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FEBRERO DE 2007Desplazamientos, de Pedro Serrano
por Eduardo Moga
La poesía del mexicano Pedro Serrano (Montreal, 1957) destaca por su versatilidad formal. En los cinco libros representados en esta antología –su primer libro publicado en España– hallamos recursos experimentales –sustantivos con función adjetival (alarido mármol del silencio) o neologismos de corte vanguardista (dulcidad)–, pero también rigurosos sonetos endecasilábicos; poemas constituidos por un solo dístico, pero también poemas extensos; ejercicios de humor, pero también graves alegatos existenciales; guiños rimbaudianos y herméticos, pero también textos despojados, cuya aridez debe mucho, según Juan Antonio Masoliver Ródenas, prologuista del volumen, “a los barrocos españoles y, por su intensidad emocional, a César Vallejo”; piezas metapoéticas, pero también ensueños eróticos, en los que se refleja “la angustia intransigente del sexo”; recreaciones mitológicas, pero también desvaríos canallas; elucubraciones místicas, pero también versos festivos, o irónicos, o callejeros. En esta misma línea de pluralidad elocutiva, constatamos la hondura meditativa de El miedo (1986), la pujanza irracional de Ignorancia (1994), la deriva violenta de Turba (2005), la inclinación paródica de Nueces y el metaforismo urbano de Ronda del Mig, libro inédito aún, inspirado en Barcelona, ciudad en la que Serrano ha residido. Y todo ello cimentado en un vasto arsenal retórico, cuyo ápice es el empleo diligente de la imagen, pero que contiene asimismo enumeraciones, encabalgamientos, anáforas, paronomasias, repeticiones, aliteraciones y similicadencias, entre muchos otros recursos expresivos, que no me resisto a ejemplificar con estas dos estrofas de “Salvación de Narciso”, un poema de Nueces, en las que asistimos a una orgiástica eclosión de sonidos concertados: “Mas ya la oreja moja el agua, tenso / el caracol labial de los anhelos, / lava de olores lo que va en los besos, / leves y lábiles, húmedos de dedos. // El mar ofrece el fruto, fresco, aleve, / de ostras que son trasiego, que se adhieren / en un rijoso olor salado y riente / que muerde, en ellas muerde, en ellas hierve”.
Sin embargo, algunos ejes temáticos, algunas preocupaciones esenciales, acompasan esta polifonía. La principal es la angustia existencial, más evidente en los primeros poemarios y más diluida en los últimos, como si el autor hubiese aceptado, con el transcurso de los años, lo frágil de su condición, y la inutilidad de enunciarlo. En esos libros iniciales, la conciencia del paso del tiempo y la pavorosa certidumbre de que nos acerca sin pausa a la muerte, entenebrecen los poemas, pero nunca los enlutan: no arrastran al poeta a la desesperación, sino a una lúcida constatación de lo fatal. Los ciclos temporales –la rueda del sol: tarde, noche y amanecer– simbolizan este flujo indetenible: son la carne de los días, que autorizan una punzante nostalgia. Los sentimientos asociados a la angustia del ser –dolor, soledad, vacío, miedo; así se titula, reveladoramente, el primer poemario de Serrano: El miedo– recorren Desplazamientos y, en ocasiones, cuajan en composiciones ominosas. En “Coro”, leemos: “Irse muriendo tantos y tan cerca./ […] Tanto miedo, tanto miedo, tanto miedo./ La vida es este asidero que arañamos”. La conciencia de ser sólo un ser solo, abocado a un latir entre sombras, a un desolado vagar por las horas, se plasma en la reflexividad de muchos sintagmas –el objeto se dirige al objeto, o la acción recae en sí misma, condenados siempre al bucle intransitivo de la existencia– y en la contradicción de sus términos, resuelta poéticamente en antítesis y paradojas, con las que Serrano refleja la imposibilidad de establecer un diálogo con la realidad y, en última instancia, lo irreconciliable del mundo. Así, el poeta muerde los dientes con que muerde, u oye ahogos y los murmullos de los ahogos, u observa a “una disolución inmaterial [hacer] a la carne carne”. Los espejos y los espejismos devienen también metáforas de este solipsismo inducido por la impenetrabilidad de las cosas, o por su íntima falsedad: “Me veo en el espejo, me rayo/ […] La misma superficie que se encharca de negro, se pudre, se aprieta”.
Coherentemente con este tránsito mudo cuya única desembocadura es la muerte, con ese carro del sol que gira sin fin, alumbrando y oscureciendo los afanes insignificantes de los hombres, la poesía de Pedro Serrano abunda en elementos constructivos, tectónicos, que identifican a la materia con un gran edificio, pero un edificio sometido siempre a la amenaza del cambio y la caída. La materia se mueve, y ese movimiento es siempre un proceso: de fluencia, desenvolvimiento o huida: “Si uno pudiera quedarse aquí con uno mismo,/ en el instante,/ como una ola inundada en la luz azul que la alimenta,/ […] pero las cosas fluyen, desencadenan, sentencian”; o bien de formación, desecación, oquedad y destrucción (y luego, quizá, de reconstrucción). El título de la antología es elocuente: Desplazamientos. Las cosas, en efecto, fluctúan, serpentean, mudan: no hay seguridades; en nada cabe el amparo: el yo es un cúmulo de nadas que rebotan en las paredes incomprensibles de lo circunstante. Y ese todo fugitivo, que el poeta contempla enceguecidamente, no contento con sustraernos certezas y consuelo, declina, se quiebra y desaparece. La poesía de Serrano alude obsesivamente a la ruptura y al despedazamiento, que son otras formas de designar a la muerte: menudean términos como “resquebrajarse”, “hacerse pedazos”, “deshacerse”, “desguazar”, “dispersión” o “derrumbe”. A veces, muchas de estas palabras compuestas por el prefijo des– se acumulan en un solo texto, para reforzar la sensación de pérdida, como el fragmento 8 de “Naturalezas muertas (voces)”: “Como si yo pudiera soltarlo todo, desprenderse,/ desaparecer en una ciudad […]/ desheredarme,/ desafanar al fin este trasiego…” En estos poemas fracturados, todo tiene un aire abstracto, intemporal; incluso el deseo, una de las escasas fuerzas salvíficas –a la par que destructivas– del libro, aparece con una textura ideal. Muchos versos empiezan con infinitivo, lo que subraya ese aire abstracto; así, por ejemplo, en el fragmento 12 del poema citado.
Sólo dos reproches pueden hacerse a este libro meritorio: la adjetivación, con frecuencia vivificadora, pero a veces fatigosa (“ese estado mórbido, su pastosa traza amarilla y periférica,/ su lengüetazo pestilente y áspero en el ribete gris del día,/ ese humo pegajoso e innumerable…”); y la inclusión de algún poema disonante, como “El arte de fecar”, que, bajo sus atavíos burlescos, deudores de una tradición escatológica, sólo esconde ripios. Esto aparte, Desplazamientos es un ejemplo excelente de poesía varia, vigorosa e inquisitiva, iluminada por una radiante oscuridad. ~
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