el gusto de
situar a Iquitos o de imaginar la barca de Aquilino en algún
tramo del río. A esto te agrego que un pequeño glosario
no sería inútil; las diversas tribus indígenas,
y unas cincuenta palabras-clave del libro, merecerían una
explicación. Uno las va comprendiendo por el contexto, pero
comprenderás que los no peruanos estamos a veces un poco
perdidos. Silabario puta, soldado carajo, che. Chuncha de la madre,
calato, gamitana o zúngaro, silabario jodido, che Mario.
Última
cosa: Creo que nunca le das su verdadero nombre al Pesado, pero al
final, cuando se ha casado con Lalita, le das su apellido y el lector
se queda desconcertado hasta que lo reconoce. O le suprimís el
apellido (creo que sería lo mejor, porque uno ya es amigo del
Pesado, y no tiene otro nombre que ése) o se lo das un par de
veces al comienzo para que no sorprenda al final.
Bueno,
yo creo que por esta vez ya está bien. Espero no haberte
aburrido demasiado, pero cuando nos encontremos (alguien susurra que
venís a Ginebra en estos días, y sería
estupendo, porque nosotros estaremos hasta el 27 y podríamos
quizá encontrarnos todavía) volveremos a hablar mucho
de tu libro. Te agradezco que me lo hayas confiado así, en
manuscrito; me permití prestárselo a Raúl, que
lo había leído sólo en parte y quería
terminarlo. Otros me lo pidieron (Girbau, por ejemplo), pero me
negué, porque no me sentía autorizado a hacerlo.
Perdóname
la improvisación de esta carta, dale un beso a Patricia de
parte de Aurora y de mí, y un gran abrazo de este hermano tuyo
que se siente tan feliz de haberte escrito esta carta,
Julio
[Cortázar]
[P.
S.] Oleriny me manda una postal, y dice que no le has mandado el
libro. Me pide que “pierda dos palabras en su favor”. En checo,
supongo que quiere decir que te recuerde que le gustaría
recibir la novela. No tengo aquí la dirección de
Chermak en Praga. ¿Podrías hacerle llegar las líneas
que te envío adjuntas? Muchísimas gracias. ~
Iowa
City, 3 de marzo de 1967
Querido
Mario:
No
sabes cuánto te agradezco tu carta y el gusto que me dio
recibirla. Los latinoamericanos somos epistolarmente mudos, y son muy
pocos los que se han dado la molestia de acusar recibo de mis libros
–sólo los buenos amigos y los que antes se llamaban en las
tertulias literarias “los espíritus selectos”. Agrégale
a esto la leyenda en que te has transformado, y mi admiración
por tu obra, que de sobra sabes.
Te
incluyo un Coronación
(perdón, la portada no es mía). Esto como preámbulo
a mi deleite de pensar que quizás pronto te conoceré,
ya que mi mujer y yo partimos a Europa el 20 de mayo, por un año
y medio por lo menos. Como es boliviana (creo que tu mujer también:
la mía dice que te pregunte “de qué Urquidis es
porque los Urquidi son muy amigos de mi familia”) y la tengo
encerrada en medio de las tundras del medioeste, añora y sueña
con costa, con mar, y hace años que me viene acusando de que
le estoy quitando costa como si yo tuviera la culpa de la guerra del
79. Para aplacar su añoranza de costa sepultada en su
inconsciente colectivo de boliviana, le he prometido pasar tres meses
en Mallorca. Después, porque parece que la vida allí es
más barata, nos iremos a España, cerca de una ciudad
grande pero en el campo. Viajaremos constantemente, me imagino, y no
dudo de que iremos a Londres, donde esperamos verte. Lo mismo si tú
vienes al sur. A propósito, acabo de saber que mis buenos
amigos los Flakoll están viviendo en Mallorca. ¿Sabes
tú su dirección –puedes mandármela, ya que
quisiera hacerles llegar mis libros?
El
año pasado hice un seminario aquí sobre la novela
latinoamericana en traducción al inglés, en que quise
incluir La ciudad y los
perros. Pero no alcanzó a salir a tiempo. En enero
del 69 haré otro seminario igual en que sin duda la incluiré.
Es para alumnos que no hablan español ni saben nada de
Latinoamérica. Enloquecieron con Cortázar y con Borges.
Tengo un alumno de Uganda, negro como un piano de cola, que escribe
cuentos al estilo borgiano, sobre su abuelo, que era caníbal.
Buena combinación, ¿no te parece? Roger Klein me dice
que el que leyó para él la versión española
de La casa verde
le dijo que “desde Ulysses
de Joyce no experimentaba una emoción estética
parecida”. Lo que no deja de ser.
Por
supuesto que quisiera hablar horas y horas sobre tus novelas y las
mías. Por el momento no tengo nada para tu revista en Perú
–este año estoy haciendo un seminario sobre la novela de la
adolescencia en este siglo (Musil, Radiguet, McCullers, Mishima,
Rilke, Joyce, Th. Wolfe, Hesse, etc.), que me tiene sorbido el seso,
y no he escrito nada. De mi novela gorda, El
obsceno pájaro de la noche, tengo mil quinientas
cuartillas desordenadas–, para eso es el año y medio en
España sin hacer nada. Si tienes ocasión de
recomendarles a los de tu revista (conocí a Westphalen en
Roma, 1960) que se ocupen de mis libros, te lo agradecería. Lo
mismo, si me puedes enviar el nombre de quien quedó a cargo de
Populibros después de la muerte de Salazar, y su dirección,
mira que tengo unfinished
business con ellos.
Gracias,
de nuevo, por tu carta, tu entusiasmo y tu amistad ofrecida, que
correspondo con un abrazo igual. ~
José
Donoso
Barcelona,
29 de julio de 1969
Mossèn:
Mi
telegrama no era delirante. Creo sinceramente que Conversación
en La Catedral es una de las grandes novelas de este
siglo. Una novela con un umbral estrecho, como te decía en una
carta anterior, y de una vastedad insospechada una vez traspuesto ese
corredor tortuoso y liminar. Te leí en dos noches blancas,
cabalgando galeras llenas de erratas, de líneas saltadas y
carentes de divisiones. En mi loco entusiasmo ordené a Rosa
que te mandara esas mismas galeras, tal como estaban, sin corregir,
con el solo propósito de intensificar la comunicación
contigo acerca del libro, sin esperar a que hubiera galeras
corregidas. Tal vez fue un error; te imagino vomitando lisuras,
haciendo huelgas de hambre, rehusando hasta el cebiche y el chupe de
camarones. Pero tal vez tu indignación y tu tristeza servirán
de acelerador, impedirán que te demores un solo minuto.
Es
inútil que te hable del libro. No soy capaz de otra crítica
que no sea la pura adjetivación. Habré de esperar a que
la lectura se asiente y sus impresiones se sosieguen. Me sentí
cobarde con Santiago, viscoso con Bermúdez, perplejo entre
todas las actividades con Ambrosio y, por supuesto, reiteradamente
lésbica con la Musa y con la Queta. Pasé noches en
teatruchos y bulines, hice los más sucios negocios, humillé
página tras página los heredados principios morales y,
sobre todo, aprendí, qué carajo, cómo se mete
mano a la oposición, cómo se rompen sus manifestaciones
y se truecan en apoteosis de quien nos paga y, en fin, cómo se
manejan los delicados negocios del poder. En fin, como si hubiera
estado en Lima en ese tiempo y hubiera ejercido simultáneamente
de puta y de cachaco. Naturalmente hay mucho más que eso, pero
no te lo voy a contar ahorita; apenas comienzo a contármelo a
mí mismo.
En
el libro no encontré desde el punto de vista estilístico
nada que te pueda señalar como un inconveniente o un defecto.
Por decir algo te diré que me sorprendió la frecuencia
con que los personajes requintan. Requintan casi tan frecuente como
los del amigo Hortelano se retrepan en sus asientos. Claro que a lo
mejor en el Perú se requinta más. Yo no requinto nunca.
En fin, maestro, que mi crítica sea muda y entusiasta, como un
abrazo.
Creo
que el libro puede ir en dos volúmenes. En dos volúmenes
para que no sea un libro monstruoso, pero que han de ser dos
volúmenes siameses.
Estuve
cenando con José Miguel Oviedo, que nos obsequió con
una cena criolla. Voy a publicar su libro sobre ti cuando lo ponga al
día, es decir, después de que haya leído e
incluido en el texto todo lo referente a Conversación
en La Catedral.
Dicto
esta carta en medio de un bochorno espeso que ni siquiera deja pensar
con claridad; es decir, con notable esfuerzo mío y de Ana, lo
cual indica que nada te excusará de contestar a vuelta de
correo, de devolverme el abrazo y de darme noticias.
Carlos
Barral
P.
S. Acabo de recibir tu carta del 20 de julio juntamente con el
currículo y las fotos. El currículo revela que, a pesar
de lo que dices en tus cartas, no estás decidido a renunciar
al cargo universitario inglés. Dime algo definitivo en cuanto
decidas.
No,
no voy a ir a la reunión de Santiago; necesito las vacaciones
de agosto para desintoxicarme, por lo menos.
El
poeta de perfil de medalla no contesta a mis cartas. Quién
sabe por dónde andará. Si la correspondencia no se
reanuda en septiembre tendré que buscar otra solución
para las carátulas. Te tendré informado a partir del 1º
de septiembre. Si durante el mes de agosto te conviene comunicarte
conmigo, hazlo a mis señas de Calafell (avda. de San Juan de
Dios, 16).
Un
abrazo. ~
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