Tres pasiones citadinas

 

El metronauta

 

Me llamo Heliodoro Martínez Crespo, servidor, soy soltero, exburócrata, jubilado, pensionado del ISSSTE, duermo en un cuartito de azotea de la calle Donceles, Centro Histórico, vivo como Dios me permite, pobre pero honrado, para mí lo peor no es la pobreza sino la monotonía, así que hago turismo, sí, aquí donde usted me ve soy turista, no en modo internacional y ni siquiera en modo nacional, no conozco Acapulco ni Cancún ni sé qué es una playa con mar azul y palmeras borrachas de sol o de luna o cualquier paraíso de esos, pero no me quejo, viajo de acá para allá y de allá para acá, así otra vez y otra y otra, son mis vacaciones de pobre, o sea que empleo unas calculo que dieciséis horas de cada día viajando en convoyes del metro, o sea a lo largo y lo ancho y lo profundo de toda la red del transporte público subterráneo, ¿comprende?, y no me sale caro, es solo cada día los tres pesos del boleto y viera que me da para todos los viajes y de una estación en otra, de una línea en otra, de un convoy en otro y un andén en otro, y vuelta a empezar, salvo dos ligeras paradas al día en la estación Hidalgo para echarme una torta con un refresco, con eso tengo y hasta lo disfruto, porque la ciudad de acá abajo tiene como que dijéramos su mar de caras, quién sabe cuántos miles y miles de caras pasajeras, olas y olas de caras, y qué más le digo, seré metronauta hasta que sea la voluntad de Dios que trasborde yo a la línea terminal.

 

 La ley de la herencia

 

Durante más de veinte años habíamos vivido sin problemas en este edificio habitado por empleados gubernamentales o profesores de escuela como yo hasta que un día en el terreno baldío que se ve desde la ventana de nuestro cuarto piso apareció una vieja y esquelética mendiga despiojándose al sol y como nos dio lástima le llevábamos por las noches mi mujer y yo las sobras de la comida a aquel lugar de matojos y piedras y muebles despanzurrados y maquinarias paralíticas y latas herrumbrosas y ratas furtivas y ella se arrojaba al plato de cartón o plástico apenas lo poníamos en el suelo y devoraba el contenido lanzando temerosas miradas a un lado y a otro como si alguien fuese a robarla pero al poco tiempo ya no se resignaba a esperarnos y poco después de caer la noche la oíamos subir la escalera con sus pies pesados y respiración dificultosa como resoplido de locomotora y timbraba en nuestra puerta y gemía larga y rítmicamente si tardábamos en abrir y en presentarle lo que sin duda ya consideraba un obligado tributo y así una noche tras otra y a veces nos hundíamos en la habitación más retirada conteniendo el aliento y mi mujer apretándose temblorosa contra mi pecho mientras la mendiga permanecía allá detrás de la puerta del departamento lloriqueando sin pausa y mecánicamente de modo que como temíamos el escándalo de los vecinos terminábamos saliendo y dándole la pitanza bajando los ojos ante los suyos que sentíamos casi irónicos y ella se alejaba envolviendo el plato en su raído y remendado y sucio rebozo bajo cuyo peso se inclinaba y así por no sabemos cuánto tiempo hasta que los vecinos que ya se quejaban mucho hicieron que la policía se la llevara y con algún remordimiento nos sentimos exentos de aquella servidumbre sin prever que una semana después se presentaría un hombre con aspecto de pulcro burócrata que decía venir  de cierta Sociedad y nos entregó una caja con unos sucios andrajos que fácilmente reconocimos sobre todo por el remendado rebozo y nos hizo firmar un recibo informándonos de que éramos depositarios de esos bienes que no tardarían en tener buen uso y no lo entendimos del todo sino hasta unos días después cuando mi mujer se asomó a la ventana y lanzó un grito y empezó a llorar y yo me asomé y allí en el terreno baldío había otra mendiga tal vez menos vieja y menos flaca enteramente desnuda y rascándose las costras y mirando hacia nuestra ventana y entonces comprendimos que había que bajar llevando mi mujer el plato de sobras y yo la caja con andrajos y que no serviría de nada cambiarse de casa ni de colonia ni de ciudad ni tal vez de país.

 

 

Romeo y Julieta, S. XXI

 

Julia Manzano y Rómulo Castillo, solteros y solitarios los dos, ella dueña y única dependienta de una pequeña papelería en la avenida Coyoacán al sur de esta ciudad, él contador público titulado con oficina en su casa en la calle de Uruguay de la colonia Centro de esta ciudad, eran dos absolutos desconocidos pues no se habrían encontrado ni siquiera una vez en sus corrientes y monótonas vidas, y acaso ni siquiera en uno casual entre los miles y miles de cruces casuales de gente mutuamente desconocida en las calles de Esmógico City, pero tenían cada  uno una laptop con internet y una noche ocurrió que –ahora sí por una de esas casualidades que tienden a producir una señal del Destino– supieron uno de la otra, y viceversa, en una electrónica página de “Corazones Solitarios” o algo así, y como por juego empezaron a chatear noche tras noche, y a las dos semanas ya desde sus e-mails se enviaban piropos cada vez más exaltados, y su diálogo entre las distantes pantallas fue haciéndose cariñoso, fue creciendo hasta convertirse en un intenso idilio, o “romance” (según suele decirse): si Rómulo una noche escribía: “Eres la mujer de mi vida”, Julia tecleaba: “Eres mi amado de todo el corazón”, y se juraban amor hasta más allá de la muerte, y, cuando en su primera y única cita se encontraron en un recoleto café de la colonia Roma, se miraron silenciosos y parpadeantes y, después de más o menos una hora de platicar del clima y de la  dificultad de los traslados por la ciudad y de una película que ella había visto y él no, pero quiso que ella se la contara, y ella se la contó, descubrieron que su encuentro los hacía más tímidos de lo que ya eran y que no sabían qué más decirse ni qué hacer, y finalmente Rómulo dijo: “Para mí es una gran alegría saber que existes”, y Julia musitó: “Pues yo igualmente”, y él pagó los capuchinos y los bizcochitos y se besaron en las mejillas y se fue cada uno para sus casas y desde entonces, de nuevo hay entre ellos kilómetros de ciudad, y no han vuelto a verse, pero se sienten felices enviándose noche tras noche amorosos mensajes que centellean en las pantallas de sus distantes laptops. ~

 

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