artículo no publicado
Ilustración: Hugo Alejandro González

Dos espíritus de la libertad

Christopher Hitchens e Isaiah Berlin representan dos maneras opuestas de defender la libertad. Una, vehemente y combativa; otra, prudente y autocrítica. Ambas son necesarias.

Poco después de la muerte de Isaiah Berlin, Christopher Hitchens lo atacó en un artículo titulado “Moderation or death”, publicado en la revista London Review of Books. El celebrado filósofo liberal, argüía el celebrado polemista, había sido cobarde, débil, inconsecuente, apologista de la guerra de Vietnam, adulador de los poderosos. Berlin, escribió Hitchens, fue “a la vez presuntuoso e injusto ante una larga crisis moral en la que sus opiniones y sus contactos podrían haber cambiado las cosas”. Y deploró el hecho de que la reputación de Berlin se interpusiese “cual león en nuestro camino” si “nos irritamos con el actual consenso complacientemente ‘liberal’”.

El ensayo más famoso de Berlin es Dos conceptos de libertad, pero Hitchens y Berlin, a mi parecer, personificaban dos espíritus de la libertad. La distinción entre esos dos espíritus no es de índole filosófica, como la que hay entre dos conceptos. Se trata, más bien, de una cuestión de temperamento, de carácter, de hábitos del corazón. En pocas palabras, Hitchens ejemplificaba la valentía y Berlin la tolerancia. Hitchens era directo, extravagante, no tenía miedo de ofender ni se inmutaba, admirablemente, por las amenazas de muerte islamistas. A la vez, casi nunca estaba dispuesto a admitir que se había equivocado, y cambiaba ágilmente de postura para defender, con igual vehemencia, la opinión contraria que se le hubiese antojado adoptar en un momento concreto. Pero era valiente y defendía la libertad de expresión con total coherencia.

Berlin no destacaba por su valor. Era esta una debilidad contra la que luchaba con fuerza. En una carta enviada a un amigo íntimo cuando era ya un hombre maduro y muy respetado, escribió: “¡Ojalá no hubiese heredado la naturaleza timorata, conejil de mi padre! Puedo ser valiente pero ¡oh, qué batallas, terriblemente sobrehumanas, contra la cobardía!” Y, en un ensayo sobre su querido Turguénev, evoca “el grupúsculo de hombres dubitativos, autocríticos, no siempre muy valientes, que ocupan un espacio a la izquierda del centro y que sienten repulsión moral tanto por las caras rígidas que hay en su derecha como por la histeria y la violencia ciega y la demagogia que hay a su izquierda…”

Sin embargo, Berlin era uno de los más elocuentes y coherentes paladines de un liberalismo que crea y defiende los espacios donde las personas que suscriben valores distintos, que sostienen opiniones incompatibles, que luchan por proyectos políticos irreconciliables –en resumen, los Hitchens y los anti-Hitchens– pueden enfrentarse en libertad, sin violencia. Berlin personificaba no solo la tolerancia, sino también un extraordinario don para la empatía, esa capacidad de meterse en cabezas y corazones muy diferentes que es marca distintiva de la imaginación liberal.

En un discurso de 1944, el juez Learned Hand, explicando los motivos de la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial a un público repleto de ciudadanos norteamericanos recién naturalizados, declaró: “¿Cuál es, pues, el espíritu de la libertad? Yo no puedo definirlo. Solo puedo decirles cuál es mi opinión. El espíritu de la libertad es el espíritu que no está demasiado seguro de estar en lo cierto; el espíritu de la libertad es el espíritu que busca entender los pensamientos de otros hombres y mujeres; el espíritu de la libertad es el espíritu que sopesa los intereses de esos hombres y mujeres y los propios sin parcialidad.” ¿Quién dudará de que Berlin estaba imbuido de ese espíritu de la libertad? Pero Hitchens también estaba imbuido de un espíritu de la libertad.

Si bien ambos espíritus tienden a desconfiar, incluso a desdeñarse mutuamente, los dos son indispensables. Cada uno tiene su falla característica. Un mundo compuesto enteramente por Hitchens tendería a la intolerancia. Sería un griterío permanente, aunque a menudo entretenido, en el que no habría tiempo ni espacio para comprender –en el sentido más profundo de la comprensión, que conlleva estudio minucioso, reflexión calmosa y empatía imaginativa– de dónde viene la otra persona. Un mundo compuesto enteramente por Berlins tendería al relativismo y a una excesiva tolerancia hacia los enemigos acérrimos de la tolerancia.

Esta tensión, desde luego, no comienza con estos dos escritores de finales del siglo XX. Hacia el final de su vida, el pensador liberal germanobritánico Ralf Dahrendorf escribió un libro sobre una corriente de pensamiento político que denominó erasmista, en la cual incluyó a Isaiah Berlin. Y la controversia entre estos dos espíritus de la libertad ya se encontraba en el siglo XVI en la relación entre Erasmo de Róterdam y Martín Lutero. Erasmo, el erudito más celebrado de su época, preparó el camino para la Reforma. Tanta era su afinidad intelectual con Lutero en los primeros años que se decía en chanza: Aut Erasmus Lutherat, aut Erasmissat Lutherus (O bien Erasmo luteriza, o bien erasmiza Lutero). Pero cuando Lutero se separó de la Iglesia de Roma, Erasmo no quiso seguirlo. Los hombres de buena voluntad, insistía, han de ser capaces de sostener estas discusiones con civilidad y raciocinio en el seno de la Iglesia. En su comentario del adagio latino “Muchos hombres, muchas opiniones” (Quot homines, tot sententiae), Erasmo atribuye a san Pablo la opinión de que “para dejar de lado los conflictos, debemos permitir que cada hombre tenga sus propias convicciones”. (Lo cual era, podríamos añadir, una audaz ijtihad de san Pablo.) En 1517, el mismo año en que Lutero clavaba sus tesis protestantes en la puerta de una iglesia, Erasmo escribía un ensayo titulado El lamento de la paz, donde se quejaba por los “guerreros de las palabras” que “se atacan los unos a los otros con plumas envenenadas, destrozándose con las filadas frases de la sátira y arrojando dardos letales de insinuación”.

Dahrendorf nos recuerda la anécdota de cuando el reformista Ulrich von Hutten –entonces con 35 años de edad y gravemente enfermo–, más osado, en ciertos sentidos, incluso que Lutero, llamó a la puerta de Erasmo en Basilea en busca de ayuda, “pero Erasmo, también enfermo, temeroso de un contagio tanto físico como espiritual, no lo dejó entrar. Toda Basilea lo vio...”. Hutten solo tuvo fuerzas para escribir una Objeción contra Erasmo, incluyendo este punzante reproche: “Tus propios libros tendrán que librar la batalla entre sí.” Erasmo resistió durante varios años la presión de las autoridades eclesiásticas para que se enfrentase a los reformistas, y cuando finalmente lo hizo, escribió un diálogo erudito contra las opiniones de Lutero sobre el libre albedrío. La reprimenda de Hutten es una versión temprana de la pulla del siglo XX de que un liberal es alguien que no puede ponerse de su propio lado en una discusión. Se vincula con una recurrente crítica al liberalismo que lo tacha de pálido, exangüe, enfermizo, incapaz de hacerse valer en una contienda.

Es posible poseer estas dos cualidades en medidas diferentes en momentos distintos. El propio Dahrendorf era erasmista en su vejez, pero con quince años, cuando era un colegial en el Berlín nazi, formó un grupo de resistencia y fue encarcelado en un campo de concentración de la Gestapo. Ahí tenemos la valentía de la juventud y la tolerancia nacida de la experiencia. La combinación en cualquier individuo nunca es del todo simple. Hitchens podría ser hiriente y desdeñosamente intolerante por escrito y en la escena pública, pero en privado tenía un don para llevarse bien con personas notablemente distintas. Uno de sus tropos retóricos característicos y, para el interlocutor, levemente molestos, era decir “x es amigo mío, pero...”, seguido de un ataque fulminante contra algo que x había dicho o escrito.

Los erasmistas también tienen su propio género de valentía o, con un término quizá menos preciso, de fortaleza. Hace falta cierta fortaleza serena para mantener la propia independencia intelectual cuando a nuestro alrededor todos están cerrando filas en torno a algo. “De nada me congratulo más”, escribió Erasmo hacia el final de su vida, “que de no haberme arrimado nunca a un partido”. “Amo la libertad”, respondió ante el duro ataque de Lutero, “y ni quiero ni puedo servir a ningún partido”. Hace falta perseverancia para seguir abogando con calma por una postura liberal independiente –equilibrada, justa, respetuosa con la complejidad, más preocupada por llegar a la verdad que por entretener– cuando los que Jacob Burckhardt llamó los terribles simplificateurs están cosechando entusiasmo juvenil y emoción colectiva.

“De modo que debemos sopesar y medir, negociar, transigir e impedir la aniquilación de una forma de vida por sus rivales”, escribió Berlin, tres años antes de morir, en un texto posteriormente publicado por la revista New York Review of Books [y en el número 159 de Letras Libres] como un “mensaje para el siglo XXI” . “Sé muy bien que esta no es una bandera bajo la cual los jóvenes entusiastas e idealistas deseen marchar: parece demasiado dócil, demasiado razonable, demasiado burguesa, no compromete emociones generosas. Pero deben creerme, no se puede tener todo lo que se desea, no solo en la práctica, sino también en teoría.”

Raymond Aron era otro de esos erasmistas, y sus últimas horas son un ejemplo perfecto de esta virtud, más serena. Convencido de que su amigo Bertrand de Jouvenel había sido parodiado en el libro de un historiador israelí, Aron accedió a testificar en el juicio por libelo iniciado por De Jouvenel contra el autor y el editor. Si bien recalcó ante el tribunal que De Jouvenel se había equivocado en su primera opinión sobre el Führer, mientras que él mismo vio enseguida “el demonio en Hitler” (y, como sabía su audiencia, había servido a Charles de Gaulle en el Gobierno en el exilio de Londres), de todos modos deploró el libro por ahistórico: “El autor nunca pone las cosas en su contexto. La definición que da del fascismo es tan vaga e imprecisa que podría incluir cualquier cosa.” Así pues, representaba “el peor tipo de libelo, el resultado de un procedimiento que yo deploro y condeno: culpabilidad por asociación”. Después de hablar así a favor de la claridad intelectual, la comprensión histórica y la justicia elemental, el frágil filósofo anciano salió del juzgado, subió a un coche y allí sufrió un infarto agudo de miocardio y falleció. Justo antes de desaparecer, le dijo al periodista Marc Ullman: “Je crois avoir dit l’essentiel.” (Que podría traducirse como “creo que he dicho lo que había que decir”.) ¿Qué mejor muerte podría haber para un erasmista?

Muy rara vez encontramos estos dos espíritus de la libertad, con sus cualidades distintivas de la valentía y la tolerancia, reunidos a partes iguales en un mismo individuo. De lo que yo he visto, quien más se acercaba a ello era Václav Havel. Havel fue un disidente valeroso, en la estela de su compatriota del siglo xiv Jan Hus. Demostró ese valor en sus cuatro años en prisión y en los múltiples arrestos posteriores. Su solidaridad con los disidentes de otras partes del mundo era inquebrantable. Uno de sus últimos actos públicos, estando ya muy enfermo, fue participar en una concentración frente a la embajada china de Praga en protesta por el encarcelamiento de Liu Xiaobo (un acto excepcional, fuera del protocolo diplomático, para un expresidente). Pero Havel también era el epítome de la tolerancia erasmista, no solo indefectiblemente amable sino genuinamente abierto a una gran variedad de filosofías y modos de vida, y quería que todos ellos fuesen escuchados y vistos. Por lo general, sin embargo, los dos espíritus de la libertad se distribuyen desigualmente entre los individuos: unos más luteranos, otros más erasmistas. La libertad necesita a los dos.

Es tarea de otros señalar si se puede identificar una dicotomía similar en otras culturas y tradiciones. Mi propia impresión superficial de los países que conozco mucho menos, tales como China, Birmania y Egipto, es que sí. En mis viajes para este libro, he conocido a personas profundamente admirables que a mi parecer encarnan uno de estos dos espíritus de la libertad. Y ¿sería Gandhi, como Havel, otra excepción que demuestra la regla, reuniendo a la vez valentía y tolerancia? Lo cierto es que quienes defienden la libertad de expresión en esos países, contra la ortodoxia militarizada de su época, toman decisiones más difíciles y afrontan consecuencias más graves que las que la mayor parte de nosotros jamás enfrentaremos en Occidente. ~

Traducción de Araceli Maira Benítez.

Fragmento adaptado de Libertad de palabra. Diez principios para un mundo conectado, que Tusquets publicará el 11 de abril.


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