¿Por qué demonios no aplauden? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Por qué demonios no aplauden?

Hoy, cambiar el discurso sin cambiar al menos a medio gabinete, y sin anunciar acciones a fondo para redignificar el aparato gubernamental sería, por decir lo menos, un ejercicio estéril. 

Hace unos días, León Krauze compartió aquí una interesante reflexión sobre el momento que vive el gobierno de México. Su argumento es que nuestro presidente “parece empecinado en aislarse, resguardado tras las rejas de Los Pinos”. León considera que “los alarmantes índices de popularidad del presidente deberían servir como aliciente para sacar a Peña Nieto del capullo y exponerlo al diálogo frecuente”. Para ello, propone que debe “organizarse foros con jóvenes, dejarse entrevistar en radio y televisión, abrirse al escrutinio periodístico, abandonar el teleprompter y el protocolo, soltar por un momento la disciplina de mensaje. Aunque le vaya mal, saldrá fortalecido”.

Creo que León es certero en el diagnóstico, pero no en el remedio. Aquí algunas reflexiones para explicar por qué pienso así.

En primer lugar, creo que el  gobierno tiene un ethos tecnocrático-autoritario que explica el modelo de comunicación que ha seguido. Si algo entusiasmaba a quienes añoraban el regreso del PRI al poder era la vuelta a los años dorados del salinismo, es decir, a una combinación de políticas económicas liberalizadoras con un férreo control político como vía para tomar decisiones más efectivas. En ese modelo, la comunicación del gobierno está orientada a informar a la gente de decisiones tomadas por un presidente y un gabinete que saben bien qué le conviene al país. El gobierno no se siente obligado a salir a la palestra pública a persuadir, convencer o sumar. Desde luego, no tiene que convencer a gobernadores, alcaldes ni mucho menos a legisladores. Los acuerdos se “planchan” con las cúpulas partidistas y económicas –lo cual tiene su mérito– y lo único que hace falta es una serie de spots para difundir las decisiones ya alcanzadas con un mensaje único y persistente como “Mover a México”. El problema es que ni el gabinete de Peña Nieto es el de Carlos Salinas, ni el México de 2015 es el México de 1990. Hoy, un gobierno exitoso sí tiene que salir a convencer, a sumar. Sin embargo, el mensaje que nos dieron en voz del Jefe de la Oficina de la Presidencia ha sido muy claro: “No vamos a ceder aunque la plaza pública pida sangre y espectáculo ni a saciar el gusto de los articulistas.”

En segundo lugar, es difícil convencer a alguien de que no es exitoso cuando define el éxito solo en sus propios términos. Como lo hizo en el Estado de México, Peña Nieto y su equipo definen una lista de compromisos y luego se dedican a palomearla.Cuando logran palomear varios, entonces difunden masivamente que son un gobierno eficaz y exitoso. El problema de ese modelo de comunicación es que la suma de compromisos cumplidos no forman por sí mismos una narrativa general que ofrezca una visión atractiva del futuro. El salinismo, al menos, tenía una visión clara, una tierra prometida, que emocionaba a las élites: llevar a México al Primer Mundo. Los gobiernos panistas también tenían su propia épica: instaurar la democracia (Fox) y defender a la sociedad –y a lo que nos queda del Estado– contra el crimen (Calderón). Peña Nieto, por su parte, ofreció reformas. Y cumplió. Ya lleva 11, y son muy importantes.

Entonces, ¿por qué demonios no aplauden? Porque las reformas no tienen una narrativa que emocione, que convenza, que llame a la acción. No vienen acompañadas de un por qué claro, de una visión de futuro, de una serie de valores que conecten con la gente. Basta ver los discursos de las jóvenes estrellas en ascenso del PRI para darse cuenta que ni ellos mismos entienden bien, o creen con sinceridad, en eso de las reformas. Y alguien que no está convencido, no puede convencer.

¿Qué le hizo falta a este gobierno para crear un discurso exitoso sobre la transformación del país? Como lo apunté antes en esta bitácora, el gobierno debió construir una política y una narrativa acorde con lo que le está doliendo más a la gente: la injusticia diaria. Las redes sociales arden a diario con casos como el de la niña brutalmente arrancada de su familia por la Interpol, los videos de trabajadoras domésticas humilladas, la indignación ante desplantes de prepotencia de “ladies” y “mirreyes”, los casos de corrupción grandes y pequeños, los pésimos servicios públicos y privados. Hace falta que haya un liderazgo capaz de crear una narrativa para acabar con el abuso y construir una sociedad menos arbitraria y salvaje. Una sociedad más meritocrática, justa y ordenada.

Sin embargo, creo que el momento de ese cambio en la comunicación ya pasó. El gobierno tuvo muchos meses la oportunidad de renovar el discurso, justo en los términos que plantea León Krauze. Ahí valía la pena intentar “sacar a Peña Nieto del capullo” y comenzar a crear un “mito de gobierno”atractivo. Iguala marcó el punto de quiebre. Era una crisis grave que abrió la oportunidad para el Presidente de dar un golpe de timón, mostrar cercanía, sensibilidad y liderazgo y ponerse a la cabeza del esfuerzo colectivo para que no reine la impunidad y el abuso. Esa era la prueba de fuego del liderazgo presidencial.

Hoy, cambiar el discurso sin cambiar al menos a medio gabinete, sin modificar muchas políticas a todas luces fallidas –empezando por la política económica– y sin anunciar acciones a fondo para redignificar el aparato gubernamental sería, por decir lo menos, un ejercicio estéril. Lamentablemente, dudo que el gobierno tenga los incentivos externos necesarios para hacer esos cambios, ante la ausencia de tres actores clave que podrían forzarlo: una oposición fuerte, un sector empresarial que asuma a fondo su responsabilidad con el país y una sociedad menos indignada y más organizada. Por ello, creo que el esfuerzo que debemos realizar como ciudadanos está en construir y dotar de fuerza a liderazgos en esos tres frentes. Ya no es la comunicación del gobierno lo que hay que cambiar. Es la política. Somos nosotros. Es el país.