Nueva estrategia, viejas ideas | Letras Libres
artículo no publicado

Nueva estrategia, viejas ideas

La Estrategia Nacional de Lectura presentada el pasado fin de semana poco se distingue de los programas de administraciones anteriores. Al ignorar la experiencia acumulada y la necesidad de planear a largo plazo, es difícil esperar que obtenga mejores resultados.

El 27 de enero, en Mocorito, Sinaloa, el presidente López Obrador presentó su Estrategia Nacional de Lectura para “replantear el modo en que los ciudadanos acceden a los libros”. La Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural será la encargada de articular los esfuerzos de diferentes dependencias –entre ellas la Secretaría de Educación, el Fondo de Cultura Económica, la Dirección de Comunicación Social de la Presidencia y la Dirección General de Bibliotecas– alrededor de tres ejes cuyos objetivos son: formar nuevos lectores, hacer más accesibles los libros e incentivar la lectura a través de los medios de comunicación.

En contraste con el programa de fomento a la lectura impulsado por la administración anterior, en esta ocasión no se ha presentado un documento que detalle las actividades que cada dependencia realizará ni los presupuestos asignados para cada una de ellas. Hubo discursos llenos de buenas intenciones, pero que no especificaron cuáles serán las acciones por medio de las cuales se alcanzarán esos resultados pretendidos y deseables. Durante su intervención, López Obrador aprovechó para hablar de los programas sociales de su administración, como las pensiones para adultos mayores, las becas a los jóvenes y las Tandas para el Bienestar. En la opinión de Juan Domingo Argüelles: “Fue un acto más de una campaña política ya extendida, desde la candidatura al gobierno. Terminó halagando a su auditorio que le aplaudió mucho y se aburrió en los últimos minutos”.

La estrategia actual poco se distingue de los programas de administraciones pasadas. Los ciclos de lectura, ferias de libros, bibliotecas públicas y las misiones culturales son actividades que se propusieron anteriormente. Lo mismo las campañas de difusión en medios impresos y digitales. Quizás el punto innovador, y a su vez más polémico, es la intervención en la industria editorial. En el pasado, solamente se brindaban estímulos para la producción editorial y la promoción de libros y autores. Ahora, el encargado del despacho del FCE propone abaratar los costos de producción y traslado de los libros, sustituir importaciones, hacer coediciones, publicar la colección popular “Vientos del pueblo” con títulos entre los diez y quince pesos y la apertura de 130 librerías. “¿Por qué no leemos muchos de nosotros? No leemos porque el precio de los libros es muy caro. Pues vamos a desbaratarlo, vamos a hacer libros baratísimos. Vamos a regalar libros”, dijo Taibo ante las personas que se congregaron en Mocorito.

Pero esto genera preguntas acerca del pago de derechos a los escritores, la calidad de las ediciones, los puntos de distribución y el criterio de selección de las obras que se van a regalar. Por sobre todo, la gratuidad de los libro no garantiza que se vayan a formar nuevos lectores.

De acuerdo con María Fernanda García, quien en nuestro número 235 escribió acerca de las fallidas estrategias de promoción lectora, “quizá la gente no lee porque no quiere, porque no lo considera importante. Leer es un hábito, como hacer ejercicio. No todos hacen ejercicio, la lista de razones es larga: pereza, falta de condición, desconocimiento, poca habilidad o simplemente porque no quieren a pesar de que saben que es bueno”. De acuerdo con los últimos resultados del Módulo de Lectura (MOLEC) 2018, realizado por el INEGI, el 45.6% de los entrevistados que se reconocieron como no lectores vieron como principal obstáculo para la lectura la falta de tiempo, 24.4% opinaron que no leían por falta de interés, motivación o gusto por la lectura, el 14.8% señaló que prefiere realizar otras actividades antes que leer y solo 1.7% de los entrevistados respondieron que no leían por falta de dinero.

Sin el afán de impulsar una campaña que obligue a los mexicanos a leer, sino en un intento “a puertas abiertas para que tengan acceso a la lectura millones de mexicanos”, Taibo destacó que hay que “desenterrar” la idea de que leer es aburrido y rescatar el placer de la lectura. Pero la estrategia actual parece soslayar la necesidad de crear una infraestructura, independiente de las librerías, que permita dicha accesibilidad. La asistencia de las personas a establecimientos donde se prestan o venden libros ha ido a la baja, según el MOLEC. Pese a que las bibliotecas son espacios diseñados para que la gente pueda tener un contacto con los libros, solamente el 9.8% de los entrevistados acudieron a una de diciembre del 2017 a febrero de 2018.

Las bibliotecas, por su parte, se enfrentan a trabas burocráticas que les impiden cambiar la idea de que son espacios para leer exclusivos para los sujetos escolarizados, como la escasez de presupuesto, la falta de profesionalización del personal, el condicionamiento de las compras a través de Educal o la dotación de acervos por parte de la Dirección General de Bibliotecas. Alejandra Quiroz ha trabajado como bibliotecaria durante diez años y anhela un desarrollo bibliotecario que permita atender las necesidades de los lectores y rescatar la singularidad de cada biblioteca: “Normalmente llegas a la biblioteca por un motivo y te quedas por otro muy distinto. En las bibliotecas hay de todo para todos. Si hubiera más recursos, haríamos escándalo de todo lo que puedes encontrar en ella. Por ahora nos basta el boca a boca para transmitir nuestra labor”.

Si el objetivo de Taibo es “construir una república de lectores”, el de López Obrador es “fortalecer los valores”. Esto refleja la visión romántica de tantos gobernantes acerca de los beneficios de la lectura. Se necesita “renovar los discursos sobre la lectura porque pensar que la lectura nos hace mejores personas es reducir su impacto a una condición moral que a menudo es contradictoria”, sostiene Quiroz. Asumir que “la lectura es un vehículo para la paz”, como afirmó Beatriz Gutiérrez Müller durante la presentación de la estrategia, es otorgarle responsabilidades que no le corresponden. En palabras de María Fernanda García, “el problema con la lectura es dotarla de un sentido mágico, infalible e inmediato”. Es innegable que tanto los libros como cualquier otro objeto cultural “aportan ideas”, pero “el conflicto está en cargar al objeto de poderes de transformación”. Para la editora de libros infantiles, atribuirle virtudes a los libros como “hacer mejores ciudadanos, subvertir el orden y fortalecer valores” los convierte en “adoctrinadores”, de manera que “la lectura deja de ser un gusto o una posibilidad para convertirse en un discurso oficial”.

Algunas investigaciones han mostrado la relación entre la literatura y el desarrollo de la empatía, pero faltan estudios que validen la idea de la superioridad moral de las personas lectoras. Si bien la lectura puede ser una herramienta para desarrollar habilidades críticas y analíticas que tengan un impacto en la vida política y social y la difusión de libros baratos es deseable, el simple hecho de leer no impedirá que alguien cometa un crimen.

La experiencia de los programas de fomento a la lectura tendría que ser acumulativa, y permitir una evaluación de la eficacia de las acciones a partir de los conocimientos de distintos especialistas en promoción de lectura y los resultados obtenidos anteriormente. De lo contrario todo esfuerzo, pasado y presente, será un desperdicio. La promoción de la lectura, como tantas otras políticas de gobierno, no es una tarea que deba estar limitada a un sexenio. Se requiere un plan a largo plazo que incentive la lectura a todos los niveles demográficos y sociales. Hacen falta más actividades que fomenten la cultura escrita y no se limiten solamente a la lectura y escritura, sino que abonen al diálogo en torno a los libros y a su análisis en espacios fuera de las aulas y en contextos que no sean académicos. De acuerdo con Quiroz: “Debemos enseñar a leer para la vida, y eso a veces implica gestionar el disenso, escuchar otras voces. Se tiene que tener consciencia de la relevancia política y social que implica leer juntos”.