Apropiación cultural en la España vacía (y 2): Los amantes de Teruel | Letras Libres
artículo no publicado

Apropiación cultural en la España vacía (y 2): Los amantes de Teruel

Nuevas aventuras del hipster en la España vacía.

En el capítulo anterior…

Norman nos llevó al backstage de Clytemnestra Ramirez. Yo estaba un poco despistado por el ruido, me pareció que Joaquín también. Solo había visto a tanta gente junta en un partido del Zaragoza, y todavía estaba en Primera, así que imagínate si hace años, me dijo. El despliegue de energía de Clyte & the Sutpen Sisters me había dejado exhausto: un poco mareado y con dolor de cabeza, como cuando mi tía me explica el parentesco que tenemos con alguien del pueblo.

Un tipo del equipo se acercó a nosotros tras hablar con Norman. Nos preguntó qué queríamos. Empecé a explicárselo pero me pareció que no entendía muy bien lo que le decía, y tuve la incómoda sensación de que estábamos agotando el tiempo que tardarían en echarnos de allí. Entonces oí una voz detrás de nosotros.

-Who are you?

Joaquín y yo nos dimos la vuelta.

Era Clytemnestra Ramirez. Sé perfectamente que la belleza es una construcción social y que los cánones estéticos son instrumentos de opresión al servicio del sistema capitalista, pero la verdad es que, vista de cerca, impresiona que te cagas.

Le dije mi nombre en cuanto pude recordarlo, le dije también el de Joaquín. La felicité por el concierto, Joaquín asentía aunque yo no sabía si entendía algo. Ella preguntó de dónde veníamos.

Le dije que de La Cañada, estribaciones del Maestrazgo, Teruel. Ahí la cosa se atascó un poco. Expliqué que era un sitio con alto valor paisajístico, elevada consanguinidad, abundante consumo de alcohol y considerable afición al juego.

-¿Una reserva india?

-Más o menos -respondí.

-Like a Native American reservation, but in Spain -dijo Joaquín.

Clytemnestra Ramírez miró a Joaquín y le dijo:

-Pensaba que eras mudo.

-Y yo que no sabías inglés -dije.

-Es por Movistar, que lo puse en inglés sin querer un día y no sé cómo arreglarlo.

Clytemnestra Ramírez se puso en jarras, observó nuestra conversación.

-Bueno, venid con nosotros, y me contáis lo que queréis.

Nos llevaron al hotel donde se alojaban, con las Sutpen Sisters y los músicos. Había una recepción con bebida y camareros. Clyte empezó a preguntarle cosas a Joaquín. Le pedía que le describiera el pueblo, que le contase a qué se dedicaba. Le preguntaba todo el tiempo si quería comer algo más, si le apetecía otra cerveza. En algunos momentos me sentía superfluo, como una escisión de izquierdas más en Madrid, pero me han comentado alguna vez que me cuesta darme cuenta de este tipo de cosas y estaba preguntando a Clyte por las dificultades que tiene una artista racializada y los peligros de la condescendencia de buena parte del público, incluyendo por supuesto a sectores que se autodenominan progresistas, cuando Joaquín me dio las llaves del coche y me dijo:

-Hala, tira.

Dudé un momento. ¿Debía dejar ahí a mi compañero, en esa situación delicada y potencialmente peligrosa? ¿Hay una palabra para sororidad en masculino?

-¿Seguro que quieres que me vaya?

-Ojo con la cuarta, que ya sabes que se engancha un poco.

-Vale.

-Y acuérdate de que en la recta de antes de Híjar hay un radar, no vayamos a joderla.

Lo demás es más o menos conocido, no solo en La Cañada, sino en buena parte del mundo. Unos días más tarde los seguidores de la cantante en Instagram se sorprendieron al verla desayunando unos huevos con longaniza vestida con una extraña prenda morada, fácilmente reconocible para cualquiera que haya estado en las fiestas patronales de La Cañada como la camisa de la peña La Boina. Hubo cierta discusión en torno a si era longaniza real o una imitación hecha con seitán, y acerca de si ella llevaba algo debajo.

La segunda incógnita provocó un debate en una publicación progresista de referencia: el artículo se preguntaba si desayunar sin sujetador era aceptable desde el punto de vista feminista y consultaba con varias expertas en género. Las páginas de sociedad de los periódicos empezaron a especular con la identidad del individuo bajito y robusto, con la coronilla despejada y la piel enrojecida por el sol, que aparecía en algunas de las fotografías tomadas en la zona del Matarraña y en Albarracín y en el Hostal de las Truchas, cerca de Villarluengo, y a quien se veía en la zona VIP de los conciertos, mirando embelesado, con una cerveza en la mano y la postura clásica que tan bien conocíamos los asiduos al bar de la carretera de La Cañada: el primer botón de la camisa desabrochado, el codo apoyado, una pierna ligeramente flexionada hacia delante y la espalda levemente echada hacia atrás, lo que permitía mostrar la tranquilizadora solidez de su barriga.

Clytemnestra estuvo en el pueblo unos días y en un acto de permisividad extraordinaria Almerinda, la madre de Joaquín, permitió que durmieran en la misma habitación aunque no estuvieran casados (esto se sabe por la propia Almerinda, le gustaba contarlo). Ella descansaba de la gira europea y él le enseñaba la zona. Alguna tarde se les veía pasear hacia Santa Ana y una noche estuvieron en el bar de Lourdes, aunque en general iban a su aire.

Vino al pueblo un fotógrafo de la revista siguiéndoles el rastro, y acabó en el pilón con la cámara. Puso una denuncia pero cualquiera sabe quién lo tiró. Cuando me preguntó la guardia civil les dije que pensaba que sería alguien de fuera.

Todo un misterio.

-Pues ¿qué vas a hacer?

Eso fue lo que nos dijo Joaquín, meses más tarde, en el bar de Lourdes, en un momento de inusual elocuencia. Joaquín había estado un tiempo en Estados Unidos, en las casas de Clyte en Nueva York, Nueva Orleans, los Hamptons y Los Ángeles. Pero luego, como nos dio a entender con esa frase, se encontró con el problema que Alfred Hitchcock describió a François Truffaut cuando hablaban de Encadenados: el clásico conflicto entre el amor y el deber. Joaquín estaba prejubilado pero tenía muchas responsabilidades. Era el presidente de la asociación de cazadores del pueblo. Cada quince días llevaba en coche a su madre y a su tía Rosario al centro de salud. Cuidaba con su hermano Alfonso de una jauría, que había que mantener en forma. Este año, además, era el tesorero de la peña La Boina y miembro de la comisión de fiestas. Tenía, por tanto, una serie de obligaciones que no eran compatibles con la vida en el extranjero. Eso era lo que había terminado por provocar la ruptura.

Y así, una tarde, a la hora de la partida, Joaquín apareció en el bar de Lourdes con una maleta de ruedas y una bolsa de plástico, pidió una cerveza y se sentó a jugar al guiñote.

-Pero ¿qué ha pasado con Clyte? -le pregunté.

-Pues ¿qué vas a hacer? -respondió.

Unos meses más tarde Clytemnestra Ramirez publicó un nuevo álbum, Iteration & Heartbreak, que para muchos era su mejor trabajo hasta la fecha. La sátira de la apropiación cultural de Latin Rhythm, basada en La Eneida, provocó una intensa polémica de diez minutos de duración (la apropiación cultural es una forma de amor, dijo un portavoz de la cantante). Pero la canción más famosa es la que daba título al álbum.

I thought I was an emancipated bitch

I didn’t know I could feel that itch

That I’d feel the joy and I’d feel the pain

Thinking about your empty Spain.

[...]

So maybe you are now in some winding road

Or in some wood killing a boar

Drinking a beer and then some more

Or in a march saying Teruel exists

And I remember the first night we kissed

I don’t want to forget, don’t think I can

My Maestrazgo man.

Con ligera imprecisión geográfica pero poderoso efecto sónico Iteration and Heartbreak termina con el estruendo de los tambores de Calanda. Los que conocíamos a Joaquín encontrábamos otras alusiones a lo largo del disco, como el verso “Harder to find than Aragonese subtlety”. Universal Mountains es una composición erótica/geográfica acompañada por lo que un crítico madrileño llamó “creíble electricidad rockera”. Night of the Hunter no era un homenaje al clásico de Hollywood, sino una alusión al pasatiempo favorito de Joaquín, que desde entonces lleva el apodo de El Muso en el pueblo.

Pero eso, como digo, sucedió un poco más tarde. La tarde en que Joaquín volvió al pueblo terminamos la partida y fuimos con él a casa de la tía Rosario. En la bolsa de plástico Joaquín llevaba el traje tradicional de La Cañada que habíamos visto meses antes en televisión, en el reportaje sobre la gira europea de Clytemnestra Ramirez.

Adoración estaba medio dormida en el sofá.

-¿Lo ve? -preguntó Joaquín.

-Bien majo que es. Lo compramos en el Sepu, que estaba de oferta además, y le hice por aquí unos arreglos -dijo.

-En el Sepu.

-Sí, hijo, sí.

-La tienda.

-Sí.

-Como unos grandes almacenes.

-¿Hay otro Sepu o qué? -miró a Joaquín-. ¿Y decíais que este tenía mundo?

-Pero ¿está segura? -pregunté.

-Oh, repapel. Claro que lo compramos ahí. Mira si me acuerdo bien, tenía las primeras escaleras mecánicas de todo el Zaragoza.