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FEBRERO DE 2007El libro y la cultura económica
por Gabriel Zaid
Zaid demuestra cómo privilegiar la industria papelera en lugar de la del libro fue un grave error y explica el liderazgo español en el mercado editorial ante la ceguera de nuestros economistas, que ven los libros como una mercancía más.
Con los desastres de la guerra civil, España desatendió la exportación de libros y perdió gente valiosa para el mundo editorial, en beneficio de Argentina y México. La industria editorial mexicana no empezó entonces, como algunos han dicho, pero, sin duda, mejoró. Porrúa y el Fondo de Cultura Económica llevaban años de existir, eran importantes y lo siguen siendo, a diferencia de la Editorial Séneca (fundada por el exilio español en México), que desapareció. Sin embargo, las aportaciones de talento, vocación, experiencia y relaciones fueron decisivas. La diáspora republicana creó una red de contactos valiosos para el mundo del libro por todo el continente.
Los
libros en español tienen un mercado común natural. Es
un mercado global (de lectores en el mismo idioma) y al mismo tiempo
protegido (de los otros idiomas). En este mercado, España tuvo
(y después recuperó) el primer lugar, que
transitoriamente ocupó Argentina y nunca llegó a tener
México. Pero hubo un tiempo en que muchos universitarios de
habla española se abastecían de libros del Fondo de
Cultura Económica, creado por Daniel Cosío Villegas,
que había sido promotor de los estudios económicos, de
la licenciatura en economía y de la revista El
Trimestre Económico. (Arnaldo Orfila, traído
de Argentina como sucesor de Cosío Villegas y despedido
tontamente, prolongó ese liderazgo internacional en la
editorial Siglo XXI.)
El
Fondo era un foco internacional de cultura, no sólo de cultura
económica. Don Daniel no creía que la ciencia económica
bastaba para entender la realidad. Así también pensaban
Keynes y Hayek. Éste, venerado por los economistas de la
Universidad de Chicago, les dijo en un discurso famoso: “Un físico
puede ser sólo un físico […] pero nadie puede ser un
gran economista si es sólo un economista […] el economista
que es sólo economista probablemente se volverá un
estorbo, cuando no un positivo peligro.” (“The dilemma of
specialization”, Studies in
philosophy, politics and economics).
Durante
un buen número de años, los libros mexicanos destacaron
por su capacidad de abrirse paso en el extranjero, algo poco común
en las otras manufacturas del país. Empezaron a ganar mercados
y prestigio. Por ejemplo: en 1951, gracias a la presencia de José
Gaos en el Fondo, México puso en circulación El
ser y el tiempo de Heidegger, antes de que hubiera
traducciones al italiano (1953), inglés (1962) y francés
(1964). En esta orientación cosmopolita, la industria
editorial maduró antes que el resto de la industria nacional.
Pero la oportunidad pasó de noche para los economistas.
Desgraciadamente,
por razones históricas, México ha visto en el exterior
un peligro del cual hay que defenderse, no una oportunidad. Además,
equivocadamente, la Comisión Económica para América
Latina de las Naciones Unidas, decía entonces que nuestros
países no podían competir exportando manufacturas. En
consecuencia, las políticas industrializadoras se orientaron a
la sustitución de importaciones. Varios países
asiáticos (tan rezagados entonces como nosotros) tuvieron
mejores economistas. Recomendaron industrializar por vía
exportadora, y nos dejaron atrás.
La
desconfianza en el exterior y las doctrinas de la CEPAL sirvieron
para que los economistas mexicanos no vieran lo que tenían
ante las narices, al estudiar en libros del Fondo de Cultura
Económica. No se dieron cuenta de que en la industria del
libro había un as competitivo, con todo a favor de impulsarlo
en grande. Finalmente, pasó la coyuntura. España
recuperó su primacía, gracias al decidido apoyo del
Estado a la industria del libro, la mentalidad conquistadora, la
oportunidad objetiva del mercado internacional del libro en español
y hasta las redes del exilio hispanoamericano. Hoy es una potencia
mundial editorial.
Algunas
cifras: En 1934, de los libros importados por México, el 55%
(en pesos) era de España, el 0.5% de Argentina. En 1939, los
porcentajes cambiaron a 6% de España y 19% de Argentina. En
1946, a 7% de España y 61% de Argentina. A partir de ahí,
España empieza a recuperarse. En 1951, los porcentajes fueron
32% de España y 28% de Argentina. (Fernando Peñalosa,
The Mexican book industry,
Scarecrow, 1957, cuadro 19).
La
exportación de libros mexicanos se multiplicó por diez
(en pesos) de 1940 a 1951 (Peñalosa, cuadro 21). Esto implica
un crecimiento del 23% anual, no corregido por la inflación.
Pero, en términos reales (con base en las toneladas que
registra el Anuario
Estadístico de Comercio Exterior), se triplicó
de 1945 a 1955. Esto implica un crecimiento real sostenido de 10% al
año, que no hemos vuelto a ver.
En
1952, España publicaba 119 títulos por millón de
habitantes, México 114. Diez años después,
España había subido a 310 y México bajado a 101.
En 1962, México publicaba 3,760 títulos, España
12,243. El estirón de España fue exportador y basado en
traducciones. En 1961, las exportaciones de libros representaron el
2.53% de todo lo que exportaba, una proporción varias veces
mayor que la de Gran Bretaña (0.81%), los Estados Unidos
(0.50%), Francia (0.43%) y Alemania occidental (0.24%). En 1964, se
publicaron en el mundo unos 380 mil libros, de los cuales 69 mil en
inglés, 39 mil en alemán, 28 mil en español y 18
mil en francés. De los libros en español, más de
la mitad (15,540, el 56%) se publicó en España. (Robert
Escarpit, La revolución
del libro, Alianza, 1968, cuadros 10, 3, 12, 13, 4 y 3).
España
llegó a dominar el mercado de la novela traducida, comprando
(a veces con anticipos millonarios) los derechos exclusivos para
todos los países de habla española. Los editores en
inglés, francés, alemán, italiano, prefieren
negociar (y cobrar) los derechos de traducción con un solo
editor, no con veinte, uno por país. Y los editores mexicanos
no pueden ofrecer mucho, si no tienen un buen mercado interno y
capacidad de exportación. La traducción de novelas, que
es el grueso del mercado, le dio una posición muy fuerte al
libro español, por su mayor mercado interno y el apoyo estatal
a las exportaciones. Incluso el boom
de la novela hispanoamericana fue un lanzamiento español,
no hispanoamericano.
Según
la UNESCO, se hacen unas 100,000 traducciones de libros cada año,
en unos 100 países y unas 500 lenguas. Tiene una base de datos
con 1.6 millones de traducciones publicadas de 1979 a 2002 (Google
“Index Translationum”). En esta base, ningún país
del mundo traduce más que España del francés,
alemán e italiano; y sólo Alemania traduce más
del inglés. De todas las traducciones al español que
registra (casi 200,000), España hizo el 86%, México el
4%, Argentina el 3%.
Según
Escarpit, España publicó 12,243 títulos en 1962.
Según la Agencia Española del ISBN, el año 2005
publicó seis veces más: 76,265.
Los
economistas españoles procedieron como los asiáticos.
Recomendaron medidas de apoyo a la reconquista del mercado
internacional del libro, que dieron buenos resultados.
¿Qué hicieron los mexicanos? A un costo
inmenso de oportunidad, apoyaron la sustitución de
importaciones de papel, no la exportación de libros. El papel
tuvo a su favor: precios internos controlados para la celulosa,
libres para el papel; frontera abierta para importar celulosa,
cerrada para importar papel. No es de extrañar que la papelera
Kimberly Clark tuviera en México su filial más
lucrativa. Así se castigó la producción y
exportación de libros en beneficio de la industria del papel.
Contra
lo que pudiera creerse, la industria papelera, mucho más
grande y poderosa que la industria editorial (y, por lo mismo, con
una capacidad de cabildeo político que nunca tuvo la
editorial), era menos competitiva en el mercado internacional.
Históricamente, la producción de papel le ha costado
divisas al país, en vez de generarlas. Paradójicamente,
la industria editorial era capaz de convertir un papel difícilmente
exportable (caro, no tan bueno para la producción de libros,
nada competitivo en el mercado internacional) en libros que se
exportaban, y que se hubieran exportado más con un papel mejor
y más barato. El único papel que México
exportaba era el impreso. Lo competitivo y exportable estaba en el
valor agregado intelectual. Eso implicaba un potencial extraordinario
del libro mexicano, que fue ignorado por los economistas. (Todavía
el año 2005, según el Banco de Información
Económica del INEGI, México exportó ocho veces
más dólares por concepto de libros que de papel y
cartón para impresión.)
Cuando
se fueron los economistas fanáticos de la protección al
mercado interno y el Estado editor, llegaron los fanáticos de
la globalización. Dos frases célebres de ilustres
economistas (doctorados, uno en Chicago y otro en Yale) que fueron
secretarios de Comercio y Fomento Industrial: “La mejor política
industrial es no tener política industrial” (Herminio
Blanco), “La cultura no nos importa” (Jaime Serra Puche).
Los
resultados están a la vista. Gran parte de la industria
editorial mexicana pasó a ser propiedad española. Ya
hay editores en los Estados Unidos que empiezan a publicar en
español. Y pronto será más práctico
comprar libros en español en Amazon, incluso los que se
publican en México, por la falta de librerías, que es
absoluta en muchas partes del país.
Históricamente,
la cultura económica viene de la cultura y de los libros. Pero
los economistas mexicanos (proteccionistas o globalizadores) no
vienen de Cosío Villegas, Keynes ni Hayek. No entienden la
cultura ni los libros. ~
Comenta acerca del artículo:
> Existe 1 comentario acerca del artículo
Comentarios:
...Y la pérdida de un liderazgo regional...
...Y la votación por un presidente incapaz de leer un libro...
...Y la falta de materia prima para la industria del entretenimiento...
...Y la incapacidad para entender instructivos...
...Y el sometimiento incuestionado a cualquier figura e autoridad: el médico, el licenciado, el que sea...
Sol
por sol levin. Escrito el 19 de febrero de 2007
Durante un buen número de años, los libros mexicanos destacaron por su capacidad de abrirse paso en el extranjero, algo poco común en las otras manufacturas del país. Empezaron a ganar mercados y prestigio. Por ejemplo: en 1951, gracias a la presencia de José Gaos en el Fondo, México puso en circulación El ser y el tiempo de Heidegger, antes de que hubiera traducciones al italiano (1953), inglés (1962) y francés (1964). En esta orientación cosmopolita, la industria editorial maduró antes que el resto de la industria nacional. Pero la oportunidad pasó de noche para los economistas.
Desgraciadamente,
por razones históricas, México ha visto en el exterior
un peligro del cual hay que defenderse, no una oportunidad. Además,
equivocadamente, la Comisión Económica para América
Latina de las Naciones Unidas, decía entonces que nuestros
países no podían competir exportando manufacturas. En
consecuencia, las políticas industrializadoras se orientaron a
la sustitución de importaciones. Varios países
asiáticos (tan rezagados entonces como nosotros) tuvieron
mejores economistas. Recomendaron industrializar por vía
exportadora, y nos dejaron atrás.
La
desconfianza en el exterior y las doctrinas de la CEPAL sirvieron
para que los economistas mexicanos no vieran lo que tenían
ante las narices, al estudiar en libros del Fondo de Cultura
Económica. No se dieron cuenta de que en la industria del
libro había un as competitivo, con todo a favor de impulsarlo
en grande. Finalmente, pasó la coyuntura. España
recuperó su primacía, gracias al decidido apoyo del
Estado a la industria del libro, la mentalidad conquistadora, la
oportunidad objetiva del mercado internacional del libro en español
y hasta las redes del exilio hispanoamericano. Hoy es una potencia
mundial editorial.
Algunas
cifras: En 1934, de los libros importados por México, el 55%
(en pesos) era de España, el 0.5% de Argentina. En 1939, los
porcentajes cambiaron a 6% de España y 19% de Argentina. En
1946, a 7% de España y 61% de Argentina. A partir de ahí,
España empieza a recuperarse. En 1951, los porcentajes fueron
32% de España y 28% de Argentina. (Fernando Peñalosa,
The Mexican book industry,
Scarecrow, 1957, cuadro 19).
La
exportación de libros mexicanos se multiplicó por diez
(en pesos) de 1940 a 1951 (Peñalosa, cuadro 21). Esto implica
un crecimiento del 23% anual, no corregido por la inflación.
Pero, en términos reales (con base en las toneladas que
registra el Anuario
Estadístico de Comercio Exterior), se triplicó
de 1945 a 1955. Esto implica un crecimiento real sostenido de 10% al
año, que no hemos vuelto a ver.
En
1952, España publicaba 119 títulos por millón de
habitantes, México 114. Diez años después,
España había subido a 310 y México bajado a 101.
En 1962, México publicaba 3,760 títulos, España
12,243. El estirón de España fue exportador y basado en
traducciones. En 1961, las exportaciones de libros representaron el
2.53% de todo lo que exportaba, una proporción varias veces
mayor que la de Gran Bretaña (0.81%), los Estados Unidos
(0.50%), Francia (0.43%) y Alemania occidental (0.24%). En 1964, se
publicaron en el mundo unos 380 mil libros, de los cuales 69 mil en
inglés, 39 mil en alemán, 28 mil en español y 18
mil en francés. De los libros en español, más de
la mitad (15,540, el 56%) se publicó en España. (Robert
Escarpit, La revolución
del libro, Alianza, 1968, cuadros 10, 3, 12, 13, 4 y 3).
España
llegó a dominar el mercado de la novela traducida, comprando
(a veces con anticipos millonarios) los derechos exclusivos para
todos los países de habla española. Los editores en
inglés, francés, alemán, italiano, prefieren
negociar (y cobrar) los derechos de traducción con un solo
editor, no con veinte, uno por país. Y los editores mexicanos
no pueden ofrecer mucho, si no tienen un buen mercado interno y
capacidad de exportación. La traducción de novelas, que
es el grueso del mercado, le dio una posición muy fuerte al
libro español, por su mayor mercado interno y el apoyo estatal
a las exportaciones. Incluso el boom
de la novela hispanoamericana fue un lanzamiento español,
no hispanoamericano.
Según
la UNESCO, se hacen unas 100,000 traducciones de libros cada año,
en unos 100 países y unas 500 lenguas. Tiene una base de datos
con 1.6 millones de traducciones publicadas de 1979 a 2002 (Google
“Index Translationum”). En esta base, ningún país
del mundo traduce más que España del francés,
alemán e italiano; y sólo Alemania traduce más
del inglés. De todas las traducciones al español que
registra (casi 200,000), España hizo el 86%, México el
4%, Argentina el 3%.
Según
Escarpit, España publicó 12,243 títulos en 1962.
Según la Agencia Española del ISBN, el año 2005
publicó seis veces más: 76,265.
Los
economistas españoles procedieron como los asiáticos.
Recomendaron medidas de apoyo a la reconquista del mercado
internacional del libro, que dieron buenos resultados.
¿Qué hicieron los mexicanos? A un costo
inmenso de oportunidad, apoyaron la sustitución de
importaciones de papel, no la exportación de libros. El papel
tuvo a su favor: precios internos controlados para la celulosa,
libres para el papel; frontera abierta para importar celulosa,
cerrada para importar papel. No es de extrañar que la papelera
Kimberly Clark tuviera en México su filial más
lucrativa. Así se castigó la producción y
exportación de libros en beneficio de la industria del papel.
Contra
lo que pudiera creerse, la industria papelera, mucho más
grande y poderosa que la industria editorial (y, por lo mismo, con
una capacidad de cabildeo político que nunca tuvo la
editorial), era menos competitiva en el mercado internacional.
Históricamente, la producción de papel le ha costado
divisas al país, en vez de generarlas. Paradójicamente,
la industria editorial era capaz de convertir un papel difícilmente
exportable (caro, no tan bueno para la producción de libros,
nada competitivo en el mercado internacional) en libros que se
exportaban, y que se hubieran exportado más con un papel mejor
y más barato. El único papel que México
exportaba era el impreso. Lo competitivo y exportable estaba en el
valor agregado intelectual. Eso implicaba un potencial extraordinario
del libro mexicano, que fue ignorado por los economistas. (Todavía
el año 2005, según el Banco de Información
Económica del INEGI, México exportó ocho veces
más dólares por concepto de libros que de papel y
cartón para impresión.)
Cuando
se fueron los economistas fanáticos de la protección al
mercado interno y el Estado editor, llegaron los fanáticos de
la globalización. Dos frases célebres de ilustres
economistas (doctorados, uno en Chicago y otro en Yale) que fueron
secretarios de Comercio y Fomento Industrial: “La mejor política
industrial es no tener política industrial” (Herminio
Blanco), “La cultura no nos importa” (Jaime Serra Puche).
Los
resultados están a la vista. Gran parte de la industria
editorial mexicana pasó a ser propiedad española. Ya
hay editores en los Estados Unidos que empiezan a publicar en
español. Y pronto será más práctico
comprar libros en español en Amazon, incluso los que se
publican en México, por la falta de librerías, que es
absoluta en muchas partes del país.
Históricamente,
la cultura económica viene de la cultura y de los libros. Pero
los economistas mexicanos (proteccionistas o globalizadores) no
vienen de Cosío Villegas, Keynes ni Hayek. No entienden la
cultura ni los libros. ~
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...Y la pérdida de un liderazgo regional...
...Y la votación por un presidente incapaz de leer un libro...
...Y la falta de materia prima para la industria del entretenimiento...
...Y la incapacidad para entender instructivos...
...Y el sometimiento incuestionado a cualquier figura e autoridad: el médico, el licenciado, el que sea...
Sol
por sol levin. Escrito el 19 de febrero de 2007
La desconfianza en el exterior y las doctrinas de la CEPAL sirvieron para que los economistas mexicanos no vieran lo que tenían ante las narices, al estudiar en libros del Fondo de Cultura Económica. No se dieron cuenta de que en la industria del libro había un as competitivo, con todo a favor de impulsarlo en grande. Finalmente, pasó la coyuntura. España recuperó su primacía, gracias al decidido apoyo del Estado a la industria del libro, la mentalidad conquistadora, la oportunidad objetiva del mercado internacional del libro en español y hasta las redes del exilio hispanoamericano. Hoy es una potencia mundial editorial.
Algunas
cifras: En 1934, de los libros importados por México, el 55%
(en pesos) era de España, el 0.5% de Argentina. En 1939, los
porcentajes cambiaron a 6% de España y 19% de Argentina. En
1946, a 7% de España y 61% de Argentina. A partir de ahí,
España empieza a recuperarse. En 1951, los porcentajes fueron
32% de España y 28% de Argentina. (Fernando Peñalosa,
The Mexican book industry,
Scarecrow, 1957, cuadro 19).
La
exportación de libros mexicanos se multiplicó por diez
(en pesos) de 1940 a 1951 (Peñalosa, cuadro 21). Esto implica
un crecimiento del 23% anual, no corregido por la inflación.
Pero, en términos reales (con base en las toneladas que
registra el Anuario
Estadístico de Comercio Exterior), se triplicó
de 1945 a 1955. Esto implica un crecimiento real sostenido de 10% al
año, que no hemos vuelto a ver.
En
1952, España publicaba 119 títulos por millón de
habitantes, México 114. Diez años después,
España había subido a 310 y México bajado a 101.
En 1962, México publicaba 3,760 títulos, España
12,243. El estirón de España fue exportador y basado en
traducciones. En 1961, las exportaciones de libros representaron el
2.53% de todo lo que exportaba, una proporción varias veces
mayor que la de Gran Bretaña (0.81%), los Estados Unidos
(0.50%), Francia (0.43%) y Alemania occidental (0.24%). En 1964, se
publicaron en el mundo unos 380 mil libros, de los cuales 69 mil en
inglés, 39 mil en alemán, 28 mil en español y 18
mil en francés. De los libros en español, más de
la mitad (15,540, el 56%) se publicó en España. (Robert
Escarpit, La revolución
del libro, Alianza, 1968, cuadros 10, 3, 12, 13, 4 y 3).
España
llegó a dominar el mercado de la novela traducida, comprando
(a veces con anticipos millonarios) los derechos exclusivos para
todos los países de habla española. Los editores en
inglés, francés, alemán, italiano, prefieren
negociar (y cobrar) los derechos de traducción con un solo
editor, no con veinte, uno por país. Y los editores mexicanos
no pueden ofrecer mucho, si no tienen un buen mercado interno y
capacidad de exportación. La traducción de novelas, que
es el grueso del mercado, le dio una posición muy fuerte al
libro español, por su mayor mercado interno y el apoyo estatal
a las exportaciones. Incluso el boom
de la novela hispanoamericana fue un lanzamiento español,
no hispanoamericano.
Según
la UNESCO, se hacen unas 100,000 traducciones de libros cada año,
en unos 100 países y unas 500 lenguas. Tiene una base de datos
con 1.6 millones de traducciones publicadas de 1979 a 2002 (Google
“Index Translationum”). En esta base, ningún país
del mundo traduce más que España del francés,
alemán e italiano; y sólo Alemania traduce más
del inglés. De todas las traducciones al español que
registra (casi 200,000), España hizo el 86%, México el
4%, Argentina el 3%.
Según
Escarpit, España publicó 12,243 títulos en 1962.
Según la Agencia Española del ISBN, el año 2005
publicó seis veces más: 76,265.
Los
economistas españoles procedieron como los asiáticos.
Recomendaron medidas de apoyo a la reconquista del mercado
internacional del libro, que dieron buenos resultados.
¿Qué hicieron los mexicanos? A un costo
inmenso de oportunidad, apoyaron la sustitución de
importaciones de papel, no la exportación de libros. El papel
tuvo a su favor: precios internos controlados para la celulosa,
libres para el papel; frontera abierta para importar celulosa,
cerrada para importar papel. No es de extrañar que la papelera
Kimberly Clark tuviera en México su filial más
lucrativa. Así se castigó la producción y
exportación de libros en beneficio de la industria del papel.
Contra
lo que pudiera creerse, la industria papelera, mucho más
grande y poderosa que la industria editorial (y, por lo mismo, con
una capacidad de cabildeo político que nunca tuvo la
editorial), era menos competitiva en el mercado internacional.
Históricamente, la producción de papel le ha costado
divisas al país, en vez de generarlas. Paradójicamente,
la industria editorial era capaz de convertir un papel difícilmente
exportable (caro, no tan bueno para la producción de libros,
nada competitivo en el mercado internacional) en libros que se
exportaban, y que se hubieran exportado más con un papel mejor
y más barato. El único papel que México
exportaba era el impreso. Lo competitivo y exportable estaba en el
valor agregado intelectual. Eso implicaba un potencial extraordinario
del libro mexicano, que fue ignorado por los economistas. (Todavía
el año 2005, según el Banco de Información
Económica del INEGI, México exportó ocho veces
más dólares por concepto de libros que de papel y
cartón para impresión.)
Cuando
se fueron los economistas fanáticos de la protección al
mercado interno y el Estado editor, llegaron los fanáticos de
la globalización. Dos frases célebres de ilustres
economistas (doctorados, uno en Chicago y otro en Yale) que fueron
secretarios de Comercio y Fomento Industrial: “La mejor política
industrial es no tener política industrial” (Herminio
Blanco), “La cultura no nos importa” (Jaime Serra Puche).
Los
resultados están a la vista. Gran parte de la industria
editorial mexicana pasó a ser propiedad española. Ya
hay editores en los Estados Unidos que empiezan a publicar en
español. Y pronto será más práctico
comprar libros en español en Amazon, incluso los que se
publican en México, por la falta de librerías, que es
absoluta en muchas partes del país.
Históricamente,
la cultura económica viene de la cultura y de los libros. Pero
los economistas mexicanos (proteccionistas o globalizadores) no
vienen de Cosío Villegas, Keynes ni Hayek. No entienden la
cultura ni los libros. ~
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...Y la falta de materia prima para la industria del entretenimiento...
...Y la incapacidad para entender instructivos...
...Y el sometimiento incuestionado a cualquier figura e autoridad: el médico, el licenciado, el que sea...
Sol
por sol levin. Escrito el 19 de febrero de 2007
La exportación de libros mexicanos se multiplicó por diez (en pesos) de 1940 a 1951 (Peñalosa, cuadro 21). Esto implica un crecimiento del 23% anual, no corregido por la inflación. Pero, en términos reales (con base en las toneladas que registra el Anuario Estadístico de Comercio Exterior), se triplicó de 1945 a 1955. Esto implica un crecimiento real sostenido de 10% al año, que no hemos vuelto a ver.
En
1952, España publicaba 119 títulos por millón de
habitantes, México 114. Diez años después,
España había subido a 310 y México bajado a 101.
En 1962, México publicaba 3,760 títulos, España
12,243. El estirón de España fue exportador y basado en
traducciones. En 1961, las exportaciones de libros representaron el
2.53% de todo lo que exportaba, una proporción varias veces
mayor que la de Gran Bretaña (0.81%), los Estados Unidos
(0.50%), Francia (0.43%) y Alemania occidental (0.24%). En 1964, se
publicaron en el mundo unos 380 mil libros, de los cuales 69 mil en
inglés, 39 mil en alemán, 28 mil en español y 18
mil en francés. De los libros en español, más de
la mitad (15,540, el 56%) se publicó en España. (Robert
Escarpit, La revolución
del libro, Alianza, 1968, cuadros 10, 3, 12, 13, 4 y 3).
España
llegó a dominar el mercado de la novela traducida, comprando
(a veces con anticipos millonarios) los derechos exclusivos para
todos los países de habla española. Los editores en
inglés, francés, alemán, italiano, prefieren
negociar (y cobrar) los derechos de traducción con un solo
editor, no con veinte, uno por país. Y los editores mexicanos
no pueden ofrecer mucho, si no tienen un buen mercado interno y
capacidad de exportación. La traducción de novelas, que
es el grueso del mercado, le dio una posición muy fuerte al
libro español, por su mayor mercado interno y el apoyo estatal
a las exportaciones. Incluso el boom
de la novela hispanoamericana fue un lanzamiento español,
no hispanoamericano.
Según
la UNESCO, se hacen unas 100,000 traducciones de libros cada año,
en unos 100 países y unas 500 lenguas. Tiene una base de datos
con 1.6 millones de traducciones publicadas de 1979 a 2002 (Google
“Index Translationum”). En esta base, ningún país
del mundo traduce más que España del francés,
alemán e italiano; y sólo Alemania traduce más
del inglés. De todas las traducciones al español que
registra (casi 200,000), España hizo el 86%, México el
4%, Argentina el 3%.
Según
Escarpit, España publicó 12,243 títulos en 1962.
Según la Agencia Española del ISBN, el año 2005
publicó seis veces más: 76,265.
Los
economistas españoles procedieron como los asiáticos.
Recomendaron medidas de apoyo a la reconquista del mercado
internacional del libro, que dieron buenos resultados.
¿Qué hicieron los mexicanos? A un costo
inmenso de oportunidad, apoyaron la sustitución de
importaciones de papel, no la exportación de libros. El papel
tuvo a su favor: precios internos controlados para la celulosa,
libres para el papel; frontera abierta para importar celulosa,
cerrada para importar papel. No es de extrañar que la papelera
Kimberly Clark tuviera en México su filial más
lucrativa. Así se castigó la producción y
exportación de libros en beneficio de la industria del papel.
Contra
lo que pudiera creerse, la industria papelera, mucho más
grande y poderosa que la industria editorial (y, por lo mismo, con
una capacidad de cabildeo político que nunca tuvo la
editorial), era menos competitiva en el mercado internacional.
Históricamente, la producción de papel le ha costado
divisas al país, en vez de generarlas. Paradójicamente,
la industria editorial era capaz de convertir un papel difícilmente
exportable (caro, no tan bueno para la producción de libros,
nada competitivo en el mercado internacional) en libros que se
exportaban, y que se hubieran exportado más con un papel mejor
y más barato. El único papel que México
exportaba era el impreso. Lo competitivo y exportable estaba en el
valor agregado intelectual. Eso implicaba un potencial extraordinario
del libro mexicano, que fue ignorado por los economistas. (Todavía
el año 2005, según el Banco de Información
Económica del INEGI, México exportó ocho veces
más dólares por concepto de libros que de papel y
cartón para impresión.)
Cuando
se fueron los economistas fanáticos de la protección al
mercado interno y el Estado editor, llegaron los fanáticos de
la globalización. Dos frases célebres de ilustres
economistas (doctorados, uno en Chicago y otro en Yale) que fueron
secretarios de Comercio y Fomento Industrial: “La mejor política
industrial es no tener política industrial” (Herminio
Blanco), “La cultura no nos importa” (Jaime Serra Puche).
Los
resultados están a la vista. Gran parte de la industria
editorial mexicana pasó a ser propiedad española. Ya
hay editores en los Estados Unidos que empiezan a publicar en
español. Y pronto será más práctico
comprar libros en español en Amazon, incluso los que se
publican en México, por la falta de librerías, que es
absoluta en muchas partes del país.
Históricamente,
la cultura económica viene de la cultura y de los libros. Pero
los economistas mexicanos (proteccionistas o globalizadores) no
vienen de Cosío Villegas, Keynes ni Hayek. No entienden la
cultura ni los libros. ~
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Comentarios:
...Y la pérdida de un liderazgo regional...
...Y la votación por un presidente incapaz de leer un libro...
...Y la falta de materia prima para la industria del entretenimiento...
...Y la incapacidad para entender instructivos...
...Y el sometimiento incuestionado a cualquier figura e autoridad: el médico, el licenciado, el que sea...
Sol
por sol levin. Escrito el 19 de febrero de 2007
España llegó a dominar el mercado de la novela traducida, comprando (a veces con anticipos millonarios) los derechos exclusivos para todos los países de habla española. Los editores en inglés, francés, alemán, italiano, prefieren negociar (y cobrar) los derechos de traducción con un solo editor, no con veinte, uno por país. Y los editores mexicanos no pueden ofrecer mucho, si no tienen un buen mercado interno y capacidad de exportación. La traducción de novelas, que es el grueso del mercado, le dio una posición muy fuerte al libro español, por su mayor mercado interno y el apoyo estatal a las exportaciones. Incluso el boom de la novela hispanoamericana fue un lanzamiento español, no hispanoamericano.
Según
la UNESCO, se hacen unas 100,000 traducciones de libros cada año,
en unos 100 países y unas 500 lenguas. Tiene una base de datos
con 1.6 millones de traducciones publicadas de 1979 a 2002 (Google
“Index Translationum”). En esta base, ningún país
del mundo traduce más que España del francés,
alemán e italiano; y sólo Alemania traduce más
del inglés. De todas las traducciones al español que
registra (casi 200,000), España hizo el 86%, México el
4%, Argentina el 3%.
Según
Escarpit, España publicó 12,243 títulos en 1962.
Según la Agencia Española del ISBN, el año 2005
publicó seis veces más: 76,265.
Los
economistas españoles procedieron como los asiáticos.
Recomendaron medidas de apoyo a la reconquista del mercado
internacional del libro, que dieron buenos resultados.
¿Qué hicieron los mexicanos? A un costo
inmenso de oportunidad, apoyaron la sustitución de
importaciones de papel, no la exportación de libros. El papel
tuvo a su favor: precios internos controlados para la celulosa,
libres para el papel; frontera abierta para importar celulosa,
cerrada para importar papel. No es de extrañar que la papelera
Kimberly Clark tuviera en México su filial más
lucrativa. Así se castigó la producción y
exportación de libros en beneficio de la industria del papel.
Contra
lo que pudiera creerse, la industria papelera, mucho más
grande y poderosa que la industria editorial (y, por lo mismo, con
una capacidad de cabildeo político que nunca tuvo la
editorial), era menos competitiva en el mercado internacional.
Históricamente, la producción de papel le ha costado
divisas al país, en vez de generarlas. Paradójicamente,
la industria editorial era capaz de convertir un papel difícilmente
exportable (caro, no tan bueno para la producción de libros,
nada competitivo en el mercado internacional) en libros que se
exportaban, y que se hubieran exportado más con un papel mejor
y más barato. El único papel que México
exportaba era el impreso. Lo competitivo y exportable estaba en el
valor agregado intelectual. Eso implicaba un potencial extraordinario
del libro mexicano, que fue ignorado por los economistas. (Todavía
el año 2005, según el Banco de Información
Económica del INEGI, México exportó ocho veces
más dólares por concepto de libros que de papel y
cartón para impresión.)
Cuando
se fueron los economistas fanáticos de la protección al
mercado interno y el Estado editor, llegaron los fanáticos de
la globalización. Dos frases célebres de ilustres
economistas (doctorados, uno en Chicago y otro en Yale) que fueron
secretarios de Comercio y Fomento Industrial: “La mejor política
industrial es no tener política industrial” (Herminio
Blanco), “La cultura no nos importa” (Jaime Serra Puche).
Los
resultados están a la vista. Gran parte de la industria
editorial mexicana pasó a ser propiedad española. Ya
hay editores en los Estados Unidos que empiezan a publicar en
español. Y pronto será más práctico
comprar libros en español en Amazon, incluso los que se
publican en México, por la falta de librerías, que es
absoluta en muchas partes del país.
Históricamente,
la cultura económica viene de la cultura y de los libros. Pero
los economistas mexicanos (proteccionistas o globalizadores) no
vienen de Cosío Villegas, Keynes ni Hayek. No entienden la
cultura ni los libros. ~
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...Y la pérdida de un liderazgo regional...
...Y la votación por un presidente incapaz de leer un libro...
...Y la falta de materia prima para la industria del entretenimiento...
...Y la incapacidad para entender instructivos...
...Y el sometimiento incuestionado a cualquier figura e autoridad: el médico, el licenciado, el que sea...
Sol
por sol levin. Escrito el 19 de febrero de 2007
Según Escarpit, España publicó 12,243 títulos en 1962. Según la Agencia Española del ISBN, el año 2005 publicó seis veces más: 76,265.
Los
economistas españoles procedieron como los asiáticos.
Recomendaron medidas de apoyo a la reconquista del mercado
internacional del libro, que dieron buenos resultados.
¿Qué hicieron los mexicanos? A un costo
inmenso de oportunidad, apoyaron la sustitución de
importaciones de papel, no la exportación de libros. El papel
tuvo a su favor: precios internos controlados para la celulosa,
libres para el papel; frontera abierta para importar celulosa,
cerrada para importar papel. No es de extrañar que la papelera
Kimberly Clark tuviera en México su filial más
lucrativa. Así se castigó la producción y
exportación de libros en beneficio de la industria del papel.
Contra
lo que pudiera creerse, la industria papelera, mucho más
grande y poderosa que la industria editorial (y, por lo mismo, con
una capacidad de cabildeo político que nunca tuvo la
editorial), era menos competitiva en el mercado internacional.
Históricamente, la producción de papel le ha costado
divisas al país, en vez de generarlas. Paradójicamente,
la industria editorial era capaz de convertir un papel difícilmente
exportable (caro, no tan bueno para la producción de libros,
nada competitivo en el mercado internacional) en libros que se
exportaban, y que se hubieran exportado más con un papel mejor
y más barato. El único papel que México
exportaba era el impreso. Lo competitivo y exportable estaba en el
valor agregado intelectual. Eso implicaba un potencial extraordinario
del libro mexicano, que fue ignorado por los economistas. (Todavía
el año 2005, según el Banco de Información
Económica del INEGI, México exportó ocho veces
más dólares por concepto de libros que de papel y
cartón para impresión.)
Cuando
se fueron los economistas fanáticos de la protección al
mercado interno y el Estado editor, llegaron los fanáticos de
la globalización. Dos frases célebres de ilustres
economistas (doctorados, uno en Chicago y otro en Yale) que fueron
secretarios de Comercio y Fomento Industrial: “La mejor política
industrial es no tener política industrial” (Herminio
Blanco), “La cultura no nos importa” (Jaime Serra Puche).
Los
resultados están a la vista. Gran parte de la industria
editorial mexicana pasó a ser propiedad española. Ya
hay editores en los Estados Unidos que empiezan a publicar en
español. Y pronto será más práctico
comprar libros en español en Amazon, incluso los que se
publican en México, por la falta de librerías, que es
absoluta en muchas partes del país.
Históricamente,
la cultura económica viene de la cultura y de los libros. Pero
los economistas mexicanos (proteccionistas o globalizadores) no
vienen de Cosío Villegas, Keynes ni Hayek. No entienden la
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...Y la votación por un presidente incapaz de leer un libro...
...Y la falta de materia prima para la industria del entretenimiento...
...Y la incapacidad para entender instructivos...
...Y el sometimiento incuestionado a cualquier figura e autoridad: el médico, el licenciado, el que sea...
Sol
por sol levin. Escrito el 19 de febrero de 2007
Contra lo que pudiera creerse, la industria papelera, mucho más grande y poderosa que la industria editorial (y, por lo mismo, con una capacidad de cabildeo político que nunca tuvo la editorial), era menos competitiva en el mercado internacional. Históricamente, la producción de papel le ha costado divisas al país, en vez de generarlas. Paradójicamente, la industria editorial era capaz de convertir un papel difícilmente exportable (caro, no tan bueno para la producción de libros, nada competitivo en el mercado internacional) en libros que se exportaban, y que se hubieran exportado más con un papel mejor y más barato. El único papel que México exportaba era el impreso. Lo competitivo y exportable estaba en el valor agregado intelectual. Eso implicaba un potencial extraordinario del libro mexicano, que fue ignorado por los economistas. (Todavía el año 2005, según el Banco de Información Económica del INEGI, México exportó ocho veces más dólares por concepto de libros que de papel y cartón para impresión.)
Cuando
se fueron los economistas fanáticos de la protección al
mercado interno y el Estado editor, llegaron los fanáticos de
la globalización. Dos frases célebres de ilustres
economistas (doctorados, uno en Chicago y otro en Yale) que fueron
secretarios de Comercio y Fomento Industrial: “La mejor política
industrial es no tener política industrial” (Herminio
Blanco), “La cultura no nos importa” (Jaime Serra Puche).
Los
resultados están a la vista. Gran parte de la industria
editorial mexicana pasó a ser propiedad española. Ya
hay editores en los Estados Unidos que empiezan a publicar en
español. Y pronto será más práctico
comprar libros en español en Amazon, incluso los que se
publican en México, por la falta de librerías, que es
absoluta en muchas partes del país.
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la cultura económica viene de la cultura y de los libros. Pero
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...Y la votación por un presidente incapaz de leer un libro...
...Y la falta de materia prima para la industria del entretenimiento...
...Y la incapacidad para entender instructivos...
...Y el sometimiento incuestionado a cualquier figura e autoridad: el médico, el licenciado, el que sea...
Sol
por sol levin. Escrito el 19 de febrero de 2007
Los resultados están a la vista. Gran parte de la industria editorial mexicana pasó a ser propiedad española. Ya hay editores en los Estados Unidos que empiezan a publicar en español. Y pronto será más práctico comprar libros en español en Amazon, incluso los que se publican en México, por la falta de librerías, que es absoluta en muchas partes del país.
Históricamente, la cultura económica viene de la cultura y de los libros. Pero los economistas mexicanos (proteccionistas o globalizadores) no vienen de Cosío Villegas, Keynes ni Hayek. No entienden la cultura ni los libros. ~
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