Edmundo Paz Soldán
Norte
México, Mondadori, 2011, 282 pp.
Nadie ha de llamarse sorprendido porque un autor boliviano, ejerciendo el derecho panamericanista ganado por José Martí para los autores del sur del río Bravo, se apropie de Estados Unidos como territorio de su fabulación. Si bien Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) ha publicado ficciones de la realidad de su país, como en Río fugitivo (1998)o Palacio quemado (2006), el interés del tema del latino en El Imperio se encuentra ya en cuentos de su libro Amores imperfectos (1997), amén de en la compilación Se habla español (2000), de la que fue coeditor. Norte, sin embargo, propone desde el título un carácter programático: parafraseando a Cabrera Infante al hablar de Cuba, los personajes migrantes de Paz Soldán no tendrían historia sino geografía.
Esta novela alterna capítulos de tres relatos de hispanos en Estados Unidos, separados por el tiempo mas unidos por la frontera. Martín Ramírez es internado en un hospital psiquiátrico de California en 1931. Jesús González comete en 1984 un feminicidio por el que huye de su ciudad en el estado de Chihuahua; con los años conoce el crimen y la prisión en suelo estadounidense. La joven boliviana Michelle, en 2008, vive una difícil pasión con Fabián, su maestro argentino asediado por las adicciones y la presión de su puesto académico en una universidad de Texas.
Martín y Jesús son mexicanos y pobres. El primero, un paciente psicótico, esconde un gran talento para la pintura; el segundo se convierte en un psicópata, un artista de la brutalidad. En ambos, el cruce de la frontera provoca una transformación radical: hacia la locura creativa o la violencia más despiadada. Fabián, a quien distingo como el verdadero protagonista de la tercera línea, nos es presentado desde la óptica de Michelle, y su progresiva caída personal vendría luego de su fallida empresa: escribir El Gran Estudio sobre la literatura hispanoamericana. Comparte con Martín y Jesús el destino del migrante, si bien no indocumentado, a quien la realidad estadounidense termina por trastornar. Incluso Michelle, que toma el camino creativo con el proyecto de un cómic y cuya deriva sentimental es dependiente por entero de Fabián, asume el fracaso como destino. He ahí mi primer reparo: Norte no deja respirar a sus creaciones hacia un devenir propio. Con la excepción del Ranger Fernandez, un personaje secundario –quien a lo peor que llega es a la soledad afectiva producto de su sequedad emocional–, los protagonistas se supeditarían a demostrar una idea: cómo los migrantes hispanos han venido cambiando la sociedad que los recibe no sin verse ulteriormente derrotados.
Si ya el título apuntalaba el peso de lo geográfico, la novela en sí tampoco se permite la imprecisión, la incertidumbre ni la elipsis; abunda en los elementos del decorado y explica siempre, o casi todo. La veo escrita no desde la imaginación sino gracias a la documentación. Acomoda aquí y allá cápsulas informativas sobre la frontera vista, pienso, desde el periodismo o la sociología, aunque la pertinencia dramática para esos apuntes sea, muy a menudo, nula. Un ejemplo:
Otro fin de semana fuimos a visitar a unos amigos a El Paso (nos sorprendieron las oleadas de mexicanos que llegaban de Juárez y buscaban quedarse, tratando de escapar de la guerra entre los cárteles y de los intentos desesperados del gobierno por controlarla) (III, 1).
Como sucede en Sueños digitales (2000), en la que el narrador de Paz Soldán abusa en referencias a la tecnología y el mundo digital, Norte busca lo verosímil mediante la acumulación de lo conocido, y así su ficción se vuelve redundante: para que no queden dudas de que estamos en Arabia, vemos desfiles y desfiles de camellos.
La sobreexplicación, un signo paternalista –que el lector no se quede con la menor duda de dónde y por qué ocurren los hechos–, también afecta el desarrollo de los relatos. Después de su estancia en una cárcel de Florida (II, 7), Jesús sale convertido a su misión de ángel vengativo enviado por El Innombrable, un ser superior, y ese estado mental ya no sufrirá variación; sin embargo, la estructura no considera el recurso de la elipsis sino que prosigue al mismo ritmo con las andanzas del joven de un lado y otro de la frontera. Puesto que el personaje ya no conoce más evolución, el recuento de sus asesinatos manifiesta una reiteración mecánica que anula el interés por Jesús mismo y lo centra en la crueldad con sus víctimas o la investigación policial. No es este un reparo moralino, sino de construcción dramática: Jesús deviene la predecible herramienta –más que de ese ser superior que le habla– de una voz narrativa cuyo propósito consistiría en dar un panorama sobre la violencia fronteriza, a través de un personaje extremo, casi un símbolo del Mal con mayúscula. La trama de Fabián y Michelle también se ve caída en un aletargamiento dramático: merced a gritos, abusos y un aborto, su historia discurre por las etapas predecibles de una relación destructiva –en este caso, entre un adicto paranoico y una joven emocionalmente débil–, dejando una sensación de déjà lu.
Norte cuenta de migrantes hispanos, pero el género novelístico en sí no migra. Aunque incluye regionalismos y mezcla inglés y español en los diálogos, esos registros no pasan del color local, como quien busca verosimilitud antropológica para entorno y per-sonajes, y nunca ponen en jaque la naturaleza verbal de las mismas voces narrativas ni ambicionan la creación de un efecto de extrañamiento que convierta esa frontera tan documentada en un espacio imaginario, como sí sucede en Bolaño o Yuri Herrera. Las historias de Martín y Jesús se presentan en tercera persona, pero esta prosa periodística, no infrecuentemente cacofónica y prolija, difiere casi nada de la dicción de Michelle, la narradora del tercer relato –parecido a lo que sucede, por ejemplo, en El delirio de Turing (2002),en la quela alternancia de voces en segunda y tercera persona no consigue un relieve particular para una u otra línea narrativa–. Es como si Norte cruzara, en efecto, una y otra vez la frontera pero contara con pasaporte; su prosa es finalmente inmutable ante la violenta dinámica de la migración. La escenografía redundante obstruye algo más pertinente para la ficción: personajes e historias que, mediante un lenguaje en sí mismo inestable, fronterizo en una acepción no solo geográfica sino literaria, rehúyan de lo ya conocido y entreguen no una tesis política sobre la migración sino una percepción incontrovertible de la experiencia hispana en El Imperio. ~

Edición México



Comentarios (2)
Geney, sos mi heroe, deberías hacer reseñas con más frecuencia. No sabes todo lo que he aprendido con cada cosa que publicás. Siempre das ejemplos que creo, son tan importante en una reseña, y aun así, la mayoría de reseñistas no lo hacen.
Nefatlí, para hablar objetivamente de la literatura, existen los reportajes y las entrevistas, entre otros. Pero cuando se trata de literatura, la cosa cambia. Al menos, cuando compro una novela, lo que busco es que me haga vibrar la historia y sus personajes, que me "duelan". Leí la mitad de Norte, pero no pude acabar, la solté sin remordimiento alguno; sabía que algo no funcionaba, pero ahora que leo esta reseña, me doy cuenta exactamente que fue lo que no me dejó acabar el libro: primero, meterse en la piel de los personajes, es algo que después de Faulkner, pocos han logrado con éxito (bueno, Bolaño, de lejos). El tono plañidero del libro, es otro problema, tal vez, y como dice Geney, debe ser la monotonía de las voces, no se disntingue bien entre los registros linguisticos de uno y otro. La realidad, es que el tema de "agarrar" persosajes, solo para demostarr una idea, es un error que alguien con la trayectoría de Soldán no se puede permitir. No sé si alguna novela de él valga la pena, pero con esta experiencia, no creo que quiera repetir. Saludos.
Interesante la crítica, me gusta que incluyas ejemplos. La migración es un tema muy explorado y también muy urgente, por lo que requiere nuevas exploraciones, aquí no sé qué tanto los escritores escriban para un "cierto tipo de lectores" que quizá no buscan la novedad o no quieren deslumbramientos de la espectacularidad, ni nuevos puntos de vista, también eso estaría bien, aunque siempre para un servidor (y creo que para muchos lectores y también investigadores) cobra realce una obra en la que el autor corra riesgos, trate de cruzar también esa otra frontera de las formas siempre y cuando esté justificado su fin, como creo en este caso de la migración, donde se necesitan nuevos abordajes. En recientes días me he comunicado con la profesora Ruth Brown de la Univ. de Kentuchy con motivo de una investigación sobre migración en la que analiza (entre muchas obras) una antología donde participo (con un cuento muy malo, tengo que admitirlo) con la intención de cuestionar sobre varios asuntos entre literatura y migración, creo que le vendría bien acercarse a leer por acá.
Saludos
N
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