Diario del aislamiento | Letras Libres
artículo no publicado

Diario del aislamiento

Los centros educativos de Madrid llevan cerrados desde el miércoles, quien puede teletrabaja y hay una atmósfera extraña entre fin del mundo y un domingo cualquiera.

Día 0. En realidad, no sé si el día cero es el primer día o el día cero es el que se anuncia. Llamaremos cero a ese momento transicional en que ya se han anunciado las medidas, pero aún no se han aplicado. En nuestro caso, en Madrid, el día cero son dos días: el lunes y el martes. El día cero que son uno y medio en realidad, porque las medidas se anunciaron por la tarde, había una especie de calma forzada. El martes hice la compra con normalidad, salvo por la llamativa ausencia de papel higiénico, no había mucha sensación de pánico. El personal estaba desbordado y no había carros grandes –no sé cómo conseguí que cupiera todo en la cesta con ruedas–. El chico del reparto vino tres veces: la primera se olvidó de las bolsas de frío y congelado; la segunda solo traía lo de la nevera; la tercera, por fin había aparecido el congelado. Aun así, seguíamos en una situación de aparente normalidad: los niños en el colegio y yendo a las actividades extraescolares. En la piscina, aún no habían cancelado las clases para el día siguiente.

Día 1. Me fui de casa a las 9. Los tres niños se quedaron con su padre, que teletrabajaba. Para el día 1 del aislamiento yo tenía una cosa de trabajo que no podía posponerse y que me llevaría toda la mañana. Había una luz preciosa, diría que el tráfico habitual y la gente caminaba con normalidad. Me acordé del principio de 1984: “Era un día luminoso y frío de abril, y los relojes daban las trece”. Estábamos en marzo, el día era luminoso pero no frío. Nada más entrar por la puerta yo, empezó el drama (las madres siempre somos el problema, por eso nos matan en los cuentos infantiles en cuanto se puede). La bebé pedía teta, el mediano mimos y la mayor atención. Ir al mercado por la tarde fue una imprudencia: volvimos los cinco hambrientos y enfadados y nos estuvimos gritando mientras guardábamos la fruta. Al menos, había provisiones.

Día 2. No hemos salido de casa en todo el día. He terminado un libro, pero no el otro sobre el que también tengo que escribir. Veo en Twitter a la gente anunciar sus listas de lecturas para lo que se toman como un retiro y yo me pregunto cuándo voy a leer con los tres niños en casa. Una madre me dice que en la farmacia la han atendido con traje bacteriológico y me acuerdo de que tengo que ir a por loción antipiojos. Hacemos el experimento de la maizena (mezclas cinco cucharadas de maizena y 50 cl de agua y consigues una masa sólida y líquida a la vez; una cosa curiosa, un poco pringosa). Les pongo una película de Miyazaki a los niños pero la única cinéfila, de momento, es la mayor. Me piden sándwich. Luego agua. Luego el mediano se enfada porque no hay M&M’s. En realidad, ha sido como un domingo cualquiera. Lo bueno, dice mi novio, es que vamos a tener que poner menos lavadoras. ¿Cuántos domingos seguidos eres capaz de aguantar?, me he preguntado. Y me he acordado del aforismo de Ramón Eder: “El carácter se forja los domingos por la tarde”. Mi madre quiere que vayamos a su casa a pasar el aislamiento. Ya hay diputados y ministros que han dado positivo. Hay quien pide que se declare el estado de alarma, otros quieren seguir el modelo británico. Yo solo veo un cuento, miles de cuentos, uno en cada casa: cómo sobrevive una familia, no hablo de supervivencia de víveres sino de convivencia, cómo entra y cómo sale, cómo afecta a las relaciones, ¿las cambia? Imagínate que te reconcilias con tu novio gracias al coronavirus. No se lo perdonarías nunca.