Apropiación cultural en la España vacía: el traje de la tía Rosario | Letras Libres
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Apropiación cultural en la España vacía: el traje de la tía Rosario

Nuevas aventuras del hipster en la España vacía.

1.

¿Era vida lo que yo conocía antes de venir al pueblo? Lo era, está claro, al menos en líneas generales y sin contar con los últimos meses con (¿sin?) Lina. Pero el paso del tiempo es distinto cuando estás en contacto con la naturaleza, cuando experimentas el transcurrir de las estaciones, ese ritmo natural alejado del ciclo de noticias de 24/7, de esa impresión que produce nuestra vida política, donde uno tiene la sensación de moverse deprisa y sin avanzar a ninguna parte, en la distracción permanente. Aquí uno tiene mucho más presente el carácter cíclico de la vida, un poco como cuando ves El rey león. Y a la vez tienes una verdadera sensación del tiempo que nos lleva hacia la extinción, percibes la fugacidad y transitoriedad de las cosas, con excepción de cuando ves al tío Juan el Garroso y a Carmen la Generala, que permanecen imperturbables, él en los porches del ayuntamiento, ella en la cuesta de detrás de la casa de Conejo, como dos Diógenes con pensión.

He seguido compaginando mis tareas de construcción del huerto ecológico en Valdepinar con otros proyectos para el pueblo. Como alcalde, me importa estar al corriente de las preocupaciones de los ciudadanos. Por eso cada día, después de comer (o sea: 13:25 aproximadamente), paso un rato a echar una partida en el bar de la carretera, que yo en mi cabeza siempre siempre llamo el bar de Lourdes.

Ahí estábamos un jueves tranquilamente, echando la partida, y mientras jugábamos Francisco contaba que en Melero, el pueblo de su mujer, a 7 kilómetros por la carretera que lleva a Cañizar, no se celebra la Virgen de agosto sino la Natividad de la Virgen. Además, no hacen carrera de pollos y los cotos de guiñote no son a tres partidas sino a cinco. Esto a veces causaba lo que se podría describir como alguna fricción en la unidad familiar (creo que no fue la expresión exacta, pero era la idea). Y ahí, una vez más, me daba cuenta de cómo quienes nos hemos acostumbrado a un ambiente cosmopolita minusvaloramos las complicaciones del multiculturalismo, la amplia gama de matices y malentendidos que supone el encuentro de culturas y sensibilidades distintos.

¡Ah, Kimlycka!

Luego Joaquín le pidió a Francisco que se callara, y luego Alfonso me ahorcó el tres, que siempre le da mucha risa, y empezamos el arrastre, que era mi parte favorita y yo tenía solo un caballo pero le saqué mucho partido, y me pareció que esta vez íbamos a ganar y luego Alfonso me ahorcó el tres. Y entonces Francisco dijo:

-Me cago en el copón.

Y Joaquín:

-Calla, coño, mira que te lo he dicho.

Pero luego:

-Rediós.

-¿Eso no es?

-Para mí que es.

-Sí, sí.

-La madre que los parió.

-¿Que sí o que no?

-Claro que sí.

-Su puta madre.

-La repanocha.

-Copón bendito.

-Jodo.

Yo no sabía qué aportar.

-Sí, sí -dijo Lourdes-. Toda la razón.

Todos estaban mirando la tele del bar. Yo no entendía bien y solo veía un concierto, con una cantante racializada acompañada de un par de docenas de bailarines mayormente racializades. Lourdes subió el volumen. La voz en off decía:

La cantante Clytemnestra Ramirez, Clyte, se recupera de la ruptura sentimental con el rapero Inzane Zurgeon. La artista estadounidense mostró algunas de las piezas de su último trabajo, Divorce Record, como Stupid Bastard, Alone in the Rain, Tiny Dick and Bad Breath o Gonna Fuck You Up So Bad You’ll Cry Through Your Asshole, pero también deleitó al público con algunos de sus clásicos, como More Die of Heartbreak o Horny and Trapped in Trump Country. Clyte, que en unos días tocará en nuestro país por primera vez en años, mostró que a pesar de sus problemas sentimentales está en plena forma, como puede verse en estas imágenes. Y es que dicen que el que canta su mal espanta.

Con las imágenes del concierto -un plano que se cerraba sobre los rotundos muslos de la cantante-, el programa terminó y empezó el informativo. Lourdes bajó la voz.

-Habrase visto.

-Qué barbaridad.

-Qué poca vergüenza.

-La zagala está de buena que se parte. Las cosas como son.

Poco a poco entendí lo que había pasado. En el reportaje televisivo, Joaquín había visto que el traje que llevaba Clytemnestra Ramirez era muy parecido -idéntico, decía Francisco- al traje de la Cañada. El traje, dijo Joaquín, de la tía Rosario.

Era, explicó Lourdes, el que se llevaba solo el día de la Romería. Aunque era tradicional, lo llamaban el traje de la tía Rosario, por Rosario Escorihuela, que había sido modista y era quien se encargaba de los arreglos más complicados. Yo pregunté cómo era posible que supieran que era ese traje y no el del pueblo de al lado, porque, tenía entendido, los trajes podían ser bastante parecidos. Joaquín, Alfonso, Francisco y Lourdes me miraron con expresión severa. Era evidente que era ese traje, los trajes de los pueblos de al lado eran totalmente distintos. De nuevo, había caído en la trampa uniformadora del liberalismo cosmopolita.

-No se puede tolerar -dijo Joaquín.

Al parecer, Joaquín, Alfonso y Francisco no estaban totalmente familiarizados con el concepto de apropiación cultural, así que se lo expliqué un poco por encima. Les comenté algunas de las controversias recientes en varios campus estadounidenses. Y luego, como veía que les interesaba, les hablé del caso de los maoríes de la tribu Ngati Toa, que habían conseguido que el gobierno neozelandés les asignara derechos de propiedad sobre el haka tradicional Ka Mate, la danza que la selección neozelandesa de rugby baila antes de los partidos.

-¿Como una jota? -preguntó Francisco.

-¿No te acuerdas de la película esa del negro que salía de la cárcel? -dijo Alfonso.

¿Qué podía hacer yo como alcalde? Podríamos escribir una carta o iniciar una protesta en las redes sociales. Lena Dunham había protestado porque había sushi en un comedor universitario. Seis grados de separación nos apartaban de todo el mundo. Empecé a pensar en conocidos que me permitieran llegar hasta ella. ¿Y si hacíamos la protesta con otros pueblos, a través de la plataforma de la España vacía, o con otras localidades de la comarca?

-Los cojones -dijo Joaquín. Es una forma habitual de expresar la negación en la zona, pero no la había encontrado en el manual de lingüística de J. L. Austin que estudiamos en la carrera-. Ahora mismo cogemos el coche y vamos a decirles cuatro cosas a esos hijos de la gran puta.

Me pareció una buena idea. Diálogo, diálogo, diálogo: la solución siempre es ir hacia el otro.

 

2.

 

El comportamiento de muchos habitantes de La Cañada cuando llegan a una ciudad es un ejemplo de conciencia ambiental, y muestra que lo que durante mucho tiempo se consideró atrasado es, en realidad, una opción de progreso. Numerosos cañadienses dejan el coche a las afueras (Las Fuentes en Zaragoza, por ejemplo, o al otro lado de la M30 cuando van a Madrid), y luego cogen un taxi o un autobús hasta el centro. Otros prefieren utilizar el aparcamiento de El Corte Inglés.

Joaquín Millán, minero jubilado, socio fundador de la peña de cazadores de Sierra de Arcos, campeón de tiro de la comarca en años impares desde 1985, subcampeón de tiro de la comarca en años pares desde 1984, ahijado de la tía Rosario, 120 kilos de magra turolense, una de las principales fuentes de ingresos de la cerveza Ámbar, eligió la primera opción cuando llegamos a Barcelona, horas antes de que Clyte Ramirez & The Sutpen Sisters comenzaran su gira por España.

Teníamos dos entradas, una misión y bastante prisa. Aun así, dimos un rodeo porque mi tía me había encargado que le llevara unos botes de melocotón en almíbar y unas longanizas a la tía Eulalia, que así aprovechábamos el viaje.

Durante varios días, habíamos hablado de las posibilidades. Leí en voz alta varios artículos sobre Clytemnestra Ramirez, mezcla de puertorriqueños, descendientes de esclavos, indios spokanes y traductores freelance. La opción preferida de Joaquín era entrar, saltar al escenario y preguntarle a Clytemnestra qué cojones pasaba. Eso es lo que habían hecho una vez, cuando el cantante de una orquesta había tonteado con una del pueblo. Lo habían tirado al pilón, lo habían sacado y le habían hecho seguir cantando. Yo era partidario de una solución algo más diplomática.

-Mira que tienes ganas de complicarte la vida -decía.

La clave, según Lourdes, era hablar con alguien que tuviera algo que ver con las relaciones públicas de la cantante, alguien de comunicación. Consideré las posibilidades y me acordé de un chaval de Figueras que había sido expulsado del grupo de cuentacuentos adaptados a las nuevas sensibilidades pedagógicas de mi amigo Fidel (al parecer, era bastante flojo) y que había acabado trabajando como alto cargo en el área de cultura de un ayuntamiento del cambio.

Hablé con Fidel, me dijo que estaba pensando en montar un nuevo partido. Me dio el teléfono de Jordi y me dijo que lo avisaría.

Así que tres días después era con Jordi con quien habíamos quedado en el recinto, cuando estaba a punto de empezar el concierto. Yo estaba impresionado conmigo mismo: qué rápido habíamos llegado hasta allí. Soy partidario de la horizontalidad y los procesos de resignificación colectivos, en vez de las anquilosadas estructuras jerárquicas, pero aun así pensé que ahí mostraba, a Joaquín y a todos los ciudadanos de La Cañada, mis contactos y capacidad resolutiva.

Le explicamos lo que pasaba. Saqué un dosier que habíamos hecho, con información del traje y del pueblo, señalé que solo queríamos saber de dónde había salido el traje que llevaba Clyte, solo queríamos hablar.

-Lo de solo hablar ya lo veremos -dijo Joaquín.

Durante unos segundos, Jordi nos miró un poco desconcertado, con la expresión inconfundible de un miembro de tu familia política al que pides una sandía para masturbarte. Dijo que se encargaría de que alguien le diera el dosier al equipo de Clyte.

Le dije que estupendo, muchas gracias.

-¿Cómo? -preguntó Joaquín-. Se lo damos nosotros.

Jordi dijo que era imposible, que era un entorno muy cerrado, una gran estrella, y que era imposible llegar. En todo caso, podía intentar, si insistíamos, dárselo a alguien cercano, alguien de su equipo, que después viniera a vernos.

Yo le dije que nos encantaría.

-Lo primero dame la carpeta, tontolaba -dijo Joaquín.

Empezaba el concierto. Jordi se marchó. Escuchamos varias de las canciones: llenas de energía y coreografías espectaculares. En la parte central, unos tres temas, Clyte bailó y cantó con el traje tradicional de La Cañada. Eran demasiado comerciales para mí, aunque como no podía ser de otra manera reconocía que había tenido el mérito inusual de haber logrado reinterpretar los estereotipos culturales, raciales y de género y subvertir las expectativas del canon de una manera que era tan instantáneamente popular como profundamente antiirónica.

-Esta es buena -dijo Joaquín cuando sonaba una de las canciones-. Las cosas como son.

Luego se apartó un poco y se apoyó en una valla. Seguía el concierto pero tenía un aspecto taciturno. Cuando terminó el primer bis parecía un cordero con una pena secreta.

-Ya encontraremos otra forma de acercarnos -le dije.

-Bah -respondió.

Salimos fuera, él encendió un cigarrillo.

-Igual podemos buscar otra vez a Jordi. O saltar por esa parte de ahí e intentar colarnos.

No contestó.

-Igual con Luis Alegre, el de Lechago -le dije.

-No hay nada que hacer.

Entonces algo le llamó la atención. Levantó la cabeza y emitió un saludo característico.

-¡Iehh!

-¡Iepah!

Ahí, al otro lado, ocupando el espacio que necesitaría la nevera de una familia del Opus Dei, estaba un tipo con un chaleco y gafas oscuras. Joaquín se acercó hacia él, se saludaron afectuosamente. El diálogo prosiguió:

-¡Iepah!

-¡Iehh!

Más tarde, Joaquín me contó que ese tipo era Norman Petrescu, que durante varios veranos había sido el jefe de una cuadrilla de esquiladores de Europa del Este que recorrían los pueblos de Teruel. Por lo visto, él y Joaquín se habían agarrado varias borracheras considerables.

Norman se había cansado del trabajo de esquilador y había probado suerte en otros sectores. No entendí del todo lo que decía pero me pareció que se había dedicado a la industria metalúrgica (algo del cobre, creí entender) y que luego había trabajado un tiempo en la banca. Por avisado que uno esté, siempre resulta sorprendente observar la temporalidad y precariedad a la que tanta gente está condenada por culpa de la legislación neoliberal. ¿Cómo van a albergar así un proyecto de vida, tener hijos, emprender una andadura que incluya la preocupación posmaterial, cuando lo material es tan frágil? En todo caso, parecía que Norman se encontraba cómodo en el nuevo trabajo, como responsable de seguridad de conciertos. Por lo que contaba el ambiente de trabajo era muy diverso e inclusivo, con gente de varias nacionalidades y sensibilidades muy diferentes.

-¿Y qué haces aquí, hijo de puta? -preguntó, afectuosamente- ¿El gilipollas este quién es? -dijo, señalándome.

Joaquín le contó nuestros problemas. Le enseñó el dosier.

-¿De tu tía? -preguntó.

-Mi madrina.

Norman estaba indignado y conmovido al mismo tiempo.

-Es que no hay derecho. No hay derecho, joder.

Apagó el cigarrillo.

-Entonces, ¿queréis hablar con Clyte? Vamos para allá -dijo.

 

CONTINUARÁ…