Cultura condensada | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Hugo González

Cultura condensada

Una mirada semanal a las noticias y debates que involucran a la cultura en sus distintas expresiones.

La apropiación cultural del arte indígena

El 9 de agosto se conmemoró el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, cuyo objetivo es crear conciencia sobre los derechos y la riqueza cultural de los mismos. Los pueblos indígenas representan el 5% de la población mundial y en México viven 68 pueblos originarios. No obstante, pertenecen al sector más vulnerable. La CNDH dio a conocer, en la Encuesta Nacional de Discriminación 2017, que el 40.3% de los indígenas entrevistados han sufrido algún tipo de rechazo, insultos, agresiones y amenazas.

No solo a nivel político y social los indígenas experimentan discriminación. Sus manifestaciones artísticas, reflejo de su cosmovisión e identidad y sustento de sus comunidades, no son reconocidas como creaciones propias. Entre 2012 y 2017 ocho marcas nacionales e internacionales de moda plagiaron diseños de comunidades indígenas de Oaxaca, Chiapas e Hidalgo, según un análisis de la asociación civil Impacto. Marcas como Zara, Mango, Madewell y la mexicana Pineda Covalin han reproducido brocados indígenas en sus prendas, sin colaborar con artesanas ni darle crédito a las comunidades. Para los indígenas no existe el concepto de propiedad intelectual porque el conocimiento se transmite de generación en generación y pertenece a todos los miembros de la comunidad. La falta de un registro de derechos de autor de las artesanías deja una laguna legal que permite a las grandes marcas apropiarse de sus bienes culturales.

La apropiación cultural no solo se ha dado en el ámbito de la moda. Hace unos meses, artesanos de Tenango de Doria acusaron a la editorial Alfaguara, del grupo Penguin Random House, de utilizar como portada de la novela Usos rudimentarios de la selva, de Jordi Soler, una ilustración de un tenango que los editores atribuyeron a la diseñadora Nora Grosse y no a su comunidad. Ante la presión que ejercieron los usuarios de redes sociales, la editorial lanzó un comunicado en el que aclaraban que la imagen se obtuvo de internet y se seleccionó porque era afín al contenido de la novela. La representante legal de Penguin Random House en México afirmó que la reproducción se hizo sin afán de perjuicio o de aprovechamiento y el copyright de la versión electrónica y de las siguientes reimpresiones incluirá la leyenda: “la ilustración de portada está basada en los bordados tradicionales de Tenango que realizan los otomíes en México”.

Los casos de plagio no solo tienen como consecuencia las pérdidas económicas para las comunidades indígenas, sino que debilitan el valor y reconocimiento de su patrimonio cultural. Al no existir un marco legal que determine las sanciones a los infractores, este delito se sigue cometiendo. Una iniciativa presentada en la Cámara de Diputados busca modificar la Ley de Derecho de Autor para proteger la propiedad intelectual y los conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas que fueran propensos a un uso comercial, con el fin de establecer condiciones justas de comercialización. Con ello se espera evitar la exclusión económica y la violación a los derechos culturales de los indígenas.

 

Leer nos hace más compasivos

Una mañana de invierno, un oficinista ruso se da cuenta que su capote está roído y viejo. Acude con el sastre para que lo arregle, pero este le dice que no tiene remedio y que tendrá que comprar uno nuevo. Con un sueldo escaso, el funcionario deja de cenar y de prender velas para comprarse un nuevo capote. El día que lo estrena es asaltado por un par de jóvenes que lo golpean y lo dejan tirado en el suelo. Nadie lo ayuda. Cuando logra ponerse de pie acude a las autoridades a denunciar, pero estas lo ignoran. Al no tener con qué protegerse del frío, enferma y muere.

Aunque la anécdota podría confundirse con una nota publicada en un diario local, es la trama de “El capote”, un cuento que Nikolái Gogol escribió en 1842. Akaki Akákievich, el protagonista, es un hombre bajo, con poco pelo, con voz sumisa, que no tiene amigos y se dedica solo a trabajar. Es víctima de burlas por parte de sus compañeros de oficina, a quienes les reclama: “¡Dejadme! ¿Por qué me tratáis así? Soy tu hermano”.

La falta de comprensión del sufrimiento ajeno que el escritor denuncia en su relato no es un mal exclusivo del siglo XIX. Un ensayo publicado recientemente en The Guardian analiza si la constante exposición a tragedias provoca una apatía compasiva que impide que las personas se identifiquen con ellas. El psicólogo Charles Figley define como fatiga compasiva al agotamiento físico y emocional que presentan las personas dedicadas al cuidado de enfermos y que les impide sentir empatía por sus pacientes después de cierto tiempo. Sin embargo,  este fenómeno se ha extendido a una buena parte de la población que, además de estar constantemente al tanto de las desgracias que ocurren alrededor del mundo —desastres naturales, guerras, epidemias, hambre, pobreza— debe cargar con sus tragedias personales, por lo que sufre un bloqueo que le impide actuar. Según un estudio de Sara Konrath, a partir del año 2000 ha habido una disminución en lo que ella llama “sensibilidad interpersonal”, es decir, en la capacidad de ponerse en los zapatos del otro y de sentir interés por los demás. Esto se debe a que la interacción mediante la tecnología ha impedido que nos involucremos de manera profunda con otras personas.

A pesar de que los especialistas no se han puesto de acuerdo con una cura para la fatiga compasiva –unos sugieren enfocarse únicamente en los problemas cercanos, mientras que otros consideran que se trata de un mal inevitable– la literatura puede ser un antídoto contra la indiferencia.

Si bien la lectura es una acto que se realiza en solitario, es también un diálogo entre diferentes perspectivas y realidades. Se trata de una ventana que permite poner a los lectores frente al otro e imaginar su vida. Para la investigadora Maryanne Wolf, a través de la ficción aprendemos a percibir el mundo de diversas maneras y podemos cambiar los prejuicios: “El desarrollo de formas de lectura más profunda no evitará las tragedias, pero comprender las perspectivas de otros seres humanos puede brindar varias razones para encontrar maneras alternativas y compasivas de tratar con los otros en nuestro mundo”.

No se trata solo de un efecto emocional. Al leer se activan zonas del cerebro que permiten simular la conciencia de otra persona. Keith Oatley realizó una investigación sobre los beneficios de la lectura para la imaginación y llegó a la conclusión de que los lectores de ficción se vuelven más comprensivos con las personas y las situaciones que les rodean. Para el psicólogo y novelista, a diferencia de los animales que interactúan por instinto, los seres humanos poseemos una capacidad de sociabilidad que se aprende y estimula gracias a factores culturales. De tal manera que el tipo de lecturas que hacemos determina la manera en que nos relacionamos con los demás. La fraternidad y la compasión son dos elementos que están ausentes en el relato de Gogol. Sin embargo, el lector es capaz de experimentarlos porque por un breve momento se ve inmerso en la circunstancia del protagonista.