La máquina de Joseph Walser, de Gonçalo M. Tavares

Diciembre 2007 | Tags:


Es célebre la frase con la cual José Saramago saludó al joven escritor que en 2005 acababa de ganar el premio literario que lleva su nombre: “No se puede escribir tan bien a los 35 años, dan ganas de pegarle un puñetazo en la cara.” En el fatídico 2001, Gonçalo M. Tavares (1970) publicó un primer libro de poemas, y desde entonces prácticamente no ha pasado un año sin que aparezcan dos o tres títulos suyos. Es sin duda el prodigio de la literatura portuguesa actual. Su caso es sólo comparable al del novelista, poeta y dramaturgo José Luís Peixoto, también nacido en los setenta y traducido ya en varios países europeos. En cierta forma, la recepción entusiasta que Tavares ha tenido entre la crítica y la fortuna editorial que ha gozado en España, donde sus libros se traducen y editan con justificado esmero, parecen acontecer un poco al margen de un hecho literario tan enigmático como portentoso. Gonçalo M. Tavares, o la multitud de escritores que se alojan en su persona, es el creador de una obra a la vez fragmentaria, dispersa y endiabladamente coherente que se antoja planeada, meditada y ejecutada en la mente de su autor demiurgo antes incluso de haber sido escrita. Esto, que puede sonar a disparate, ha llevado a que algunos lectores y críticos en su nativo Portugal le reclamen precisamente lo contrario: la fantasía de dejar una obra inacabada, inconclusa e imperfecta del tipo Musil o Kafka, como prueba definitiva de genialidad literaria. En su propio descargo, o quién sabe si lo contrario, Tavares ha dicho en entrevistas que casi todos sus libros fueron escritos antes de que se publicara el primero de ellos, Livro da dança. Desde entonces, los títulos que el escritor entrega apenas muestran los rastros, señas y equivocaciones de una obra en desarrollo. Tavares es, para bien y mal, el autor de una obra (sólo en apariencia) resuelta.

Lo cierto es que con la serie “Barrio”, un conjunto de seis libros donde la brevedad y la concisión prosísticas funcionan como el esqueleto de una imaginativa y desmesurada arquitectura literaria, Tavares logró poner en pie un proyecto de profunda, radical y –para decirlo de manera aún más chocante– cerebral originalidad. No por casualidad son habitantes del “Chiado literario” los señores Valéry, Michaux, Brecht, Juarroz, Kraus y Calvino, de los cuales los primeros dos ya circulan traducidos al español y pronto lo hará el resto.

En forma paralela han ido apareciendo, también editadas por Mondadori, las novelas cortas pertenecientes a los llamados “Libros negros” de Tavares: Un hombre: Klaus Klump (2006) y ahora La máquina de Joseph Walser (tras la cual seguirá Jerusalem, última de la serie). No le falta razón a Mercedes Monmany cuando contrasta y califica esta trilogía, cuyos temas de fondo podrían ser la Angustia y el Mal, como el ciclo inverso a la creación del entrañable Barrio literario: la otra cara de la alegría de imaginar y erigir felices monumentos. Estas tres pequeñas novelas “negras” conforman, ciertamente, un tríptico con tonos germanos en el que Tavares pone en marcha una ingeniosa discusión en torno al individuo y su identidad frente a la masa y el Estado, respectivos carne y cañón de un fenómeno superior y omnisciente que trastoca, violenta y reencauza el tempo existencial, por así decirlo, de quienes viven en sociedad: la guerra. Pero yo iría un poco más lejos: cada una de las novelas que conforman esta trilogía se contrapuntean incluso entre ellas, cada pieza narrativa bien podría ser la imagen en negativo de la anterior. Así, la aventura del héroe vagamente nietzscheano en Un hombre: Klaus Klump, tiene su contrarrelato en la pesadilla execrablemente cotidiana que vive un pobre diablo en La máquina de Joseph Walser; todo cuanto es afirmación (y derrota) del intelecto frente a la implacable realidad en la primera de estas novelas, en la segunda es degradación de esa misma realidad a manos de capataces y filósofos de pacotilla. En ambas narraciones, el individuo tropieza con la Historia, y más concretamente (objetivamente, diría Tavares) con la guerra, a la vez fuerza motriz y potencia nulificadora de la individualidad. Surgen, en ese orden, la figura del rebelde que intenta ponerse a la altura de los acontecimientos y del patán que anhela el regreso a su ominoso y desventurado anonimato al interior de la masa. Aunque al final (Tavares, cansa decirlo, es un autor joven, no un ingenuo) ambos personajes encuentran por igual su triste acomodo en esa máquina trituradora que en tiempos de paz se conoce y designa como el orden social.

El fenómeno literario llamado Gonçalo M. Tavares surge en un momento curioso. Cuando parece que los juegos metaliterarios se agotan una vez más, él construye un Barrio de autor tan disfrutable como un parque de diversiones; cuando los novelistas siguen entregando abrumadores y dizque épicos recuentos del gran Mal (pienso al menos en Les bienveillantes de Jonathan Littell, el último entre ellos), Tavares pone sobre la mesa una escueta trilogía de “novelas negras” en las que se dice tanto o más sobre el tenebroso asunto. Si las cosas continúan así, los del puñetazo en la cara no tardarán en abogar, siguiendo la delicada lógica de su dialéctica literaria, por una forma superior del elogio: un puntapié en el trasero. ~

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