Nos buscamos a nosotros mismos en todo. En cualquier sitio que paremos.
Sam Shepard, Rolling Thunder
Las infinitas praderas de Dakota, apartadas de todo, al mismo tiempo calmas y vertiginosas, demasiado cielo abierto, sin un alma que se asome en ningún rincón de esas mesetas monumentales, antiguos dominios del búfalo americano.
Si el lector de esta historia dispusiera del tiempo necesario y utilizara el Google Earth al menos unos veinte minutos escrutando desde las alturas los valles de Dakota, después de fatigar al localizador universal encontraría una casa de campo, más bien una casucha en completo mal estado, rodeada de trastos inservibles y chácharas de toda especie esparcidas alrededor de la propiedad –una imagen parecida a otra que aparece en cierta película de Jim Jarmusch–.
Es casi medianoche, la luz que emerge de las ventanas simula un faro en medio del estado de Dakota. El problema, por así decirlo, es que ningún pescador encontraría guía ni consuelo alguno en ese haz de luz que resplandece visible al menos cuatro millas a la redonda.
La casa en cuestión, cuyos exteriores están sembrados de despojos materiales –motocicletas dinosáuricas, destartaladas, sierras para cortar madera, herramientas inservibles, una tina de baño corroída por la herrumbre, unas sillas de montar con el cuero completamente podrido–, está habitada por una pareja de cincuentones, que a esa hora visten: ella, una bata que parece escrupulosamente roída por ratas de campo; él, un t-shirt tan gastado que a través del algodón se transparenta su vello pectoral, como en una mala radiografía.
Al final, es decir después de todo, parece una noche ordinaria, una noche más en una casa ubicada en la colina más recóndita del estado de Dakota.
No por favor, no otra vez, dice en tono casi de súplica Jesse, la novia de Tommy, quien sin reparar en ella, en su lastimosa y al parecer, por el tono de voz, justificada petición, recita de memoria “Quién iba a decir”, uno de esos textos fragmentarios, a veces incoherentes, a veces geniales, que hay en los libros de Sam Shepard:
Quién iba a decir que los ingleses conquistarían nuestra música. Quién iba a decir que nuestra música conquistaría el mundo. Quién iba a decir que África conquistaría América. Quién iba a decir que lo indios conquistarían a los franceses. Quién iba a decir que Brecht conquistaría la cabeza de Dylan. Quién iba a decir que el tiempo estaba de nuestro lado.
Maldita sea, cómo quisiera preguntarle a Sam, dice Tommy, si al hablar de Dylan se refiere a Bob o al irlandés Thomas. Tengo mis teorías, y creo que se trata más bien de Bob, agrega, después de todo estamos hablando de dos tipos que se conocieron y tuvieron intercambios espirituales, introspectivos y esenciales. Recuerda el papel de cronista que tuvo Sam en la gira de Rolling Thunder Revue.
De lo que estamos hablando, responde Jesse con una especie de cariñoso fastidio que remite a cientos de conversaciones anteriores sobre el mismo tema, es de dos tíos que tú jamás has conocido, si bien te sabes la vida de Dylan mejor que la de mi madre y mis hermanas, y no se diga de Sam Shepard: a veces he pensado que a ratos crees que eres su doble.
¿De qué rayos hablas, mujer? Jamás he alucinado con ser el doble de Sam Shepard ni de nadie más, me doy por bien servido con apenas haber logrado ser yo mismo.
Ahora bien, eso no significa que, en efecto, piense que Sam Shepard es un genio. ¿Quién más es capaz de decir –aquí Tommy vuelve a recitar de memoria– que en el pasado existió algún tipo de estructura y que de algún modo los fantasmas podrán curar nuestro estado de locura actual? ¿Quién, Jesse, dímelo, quién? Te recuerdo que se trata de un pasaje de la crónica que escribió acerca de Rolling Thunder y sus andanzas con Dylan. Es simplemente genial, si tan solo la nación hubiera escuchado.
Sigo pensando que estás obsesionado con la figura o el personaje, qué sé yo, de Sam Shepard. Mira que venir a hablar a estas alturas de las capacidades redentoras de una improvisada gira por toda Nueva Inglaterra en todo tipo de cuchitriles, bares pestilentes, clubes de jubilados, auditorios de escuelas destartaladas a finales de los setenta. Nada más recordar al loquito de Allen Ginsberg haciéndose pasar por sumo sacerdote de una bola de mariguanos y empastillados me mata de risa.
Pues no seré Sam Shepard, respondió Tommy con aire indignado, pero recuerda que nos ausentamos unos días de clases para alcanzar y escuchar tocar a la banda, y que escribí mi propia crónica acerca de Rolling Thunder Revue en el periódico del collegey que el texto fue bastante bien acogido en aquellos años de depresión colectiva en la que nos tenía Carter, el idiota tabacalero.
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