artículo no publicado

Del arte de subrayar libros

Subrayar los libros es muchas cosas a la vez: una forma de la crítica y una especie de cápsula del tiempo, una manera de apropiarse de las páginas, de acompañar a alguien que leerá solo, de posibilitar una arqueología de los modos de leer.

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Mucho se ha escrito acerca del arte de subrayar libros. Sin ir más lejos, Germán Carrasco esbozó, aquí en Letras Libres, una pequeña taxonomía de subyaradores de libros. La argentina María Moreno, por su parte, publicó un libro de ensayos literarios titulado, precisamente, Subrayados. El crítico español Ignacio Echevarría escribió:

“El buen crítico es un lector que sabe subrayar adecuadamente, y que, por virtud de ello, sabe construir una lectura representativa del texto, basada en citas oportunas. Me viene ahora al recuerdo lo que escribía Walter Benjamin en una de sus trece tesis sobre la técnica del crítico: ‘Polémica significa destruir un libro citando unas cuantas de sus frases’. Aunque no siempre se trata de eso, por supuesto.”

Y ya que tantos hablan del arte de subrayar libros, no quisiera yo quedarme sin decir lo mío.

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Hace unos meses me reencontré con mi vieja biblioteca. Libros que habían quedado fuera de mi acceso durante bastante tiempo. A muchos los había añorado con nostalgia. De otros, guardaba el recuerdo de su existencia, asociada con otra etapa de mi vida. A unos cuantos los había olvidado. ¿Yo tenía este libro? ¡Qué bueno, ahora sí lo voy a leer! Y al abrirlo descubrir, no sin cierto horror, mi propio subrayado en sus páginas. Lo había leído. Y lo había olvidado.

Por supuesto, los únicos ejemplares que subrayo son los míos. No solo por evitar dañar la propiedad ajena o influir en la lectura de los demás, sino porque no tiene sentido: yo subrayo los libros para mí mismo. O mejor dicho, para la persona que seré en el futuro. Así, cuando esa persona vuelva a esos volúmenes se encontrará no sólo con el texto sino también con la lectura que ella misma (yo mismo) hizo en el pasado. Y evaluará si supo subrayar adecuadamente. En palabras de Echevarría: si encontró las citas oportunas.

Pero claro, ¿cuáles son las citas oportunas? Mis subrayados de hoy no coinciden con los de hace años —no todos, al menos— y en el futuro también subrayaré frases distintas. Los subrayados en un libro como una especie de cápsula del tiempo. Consultar mis subrayados antiguos es también, de alguna manera, explorar mi pasado, practicar una arqueología de mis modos de leer.

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Un amigo escritor me reveló hace unos días que no subraya los libros al leer, lo cual me parece casi un oxímoron. Cada uno lee a su manera, por supuesto: cada lector es un mundo. Pero no puedo evitar volver una y otra vez al recuerdo de una profesora de la universidad que, cuando se enteró de que un alumno leía sin subrayar, le preguntó: “Y cuando pasa el tiempo, ¿cómo hacés para encontrar algo? ¿Lo volvés a leer entero?”. Quizás a esas edades uno cree que lo lee lo recordará por siempre. Esa frase, en todo caso, marcó un momento clave en la historia de mi aprendizaje del subrayado de libros.

Porque a subrayar libros también se aprende, desde luego. Nadie nace sabiendo cómo se hace. Además, muchos llegamos a los libros cargados de escrúpulos: la idea de que cuidar los libros significa mantenerlos impolutos, intactos, como ajenos al paso del tiempo y las lecturas. Al principio mis subrayados eran escasos y muy pulcros, en un intento de respetar esa suerte de carácter sagrado del libro.

Con los años aprendí a respetar los libros de otra manera. Dejé de verlos como objetos de culto y empecé a sentirlos mis amigos. Unos muchachos que comparten conmigo su sabiduría, me entienden sin que tenga que decirles nada y están ahí siempre que los necesito. Y así como yo y mis amigos de carne y hueso envejecemos y no podemos ocultar las marcas del paso del tiempo, está bien que con los libros ocurra lo mismo. Cuando veo en mi biblioteca un libro muy poco gastado para los años que tiene, me pregunto si en verdad debería estar ahí.

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En la escuela secundaria recibí algunas lecciones de cómo estudiar. Entre las técnicas que nos explicaban estaba la de subrayar los textos. El objetivo, según lo que nos decían entonces, era que luego se pudieran leer nada más que las partes subrayadas. Esto exigía destacar no solo los conceptos más importantes, sino también todos los nexos y conectores necesarios para que las frases tuviesen sentido.

Maniático como soy, algo de eso quedó en mi manera de subrayar los libros. Por lo general busco que mis subrayados se puedan entender leídos por sí mismos, sin que haya que revisar el contexto para captar el sentido esencial. No sólo subrayo: también trazo corchetes y flechas, escribo comentarios en los márgenes, hasta dibujo una especie de signo de exclamación gordito y relleno de lápiz junto a los pasajes que me gustan mucho. (Esta técnica se la copié a otra profesora.)

Mucho de lo que escribo en este blog surge, claro está, de esos subrayados. La palabra marcapáginas se usa en España para designar al señalador, ese pequeño artilugio que se deja en el lugar en que se interrumpió la lectura, para saber luego dónde retomarla. Pero marcapáginas connota también otros sentidos: escribir, subrayar, hacer líneas, flechas, garabatos, lo que a uno le dé la gana. Dejar en las páginas las marcas propias es, también, una manera de apropiárselas.

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Y cuando leo un libro subrayado por otro (sobre todo si conozco a ese otro, y más aún si es un amigo), sigo con mucho interés sus subrayados y anotaciones. De alguna manera, leer un libro subrayado por otro es meterme un poco en su intimidad, en sus ideas y sus estructuras mentales, en su pasado. Como si esa otra persona estuviera ahí al lado mío, señalándome cada tanto: “Mirá que bueno esto”. Una de las tantas magias de la literatura.

 

 

 

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