El escritor y su público | Letras Libres
artículo no publicado

El escritor y su público

¿A quién se dirigen las columnas literarias actualmente, cuando el papel del escritor en la sociedad es más bien difuso?

COLUMNA

1. Espacio dedicado a hablar bien de ti y mal de todos los demás

2. Colaboración semanal en la que el autor cuenta episodios relevantes de su vida e intenta relacionarlos con el contexto social, político o económico del país

3. Dos o tres párrafos escritos en letra grande

4. Algo que se comparte, como en: “Les comparto mi columna en el suplemento cultural de ayer”

 

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Al hablar sobre la particularidad de un escritor, no es extraño tropezar con las siguientes palabras de Raymond Carver:

"Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse."

Fuera de contexto, la frase de Carver suena genérica; se puede intercambiar la palabra “escritor” por cualquier otra actividad: panadero, pintura, arquitecto, etcétera., pero lo que me interesa resaltar aquí es la idea del escritor como alguien que ve las cosas de manera distinta a los otros. Me imagino que esa es la idea, o al menos una de las ideas que hay detrás del hecho de ofrecerle una columna a un escritor; que durante la semana se dedique a contemplar el mundo y que luego plasme artísticamente sus contemplaciones por escrito, en dos, o tres o cuatro párrafos a la semana –según lo que el seso dé– y que sus ávidos lectores descubran una realidad que nunca antes habían siquiera imaginado.

Me refiero en particular a las muchas columnas personales en las que el escritor utiliza su experiencia personal a manera de pretexto narrativo, o tema, o conclusión, y que a pesar de las enormes posibilidades que eso implica, empiezan casi todas con algo parecido a:

“Cuando tengo que quedarme a comer en el centro, a veces me meto en un restaurante en donde hacen muy bien las quesadillas sincronizadas”

(J. Ibargüenlitia, "Malas noticias. No se alarme, pero…")

Si utilizo esta primera frase de un artículo de Jorge Ibargüengoitia es porque tengo la impresión –y es sólo eso: una impresión– de que este tipo de textos no ha cambiado desde hace mucho tiempo –el artículo de Ibargüengoitia es de 1973.  Es decir, que multitudes de columnistas defenderían a capa y espada la afirmación de Carver: que sí, hombre, que somos especiales, y que las sincronizadas que nosotros comemos saben mejor. La diferencia, para seguir con Carver, es que no toda la gente puede enlazar la sincronizada que comió con la incapacidad de un buen número de mexicanos para dar malas noticias; ni la habilidad para crear, en cuatro líneas, un escenario satírico:

“En esta temporada, las lluvias socavaron el adobe de una barda que queda cerca de mi casa y éste se derrumbó. Al ver el desperfecto y el terreno que había quedado a descubierto, uno de mis vecinos comentó:

–Este es un buen lugar para hacer un rincón cívico"

                  (Experiencias comunales. Los mexicanos en bola)

Una de las cualidades de estos artículos de Ibargüengoitia consistía en proponer sus experiencias como parte de lo público, y al hacerlo creaba y se dirigía específicamente a un público que se reconocía en cada una de sus experiencias. Más allá de la empatía entre autor y lector, lo que ofrecían estos textos era análisis y crítica social, histórica, cultural, económica. El sujeto público que Ibargüengoitia construyó era un sujeto político.

Más de treinta años después, las columnas de este tipo siguen existiendo pero de manera aséptica: la crónica del escritor que pasea a su perro empieza cuando salen de casa y termina cuando vuelven una hora después; en el medio lo que hay son dos o tres descripciones “poéticas” para justificar la contemplación carveriana y no más.  ¿A quién se dirigen las columnas literarias actualmente, cuando el papel del escritor en la sociedad es más bien difuso?

Una de las explicaciones posibles se remonta a finales del siglo XIX, y viene de la pluma de Walter Benjamin, para quien la expansión de la prensa produjo un cambio en la relación entre escritores y público: la oportunidad cada vez más amplia de publicar hizo que “la distinción entre autor y público se encuentra a punto de perder su carácter fundamental; se convierte en una distinción funcional que se reparte en cada caso de una manera u otro. el lector está en todo momento listo para convertirse en alguien que escribe” (76)

En el contexto de la obra de Benjamin, esto se interpreta como algo bueno, en la medida en que el carácter de autor ya no depende de un privilegio, sino que se convierte en bien común. En el contexto actual, sin embargo, parece no haber escritor fuera de la zona de privilegio que Benjamin creía a punto de desaparecer, y la indistinción entre autor y público ha llegado al límite en el que la clase artística considera al lector no involucrado en la producción cultural como un ser moral, social e intelectualmente inferior, como queda claro de este gran análisis de Antonio Ramos Revillas sobre las campañas de promoción a la lectura.

Más aún, en una época en que las redes sociales han redefinido el espacio y la relevancia de lo público, ¿por qué alguien querría leer la última visita del dentista del escritor cuando él mismo ya lo ha documentado todo en sus cuentas de Twitter, Facebook, Instagram y Tumblr? O, desde otra perspectiva, cuando se intenta relacionar la experiencia del autor con temas sociales y políticos, ¿desde dónde hablar? Un ejemplo del conflicto entre lo público y el papel del escritor se puede ver en una columna reciente de Sabina Berman con motivo del Día Internacional de la Mujer y en una acertada e inteligente respuesta que escribió Sara Hidalgo en la que queda claro que el conflicto de clase que se omite convenientemente con respecto a la representación de la mujer funciona también en relación con el privilegio de escribir; es decir, que las condiciones materiales necesarias para la escritura nunca son un tema de reflexión entre quienes las consideran un derecho natural.

Para Benjamin, la politización del arte como la proponía la ideología socialista funcionaba como contrapeso necesario al discurso capitalista que ofrecía, en cambio, una estetización de la política. Años después, desengañados, es difícil estar tan seguros de que la instrumentalización del arte sea la respuesta. Quizá de esta idea de derecho natural provenga esa manera sublime y absurda de hablar de la escritura como “algo que se hace porque no se puede hacer otra cosa”, cuando en realidad es que no se quiere hacer otra cosa. En eso están hermanados ciertos políticos y escritores profesionales: en el nulo interés por salir de la zona de privilegio y en la necesidad de conservar ese espacio de clase que consiste, buena parte del tiempo, en hablar frente a una tribuna vacía. 

 

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Lecturas:

-Jorge Ibargüengoitia. Instrucciones para vivir en México.

-Walter Benjamin. La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica. Trad. de Andrés E. Weikert.