Diario del aislamiento II | Letras Libres
artículo no publicado

Diario del aislamiento II

Nadie puede salir de casa, excepto para ir al trabajo o a por comida o medicamentos, pero los dientes de leche se siguen cayendo y nacen bebés.

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Día 4 de aislamiento. Las cosas se precipitaron a golpe de giro de guion y el estado de alarma llegó: el viernes el presidente dio una rueda de prensa para anunciar que lo declararía un consejo de ministros extraordinario el sábado; se filtró por la mañana, pero no hubo rueda de prensa hasta por la tarde.

Así, sin darnos cuenta apenas, entramos en un escenario apocalíptico, como de holocausto nuclear y estallido de virus que va a acabar con la humanidad, pero al mismo tiempo con internet, bromas, millones de iniciativas ciudadanas de lo más variopinto –de los aplausos en los balcones a las ayudas entre vecinos, sin olvidar los cientos de sugerencias para llenar ese tiempo en casa para niños y adultos con miles de actividades: conciertos online, visitas online a museos, cuentacuentos, magia, conciertos para niños, manualidades para niños, yoga para niños, meditación para niños…

Día 1 de alarma (y 5 de aislamiento). Por la mañana fui a comprar pan, antes llamé a la panadería para comprobar que estaba abierta. Barreiros encontró una mascarilla –“esta es de las buenas”, dijo; mi hermano el neurólogo dijo lo mismo al ver la foto que mandé por el grupo familiar de whatsapp después de ponérmela–. Salí a la calle con una primera misión: conseguir guantes desechables. Fracasé.

De camino a la panadería me sentía un poco como el protagonista de 28 días después, cuando se despierta en el hospital y sale a un Londres vacío. La panadería-cafetería de Luchana que llevaba unos meses abierta está cerrada y tiene dos carteles: en uno informa de que seguirá abierta como panadería; en otro dice que se han quedado sin pan. En mi panadería hay pan y han puesto el mostrador en la puerta para que no se pueda entrar. Ya en casa, los niños quieren saber qué he comprado, dónde he ido, si he traído choricillos. Un rato después, pasa el primer coche de policía explicando lo del confinamiento por megafonía.

Día 3 de alarma (y 7 de aislamiento). Está el debate de los perros y los niños. Se puede salir a la calle para que el perro haga sus necesidades. No se puede salir a la calle a que el niño dé una vuelta a la manzana. Barreiros y yo no estamos de acuerdo. Bueno, en realidad, yo pienso una cosa primero y luego, después de hablar con él, cambio de opinión. Ya no sé qué pensar. Me cuesta mucho, le digo, hacerme a la idea, creerme de verdad que no se puede salir a la calle; ahí fuera todo parece tan normal…

Hago seis saludos al sol y veintiséis ranas antes de desayunar. El bebé de mi amiga nació ayer y ella no pudo tocarlo hasta esta mañana, cuando llegó el resultado del test de coronavirus.

Hace un par de días terminé de leer el libro sobre el que tenía que escribir –próximamente en Letras Libres, su revista de cabecera–. Era Falso espejo, de Jia Tolentino. Después de acabar el primero de los nueve ensayos del libro, “El yo en internet”, decidí quitarme Twitter del teléfono para no estar entrando de manera compulsiva, como si buscara información cuando en realidad es adicción o narcisismo.

Me gusta cuando los diarios se olvidan un poco de la rutina más o menos aburrida o más o menos singular y entra la reflexión, cuando se convierten casi en ensayos. A propósito de eso, veo que Montaigne huyó de la peste que asolaba su ciudad, Burdeos, y no estuvo en el acto de elección de su sucesor. No he leído aún los Ensayos. Tampoco La peste. Ni el Decamerón. Y lo dejo ya porque cuando pienso en todo lo que no he leído me entra ansiedad y me siento culpable y un fraude.

Llevo a los niños al portal, les digo que vamos al buzón y pisan la calle como si vieran nevar por primera vez.

Día 4 de alarma (y 8 de aislamiento). Hay un vídeo humorístico que explica que lo que en Italia tardó unas semanas en lanzarse, aquí se hizo desde el primer día: los aplausos desde el balcón. A los niños les gusta, creen que es una fiesta. El primer día, hubo cierto pique con las vecinas del edificio de al lado, unas chavalas que pusieron música irreconocible; respondimos con una canción del nuevo disco de Soleá Morente. A mí me da un poco de vergüenza aplaudir, lo entiendo y me resulta tan emocionante como incómodo. Así que uso a los niños para participar y también para retirarme: hace frío, la cena, recoged el salón, que esto parece Mosul, etc.

Como a mucha gente, he perdido algunos trabajos, en principio es temporal. Pero de repente entro en pánico y pienso que tendría que hacer como todos esos que veo en las redes sociales –cuando entro desde el navegador–: reinventarme, hacer algo, vídeos o lecturas o lo que sea. Me alegro también de que mi pereza –y los tres hijos– me haya parado: en el fondo, creo que es todo vanidad, narcisismo, búsqueda de reconocimiento. Pienso otra vez en Jia Tolentino: para qué toda esa exposición.

Pienso también en esa carta que circuló el fin de semana de un supuesto filósofo italiano, el tipo de mensajes cursis biempensantes edulcorados que no resisten una lectura inteligente, el tipo de mensajes que se pasan en los grupos de whatsapp, vamos; el mensaje decía que el coronavirus era una oportunidad para cambiar la sociedad y valorar las cosas en su justa medida y que era también un mensaje de la naturaleza.

Sí, puede ser que ahora nos demos cuenta de que lo teníamos todo para ser felices y nos preocupábamos por chorradas, sí, tal vez. Pero también lo seguimos haciendo: nos quejamos de que no hay papel, de lo que hacen los otros, de que no podemos salir a la calle, y aunque tengamos ventanas querríamos una terraza como la del edificio de enfrente o un balcón grande al menos.

Quiero decir, que la estupidez humana está hecha a prueba de pandemias. A pesar de todo, pienso, podría ser divertido si mis compinches aceptaran lo que les propuse y lo hiciéramos, solo por las risas, recomendar un libro y una canción, Consuelo de cuarentena –el título no es mío, que es bueno–. Pero ahora que un compañero de una de ellas ha muerto de coronavirus tal vez no sea tan divertido.

A mi hija mayor se le ha caído su primer diente.