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Ciencia

Steven Pinker y el declive de la violencia

    

Enero 2012 | Tags:

El humanismo secular sostiene que el afinamiento de los instrumentos de la inteligencia que florecieron y avanzaron sobre todo a partir de la Ilustración aportaron grandes logros a la ciencia y e hicieron retroceder cada día el ámbito milenarista y de lo indemostrable –territorios de la religión, la superstición y la ideología dogmática–. Son precisamente estos instrumentos a los que Steven Pinker, en su libro The Better Angels of our Nature. Why Violence Has Declined (Viking, 2011), hace responsables de una caída en la frecuencia de las guerras, de la violencia y de la agresividad en general en las relaciones humanas. De que, en sus palabras, seamos en conjunto “más buenos”.

En la sección de preguntas frecuentes de su más reciente libro pueden leerse estas palabras:

Aunque siempre tuve una vaga impresión de que una comprensión científica de naturaleza humana era compatible con una robusta moralidad secular, solo por la influencia intelectual de mi esposa, la filósofa y novelista Rebecca Newberger Goldstein, entendí la lógica que las une. Me explicó cómo la moralidad se conecta con la racionalidad, y cómo el humanismo secular es un término moderno para la visión universalista que resultó de la Edad de la Razón y la Ilustración (en particular, según ella, de las ideas de Spinoza). Esas ideas han conducido a la disminución de la violencia hasta un grado al que llamo humanismo ilustrado y que es lo más cercano que tenemos de una teoría unificada.

Este es un mensaje optimista muy de agradecer. Y la tarea llevada a cabo por los humanistas seculares, extraordinaria. Pero, ¿nos hemos vuelto “más buenos”?

La agresividad humana

El comportamiento agresivo es general. No se inventó en un lugar y se extendió. Forma parte de la historia y la prehistoria de nuestra especie y su linaje ancestral. El cerebro humano ha conservado los circuitos agonísticos y de predominio en los mamíferos.

La agresividad tiene por lo menos dos aspectos importantes a considerar. Por un lado, procura rendimientos o recursos en general: alimentarios, territoriales, económicos o sexuales. Por el otro, la agresividad es algo placentero en distintos grados dependiendo de las personas o de las circunstancias. Los dispositivos neurales de la agresión ofensiva se enlazan con los de la recompensa fisiológica. Todo ello recordando que está demostrado que la variación de las tendencias violentas en los individuos es considerablemente hereditaria.

Disminución de la violencia en nuestros días

No solo Pinker, sino autores como L. H. Keeley, Margo Wilson y Martin Daly o Napoleon Chagnon ya demostraron en su día la falsedad del mito del buen salvaje y la evidencia del declive de la violencia (en palabras del antropólogo Richard Wrangham, de la “domesticación” del ser humano).

Estos autores han aportado números que muestran los porcentajes de homicidios, guerras, actos de terrorismo, abuso infantil y otras formas de violencia en varios períodos de tiempo. Pero la cobertura masiva de los hechos violentos tiende a enmascarar (las buenas noticias venden menos) que, por regla general, nuestras posibilidades de ser asaltados o asesinados han ido disminuyendo durante siglos. Incluso en el siglo XX, con sus dos guerras mundiales, las cifras han sido inferiores que en siglos anteriores. Y la segunda mitad del siglo XX ha sido testigo de una carencia de guerras sin precedente entre Estados desarrollados y grandes potencias. La obsolescencia de las grandes guerras es solo uno de muchos motivos de la disminución de la violencia. Los porcentajes de homicidios en Europa se han dividido al menos por 30 desde la Edad Media: de aproximadamente 40 personas por cada cien mil al año en el siglo XIV a 1.3 al final del XX.

Posibles motivos para ello

Pinker asegura en su libro que la evolución social ha reducido los incentivos para la agresión y el crimen cambiando las sensibilidades modernas. En mi opinión, se podrían resumir en tres sus motivos fundamentales. Uno, “la consolidación de los gobiernos –como describió Thomas Hobbes en Leviatán(1651)– como monopolizadores de la violencia legítima y del arbitraje de las disputas reduciendo la necesidad de la venganza privada”. Otro, el auge del “comercio apacible” que produjo los beneficios mutuos del intercambio. Y el tercero sería una progresiva mejora en la inteligencia y en el pensamiento crítico que da lugar a una ética secular y a la consecución de una mayor “bondad” en las nuevas generaciones en su conjunto.

Críticas razonables

Aunque Pinker menciona la relevancia en la disminución de las desigualdades económicas, que han sido el predictor más acertado en la variabilidad en las tasas de homicidio en todas partes, algunos autores –como Martin Daly– consideran que no hace suficiente hincapié en ello. Y también faltan, como resalta Adolf Tobeña*, parámetros importantes como los cambios demográficos, la evolución de los saltos tecnológicos, los índices sanitarios, la evolución de flujos comerciales interestatales y locales y, lo que es particularmente importante cuando se trata de violencia y agresividad, las cifras comparativas sobre el incremento de funcionarios dedicados al control de la delincuencia, la evolución de las prisiones y la población reclusa o tecnologías basadas en la prevención del crímen. Fernando Savater, en un momento de su conferencia en las jornadas La creación del mundo, reproducida en las páginas de esta revista, dice a propósito del avance de esa supuesta “bondad” humana, que habría que profundizar más en datos sobre tipos de violencia como la escolar, el bullying, la violencia doméstica, etc., que ya aporta Pinker pero que merecen mucha más atención.

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