La fábrica del lenguaje y la generación zombi

Ahora que está de moda (no) hablar de títulos de libros y nombres de autores, aquí hay una anécdota. En la edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que recién termina, siempre que me acerqué a preguntar por algún libro lo que sucedió fue lo siguiente: el vendedor o vendedora a quien consulté, luego de mostrar cara de asombro, le preguntó a otra persona que, luego de verme con la misma cara, fue a consultar a la computadora (salvo en el stand de Planeta, porque allí la base de datos de su sistema no incluía una búsqueda por autor). Al final no encontré casi nada. Otra: el sistema de búsqueda en línea de la FIL nunca fue preciso: compré tres libros que según la computadora no existen. Otra: había una edición especial de cerveza modelo dedicada a los 25 años de la FIL. Otra: en el stand de Larousse había únicamente vendedoras en minifalda y muchas más editoriales utilizaron este atuendo para llamar la atención de la gente. La moraleja –hay que vender, lo que sea– entra en conflicto directo con unas palabras de Juan José Millás que ningún lector podría cuestionar fácilmente:

es preciso estar muy embotado por la cantidad y el corto plazo para no advertir que hay libros necesarios de los que sin embargo sólo se venden 700 o 800 ejemplares. Aunque no son negocio para nadie, el mundo sería peor sin ellos.

A las preguntas de por qué se escribe y para qué se lee, hay que agregar muchas otras más relacionadas con etapas anteriores a la escritura y la lectura. Las más importantes –¿desde dónde escribimos?, ¿desde dónde leemos?– han encontrado respuesta en dos textos que aparecieron este noviembre y cuya relación no querría que pasara inadvertida. El primero (y del cual tomé la cita de Millás), La fábrica del lenguaje, S. A.  (Anagrama, 2011) de Pablo Raphael. El segundo, “Generación Z” (Revista Crítica, 146) de Alberto Chimal. Los dos escritores son mexicanos, los dos nacieron en 1970 y los dos analizan 1) las causas, razones e implicaciones de que su generación sea tan reticente a denominarse como tal, 2) los posibles puntos de encuentro que permitan articularla conceptualmente y 3) los caminos que puede tomar la escritura de esa generación.

Algo que obliga a una lectura en paralelo es que en la conclusión de ambos textos se encuentra –implícita o explícitamente–  una vocación porque la literatura pese más, porque los libros afecten el mundo y lo encaren. En tono clínico, el diagnóstico que explica por qué esto no está pasando se complementa. Alberto Chimal ubica en su generación dos temas centrales –el tiempo y la memoria– que permiten entender la obra de estos escritores en conjunto. Sin embargo, sigue Chimal, “en los primeros años del siglo XXI, la nar­ra­tiva del tiempo y la memo­ria desapareció". ¿Por qué? La respuesta la ofrece Pablo Raphael:

Somos una generación diseñada en Washington, hecha en China y echada a perder en nuestros países, trazada con idéntico patrón cultural: el molde del neoliberalismo. Comunistas y capitalistas a un tiempo, adictos y cobardes, multitud errante e individuos de sofá, militantes online adormecidos por los juegos de rol, preocupados por la forma y ajenos al compromiso. Ni hablar. A favor tenemos que, con todo y sus contradicciones, el oxímoron sigue siendo una figura poética y el futuro una clave del pasado (pp.277-278).

A la mitad de camino –escritores que ya no son mercantilmente jóvenes pero que están escribiendo y publicando–, Raphael y Chimal dejan claro cuáles son los grandes acontecimientos de su generación y, más importante, cuáles son los temas que aún tiene pendientes la literatura mexicana; todos son fechas: el movimiento estudiantil de 1968, el terremoto de 1985, el fraude electoral de 1988, la aparición pública del ejército zapatista y la entrada en vigor del tratado del libro comercio en 1994, la alternancia democrática de 2000. Alrededor de esos cinco momentos debería estarse gestando la narrativa mexicana, su poesía, su teatro, su crónica. Y, sin embargo, ¿qué pasa? Para Chimal, la generación zombi no se refiere únicamente a la literaria, sino a toda una sociedad amansada por la televisión y por la realidad fabricada. ¿En qué consiste esta fabricación? Raphael contesta:

Toda crisis es ambivalente y nuestra generación trata en realidad de identidades en tránsito, es decir, a la deriva y sin puerto fijo. El reto estaría en aprovechar los perfiles polifacéticos, el acceso a la información y la oportunidad del encuentro para trabajar sobre un panorama convulso en el que quizá es posible construir los asideros, la escala de valores y la agenda de discusión con que podríamos (generacionalmente) enfrentar el siglo XXI y atrevernos a creer más allá del zapping del control remoto con que asimilamos la nota diaria y el lugar común de la parodiada coyuntura (pp. 149-150).

Otra anécdota: un candidato presidencial va a una feria del libro y no puede responder razonablemente a quien le pregunta cuáles son los tres libros que lo han marcado. ¿Por qué? Primero, porque es fiel reflejo del país que podría presidir (aquí hay datos). Segundo, porque alguien nos ha hecho creer que los libros son únicamente algo serio e importante y no algo divertido y cotidiano –tan fácil que hubiera sido responder Sherlock Holmes, o Drácula, o El Quijote. Tercero, porque esta fabricación –la literatura como elemento grave y adusto de la sociedad– proviene de la ignorancia y el miedo.

Otra anécdota: en las telenovelas de horario estelar nunca pasa nada. Hay hombres –con barba– y mujeres –con enormes pechos– hablando. Hablan de lo que pasó y de lo que pasará, pero nunca pasa nada. Hablan dos –en un café– y luego hay un corte a otros dos que hablan –en prisión– y luego hay un corte a otros dos que hablan –en la sala de una casa lujosa. El tiempo y la memoria están suspendidos en esta realidad fabricada de frases hechas, circunloquios y contexto.

Mientras tanto, a la literatura le hace falta contexto. Abundan campañas ineficientes de promoción a la lectura cuyo interés es unir el mundo de las telenovelas con el mundo de las librerías –nadie habla de bibliotecas: famosos cuya relación con los libros es evidentemente artificial. Abunda publicidad graciosa y alburera en las principales vías de comunicación de la ciudad. Abundan pre-campañas, campañas y post-campañas que ya se vendieron lo suficiente como para ahora querer comprarnos a nosotros. Lo que todavía no abunda es algo que enmarque los acontecimientos políticos, económicos, sociales, históricos, mercantiles que marcaron a esta generación y en los textos queda clara esta preocupación.

Y además está Comala.

En los textos de Pablo Raphael y de Alberto Chimal hay muertos y fantasmas.  Aunque igual de desencantado, el ensayo de Chimal propone el personaje del zombi –alguien que vuelve de la muerte– con un melancólico optimismo. Tomando como ejemplo a varios de sus contemporáneos, dice:

Pero el ejem­plo de la gen­eración Z sirve al menos para recor­darnos que la escrit­ura, como pocas cosas, es capaz de volver de la muerte. La lit­er­atura resiste a veces más que nosotros mis­mos: sobre­vive, a veces, aunque no sobre­viva­mos con ella. Como cer­tidum­bre o con­suelo. No es poco.

Entre tantos chistes y golpes de pecho, nada como este ensayo y este artículo para descubrir que las heridas son más profundas de lo que pensamos y que urge atenderlas. Los textos de Pablo Raphael y Alberto Chimal no son únicamente diagnósticos, sino también guías y remedios. Habrá que seguirlos.

"Somos una generación diseñada en Washington, hecha en China y echada a perder en nuestros países, trazada con idéntico patrón cultural: el molde del neoliberalismo." (Pablo Raphael)

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Comentarios (2)

Mostrando 2 comentarios.

La opinión que daré es en relación a la falta de escritores innovadores, aventureros, astutos, visionarios y con una fuerte sed de provocar una revolución literaria.

Como en toda relación amorosa (familia, pareja, amigos) deben de existir al menos dos partes que la hagan Funcional y óptima. Lo mismo sucede con la relación escritores-lectores o viceversa, al haber escaces de unos se consecuenta la desidia de los otros; quizá no sea el mayor problema, pero sí puede significar una de las causas de ésta ya desmoronada realidad.

Por otra parte, no logro comprender como nuestros "allá arriba" pretenden maquillar la situación implementando campañas baratas (me refiero al contenido) de introducción a la lectura a niños y jóvenes donde vemos a artistas como ávidos lectores mientras aparecen en telenovelas con cientos de clichés y estereotipos bien definidos muy de la cultura, por ponerle un nombre, chatarra. No necesitamos campañas de fantasía...necesitamos lectores y escritores de calidad.

Como es bien sabido, los niños repiten lo que ven y escuchan, imitan habitos y los adoptan, la gran mayoria vienen de casa. Entonces, si queremos escritores excelentes hay que formar lectores exigentes; esa sería la relación perfecta.

Como vemos, no es un trabajo sencillo...hay que empezar por un cambio interno, preocuparnos por cultivarnos, mandar al diablo el rebaño que esta acostumbrado a la televisión y la lectura superflua e inutil y descubrir a nuestro ser autodidácta para que además, en consecuencia, se de pie a la gestación de nuevos escritores, frescos; ¿Quién no nos dice que algún chico de 10 años pueda sorprendernos con un cuento brillante y diferente? ¿Qué no todos somos capaces?.

Los invito a que hagamos un esfuerzo...la comunidad lectora se los agradecera.

 

El artículo de Chimal está bien, pero algo me inquieta. Al parecer la esperanza reside en la aparición de escritores que resulten similares a los que les precedierón, Con rasgos de las grandes firmas literarias  que publicarón a los 30, fuerón famosos a los 31 y a los 40 elegían entre un gobernante malo y un universal peor (Echeverría o el fascismo?) o renunciaban a un jugoso puesto de funcionario en protesta por algún asesinato.

La cuestión debería ser enfocada de otra manera, y abandonar de plano ese apego a Ortega Y Gasset: los conceptos también dan de sí, y la idea de las generaciones quizá no explique nada. La pregunta que deberiamos hacernos es ¿por qué no podemos dejar de pensar en función de modelos del pasado y practicar una nueva forma de hacer las cosas?. La respuesta es: podemos, pero el lastre de querer encontrar parecidos es mucho. Al fin si escriben mal a los 20 y bien a los 75 que importa?, si el concepto de generación no sirve desechemoslo, junto al apego a las grandes firmas que con su fuerza, grilla y carisma modelarón una forma de hacer las cosas que se impone como una carga atroz

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