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Literatura

Revisión de Anáhuac

Diciembre 2012 | Tags:

La figura de Alfonso Reyes es a un tiempo fantasmal y abrumadora. Por una parte, Reyes es el autor de una obra inmensa y múltiple que contiene, entre sus miles de páginas, algunos de los ensayos, cuentos y poemas canónicos de la literatura mexicana; por la otra, es un escritor tan amplio y diverso que parece carecer de un núcleo preciso, de un texto emblemático capaz de representar todo su corpus, de una obra maestra bajo la cual puedan coincidir devotamente las nuevas generaciones de lectores. En cierto sentido, esa función de texto axial ha sido desempeñada, de un tiempo para acá, por un singular ensayo de juventud, “Visión de Anáhuac (1519)”, escrito en 1915, cuando Reyes tenía apenas veintiséis años y empezaba un exilio de una década en Madrid.

A estas alturas es ya imposible leer, de veras leer, “Visión de Anáhuac”. Sencillamente no hay manera de volver atrás y toparse, de golpe, con este texto tal como fue publicado por primera vez en San José, Costa Rica, en 1917: un texto nuevo, aislado, libre aún de su problemática condición de clásico. Hoy “Visión de Anáhuac” está ya inserto en una abultada trama de lecturas, críticas y reescrituras que lo han resignificado una y otra vez y que lo han incorporado, deformándolo, en debates sobre, por lo menos, el latinoamericanismo, el hispanismo, la Conquista y la Revolución. De hecho, “Visión de Anáhuac” es hoy ya todo eso: no solo las veintipocas páginas publicadas originalmente sino también las lecturas que ha soportado, las reescrituras que ha padecido, los años que han corrido.

Ahora, si de verdad fuera posible remontar todos esos años y llegar hasta el texto original, tampoco nos toparíamos con un material nítido y unívoco, dotado de un significado listo para ser desentrañado. La naturaleza misma del texto es ya compleja. ¿Qué es “Visión de Anáhuac”? ¿Un ensayo, un poema en prosa, una estampa histórica o un texto político que habla sobre la situación de México en 1915 mientras finge hablar sobre 1519? ¿Las cuatro partes en que está dividido se sitúan en 1519, año en que las huestes de Cortés desembarcan en México y llegan hasta Tenochtitlán, o van y vienen entre ese pasado y el presente en que el texto está escrito? ¿Sus páginas describen líricamente las costumbres, la vegetación y los paisajes de la capital mexica unos días antes de ser asolada por los españoles, o reconstruye la visión que los conquistadores tenían de esa tierra? ¿El texto adopta el punto de vista indígena y lamenta la desaparición de la cultura azteca, o adopta la perspectiva contraria y admira la presencia de los españoles en América? En todos los casos es imposible saberlo con certeza: el texto no tiene una respuesta enfática para estas preguntas o, mejor, tiene muchas respuestas, diversas y contradictorias. Es uno, el lector, el que responde al final esas interrogantes y arrastra el texto hacia un lado u otro. Así, cualquiera que asegure haber desprendido un sentido de este texto miente: él mismo ha depositado ese sentido ahí. Como señalaba Adorno, “la interpretación no puede extraer nada que la interpretación misma no haya introducido”.

Si “Visión de Anáhuac” es un texto elusivo es, en parte, porque tiene algunos de esos rasgos que el mismo Adorno identificaba en el ensayo: una escritura informe, “crítica del sistema”, “radical en el no radicalismo, en la abstención de toda reducción a un principio, en la acentuación de lo parcial frente a lo total, en lo fragmentario”. Es elusivo, también, justo por lo contrario: porque en vez de adoptar el recurso retórico típico del ensayo, la argumentación, opta por otro, la descripción. Basta leer los primeros párrafos de “Visión de Anáhuac” para notar que Reyes, en lugar de sentar alguna tesis, describe las estampas contenidas en la “peregrina recopilación” Delle Navigationi et Viaggi de Giovanni Battista Ramusio. Basta avanzar otro poco para constatar que, en vez de adoptar un solo punto de vista, se oculta detrás de varias voces, cita a distintos autores (Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, fray Manuel de Navarrete, Alexander von Humboldt) y va de una perspectiva a otra. Al revés del grueso de los ensayistas, Reyes argumenta poco y hace todavía menos por persuadirnos. Antes que discutir, ilustra: detalla paisajes, vestidos, alimentos. Es como si el texto aspirara menos a la condición de ensayo que a la de imagen. En cierto sentido, “Visión de Anáhuac” es ya eso –una imagen al interior del archivo mexicano– y, como toda imagen, es neutra: un elemento que, para significar, debe ser incluido en un discurso ideológico.

De un tiempo para acá se ha intentado incluir “Visión de Anáhuac” dentro de ciertos discursos posmodernos. Todavía más: se ha pretendido descentrar la figura de Reyes, firmemente ubicada en el centro del canon mexicano, y acercarlo a teorías precisamente opuestas a la idea de un canon universal y humanista –el posestructuralismo, el poscolonialismo, los estudios culturales. (Véase, por ejemplo, el potente ensayo “Alfonso Reyes y ‘el duelo de la historia’” de Ignacio Sánchez Prado [Armas y Letras, núm. 55, 2006]). Aunque ese Reyes belicoso y poscolonial resulta bastante más atractivo que el Reyes humanista y bonachón que se estila en las historias de la literatura mexicana, no termina de parecer del todo convincente. Hay algo en Reyes, y particularmente en “Visión de Anáhuac”, que se resiste a ser colocado dentro del bando poshumanista. Ese algo es Reyes mismo –o más bien: su temperamento apolíneo, arielista, que, por una parte, lo aleja del nacionalismo mexicano y del tropos de la América salvaje y, por la otra, lo ata a un cierto conservadurismo político y lo opone a todo desorden social, en particular a la Revolución que tiene lugar en México mientras él escribe su “Visión”. Fascinado con la templanza del Valle de México, la Revolución se le presenta a Reyes como un acto dionisiaco, calibánico, que atenta contra el supuesto equilibrio del paisaje. Mientras él elogia los esfuerzos del ser humano por someter la naturaleza a un orden, la Revolución actúa en sentido contrario: destruye las formas, revienta los moldes, reinstaura el caos. En tanto él advierte que, “de Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de este a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra”, los revolucionarios dinamitan los diques y provocan flujos sociales incontrolables. “Cuando los creadores del desierto acaban su obra –lamenta Reyes–, irrumpe el espanto social.”

El temor de Reyes a todo conflicto social y político no solo se transparenta en esa metáfora: está latente en la estructura misma de “Visión de Anáhuac”. Ya la selección del tema es sintomática: para registrar el encuentro de los mexicas y los españoles Reyes elige el año de 1519 y no el de 1521, cuando suceden los enfrentamientos más violentos y unos someten a otros. Elige los momentos previos al encuentro, el instante en que los españoles miran desde lejos la ciudad de Tenochtitlán, y no el momento posterior en que unos y otros entran en contacto. Elige no la lucha entre los dos bandos sino los albores de la batalla, los últimos instantes de orden. No solo selecciona ese momento: lo fija en imágenes, como si quisiera impedir que transcurriera y dieran inicio las hostilidades. Imágenes, además, que capturan menos la estructura social de Tenochtitlán que su vegetación y paisaje. Imágenes que, como se quejaba Susan Sontag de las fotografías, son capaces de registrar las cosas pero no los procesos sociales que dieron origen a las cosas.

El mismo recelo ante el conflicto se manifiesta en otro elemento de “Visión de Anáhuac”: la despolitización de los sujetos que aparecen en el texto. Como Cortés y los españoles que lo acompañan son contemplados poco antes de violentar la ciudad mexica, mientras observan a lo lejos los palacios y los lagos, no aparecen como conquistadores sino como viajeros fascinados con lo que miran. Por medio de una complicada pirueta intelectual, son desprovistos de su capacidad de agencia y emergen como meros espectadores. En el mismo sentido funciona la única cita literal que se hace de un texto de Cortés: Reyes selecciona una expresión casual de las Cartas de Relación (las mieles de maíz y maguey, “¡mejores que el arrope!”) e ignora los repetidos pasajes violentos y racistas incluidos allí, con lo que Cortés aparece menos como la cabeza de los conquistadores que como un cronista fascinado con las costumbres americanas. Algo semejante ocurre cuando el texto se ocupa de Moctezuma: Reyes se demora imaginando su ropa y sus palacios. En uno y otro caso la política se esfuma y ambos sujetos, como el resto de los que cruzan el texto, se vuelven elementos de una composición poética, simples trazos de una imagen coherente y armónica.

El problema, al final, no es solo que esas estrategias retóricas tiendan a borrar el conflicto y la violencia de aquel 1519. Es, sobre todo, que aíslan a Reyes de lo que ocurre en México en 1915: de un lado, el paisajista y el transparente valle que advierte; del otro, la morena multitud que se obstina en irrumpir en el paisaje y volverlo un campo de batalla. ~

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Comentarios (5)

Mostrando 5 comentarios.

Felicito a Rafael Lemus por su análisis concienzudo y el aparato crítico que despliega, rayando en la erudición. 

Me parece que Alfonso Reyes evita varios posibles escollos y resulta airoso, entonces elude y alude con tino al Anáhuac. Así, lo ha marcado hasta ahora la posteridad. 

Saludos

 

 

 

Estimado Sebastián:

 

La primera parte de mi nota intenta señalar, ahora advierto que sin éxito, justo lo que usted me sugiere “pensar”: que “Visión” es un texto de clasificación difícil que bien pudiera ser un ensayo o un poema en prosa o... Ahora, acerca de los recursos del ensayo: hace unos meses publiqué aquí mismo unas líneas sobre la escritura ensayística que tal vez, qué sé yo, no le aburran y en las que confirmará que yo, al parecer al revés de usted, manejo un concepto de ensayo tan amplio como para incluir, sí, los Ensayos de Montaigne pero también los Ensayos críticos de Barthes y los Siete ensayos de Mariátegui y… Por otro lado, ya le cuento que no le pido un discurso ideológico particular a Reyes. Por el contrario: intento reconstruir su discurso a partir de “Visión” y, ya cuando más o menos creo haberlo reconstruido, lo evalúo según mi propio discurso ideológico, del que, ay, no me puedo desprender y que puede gustarle a usted o no. ¿Eso supone politizar excesivamente los textos? No hace falta politizarlos: ya son políticos –tratan sobre lo común, representan de un modo u otro el orden social y circulan en la esfera pública.

Estimado Rafael. 

Gracias por contestarme. Sí, reconozco que usted contempla la posibilidad de que "Visión de Anáhuac" sea una mezcla de muschos géneros. He releído su texto varias veces. En Facebook, en mi muro (http://www.facebook.com/sebastian.pineda.758) he tenido una grata discuisón con Ignacio Sánchez Prado (creo que se conocen) y con Víctor Barrera Enderlo, dos lectores estupendos de Alfonso Reyes. Le resumo la discusión: 

Ignacio dice que su artículo es una lectura saludable, porque plantea la necesidad de des-canonizar esos textos de Reyes, y que sin duda lo que usted propone se sostiene.

Yo le contesto diciendo que digamos que sí es "saludable" porque crea polémica.

Pero que no se quede en "pura provocación". La revisión que propone Lemus al menos implicaba polemizar con otra interpretación de "Visión de Anáhuac", pero él no cita ninguna.

Creo que el punto de es de crítica a la cultura nacionalista de México, pues entiendo que la SEP ha puesto ese texto como canónico en las escuelas.

Pero para los lectores no-mexicanos, como yo, eso es irrelevante porque el problema no es Reyes en sí ni su texto, sino la SEP. ¿No cree? 

Estimado Rafael. 

 

Gracias por por mantener viva la obra de Alfonso Reyes. Créame que si Sócrates no hubiera tenido contendores dudaría aún de su paso por La Tierra. Reyes pesa aún sobre la tierra –sobre el Valle del Anáhuac–, y su artículo, pretenciosamente provocador, lo confirma. ¿Cuál es el recurso retórico típico del ensayo que usted menciona en la página 94? ¿La argumentación? Creo que ni en Montaigne hay argumentación. La argumentación sirve, según el DRAE, para "convencer". Y para "convencer" suele ser necesario, casi siempre, esgrimir "argumentos" despreciables, fraudulentos y ridículos. Así que si Reyes no sienta ninguna tesis en "Visión de Anáhuac" y elude la argumentación, por suerte, más se acerca al ensayo. El ensayo no busca convencer sino invitar. Describir si usted quiere. Ahora bien, no se ha puesto a pensar si "Visión de Anáhuac" pueda ser al mismo tiempo que un ensayo un poema en prosa, una mezcla de varios géneros a la manera cubista? Se parece a los frescos de Diego Rivera –bastante ideológicos por lo demás–.

 

Por otra parte, ¿qué tipo de discurso ideológico le pide a Reyes? ¿El de la Revolución mexicana (si es que hay uno claro)? ¿O el positivista o porfirista? Creo, en ese caso, que el segundo sería el más cercano al texto. Al final de "Visión" Reyes habla de dominar o de imponerse sobre la naturaleza , rasgo bastante positivista. Lo cito. "Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indigena, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia". (FCE, edición conmemorativa, p. 37).  Se adelanta también a lo que Lezama Lima (otro "poeta" que no busca convencer sino invitar) dijo en "La experiencia americana", esto es, que solo el paisaje crea cultura. Creo que esa es la intención de Reyes. 

 

Lamento, pues, su excesiva politización de "Visión de Anáhuac". Y lo invito (no lo convenzo) a leer mi ensayo "El pensamiento político de Alfonso Reyes", donde sí que podremos discutir a fondo sobre lo que usted plantea o busca en Reyes. http://www.justa.com.mx/?p=25137 

Pero Rafael: Por qué intenta cambiar el sentido original de Visión de Anáhuac?

Reyes escribe una obra maestra ( quitando el conflicto, o mejor: sin contemplarlo ) para rescatar el paisaje, la costumbre, el ambiente y al parecer Usted quisiera que "la cruz, el fuego y la sangre" inundaran el texto, como en las crónicas de los muy bárbaros y ambiciosos conquistadores.

Al final dice:"El problema, al final, no es solo que esas estrategias retóricas tiendan a borrar el conflicto y la violencia de aquel 1519. Es, sobre todo, que aíslan a Reyes de lo que ocurre en México en 1915." Usted lo mira como un problema, pero creo que no se necesita recordar que su padre, el General Bernardo Reyes, murio violentamente el 3 de febrero de 1913. No creo que Don Alfonso ( que lo amaba profundamente ) estuviera aislado de la violencia y el conflicto revolucionario. El tomó sus decisiones como hombre de letras ante el desarrollo de su obra. Por qué reprocharle su visión? La visión que el consideró plasmar?

Me pregunto: Cómo hubiera quedado Visión de Anáhuac con cientos de mexicas muertos, la ciudad de Tenochtitlán quemada y los conquistadores repartiendose el oro ( porque a los tlaxcaltecas no les dieron nada )?

 

 

 

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