La revolución egipcia empezó el 25 de enero de 2011. Cuatro meses atrás, la censura del gobierno veía en una sesión especial la película Microphone, de Ahmad Abdalla. La cinta se centra en la escena artística de Alejandría, la segunda ciudad del país. Según una reseña de la San Francisco Film Society, “los elementos de una revolución juvenil están todos ahí. [Los jóvenes] están hartos y la frustración alimenta su arte”. Sin embargo, los censores solo se fijaron en una escena. Una joven grafitera pinta un muro con el lema “La revolución empieza aquí”. Los censores preguntan a Abdalla qué revolución es esa. El director los tranquiliza: “No se refiere a una revolución real, es desde un punto de vista artístico, metafórico.” Tras alguna explicación más, la película pasa sin cortes. Se estrenó el 25 de enero de 2011.
El 17 de enero de 2011, Ibrahim Awad, profesor de políticas públicas de la Universidad Americana de El Cairo, está en Turín. Tres días antes, el presidente tunecino, Zine el Abidine Ben Ali, había abandonado su país tras una revuelta popular. Un grupo de italianos preguntó al profesor Awad si algo así puede ocurrir en Egipto: “Empecé un análisis muy complicado, un poco confuso, para decir que el país estaba muy mal, pero que era difícil que ocurriera lo mismo.” Tres días después, el 17 de enero, en Florencia, el político español Josep Borrell pregunta lo mismo a Awad: “En vez de repetir análisis insostenibles, dije: ‘Sí, va a ocurrir.’ ¿Cuándo? No se sabe.”
El 25 de enero había sido convocada en Egipto una manifestación por el Día de la Policía. Cada año se hacía esa llamada para protestar contra la tortura. Dos días antes, en Ginebra, un grupo de egipcios preguntaron a Awad qué pasará el 25: “Se van a juntar unos centenares, los de siempre”, contestó. El martes 25 le llamaron por teléfono desde El Cairo: “Va en serio.” Solo dieciocho días después, el presidente Hosni Mubarak abandonaba su cargo.
Los casos de los censores y del profesor Ibrahim Awad no son extraordinarios. Nadie preveía que en realidad el presidente de tres décadas pudiera irse. Alaa Al Aswany, quizá el novelista árabe mejor conocido en Occidente, tuvo una experiencia similar. En un encuentro con periodistas a finales de febrero, contó:
El 24 de enero sabía que había una llamada a manifestarse [el día siguiente], pero me dije que habría de nuevo cuatrocientas personas ante el Sindicato de Periodistas [un lugar habitual de El Cairo para estas acciones] rodeados por diez mil policías. Me dije que no iba a ir, que no participaría, así que me levanté por la mañana y me puse a trabajar en mi nueva novela, pero cuando encendí la televisión, me encontré que había ocurrido un milagro.
He hablado con mucha gente en El Cairo. Otros me han contado de sus amigos. Solo alguno muy optimista era capaz de imaginar que el 25 de enero la historia de Egipto iba a cambiar. Sin embargo, todos estaban convencidos de que la situación era insostenible, de que algo tenía que acontecer. La apatía, el miedo, la falta de esperanza y de dignidad eran sensaciones que no podían durar siempre. El mismo Al Aswany lo veía así algunos años antes:
Siempre había creído que habría una revolución y en mis entrevistas en el extranjero lo dije muchas veces y la gente no me creía. Tuve una entrevista con el New York Times en 2007 y dije que Egipto estaba muy cerca de un gran cambio, que íbamos a tener una gran sorpresa en Egipto.
Solo que no creía que esa sorpresa fuera a empezar el 25 de enero de 2011.

ENTRE TÚNEZ Y FACEBOOK
¿Qué hizo que una situación insostenible pero sin salida de repente estallara e hiciera caer el régimen? El joven ingeniero Saleh Fekry había participado en alguna protesta en 2010: “Un día nos vestimos de negro y repartíamos pasquines por la calle. Daba como miedo”, recuerda. Tampoco creyó que el 25 de enero miles iban a salir a la calle. ¿Qué cambió? “Túnez”, asegura. Es la respuesta más inmediata. Los regímenes árabes parecían clavados en la historia. La brutalidad, el apoyo occidental, el petróleo hacían que nadie viera un caldo de cultivo propicio a una revolución en la región. Hasta que ocurrió en Túnez. Eso abrió una puerta a la esperanza: ¿Por qué no puede pasar lo mismo en Egipto? La bloguera egipcia Zeinobia escribió el 23 de enero un post titulado “Qué nos puede enseñar la revolución tunecina”. Era una lista de puntos; el primero: “Las revoluciones ocurren sin previsión incluso en el mayor estado policial.” Así fue en Túnez y así fue en Egipto. Muchos veían que los factores estaban ahí, solo que nadie supo prever su conjunción.
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