El antiindependentismo catalán es de horteras | Letras Libres
artículo no publicado

El antiindependentismo catalán es de horteras

Para una parte de la izquierda catalana y española, asociarse con el bando constitucionalista en el conflicto catalán es algo estéticamente inaceptable.

La política ya es solo guerra cultural y posicionamiento estético. Un ejemplo: para una buena parte de la izquierda en Cataluña (pero también en toda España), asociarse con el antiindependentismo es estéticamente inaceptable. El antiindependentismo, para muchos, denota fealdad. Es a menudo de clase baja y de extrarradio. Huele a viejo y su imagen es la del cuñado que critica a los políticos en Facebook con faltas de ortografía. Para los independentistas y algunos compañeros de viaje, la aparición de un bando constitucionalista supone la “desagradable revuelta del servicio”. 

El independentismo, en cambio, tiene tipografías modernas, promueve una rebeldía comercial y joven, está en el bando insurreccional (que es siempre algo más sexy que defender el statu quo) y sus simpatizantes y cercanos (desde ERC hasta los comunes) son cosmopolitas con educación y buen gusto. Si la asociación entre alta educación y voto de izquierdas es cierta, como señala Thomas Piketty, se entiende entonces que la izquierda no pueda asociarse al antiindependentismo. Si la política es solo posicionamiento cultural y estético, la izquierda no puede asociarse a las clases bajas, que prefieren Comic Sans a Helvética.

En España, el independentismo provoca indignación a la derecha, que a menudo lo usa para galvanizar a los suyos. En la izquierda, en cambio, provoca una indiferencia o equidistancia estética. La equidistancia con respecto al independentismo es a menudo el intento de equilibrar razón y estética: no me gusta el independentismo porque va contra mis convicciones, pero tampoco me gusta el antiindependentismo por coquetería y porque me parece hortera.

Aunque el independentismo gana en horterismo a cualquier movimiento populista europeo, una buena parte de la izquierda cosmopolita española sigue viendo Cataluña y Barcelona con provincianismo: diseño gráfico, Primavera Sound, editoriales modernas, CCCB. Y como ha comprado la mercancía averiada independentista, el “los independentistas dicen = los catalanes dicen”, la crítica al independentismo no es estéticamente guay.

No hay política material, solo estética. Lo material es una corriente de fondo que solo importa a los que pueden perder realmente calidad de vida. El exconseller Toni Comín defendía en una entrevista desde su “exilio” en Bélgica “un proceso sostenido de movilizaciones. Un tipo de movilización nuevo, sostenido, intenso, que vaya al desgaste material del Estado. Que tiene costes para la gente de Catalunya”. ¿Qué costes? Perder el empleo, por ejemplo. Pero eso es lo de menos. Entre un supremacista pijo en Lovaina que lleva zapatillas New Balance y un hijo de inmigrantes murcianos en Sabadell, ¿quién tiene dudas?