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Animales domésticos

Guadalupe Nettel

El matrimonio de los peces rojos

Madrid, Páginas de Espuma, 2013, 128 pp.

“Los vínculos entre los animales y los seres humanos pueden ser tan complejos como aquellos que nos unen a la gente”, comienza uno de los cuentos de Guadalupe Nettel (ciudad de México, 1973) en El matrimonio de los peces rojos, libro con el que ha ganado la tercera edición del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, el más importante en su género en el mundo hispano. La conexión más evidente entre las cinco historias del volumen es la irrupción de animales (con la excepción del hongo, organismo que tiene su propio reino) en el espacio íntimo: una pareja de agresivos peces betta cuyo comportamiento parece acompañar los vaivenes de una pareja mal avenida; una legión de cucarachas que asuela la casa de una familia respetable; los gatitos que encuentra una estudiante de historia; los hongos vaginales que una violinista contrae a partir de una relación extramarital; la serpiente Daboia que un dramaturgo utiliza en unos extraños rituales privados.

Tanto en la forma de mascotas como de plaga, los seres del reino animal parecen erigirse como un símbolo de las pulsiones salvajes e indóciles que están disimuladas o sublimadas en las relaciones humanas. Todos los cuentos transcurren en espacios domésticos donde las pasiones y los deseos permanecen solo en apariencia domesticados. Así, la pareja del relato que le da el título al volumen rara vez se atreve a discutir sus crecientes problemas conyugales, pero en cambio está obsesionada con cada uno de los movimientos de sus peces, que no pueden vivir juntos en la pecera sin atacarse (“Tal vez no sea una cuestión de espacio –especula el marido– sino de su propia naturaleza”). La estudiante de “Felina”, una joven metódica y ambiciosa que quiere abrirse camino como académica, encuentra perturbadora la histeria sexual de su gata en celo: “Verla así me causaba estupor y pena. Tanto su deseo como su insatisfacción eran apabullantes.” Sin embargo, mientras la gata disfruta de su preñez con total naturalidad, la protagonista, que se ha embarazado por accidente, se siente dividida entre el instinto maternal y sus aspiraciones profesionales, y la incapacidad para decidirse la va arrastrando cada vez más hacia la depresión. Parece pues cumplirse la frase de Plinio el Viejo que Nettel usa como uno de los epígrafes del libro: “Todos los animales saben lo que necesitan, excepto el hombre.”

La autora da cuenta de la complejidad psicológica del ser humano a través de una escritura diáfana que se toma su tiempo para construir atmósferas emocionales y que muestra una rara mezcla de ironía y compasión hacia sus personajes. Si bien las analogías con los animales sirven como punto de partida (y en algunos resultan demasiado evidentes, como en “El matrimonio de los peces rojos” y “La serpiente de Beijing”), los mejores momentos de este libro se producen cuando la analogía se tuerce y se problematiza. Así sucede en “Guerra en los basureros”, un relato con un siniestro sentido del humor, y que es uno de los más memorables del libro. Aquí, las cucarachas pasan de ser un insecto repulsivo a convertirse en parte del menú diario de una familia mexicana de clase media. La única que encuentra reprensible la ingesta de cucarachas es la escandalizada madre de la sirvienta de la casa, pero no por los motivos que pensamos: “Estos animales fueron los primeros pobladores de la Tierra y, aunque el mundo se acabe mañana, sobrevivirían. Son la memoria de nuestros ancestros. Son nuestras abuelas y nuestros descendientes. ¿Te das cuenta de lo que significa comérselas?”

En novelas como El huésped (Anagrama, 2006) y libros de cuentos como Pétalos y otras historias incómodas (Anagrama, 2008), Guadalupe Nettel se ha revelado como una escritora particularmente hábil para captar la belleza de lo sórdido. Ese es uno de los territorios más inquietantes y preferidos de su ficción, y a él regresa en algunos cuentos de El matrimonio de los peces rojos. La abyección está presente, por ejemplo, en “Hongos”, un cuento extraño y desaforado en el que una violinista decide “cultivar” los hongos que le ha contagiado su amante “de la misma manera en que otras personas cultivan un huerto”, a manera de homenaje a su amor clandestino. La protagonista se regodea en el malestar que le produce su micosis, puesto que es el único vínculo concreto que posee de su resbaladiza relación con Philippe Laval, un compositor casado. Persistentes e invasores, los hongos le recuerdan a la narradora la naturaleza parasitaria del amor.

Los relatos de El matrimonio de los peces rojos muestran, a través de la presencia animal, todo aquello de indómito y ominoso que conllevan las relaciones humanas. El animal encarna esa alteridad cuya mirada no podemos descifrar (“¿Qué tipo de realidad conciben los animales o, por lo menos, qué tipo de realidad concebía mi gata con respecto a mí?”), pero también la parte de nosotros mismos que nos resulta oscura y ajena. Guadalupe Nettel narra la perplejidad del encuentro con ese otro enigmático; que ese encuentro tan complejo esté contado con tramposa sencillez es uno de los logros de este libro. ~

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