La aventura de leer en el transporte público | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: http://undergroundnewyorkpubliclibrary.com/

La aventura de leer en el transporte público

Hay quien define la lectura en el transporte público como “una batalla sin cuartel entre las demandas de la realidad y las ambiciones de la evasión”. Se trata de una actividad cotidiana para miles de personas, que tiene sus dificultades pero también, claro está, su particular encanto.

1

Leer en el transporte público es una actividad llena de detalles insospechados para quienes no la practican. Algunas personas no pueden hacerlo, porque se marean. A veces son las propias condiciones del transporte las que lo impiden, como cuando la luz artificial no es suficiente o cuando los vagones van tan llenos que no hay espacio siquiera para desplegar una página delante de los ojos. Pero para muchos, como contrapartida, la lectura es el mejor modo de dar vida a los tiempos muertos que representan los viajes en metro, en bus, en tren o algún otro medio. Desde esta perspectiva, lo que para los demás es una mala noticia, para ellos se convierte en una buena: “Qué bien, tengo que hacer un viaje de dos horas. Dos horas para leer sin que nada ni nadie me interrumpa…”

Ya otros han listado algunos de los problemas más frecuentes de la lectura en el transporte público: pasarse de estación por culpa de estar demasiado concentrado en el libro, no poder contener la risa o las lágrimas delante de los demás pasajeros, que al terminar el viaje falten solo unas pocas páginas para acabar el texto y no poder dejar de hacerlo en la calle o donde sea que uno haya llegado, convivir con la curiosidad del que va sentado al lado o enfrente y se muere de ganas de saber qué lee uno, ser uno mismo el curioso que quiere saber qué lee el de más allá (porque nos encanta ver leer), y algunos más en esa misma línea.

Hay un problema, sin embargo, que no encontré citado por nadie. Es el que sufrimos en el transporte público los que subrayamos los libros al leer. La tarea de subrayar libros mientras se viaja en un vehículo en movimiento entraña severas dificultades. Escribir en los márgenes es aún más difícil, pero la que se hace en los márgenes de los libros es, casi por definición, una escritura con mala letra, trazos apenas comprensible incluso para el propio autor. El subrayado, en cambio, tiene la obligación de deslizarse con limpieza por el estrecho espacio en blanco entre los caracteres impresos. Que la línea se desvíe y tache algunas letras (o, peor, palabras enteras) supone una auténtica pesadilla. Los subrayadores obsesivos sabrán a lo que me refiero.

2

“Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino”, apuntó Rodolfo Walsh en su autorretrato, escrito en 1965. El libro del que habla se había publicado doce años antes; su título fue Variaciones en rojo. Una de las tres novelas cortas que lo integraban era “La aventura de las pruebas de imprenta”, en la cual Daniel Hernández, alter ego de Walsh, investiga y resuelve el misterio sobre la muerte de un conocido y colega suyo, el traductor y corrector Raimundo Morel.

Lo último que hizo Morel fue trabajar sobre un texto mecanografiado que debía entregar a una editorial. El hecho de que muchas de esas correcciones estuvieran escritas con “una grafía vacilante y a veces casi ilegible” fue atribuido por la investigación oficial a que el hombre había bebido whisky, hecho que apuntala también las posibles causas de la muerte: un suicidio o un accidente mientras limpiaba su revólver. A Hernández esta versión no le cierra. Y es que los apuntes por momentos eran vacilantes, pero en otras ocasiones no. Esa pista y la tabla de horarios del ferrocarril le permiten resolver el enigma: Morel hizo esas correcciones durante un viaje de ida y vuelta en tren entre Buenos Aires y La Plata. La letra era vacilante cuando el convoy estaba en movimiento, y normal cuando se detenía en las estaciones. En ese viaje radica la clave para conocer qué sucedió en verdad.

Estudié en la Universidad Nacional de La Plata y viajaba hasta allí cada día leyendo en el tren. Conozco muy bien eso de lo que habla Walsh. Cansado de los subrayados vacilantes y de las tachaduras erráticas, encontré un método para evitarlos: no subrayo todo el fragmento que quiero destacar, sino que hago solo dos pequeñas marcas en el comienzo y en el final, con la intención de subrayarlo después, cuando me encuentre en tierra firme. Muchas veces olvido esta segunda parte del proceso. Cada tanto vuelvo a abrir un libro leído años atrás y me encuentro con esas pequeñas marcas aisladas, el principio y el final de un subrayado invisible que me recuerda que esas páginas las leí, igual que tantas otras, a bordo de algún trasporte público.

3

Se plantea, de todos modos, una cuestión más profunda al respecto: ¿leemos diferente cuando lo hacemos en el transporte público? Algunas personas creen que sí. Por ejemplo, hay quienes atribuyen a la lectura en el transporte público —entre otros factores— las dificultades que tienen en la actualidad los textos breves para competir con la novela. En un texto titulado “La sorpresa íntima”, incluido en el volumen coral El arquero inmóvil. Nuevas poéticas sobre el cuento, de 2006, el escritor cubano Ronaldo Menéndez dice:

“Hoy la mayoría son lectores intermitentes, lectores de metro […] de televisor encendido, de ventoleras en las playas, de aviones y de trenes. […] Leemos como leen las gallinas: picoteando con los ojos las palabras desgranadas, y subiendo la vista alternativamente. […] ¿Qué pasa si el cuento que leo no dura exactamente la distancia entre mi casa y la estación de metro donde debo bajarme? […] La novela puede ser abandonada y retomada en cualquier punto, sin que se resienta demasiado dada su naturaleza de culebrón”.

Más interesante aún es lo que señala Lucas Petersen en El traductor del Ulises, su reciente biografía del argentino José Salas Subirat, el autor de la primera versión en castellano (publicada en 1945) de la obra maestra de Joyce. En primer lugar, refiere un dato maravilloso: Salas Subirat desmontó la encuadernación de la versión original del Ulises con la que trabajó. “Descosió los cuadernillos y transformó el ladrillo de casi 800 páginas en cómodos fascículos transportables”. Porque, claro está, el tamaño de los volúmenes es otro de los grandes retos de la lectura en el transporte público.

¿Por qué necesitaba Salas Subirat que el texto fuera “transportable”? Petersen lo explica unas cuantas páginas más adelante, después de elogiar la “vitalidad” de la traducción:

“No demanda mucha imaginación vincular el carácter vital de su versión con el hecho de que en buena medida fue trabajada en los vagones del Ferrocarril Mitre. Leer en el transporte público es una batalla sin cuartel entre las demandas de la realidad y las ambiciones de la evasión. Irremediablemente, el mundo i(nte)rrumpe en la lectura y el texto no puede más que ser leído desde el prisma que le impone el contexto material. […] Las turbulencias de la vida que agitan el flujo del pensamiento —tan Joyce— no son en el lector de sillón tan imponentes como en el lector transportado”.

4

Quizá los textos más aptos que otros para su lectura en el transporte público no sean entonces los primeros en los que en general se piensa —breves, ligeros, que no exijan demasiada concentración, como esos que se suelen ofrecer también para leer en la playa— sino todo lo contrario: relatos largos, culebronísticos, joyceanos, que agiten el flujo del pensamiento igual que las turbulencias de la vida. Quizá no haya mejor lugar para leer algunos libros que un autobús zigzagueante o un vagón repleto.

Un libro largo, en todo caso, reduce el riesgo de que el texto se acabe antes que el viaje, otra de las pesadillas del lector de medios de transporte. Por lo demás, asegurado el placer de la lectura, poco importa no poder contener la risa o las lágrimas delante de los demás pasajeros. El único problema —y esta afirmación no se limita al transporte público— es que, lamentablemente, en algún momento siempre el viaje llega a su fin.