En la raíz de nuestras más profundas pesadillas

Art Spiegelman

Maus: Historia de un sobreviviente

Traducción de César Aira, Buenos Aires, Emecé, 2009, 2 vols.

MetaMaus: Viaje al interior de un clásico moderno

Traducción de Cruz Rodríguez Juiz, Barcelona, Mondadori, 2012, 256 pp.

Ante Maus mi primera reacción, común a muchos, fue de desconfianza: ¿un cómic sobre el Holocausto? ¿Los judíos como ratones, los alemanes como gatos? ¡No, gracias!

“Maus” es la palabra alemana para “ratón”. La elección del título y los protagonistas, junto a los subtítulos de los dos tomos originales –“Historia de un sobreviviente: Mi padre sangra historia” e “Historia de un sobreviviente: Y aquí comenzaron mis problemas”– ya hablan del estilo de la obra: la paradójica yuxtaposición de lo extremo y lo trivial, con algo de la alegría subversiva y desenfadada del cómic underground, mundo en el que se formó el autor, Art Spiegelman (Estocolmo, 1948).

El inmenso reto que afrontó Spiegelman fue encontrar el tono para contar la historia de Vladek, su padre, sobreviviente del “centro del infierno de la historia” como judío polaco durante la Segunda Guerra Mundial. Los escollos eran muchos, de orden estético y moral: ilustraciones bonitas, esmeradas, podrían distraer del tema básico, y edulcorarlo al estilo Hollywood. Por eso Spiegelman eligió el blanco y negro y dibujos donde el trazo casi expresionista desdijera la dulzura de los grandes ojos de los ratones. Había que alejarse tanto del sentimentalismo como del cinismo. Había que evitar un relato únicamente familiar –desafío que el autor enfrentó con el recurso de representar a todos los judíos con cabezas de ratones, similares entre sí, como una forma de simbolizar, en esa historia individual, una historia enorme.

Del mismo modo, Spiegelman tampoco cedió a la tentación de querer dar cuenta de la historia mayor del Holocausto. Era central respetar profundamente el relato del padre en su escala, pero no disimular sus aspectos menos atractivos, los límites de su memoria ni su particular habla de judío polaco transterrado en Queens, Nueva York. Más allá, el tema no era únicamente la historia de Vladek, sino la imagen misma de un padre contando su vida a un hijo, quien a su vez tenía su propia historia, incomodidades y angustias. Así, dos tiempos debían reunirse sin excluirse mutuamente. Un tema central, finalmente, era la memoria y su escritura. Y la mayor dificultad era transmitir y dar cuenta de ese tema sin rebajar la enormidad del crimen que significó el Holocausto.

En 1989, tres años después de haber salido a la calle la primera parte de Maus, Spiegelman publicó “Looney Tunes, Zionism and the Jewish Question” en The Village Voice. Ahí explicó: “resiento la implicación de que el Holocausto es un asunto provincial judío”: ratones y gatos representaron entonces para él “una metáfora clara y universalista de opresor y oprimido”. Ya Kafka en su “Josefina la cantante, o la gente ratona” había representado a los judíos como ratones. Y estos, un clásico del mundo de los dibujos animados, son parientes de las ratas, que los nazis asimilaron al pueblo judío. El gas Zyklon B que aniquiló a millones de judíos era originalmente un pesticida.

Según ha reconocido el propio autor, emprendió esta obra para ir a la raíz de sus más profundos miedos y pesadillas. La extrema sensibilidad del tema –una épica individual inserta en la casi desaparición de dos familias numerosas, parte del aniquilamiento de los judíos polacos por parte de los nazis– era bien servida por el género del cómic en su calidad de “show and tell” –“mostrar y contar”, directo y claro– y por una narración muy comprimida, donde “solo está lo que no puede no estar”, y los acontecimientos han sido “reducidos a sus momentos más necesarios” y dispuestos según una meticulosa estrategia narrativa.

La forma y el diseño: la gramática y la arquitectura de cada página reciben una atención fuera de lo común. Cada página es un párrafo visual. Y de página en página, la obra guarda una cadencia y un ritmo.

La estética resultante, al servicio de un proyecto pensado intensamente y pulido en su expresión, dio a Maus un reconocimiento inédito para el género –el prestigiado premio Pulitzer, en 1992–, el éxito internacional y una resistencia al paso del tiempo. Y MetaMaus –el tomo que Spiegelman dedica a contar la concepción, elaboración y recepción de Maus– nuevamente sorprende favorablemente: composición, diseño e intención dan a este libro atractivo y riqueza conceptual y testimonial.

Art Spiegelman recibió y tuvo que responder a una historia personal emblemática. Durante toda la guerra, Vladek vivió experiencias extremas, como la de estar una semana entera encerrado en un vagón para animales tan lleno de gente que los prisioneros no podían ni permanecer parados, sino unos encima de los otros. No les dieron ni comida ni bebida, pero les abrieron la puerta un par de veces para sacar a los muertos, que en su encierro apilaban contra las puertas, en columnas hasta el techo. El padre de Art sobrevivió porque colgó una cobija a unos ganchos del techo y quedó sentado en ella, con acceso a la poca nieve que recogía de una minúscula ventana, la única del vagón. Y en Auschwitz, junto a otros hojalateros como él, le fue impuesto en noviembre 1944 desmantelar los hornos crematorios, por lo que pudo observarlos de cerca y ser testigo del mecanismo del exterminio masivo.

Pero hubo más: Anja, la madre del dibujante, estuvo en Birkenau y conoció también el hambre y el cansancio extremos, el miedo y los demás horrores. Entre sus proezas, Vladek trató de averiguar siempre, entre encierros y traslados forzosos, dónde estaba ella e intentó protegerla. Pero lo que debió quebrar a Anja fue otra cosa: para salvar a su pequeño hijito, Richieu, en 1943 lo confió a una parienta que tuvo a su cargo varios niños. Poco después, al ver que los nazis liquidaban el gueto, la mujer los mató a todos y se mató a sí misma.

La pareja se reunió al terminar la guerra y Art nació en Suecia en 1948. Después la familia emigró a los Estados Unidos. Vladek, superhombre de la guerra, no pudo salvar en la paz a Anja, quien se suicidó nada menos que en mayo de 1968. De algún modo ella le había pedido a su hijo que contara su historia. Y esa fue casi la obra de su vida para Art Spiegelman, aunque sigue publicando obras bien realizadas y con sentido. Su “Rómpase en caso de incendio” –la bolsa de oro para las penurias que sería la película de Maus, tantas veces ofrecida a Spiegelman, y a la que siempre se ha negado– permanece intacto como testigo de la precisión moral y estética de su autor. ~

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