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Lo bueno, lo malo y lo feo de los discursos de 2016

¿Qué nos dijeron los líderes políticos, empresariales y sociales este año a través de su discurso? Cuáles fueron sus aciertos, sus desaciertos y sus absolutas metidas de pata en la comunicación? Aquí un repaso de lo más destacado del año.

LO BUENO

El Papa Francisco en México. Contundentes, claros y directos fueron los discursos del primer Papa latinoamericano en su visita a México. A Peña Nieto y su gobierno les dijo que no solo de reformas vive el hombre: hace falta ética en las decisiones. A las élites del poder, que tienen mucho más responsabilidad con el país de la que han asumido. A la alta jerarquía católica del país les tocó, merecidamente, un duro discurso en el que Francisco les exigió dejar de comportarse como “príncipes” y salir a curar las heridas espirituales del pueblo. A los jóvenes, lejos de victimizarlos como les encanta hacer a nuestros paternalistas políticos, los llamó a la acción, haciéndolos responsables de sus decisiones y de su destino. Y a los mexicanos, creyentes y no creyentes, nos dejó un mensaje claro de no resignarnos, no bajar los brazos, no rendirnos ante los problemas.

El cambio en el discurso de la élite empresarial mexicana. Durante muchos años, la élite empresarial mexicana ha estado agrupada en organizaciones cupulares que cuidan al máximo sus palabras cuando le hablan al gobierno. Pero en 2016 vimos a la COPARMEX con un discurso asertivo y directo. Esto es positivo porque México necesita un diálogo auténtico entre sus élites, para encontrar consensos mínimos sobre cómo salir del pantano de impunidad y corrupción, que mantiene al país en el atraso político, en la incertidumbre social y en la  mediocridad económica.

La narrativa emergente de (una parte de) la sociedad civil. Este año, compartí con ustedes una reflexión sobre las tres narrativas que pelean por convencer a la gente sobre lo que le pasa a México y lo que se necesita para resolver sus males. Una es la del estatus quo, la de Peña Nieto y el PRI, que nos dice que “todos los mexicanos somos corruptos” y no tenemos remedio. Otra es la de AMLO y los “trolls” de redes sociales, que dicen que el país es un pantano sin remedio por culpa de la “mafia en el poder”, a la que enfrentan con mucho odio y desprecio, convencidos de que más que ciudadanos responsables, el país va a cambiar con la llegada de una persona a la silla presidencial. La tercera es la narrativa emergente de las organizaciones que apoyaron la “Ley 3 de 3”, la del policía que regresa el maletín con dinero que se encontró en el aeropuerto, la del ciudadano que graba al funcionario abusivo y lo denuncia. Es la narrativa que empodera al ciudadano y lo vuelve el protagonista del cambio, con la idea de que “tal vez lo que haces no cambiará todo, pero si no haces nada, nada cambiará”.

LO MALO

La comunicación del presidente Peña Nieto y su gobierno. La relación del presidente con sus gobernados es como un matrimonio que va de mal en peor: pasa de las pedidas de perdón al insulto, del insulto a la indiferencia y de la indiferencia al reproche. “Lo bueno no se cuenta, pero cuenta mucho” es la frase que define cómo se ve a sí mismo el presidente frente a la sociedad: un gobernante que hace muchas cosas buenas que no son apreciadas por una ciudadanía que, como cónyuge permanentemente enojado, ya no escucha razones. Desesperado ante tanta incomprensión, el presidente llegó a decir que él no se despierta cada mañana pensando cómo “joder a México”. Parece que quienes asesoran a Peña Nieto en temas de comunicación sí se despiertan pensando cómo joder al gobierno… y cobrarle por ello.

El discurso de Hillary Clinton. Se escribirán libros enteros sobre la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos, pero casi todos coincidirán en algo: ¡qué mala candidata resultó Hillary Clinton! Y una de sus principales carencias fueron sus discursos: largos, llenos de complejas propuestas de política pública, desprovistos de un mensaje unificador claro. Sus discursos no pudieron hacer que la gente saliera a votar por ella en los estados que se necesitaba. Dos grandes ironías: la primera es que toda la campaña se acusó a Hillary de ser “poco auténtica” cuando en realidad sus discursos sí reflejaban quién es ella: una política elitista que no creía en la gente, sino en su propia experiencia, inteligencia y capacidad tecnocrática para implementar políticas públicas. Y la segunda, que el primer y único discurso 100% emotivo que dio fue en el que aceptó su derrota.  

Los discursos del General Cienfuegos. El General Salvador Cienfuegos, Secretario de la Defensa Nacional, ha dado este año tres discursos inéditos para los militares mexicanos. En uno, pide perdón por los abusos cometidos por soldados y –en un país donde casi ningún funcionario responde adecuadamente por sus propios actos– asumió la responsabilidad política por los actos de sus subordinados. En otro, Cienfuegos fustiga a los asesinos del crimen organizado que emboscaron a varios militares, llamándolos “bestias criminales” y “seres sin consciencia”. Y en el tercero, que cada quien interpretó de acuerdo con sus intereses, habló de que los militares mexicanos están cansados de suplir a autoridades civiles que, por negligencia, incompetencia o corrupción, renunciaron a combatir la inseguridad en todas sus formas. Lo malo no son los discursos, sino la reacción ante ellos, que estuvo marcada por el silencio gubernamental y la estridencia de los opinadores políticos que no salen de su monólogo de “la guerra de Calderón”. Preocupa mucho ver la indolencia y la incapacidad de las élites del país para comprender la crisis de seguridad que vive México y plantear alternativas viables para enfrentarla y solucionarla.

LO FEO

El triunfo de Trump. Desde agosto de 2015 esta bitácora sonó la alerta sobre el enorme poder del discurso populista de Donald Trump. El demagogo fue avanzando y a cada paso dejaba tendidos en el camino a políticos profesionales, medios de comunicación, encuestólogos y pundits. Las estrategias para detenerlo fueron insuficientes la mayor parte de la campaña. Hillary Clinton dejó pasar la oportunidad dorada de hundirlo en el segundo debate, al que llegó como acosador sexual en desgracia y del que salió como candidato fuerte. Y así llegó el día que pasó lo impensable. Como nunca antes, el planeta entero estará atento a los discursos de un solo hombre, el primer presidente fascista (y segundo presidente   acosador sexual confeso) de los Estados Unidos de América.

El discurso de EPN ante Trump. Un discurso tiene el potencial de pasar a la historia cuando se conjugan circunstancias extraordinarias con palabras extraordinarias. La visita del demagogo Donald Trump a México era circunstancia propicias para que nuestro Jefe de Estado pronunciara esas palabras extraordinarias. Era la oportunidad para hacerle ver a Trump, sin necesidad de recurrir a la estridencia o el insulto, que su actitud hacia nuestro país y nuestra gente era inaceptable y que México tiene el peso para hacerse respetar. Pero el presidente, una vez más, no entendió lo que le exigía el cargo y el momento. Todos sentimos una gran indignación al ver el trato de estadista que se le dio al entonces candidato. Y el discurso del presidente nos convenció de una sola cosa: México no tiene quien lo defienda. Peña Nieto dio un discurso mediocre, tibio, descafeinado y rebuscado que –por querer sonar diplomático– terminó siendo sumiso y obsequioso. Uno de los momentos más tristes que hemos vivido en años recientes.

El discurso de los gobernadores en fuga. Todos hablan de los miles de millones de pesos que con absoluto cinismo se robaron los gobernadores de varios estados. Pero pocos reparan en el daño que le han hecho a la democracia con los discursos que recetaron a sus gobernados, en los que hablaban de transparencia, rendición de cuentas y otros elevados conceptos. Incluso mientras se hundían en su propio fango, gente como Javier Duarte hablaba del “amor” que sentía por Veracruz y la “responsabilidad” con la que se conduce en  su vida “pública y privada”. Cuando el discurso de un líder político se vuelve una absoluta colección de mentiras la palabra del gobernante se corrompe, la confianza de la sociedad se desmorona y el edificio de la democracia se colapsa. Reparar el erario de los estados será mucho más fácil que reparar el vínculo entre sociedad y gobierno.

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