artículo no publicado

Isaiah Berlin y el poder de las ideas

El pensador estaba lleno de contradicciones, pero fue un elocuente defensor del pluralismo y la libertad. La editorial Página Indómita acaba de publicar una selección de sus ensayos breves.

Lo más interesante de Isaiah Berlin, y quizá lo más interesante de cualquiera, está en sus contradicciones. Durante un tiempo se le tuvo por una especie de filósofo casi ágrafo, un orador brillante y un analista de talento que nunca se decidía a escribir una obra importante. La tarea editorial de Henry Hardy hizo mucho por cambiar esa percepción.

Berlin es un ejemplo -como todos lo somos, pero quizá en su caso es más visible- de una identidad compuesta: era un profesor de Oxford, un estudioso judío, un pensador ruso. Esos tres mundos y algunos otros están en el libro.Es llamativo que en España se intentara apropiar de Berlin una parte dogmática de la derecha, convencida de que el mercado era la respuesta para todas las preguntas: quizá la observación esencial de Berlin -cuyo desinterés por la economía puede verse como una limitación- es que no hay una respuesta única para todas las preguntas, que no todos los bienes son compatibles en último término. En su obra hay casi siempre una actitud cautelosa, a veces frustrante, y en el desdén que sentía por él Christopher Hitchens -Timothy Garton Ash los ha comparado aquí- hay una cuestión casi de temperamento.

Para Garton Ash, las palabras que Berlin dedicó a Turguéniev podrían aplicarse al autor de Pensadores rusos: “el grupúsculo de hombres dubitativos, autocríticos, no siempre muy valientes, que ocupan un espacio a la izquierda del centro y que sienten repulsión moral tanto por las caras rígidas que hay en su derecha como por la histeria y la violencia ciega y la demagogia que hay a su izquierda”. Pero Berlin también, dice Garton Ash, fue un paladín elocuente de la necesidad del pluralismo.

Página Indómita ha publicado recientemente su selección de ensayos breves, El poder de las ideas, editado por Henry Hardy, prologado por Avishai Margalit y traducido por Roberto Ramos y Alejandro Limeres. El volumen, sobre el que ha escrito Ramón González Férriz, incluye algunos de los grandes temas y obsesiones del pensamiento de Berlin. Hay piezas originales y valiosas; otras son resúmenes útiles o aproximaciones complementarias a asuntos que trató en otras partes.

Berlin dedicó mucho esfuerzo y tiempo a explicar la obra y la manera de pensar de quienes no estaban de acuerdo con él. Aunque no coincidiera en sus posiciones, sabía explicar su punto de vista y reconocer el valor de sus observaciones. Los textos que dedicó a los románticos y los prerrománticos, o su ensayo sobre Herder, son ejemplos claros. Era un heredero de la ilustración que aceptaba, o que al menos escuchaba atentamente, algunas de las críticas de los enemigos de la Ilustración.

Uno de los temas centrales de El poder de las ideas es la influencia de estas en la historia, frente a una concepción que presentaría las visiones como algo derivado de las condiciones materiales (más cercana a Marx pero también, por ejemplo, a un historiador actual como Ian Morris). Un ejemplo, que Berlin dio en otros lugares, es el valor que se da a la sinceridad: en otras épocas, del adversario no se valoraba que fuera sincero en sus creencias; a partir del romanticismo, se reconocía la fidelidad a una visión aunque se considerase errónea. “Los conceptos filosóficos -escribía parafraseando a Heine- alimentados en la quietud del estudio de un profesor podrían destruir una civilización.” Y uno de los textos más singulares del volumen es “Mi trayectoria filosófica”, una especie de resumen donde presenta los contextos y encuentros más importantes de su carrera, que pasó de la filosofía analítica a la historia de las ideas.

La otra idea central es la crítica del monismo, que a juicio de Berlin “se halla en la raíz de todo extremismo”. Se opone a la visión de los demócratas liberales, “quienes desean alcanzar un equilibrio necesariamente precario entre ideales incompatibles, un equilibrio basado en el reconocimiento de que todas las aspiraciones humanas tienen igual, o casi la misma, validez, y de que ninguna debe subordinarse a un principio único y aceptado incondicionalmente”. La mirada que predomina en el volumen es una mirada pluralista, que reconoce distintos valores. Berlin no cree que existan patrones en la historia pero sí abundan las ironías. A veces, un puñado de personas convencidas pueden provocar un cambio decisivo, pero lo normal es que ese cambio no se produzca en la dirección que ellos habían anticipado.

Berlin, que dice que la historia del pensamiento se puede ver como una larga serie de parricidios, glosa en varios lugares del libro una de sus aportaciones más famosas: su trabajo sobre los dos conceptos de libertad; la libertad negativa (con respecto a) y la libertad positiva (para). Margalit, autor del prólogo, cuenta que “fue acusado de multiplicar los sentidos de la libertad más allá de lo necesario”. Para ellos “el concepto de libertad, como la Trinidad (trina y una) es un concepto con tres elementos. A es libre si no existe un obstáculo B creado por el hombre que le impida hacer o convertirse en C; es decir, si no existe coacción, si puede buscar su objetivo sin trabas”. Un día, Margalit y Berlin caminaban y se encontraron una valla. “Berlin reaccionó inmediatamente: se trata de un obstáculo a mi libertad. La valla no me impide alcanzar mi meta. No deseo llegar a All Souls o a cualquier otro lugar concreto. Solo quiero seguir y que no me corten el paso”.

El primer libro de Berlin trataba sobre Karl Marx, y el marxismo es uno de los temas de El poder de las ideas. Habla de algunos de sus exégetas y herederos. También le dedica un ensayo, en el que describe una ambivalencia en las ideas morales y políticas de Marx. A veces, explica, los valores morales y los juicios de valor se presentan como meras armas en la lucha para el poder o la supervivencia; otras veces, habla de ellos como si “fueran indistinguibles de los hechos”, porque “La humanidad avanza en una dirección única”.

Otro ensayo interesante es el que dedica al realismo en la política. El realismo puede ser un antídoto frente al exceso de optimismo, pero también puede resultar ilusorio:

El punto de vista según el cual aquello que es más cruel y más desagradable suele ser más verdadero o “real” que su opuesto es una forma de pesimismo sardónico (o cruel) tan romántico, y tan poco apoyado en la evidencia de la observación empírica, como el humanitarismo optimista de la Edad de la Razón; y los movimientos políticos que derivan de ambas visiones -el fascismo y el comunismo (por mucho que este último afirme valerse de métodos científicos “objetivos)- han fracasado, en general,a la hora de demostrar que pueden interpretar o modificar los hechos con más éxito del que tienen otras visiones ad hoc y no sistémicas.

A Vico -“fue él quien, prácticamente, inventó la idea de cultura”, dice- le dedica uno de los mejores ensayos del libro. Y hay toda una sección sobre el mundo ruso: desde un clima intelectual que no producía muchas ideas originales, pero que sabía adaptar las que llegaban de fuera con una pasión particular, hasta las diferencias entre el mundo cultural de Rusia y del continente de Europa. Escribe semblanzas admirables de críticos como Belinski o de Alexander Herzen, uno de sus héroes, “el revolucionario sin fanatismo” que alertaba de los peligros de aceptar sacrificios reales por un futuro posible. El texto sobre Herzen tiene un apéndice de 1979, con una coda ibérica:

Desde la otra orilla sigue siendo una de las declaraciones más agudas y vívidas de lo que hay en juego para quienes no estén dispuestos a sacrificar su derecho a dudar y a disentir en aras de la obediencia y la seguridad. Hombres valientes y civilizados como Sájarov o Mijáilov, o los socialistas españoles y portugueses, son hoy los verdaderos herederos de Herzen. Puede que, a pesar de todos los trágicos ejemplos que sugieren lo contrario, el antiguo adagio de que las herejías son invencibles mediante la fuerza bruta no sea finalmente, como John Stuart Mill afirmó de manera sombría, una falacia piadosa.

Aunque Berlin -“el profeta Isaiah”, como lo llamaba en un prólogo Enrique Krauze- tiene piezas más conocidas sobre el nacionalismo, el breve ensayo que le dedica -donde lo define como “sin duda la más poderosa y quizás la más destructiva fuerza de nuestro tiempo”- es esclarecedor. Dedica dos ensayos a temas judíos: uno a Israel y otro a la emancipación y esclavitud judías. Este último, que tenía alguna comparación incómoda y que en alguna cosa ha envejecido (está escrito justo antes de la eclosión de la novela judía en Estados Unidos, por ejemplo), incomodaba a Berlin, que se negó a republicarlo durante décadas. Para Margalit, se trata de uno de los ensayos más brillantes que escribió Berlin.

El poder de las ideas tiene momentos extraordinarios de escritura, como las semblanzas de Vico o Herzen, e incluye glosas claras y disfrutables del pensamiento de los otros. Berlin es un escritor aparentemente repetitivo, con un mundo extrañamente familiar, pero del que siempre aprendes algo nuevo y en el que siempre encuentras observaciones estimulantes, iluminadoras y precisas sobre la aventura de las ideas.