Los lugares de Natalia Ginzburg | Letras Libres
artículo no publicado

Los lugares de Natalia Ginzburg

En "Domingo" (Acantilado), una recopilación de relatos y crónicas, la escritora italiana reflexiona sobre las casas en las que ha vivido, pero también sobre la injusticia, la vida rural o la infancia.

Ficción. Acantilado publica un nuevo libro de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 - Roma, 1991). Se llama Domingo, como el relato que cierra la primera parte del volumen, la de los cuentos de ficción. Empieza con un cuento que se llama “Septiembre”, que parece que vaya a ir sobre el final del verano y la vuelta al cole y la pereza y la amenaza de la melancolía, pero de pronto se convierte en otra; en una breve incursión en lo prohibido. Muchos de los cuentos son una exploración de la infancia, o del final de la infancia, hablan del deseo de crecer y tratan de mostrar lo que piensan los niños-adolescentes del mundo adulto (“–¿Tú has hecho el amor con Vicenza? –Sí, pero no tiene gracia porque son niñas. Pero si pudiese hacer el amor una vez con esa actriz del teatro, con la joven… ”).

Ginzburg no es paternalista, hay en sus relatos una mirada de igual a igual a la infancia, una fascinación por la manera en que se ve el mundo desde los 12 años. Me gusta “El mariscal”, un personaje de la imaginación de un grupo de primos, que en mi cabeza se presentó como si lo hubiera dibujado Quentin Blake. En el cuento, el poder de la imaginación es enorme, pero desaparece si no se cumplen unas reglas. Hay también un cuento sobre la ocupación alemana del sur de Italia; como se ve en algunas de las piezas de Una comedia siciliana, de Leonardo Sciascia, la situación de Italia durante la Segunda Guerra Mundial sumía a la población en la incertidumbre.

“Domingo” me hace pensar en otro texto de Natalia Ginzburg, “Las relaciones personales”, que está en Las pequeñas virtudes. Un hombre recibe la llamada de su exmujer, está en el hospital porque una de las hijas de ella ha tenido un accidente, está asustada y le pide que vaya a por ella. Cuando estaban juntos, ella no quería tener hijos. Ahora tiene seis. Al final del cuento, el narrador dice: “Se siente ligado a ella con un lazo casual y fortuito, parecido al de las cintas o las cuerdas, lazos desordenados y viejos, fortísimos, indestructibles”.

Natalia Ginzburg en el pueblo. Durante la Segunda Guerra Mundial, Natalia Ginzburg, su marido y los tres hijos de ambos se fueron a vivir a un pueblo de los Abruzzos. Ginzburg escribió mucho sobre esa época, por ejemplo, “El camino a la ciudad”. En este volumen está “Crónica de un pueblo”, donde dice: “Pero los verdaderos habitantes del pueblo eran los campesinos, los ‘pueblerinos’, como los llamaba el médico, y a ellos en el fondo no les importaba quién era el alcalde, porque todos robaban y los alcaldes están para eso. A ellos lo que les importaba eran los cuatro trapos que llevaban puestos y las cuatro coles que tenían en el huerto y la lluvia y el sol. El médico decía siempre que eran ignorantes y sucios y que por eso morían tantos niños, pero ellos pensaban que aquello no era verdad y que los niños morían porque no había un buen médico”.

En “Campesinos” dice: “Vivir tres años en un pueblo no es poco, sobre todo si te ha sido impuesto y te es negada cualquier otra parte del mundo. Te lo encuentras delante todas las mañanas y es imposible ignorarlo. Algunas veces te resulta odioso y es imposible ignorarlo, pero los lazos que te unen a él se van estrechando cada vez más. Entonces aprendes a conocerlo en su esencia más íntima”. Leone Ginzburg, el primer marido de Natalia Ginzburg, fue asesinado por los nazis durante un interrogatorio mientras ella estaba con los niños en los Abruzzos. Se había declarado el armisticio y todos esperaban la llegada de los ingleses, pero quienes aparecieron en el pueblo fueron los alemanes. “Me ayudaron a huir los propios aldeanos, y fueron ellos quienes decidieron los detalles de mi partida. Pia se acercó a los alemanes que comían en su casa y les preguntó si nos podían llevar a Roma, cuando saliera algún camión, a una prima suya que tenía tres niños pequeños y había perdido sus documentos en un bombardeo en Nápoles. Así fue como una mañana, nos subimos a un camión alemán los niños y yo”; cuenta en “El miedo”, donde explica: “Dejar de tener miedo no quiere decir necesariamente haberse vuelto valiente”.

Contra la injusticia. Hay varios textos aquí en los que Ginzburg denuncia una injusticia: en el trato de las mujeres del sur y las pocas expectativas de mejora de las condiciones de su vida y la de sus hijos; en la situación de los trabajadores de los altos hornos. Señala también la dignidad de los trabajadores de las fábricas y de los inválidos, mutilados de la fábrica de la Fiat y denuncia la corrupción en las crónicas de su vida en los Abruzzos. Es ese interés por la justicia el que le llevó a escribir su último libro, Serena Cruz o la verdadera justicia.

Suicidio. Natalia Ginzburg intentó suicidarse, ella dice que “no sabía bien si quería dormir mucho tiempo o morir”. Lo cuenta en “Verano”. “Todos los días iba a la oficina pero trabajaba poco, iba más que nada para fingir que era un hombre, estaba cansada de ser una mujer”, escribe. Y también: “No quería ir a casa de mi madre en la costa, quería estar lejos de los niños, sola, me parecía que no podía mostrarme a los niños tal y como era en ese momento, con aquel asco en el corazón, me parecía que hasta ellos me habrían provocado asco si los hubiese visto”. De ese estado depresivo la sacó una carta de su madre en la que le “decía que los niños tenían escarlatina. Entonces la vieja angustia materna me paralizó el corazón. Tomé el tren y fui para allá”.

Los lugares de Natalia Ginzburg. Muchos textos de este libro hablan de las casas y los lugares en los que Ginzburg vivió (está incluido también el texto sobre la compra de una casa en Roma), un poco siguiendo el impulso del consejo que una chica danesa que siempre iba descalza le dio después de su intento de suicidio: “nuestra infancia esconde el secreto de lo que somos”. Ginzburg habla aquí de su infancia, pero también de las casas de su infancia, de una con jardín y gatos, de un casa de la Via Pallamaglio donde enfermó. “Las ciudades están hechas de estratos superpuestos de las distintas épocas en que las hemos habitado”, escribe. “Pero en las ciudades en las que hemos crecido, en los lugares que hemos observado en la adolescencia o en la infancia, nuestra memoria se detiene más a menudo”. Puede que después de todo la chica danesa que siempre iba descalza tuviera razón.