Natalia Ginzburg se compra una casa en Roma | Letras Libres
artículo no publicado

Natalia Ginzburg se compra una casa en Roma

Volví a leer "La casa" este verano, mientras mis muebles, mi ropa y mis libros aguardaban en cajas a ser liberados en la que se convertiría en nuestra casa en septiembre, y nosotros pasábamos el verano en la casa de mis padres.

Las tareas de la casa y otros ensayos reúne dos colecciones de ensayos de Natalia Ginzburg, Nunca me preguntes y No podemos saberlo, y Lumen lo reeditó con motivo del centenario de la escritora de Turín en 2016. En el primer texto, “La casa”, Ginzburg cuenta la compra de una casa en Roma, con su segundo marido, después de haber vendido su apartamento de Turín. En realidad, cuenta la búsqueda de la casa, que, dice, “duró mucho tiempo”. Ella quería una casa con jardín; su marido se mantuvo en principio al margen de la misión mientras ella leía anuncios y buscaba casas que encajasen con su ideal.

Es imposible no acordarse de otro texto de Ginzburg, “Él y yo”, este publicado en Las pequeñas virtudes, que para mí es un texto sobre cómo una pareja está hecha también de las diferencias. Digo para mí porque me acuerdo de que cuando se lo di a leer a mis alumnos les pareció que era muy triste y que él la despreciaba. Lo que me impresionó la primera vez que leí el texto fue las dudas, lo insegura que se muestra Ginzburg sobre sus gustos y su capacidad de decisión. También a mí me ha dado pereza siempre buscar casa. Poco después de leer ese texto, nos enteramos de que teníamos que mudarnos, dejar nuestro piso y buscar otra. Y a mí, por la pereza de la mudanza, por miedo a elegir mal, no me gustaba ninguna casa.

“Cuando volvíamos, cansados, a nuestra casa de alquiler de suelos amarillos, nos preguntábamos si de verdad nos importaba tanto cambiar de casa. En el fondo nos tenía sin cuidado. También allí, al fin y al cabo, se estaba bastante bien. Conocía las manchas de las paredes de aquella casa, los boquetes de cada tabique, los cercos oscuros que se habían formado por encima de los radiadores; reconocía el ruido de las planchas de hierro que se descargaban frente al portal, ya que el propietario de la casa tenía, justo al lado, un garaje; cuando íbamos a pagarle el alquiler nos recibía entre destellos de llamas oxhídricas y zumbidos de motores.”

Leía el ensayo “La casa” en el metro y me sorprendía la sencillez de Ginzburg, que siempre es como un bálsamo para mí. Por eso volví a ese texto este verano, mientras mis muebles, mi ropa y mis libros aguardaban en cajas a ser liberados en la que se convertiría en nuestra casa en septiembre, y nosotros pasábamos el verano en la casa de mis padres. El piso en el que nos instalaríamos en septiembre era blanco y grande, estaba en el centro de la ciudad. Íbamos alguna tarde a deshacer cajas, a colocar libros, a meter la ropa en el armario. Luego volvíamos a la casa de mis padres, que es una casa de verdad, con un poco de terreno, una piscina y unas gallinas que mi madre deja correr en libertad por la tarde, y allí trataba de refugiarme del caos en libros conocidos.

En “La casa” escribe Ginzburg: “Pero tal vez cualquier casa, cualquier casa podía, con el tiempo, convertirse en una guarida, y acogerme en su penumbra benévola, tibia y tranquilizadora. O quizá no era que yo no deseaba vivir en ninguna casa, en ninguna, porque odiara las casas, sino más bien porque me odiaba a mí misma. Y no era que todas las casas, todas, podían ser adecuadas con tal que las habitaran otros y no yo”.

Al final, Ginzburg y su marido pusieron un anuncio en el periódico: “Se compra apartamento en Prati o Monteverdecchio, cinco habitaciones, terraza o jardín”. Sin embargo, la casa que terminaron comprando la encontraron por casualidad, dando un paseo y entrando en el portal donde un cartel anunciaba la venta. Ya en mitad de la mudanza, el comendador Piave seguía dejando mensajes en el contestador con su voz “fuerte, alegre y triunfal” en los que trataba de que se interesaran por su apartamento de la plaza de la Balduina.

Hemos cambiado de casa y de ciudad, septiembre ya ha empezado y las nuevas rutinas están por establecerse. Todo es una promesa. Cruzo el río cada mañana para dejar a los niños en el colegio. Y pienso en el comendador Piave en la “columna de alabastro negro con mosaicos que representan peces de color verde” del baño principal de su casa de la plaza Balduina, en Roma, una zona que el marido de Ginzburg odiaba y que ella no conocía.