¿Vale la pena el riesgo? Entrevista con Mario Molina
por Ricardo Cayuela Gally
Mario
Molina, junto con su colega F. Sherwood Rowland, predijo en 1974 que
la capa de ozono se iba a reducir como consecuencia de la actividad
humana; en concreto, de los gases clorofluorocarbonos o CFC, que
hasta ese momento se consideraban benignos y que habían
impulsado de manera definitiva la industria de la refrigeración
y la de los aerosoles. Fue la primera prueba contundente de que el
hombre tenía la capacidad de producir alteraciones de
repercusión catastrófica en la Tierra. Su aportación,
que culminaría con el premio Nobel de química en 1995,
no se limitó a esto. Molina encabezó la primera
revolución ecológica a nivel mundial, consiguiendo, en
un lento proceso de concientización, que los gobiernos de todo
el mundo apoyaran la prohibición –pactada con las empresas–
de producir estos gases y su sustitución por nuevas
tecnologías. Es en esta doble vertiente, como químico
atmosférico reconocido a nivel mundial y como emblema de un
logro ecológico, desde donde hablamos del cambio climático,
el estatus de la ciencia sobre el tema y las perspectivas del futuro.
Mario
Molina hace gala durante toda la entrevista de una sencillez y
amabilidad dignas de los hombres verdaderamente sabios. Su gran
preocupación, conciente del público de Letras
Libres, es ser claro y
accesible sin caer en la pura y llana pedagogía. ~
Desde
que publicaron usted y Sherwood Rowland el artículo en la
revista Nature,
en 1974, sobre el daño en la capa de ozono por los gases CFC
(clorofluorocarbonos), hasta el Protocolo de Montreal, de 1987, que
los prohíbe, hubo un proceso mundial de concientización.
¿Cómo lograron que la opinión pública y
los gobiernos se dieran cuenta del peligro y qué enseñanzas
podemos obtener para abordar el reto del cambio climático?
Efectivamente,
el caso de la capa de ozono es un antecedente importante. Cuando
publicamos el artículo había menos conciencia general
sobre la protección al medio ambiente que hoy en día.
Desde este punto de vista, nos costó más trabajo. La
dificultad inicial era que se consideraba nuestro problema muy
esotérico, pues estábamos hablando de una capa
invisible, aunque muy importante para el planeta, que nadie sabía
qué era, y de la radiación ultravioleta, que la gente
tampoco ve, y de gases también invisibles… No eran cosas del
conocimiento común. Pero el hecho de que estuviéramos
hablando de un problema a nivel global causado por actividades
humanas fue quizá lo que llamó la atención en
aquel entonces, y hasta cierto punto sí me sorprendió
que hubiera una respuesta inicial significativa. Descubrimos, como
humanidad, que teníamos la capacidad de perjudicar al planeta,
y que nuestra responsabilidad era tratar de remediarlo. Y esto se
reflejó –al menos en Estados Unidos, donde yo vivía
en aquel entonces– en una parte de la sociedad, que fue la que
respondió. Por ejemplo, empezaron a cuestionar los beneficios
de las latas de aerosol, cuya solución, por cierto, no fue
dejar de usarlas, sino sustituir sus compuestos dañinos. Lo
mismo con el otro uso importante, que era la refrigeración. La
lección importante en ambos casos es que no hubo una
disminución de la calidad de vida para resolver este problema,
sino simplemente una voluntad para enfrentarlo y algunos costos, que
resultaron menores para la sociedad comparados con el inmenso daño
potencial. La concientización en el mundo de los políticos,
los que han de tomar decisiones, fue dispareja: algunos de ellos
respondieron con fuerza y otros no le hicieron caso. De ahí la
importancia del papel que tuvieron los medios de comunicación.
Inclusive en un programa de televisión, muy visto en aquel
entonces, que se llamaba All
in the Family, uno de los actores habló de este
problema y de cómo deterioraba al mundo. Ese tipo de cosas la
gente las ve y responde. Eventualmente, lo que tuvo éxito fue
que la reacción inicial de los gobiernos evolucionó de
tal manera que, cuando ya era hora de tomar decisiones –esto fue ya
hasta los años noventa, después de la firma del
Protocolo de Montreal–, ya había incluso competencia entre
las naciones para responder al problema. Se trataba de la primera
revolución ecológica a nivel global amparada en datos
científicos. En el caso del cambio climático, el
problema es más difícil de resolver, y aún nos
falta un largo camino por recorrer.
¿Llevaron
una estrategia de medios o fue improvisándose sobre la marcha?
Fue
improvisándose desde el punto de vista de que mi colega,
Sherwood Rowland, y yo éramos los únicos que
defendíamos esa tesis y no teníamos experiencia. Yo
aprendí con cierta rapidez a comunicarme con los medios, a
poder explicar cuál era la gravedad del problema, y de una
manera inteligible para la gente. Así es que fue una mezcla de
corresponder a lo que se estaba difundiendo a través de los
medios, y de trabajar de manera activa con los que tomaban las
decisiones –nos empezaron a invitar a hacer declaraciones en el
Senado y en la Cámara de Representantes de Estados Unidos–,
y también a través de instituciones profesionales: la
Sociedad Química, la Academia de Ciencias, sociedades de mucho
prestigio que estaban apoyando la veracidad de una hipótesis
que sólo después se comprobó experimentalmente.
En estos casos, una de las dificultades está en distinguir lo
cierto y comprobable respecto de las especulaciones. Hay mucha
charlatanería y profetas del Apocalipsis. Por ello fue
importante tener el apoyo de estas reconocidas instituciones.
Por
cierto, un antecedente fue el descubrimiento de que el uso del DDT
como pesticida en el campo tenía efectos secundarios en el
medio ambiente. La novedad con el ozono es que el problema era
claramente global, y el DDT era más bien un problema de los
países que podían industrializar al máximo su
producción agrícola.
La
investigación, el descubrimiento, la sensibilidad social y de
los medios sobre la capa de ozono fue algo fundamentalmente
norteamericano. ¿Qué pasó en esa sociedad para
pasar de la vanguardia en las reivindicaciones ambientales al furgón
de cola, como demuestra el rechazo del Protocolo de Kioto?
Con
el cambio climático, la postura de la ciencia, hasta quizá
meses muy recientes, estaba mucho menos avanzada de lo que logramos
con la capa de ozono. Y además, hubo una campaña muy
fuerte en Estados Unidos, sobre todo de empresas petroleras, para
evitar restricciones sobre los combustibles, con estrategias que sí
tuvieron mucho éxito al cuestionar el factor humano como
determinante del cambio climático. La mayoría de la
gente en Estados Unidos pensaba, hasta hace poco, que esto era o bien
una exageración sobre el futuro o algo muy cuestionable, mucho
menos verificable que el agujero en la capa de ozono. Una de las
respuestas que he estado usando ante esa situación es que,
incluso si se aceptara que no haya certidumbre absoluta sobre estas
predicciones, un análisis de riesgo elemental nos dice que no
parece sensato desatenderla, dada la magnitud de sus consecuencias
potenciales. La evaluación de este riesgo ya no es un
privilegio de los científicos. El científico puede
comunicar cuál es la probabilidad de que pase esto o aquello
en la Tierra, pero es la sociedad en su conjunto la que decide si se
va a correr el riesgo o no, y si vale la pena pagar el costo
necesario para evitarlo.
Creo
que en Estados Unidos, a pesar de esta campaña exitosa de las
grandes empresas petroleras, en los últimos meses cambió
la situación claramente y vuelve a ser, desde el punto de
vista del porcentaje de la población, un país muy
importante en su preocupación por el problema. Claro que
tenemos circunstancias muy especiales, ya que la Administración
del presidente Bush fue parte integral de esa postura “negacionista”.
Su principal excusa para no ratificar el Protocolo de Kioto es que
los países en desarrollo no adquieren compromisos en esa
primera fase del Protocolo, que por otro lado solamente tiene la
intención de mostrar liderazgo, no de resolver el problema.
Pese a ello, el Protocolo de Kioto se ha aceptado a nivel local: por
ejemplo, el Estado de California tiene su propia versión, así
como muchas ciudades. Hay proyectos de ley en el Senado y el Congreso
en ese sentido, tanto de demócratas como republicanos, y la
expectativa es que haya una contribución importante de Estados
Unidos en un futuro próximo. Lo interesante es que la duda,
desde el punto de vista científico, ya no es sostenible; ahora
la excusa es que es demasiado caro enfrentar el problema, o que los
norteamericanos saldrían perdiendo, o que todos deben
participar. Ya no se está cuestionando la ciencia, lo cual es
un gran paso adelante. Y allí, la opinión creo que más
aceptable, y lo que ha tenido más repercusión, es el
Informe Stern, encargado por el gobierno de Inglaterra, que afirma
que puede haber incertidumbres, pero que sale mucho más barato
prevenir el problema y tomar las medidas necesarias para enfrentarlo
que esperar a ver si los daños que se aducen acaban siendo
reales o no.
Hay
una corriente de opinión que todavía niega el factor
humano en el cambio climático. Se pueden sintetizar sus
posturas en dos argumentos: uno, que el gran productor de dióxido
de carbono es el mar y, por lo tanto, la incidencia humana es menor y
el cambio climático no está determinado por ella; otro,
que el gran transformador del clima es el Sol, que estamos en una
etapa de explosiones internas de nuestra estrella, y que eso produce
los cambios. ¿Cómo refuta usted estas hipótesis?
Es
muy sencillo, porque ésa es la parte científica.
Fundamentalmente es falta de información de la gente que
mantiene estas posturas. Y es típico, inclusive de algunos
científicos, pensar que los fenómenos climáticos
que estamos observando hoy en día son naturales, pues el clima
siempre ha cambiado y va a seguir cambiando. Por otro lado, las
fuentes del dióxido de carbono son muy fáciles de
identificar, y hay tantas mediciones que se ha establecido sin duda
alguna que tenemos más dióxido de carbono del que ha
habido en el último medio millón de años, lo que
es ya un tiempo geológico, y que tenemos la temperatura más
alta de los últimos mil años. Todo esto resulta de las
observaciones de un proceso científico muy riguroso, no es
nada más que alguien lo invente, y su incertidumbre es mínima:
se ha establecido que no hay indicio de que las emisiones naturales
hayan cambiado profundamente en los últimos años, salvo
ahora. Y además se han podido medir las emisiones marinas
directamente, y no son responsables del el aumento de dióxido
de carbono en la atmósfera. No hay que imaginar nada. El hecho
de que este aumento viene de actividades humanas se comprueba con
mediciones.
Lo
fundamental es que sí hay una teoría del clima bien
establecida, con las incertidumbres lógicas de un sistema tan
complicado como el climático. Se sabe, gracias a los núcleos
de hielo, con burbujas de aire atrapado, la composición
química de la atmósfera del planeta y la temperatura,
con mucha precisión, del último medio millón de
años, y en este periodo, sabemos cuándo hubo épocas
glaciales y cuándo no. Naturalmente, lo que dispara los
cambios fuertes de clima entre una época glacial y otra
interglacial no es el Sol, sino variaciones en los parámetros
de la órbita de la Tierra, algo muy bien entendido por la
mecánica newtoniana y que tiene una frecuencia calculable, que
corresponde a periodos de diez mil, cuarenta mil y cien mil años.
Pero esas variaciones –éste es el punto sutil– no
representan una diferencia sustancial en la cantidad de energía
que llega a la Tierra, y el cambio fuerte en el clima se explica por
un proceso subsecuente de amplificación, donde el dióxido
de carbono tiene un papel muy importante. Es decir, si vemos con
detalle las mediciones, vemos que primero cambió el clima y
después cambió el dióxido de carbono, pero eso
no quiere decir que éste no sea importante para el cambio del
clima. Los “negacionistas” no entienden que hay dos mecanismos
para cambiar el clima: uno es el cambio de estos parámetros
orbitales y otro, el cambio de la composición atmosférica.
En resumen, el hecho es que, en una escala de siglos o milenios,
sabemos estadísticamente cómo y por qué ha
cambiado el clima, y no hay ninguna razón, con ese
conocimiento, de que de repente haya un cambio en estas últimas
décadas, porque en todo caso, en los próximos mil o
diez mil años, habrá una tendencia a un enfriamiento
lento, no hacia un calentamiento. Por otra parte, ha habido avances
muy importantes en la física del Sol, y sabemos que hay ciclos
de once años del astro, de las manchas solares, etcétera,
y hay mediciones indirectas de cómo ha cambiado su intensidad.
Sí sabemos que en los muchos millones de años de
evolución de la vida en la Tierra, el Sol ha provocado cambios
importantes, pero no con la velocidad con la que se están
dando los cambios actuales.
¿Cuál
es el papel que desempeña en este proceso de refutación
científica el Panel Intergubernamental del Cambio Climático
(IPCC, por sus siglas en inglés)?
El
IPCC, en el que participé, no hace investigación, sino
que resume lo que se ha publicado en la bibliografía
especializada, y lo evalúa. Funciona como filtro y como
amplificador. Así, si alguien saca por ahí un artículo
en un periódico con una ocurrencia extraña, pero sin
peso científico, el IPCC lo desecha. El filtro está muy
bien establecido por la comunidad científica: tiene uno que
publicar en revistas especializadas y esas publicaciones están
a su vez revisadas y evaluadas. El mundo científico se
autorregula. A través de este proceso, el IPCC concluye que el
origen de la variación del clima producto del Sol es cuando
mucho del diez por ciento de los cambios ocasionados por actividades
humanas. Esta conclusión está apoyada por numerosos
estudios cuantitativos, tanto del clima como de la física del
sol.
Otro
riesgo adicional es que, una vez que el clima cambia por razones no
naturales, entra en una fase exponencial; es decir, se va a
acelerando cada vez más y más. ¿Es cierto este
riesgo?
Sí,
y es por lo siguiente: hay un problema de escalas de tiempo, y es que
el sistema climático responde con un cierto rezago a la
acumulación de gases contaminantes emitidos a la atmósfera.
Por esto, los efectos en el clima tardan bastante tiempo en
reflejarse. Todos los gases que ya emitimos en el siglo pasado están
haciendo su efecto ahora, y se calcula que, aunque se mantuviera
constante esta cantidad de gases, seguiría subiendo la
temperatura por varias décadas, porque no hemos alcanzado aún
su máximo efecto. Aquí, es muy importante reconocer que
eso no quiere decir podemos esperar para decidirnos a actuar, a
entrar en acción en la sociedad, porque resulta que, con esos
análisis del clima, si seguimos emitiendo gases, a pesar de
que su efecto no lo vamos a ver inmediatamente, nos estamos acercando
a una situación de mucho riesgo. Ya estamos viendo los
efectos, y se van a poner peor. No hay excusas para no tomar medidas
ya, sin perder más tiempo.
¿Estaremos
a la altura de este reto?
Yo
creo que sí. La evidencia científica y el consenso
social es que existe un problema serio que hay que atacar. La
comunidad reconoce que no todos los efectos sobre el cambio del clima
son negativos: hay ganancias en algunos países, pero el saldo
general es claramente negativo. Además –esto ya no es
ciencia, sino más bien sociología–, la sociedad se ha
vuelto muy vulnerable. Si hubiera cambiado el clima o se hubieran
inundado algunas regiones hace tres o cuatro siglos, la gente habría
emigrado, pero esto ya no es posible: somos demasiados y no hay
manera de caber en otro sitio. Y además, estamos ya
acostumbrados a un clima muy estable, que es como ha progresado la
humanidad en los últimos diez mil años, con un clima
extraordinariamente estable. Desde ese punto de vista, resulta
arriesgado tener cambios, sobre todo cambios impredecibles: que de
repente se dispare algún factor importante. A pesar de que
haya beneficios aislados, el primer paso es reconocer que esto es un
problema, sobre todo para los países pobres, que no tienen los
recursos para enfrentar algo así. Como hay globalización,
si sobrevienen crisis en los países pobres, tarde o temprano
repercutirán en los ricos. Incluso desde el punto de vista del
interés económico, se trata de un riesgo muy serio.
Pero
soy optimista, porque creo que ya la evidencia está clara, a
pesar de que haya grandes barreras y grandes dificultades. Por
ejemplo, los países en desarrollo, como China y la India,
están muy preocupados de que estas medidas limiten su
desarrollo económico. Lo cierto es que ya no pueden alcanzar
el desarrollo de la misma manera en que lo han hecho hasta ahora los
países ricos, destruyendo el ambiente y contaminándolo.
Por otro lado, sí es posible que continúen su
desarrollo afectando poco al medio ambiente y al clima, si los países
ricos cooperan con ellos, con los países en desarrollo, y si
desvían recursos en su favor –y aquí está otro
precedente importante sentado por el Protocolo de Montreal.
Tenemos,
pues, la verdad científica. Pero ¿existe la tecnología
para ello?
Sí
y no. Sí, porque las opiniones más fundamentadas
afirman que tenemos tecnologías ya para seguir funcionando los
próximos treinta, cuarenta o cincuenta años, limitando
mucho las emisiones contaminantes. Esto quiere decir que usemos más
energía renovable, que usemos la energía mucho más
eficientemente, etcétera. Y no, porque es importantísimo
que haya un esfuerzo bastante más fuerte para desarrollar
tecnologías nuevas, porque no tenemos todo el siglo, sino nada
más varias décadas. Toma mucho tiempo el desarrollar
tecnologías nuevas y que se masifiquen. Pero por eso soy
optimista, porque ya hay muchos avances, incluyendo la energía
nuclear, que es muy controvertida, pero que con un poco de esfuerzo
se puede hacer mucho más segura y limpia de lo que ha venido
siendo, minimizando los problemas que conlleva su uso.
¿Cuál
es su postura sobre el etanol, que ha sido tan polémico?
Sobre
eso no se puede dar una respuesta sencilla, porque está en
proceso de estudio. Parte de la solución está en
incrementar el uso de energías renovables, así como
otra parte está en seguir usando, con mucho más
cuidado, los combustibles fósiles, pero en la medida de lo
posible atrapando las emisiones y reinyectándolas en los pozos
petroleros. Fuera de eso, hay que usar otras fuentes de energía:
la eólica, que funciona bien en algunos países; la
solar, que sobre todo aquí en México no hemos
aprovechado, pero que tiene un gran potencial, y los biocombustibles.
Aunque los biocombustibles han resultado más complicados de lo
que se había anticipado en un principio, porque tienen
desventajas potenciales, y se reflejan muy bien en este caso. Ante
todo, el problema es que los combustibles fósiles son muy
baratos, así que el etanol sólo empieza a tener
competitividad si se produce a bajo costo o si se subsidia
fuertemente. No tiene sentido sustituir cultivos que producen
alimentos, que están rindiendo económicamente bien, por
algo masivo que rinde mucho menos. Hay, pues, una serie de
condiciones para que el etanol funcione. La primera es que no compita
con la producción de alimentos. La segunda, que no se usen
tierras nuevas, en las cuales haya que destruir bosque y selva. La
tercera es que se haga un análisis específico, para que
el resultado neto de la producción de etanol no sea dañino
para el medio ambiente. Lo paradójico del etanol es que,
aunque en principio tiene la ventaja de aprovechar la energía
del Sol y absorber el dióxido de carbono de la atmósfera,
cultivar el maíz para producirlo, al menos en Estados Unidos,
requiere igualmente de mucha energía de combustibles fósiles
(tractores, fertilizantes, máquinas recolectoras), lo que no
reporta ningún beneficio neto, o incluso es un poco peor que
usar gasolina directamente, al menos en términos de emisiones.
Algo
muy interesante que se está investigando con mucha mayor
atención es que, además del dióxido de carbono,
hay otros gases, como el óxido nitroso, que es trescientas
veces más potente que el dióxido de carbono (hay
cantidades pequeñas que tienen un efecto muy grande). Ese gas
se puede liberar en cantidades significativas utilizando
fertilizantes sintéticos, lo que es contraproducente desde el
punto de vista climático. La otra excusa, fundamentalmente
histórica, es que en Estados Unidos se requirió el uso
de oxigenantes, como el etanol, para bajar la cantidad de monóxido
de carbono emitido por motores de combustión interna –las
gasolinas–; pero, con las tecnologías modernas, los
automóviles y el sector transportes ya no necesitan esos
aditivos oxigenantes.
Por
lo que infiero que su dictamen sobre el etanol es negativo...
Lo
que pasa es que sí hay manera de hacerlo bien, pero tiene
muchos condicionantes. Tenemos un ejemplo en el Brasil, donde sí
es un beneficio ambiental. Sí es algo que se puede hacer, y en
México deberíamos hacerlo, pero hacerlo bien. Lo que
sería un error –que por fortuna ya evitamos– es que
hubiera un requerimiento legal de ponerle cierto porcentaje de
alcohol a la gasolina, como en Estados Unidos. Eso allí
funciona porque hay un subsidio muy fuerte de la sociedad a la
industria que produce el alcohol, y eso es lo que hay que evitar en
México, que no haya un subsidio injustificado, porque esas
cantidades de recursos se pueden usar mejor para otras cosas.
El
libro Una verdad incómoda,
de Al Gore, ¿pasa el examen científico?
Sí
lo pasa, porque Al Gore ya tiene muchos años de experiencia
trabajando con científicos. Hace años se criticaba que
decía cosas muy exageradas, y quizá en algunos puntos
muy específicos se le pasa un poco la mano. Por ejemplo, no
habla lo suficiente –pero esto son cuestiones personales– de los
beneficios potenciales, pero en su conjunto lo que dice es
básicamente el consenso de la comunidad científica. Sé
–yo fui asesor suyo– que él, como vicepresidente, tuvo
acceso a información confiable y objetiva. Lo que ha hecho es
un gran trabajo de comunicación, con ayuda de los medios, que
ha resultado de mucho impacto en Estados Unidos, y que empieza a
tenerlo en el resto del mundo.
El
DDT, los CFC, el tetraetilo de la gasolina, fueron grandes avances
que permitieron ingentes transformaciones, y no fue hasta mucho más
tarde cuando se vieron sus efectos dañinos. ¿No habría
forma de predecirlos? ¿La ciencia siempre avanza por ensayo y
error?
Sí
ha habido un cambio importante en las sociedades, y es que somos
ahora mucho más cuidadosos, examinamos con mucho más
detalle los impactos potenciales de las innovaciones científicas
y tecnológicas, y en general de las actividades humanas.
Cuando nosotros sugerimos que el uso de estos gases, los CFC, dañaba
la atmósfera, teníamos mucha menos experiencia que hoy.
Con el avance de la ciencia, tenemos más probabilidades de que
no haya sorpresas, por así decir, de daños al medio
ambiente que no anticipamos. Pero siempre es posible que pase lo
inesperado, por lo que debemos estar en alerta permanente, y
concientes de hacer evaluaciones generales periódicas de todo
uso nuevo.
Usted
estuvo en un proyecto de estudio y control de las megaciudades, que
es la gran transformación del siglo pasado. ¿Qué
hacer, en términos ecológicos, con estos espacios
urbanos casi infinitos?¿Tiene una lectura de lo que ha
ocurrido en la ciudad de México?
La
base del problema es un dilema entre la colaboración para
mejorar la calidad de vida de todos, aun con restricciones, y una
visión a muy corto plazo de que “mi beneficio personal”
está por encima de lo demás. El ejemplo típico
aquí es el tráfico, porque claramente vemos que cada
vez hay más coches, y que la solución –no hay otra–
tiene que ser una mezcla de mejorar el transporte público con
restricciones al uso del automóvil. Si le preguntamos a un
individuo si le parece bien que le pongan restricciones a su coche,
va a decir que no. Tenemos también aquí el aspecto
cultural que dice que, si tengo suficientes recursos para comprar un
coche, lo compro y no voy a usar el transporte público. Pero
desde el punto de vista de la comunidad, si funcionáramos como
tal, nos daríamos cuenta de que nos conviene a todos aceptar
los cambios necesarios: todos saldríamos ganando si nos
ponemos de acuerdo en que haya restricciones adecuadas al transporte
privado, y un transporte público más eficiente para que
lleguemos mucho más rápidamente adonde tengamos que
llegar, para que la nuestra sea una ciudad mucho más amable,
etcétera. Aquí lo que hay son barreras para implementar
medidas, porque ya sabemos qué es lo que hay que hacer.
Hay
barreras políticas y personales, casi psicológicas.
Exactamente.
Y esto sólo se puede resolver desde el gobierno, no con la
mera buena voluntad de la gente –aunque eso sirve, y tiene que
haber conciencia. Pero la mejor conciencia, más que nada, es
la que sirve para presionar al gobierno a actuar.
¿Ha
tenido contacto con la actual Administración sobre estos
temas?
Sí.
Como es un problema difícil, no soy optimista, pero sí
hay políticos que entienden muy bien el problema y están
tratando de mejorar la situación. Por cierto, el problema del
congestionamiento está íntimamente relacionado con la
contaminación: a medida que sea más eficiente el
sistema de transportes, que es hoy lo que más contamina, con
las tres cuartas partes, mejoraría también la calidad
del aire. Lo que pasa es que, además de mejorar el transporte,
tenemos que tomar medidas para renovar la flota vehicular: poco a
poco tenemos que quitar de la circulación los coches y
camiones que más contaminan. Esto requiere una estrategia: no
se puede tomar una decisión a puerta cerrada del gobierno,
sino con el consenso de todos los interesados, diseñando
incentivos, plazos adecuados, facilidades para comprar vehículos
nuevos… Lo fundamental es que estos problemas tienen solución.
Tenemos ejemplos muy claros de ciudades que funcionan mejor y
ciudades que funcionan peor. Lo que necesitamos es cambiar la
percepción de la gente de que todo lo que implique poner
restricciones a su comodidad hay que evitarlo, y todo lo que implique
pagar más va a hacer que las contribuciones acaben en manos
del gobierno para usos que no van a beneficiarlos a ellos. En la
medida en que el costo adicional de la medida eventual sea
transparente, y siempre que esos recursos se usen, por ejemplo, en
beneficio de una buena red de transporte público, la gente lo
aceptaría. Sólo hay que informarla y convencerla. ~
Por lo que infiero que su dictamen sobre el etanol es negativo...
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Comentarios:
Pues para mi no cabe duda que la contaminación es un problema muy importante en el cual ya se deben tomar medidas extremas por que esta fuera de control por las acciones humanas y también tienen que ver los gobiernos de cada país y esta se ha formado por años ya que no se hizo en dos semanas.
por ALEJANDRO RODRIGUEZ. Escrito el 17 de mayo de 2009
Yo pienso que el tema de la entrevista es muy interesante ya que la reducción de la capa de ozono es un efecto que nosotros los humanos lo estamos provocando con el uso de sustancias químicas, que después de un proceso químico o no, expulsan gases contaminantes. Creo que este tema fue algo adelantado para el tiempo en que se publico el artículo, en 1974, ya que no se notaba tanto el cambio climático. Además creo que los gobiernos de los países de todo el mundo deben de apoyar la producción de sustancias químicas menos dañinas, como el etanol, y evitar el uso de los combustibles fósiles que contamina mucho. En mi opinión este tema nos debe de poner a reflexionar un poco ya que los efectos del calentamiento global nos afectaran a todos en...Leer más >>
por alejandra cruz. Escrito el 17 de mayo de 2009
Excelente entrevista. Es una lástima que no abordaron el tema de las estrategias que México tomará ante el cambio climático, pues tengo entendido que recientemente un grupo de científicos, Mario Molina incluidísimo, se reunieron con Calderón y su gabinete. Sería interesante que nos platicara cómo funcionan las cosas aquí en México y cómo evaluaría la postura ha tomado y tomará el gobierno. Alicia M. Y.
por Alicia Mastretta. Escrito el 03 de junio de 2007














