Mónica y Bill, amantes del Mediodía

Marzo 1999 | Tags:

Bill, un presidente al que también llaman "el hombre más poderoso sobre la tierra", conoce un buen día a Mónica, una chica carona y más bien rolliza. A ella la consume una intensa, secreta pasión; él es consumido por ella mientras habla por teléfono con el resto del mundo, mientras ejerce un poder demasiado solitario. Cosas del amor: los dos se aficionan uno a otro y el romance concluye cuando los demás se entrometen.
     En esencia, este es el guión y estos son los personajes del affaire Clinton-Lewinsky que los medios propagan convulsivamente. El medio es el mensaje y el mensaje un casus belli que adoptan por igual las buenas conciencias y los concientizados, los reaccionarios de siempre y los progres de toda laya. Aquéllos reclaman el respeto a la investidura y éstos sentencian con fruición a un Imperio Decadente. Sus escrutadores en todo el orbe han visto a Bill y Mónica declarando en la pantalla de televisión y olvidan —como ya les había echado en cara Ezra Pound a los ingleses en un ensayo memorable— que están frente a un hombre y una mujer del mediodía, dos sureños que se entregaron a su pasión con geografía: "Nueva York se encuentra sobre el mismo paralelo que Florencia, Filadelfia está más al sur que Roma." (En Patria Mía, 1911-1913).
     El clima, observaba el poeta, cobra su primacía. Los puritanos y los ateos puritanos que impugnan indignados la existencia de un enclave de tierra caliente en plena Oficina Oval no soportan la aparente comprensión y hasta el apoyo que profesan los estadounidenses hacia su presidente. Se dicen: "Claro, he aquí un pueblo que prefiere el Súper Tazón al vértigo del voto y la emoción de las urnas". El juicio político, la censura, la destitución de Clinton o lo que sea que resulte de todo esto, es un pleito de las élites políticas, y no del pueblo estadounidense que se ha comportado a la vanguardia del auténtico espíritu democrático —en opinión de Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur y gran conocedor de la alta política francesa, donde hasta el más lampiño peina unas barbas venerables.
     Durante los próximos meses el presidente y la becaria continuarán siendo noticia, mientras los perfectos indignados de todo el mundo seguirán pasando por alto un detalle no menos importante que la historia de los famosos puros de marca: que la Decadencia (política, social, colectiva, finisecular, moral, etc.) que le achacan a Estados Unidos ha sido, o ha buscado ser, su puerta de entrada a la historia, el virus que los cure de su barbarismo de origen. Para este pueblo estrafalario que nace proyectado hacia el futuro, fuera del tiempo, "la decadencia —dijo Octavio Paz en Tiempo nublado— les da aquello que han buscado siempre: legitimidad histórica. [...] Los norteamericanos sentían como un pecado original histórico su radical modernidad. La decadencia los lava de esa mancha". Este es, para mala fortuna del debate, el mensaje que ha estado ausente en los media, salvo un caso donde se escuchan ecos de Paz: una caricatura política de Máximo (aparecida en El País de Madrid) en la que los titulares de una primera plana imaginaria anuncian "Sin confirmar: Estados Unidos estudia convertirse en un país como los demás".
     Es fama que en los medios académicos de Estados Unidos se discutió hace algunos años el excepcionalismo de ese país, su extrañeza ante los otros. Hoy, el escándalo mediatizado del amorío entre Clinton y Lewinsky representa, según un columnista de The New York Times, Jacob Weisberg, una ruptura histórica con la forma misma en que ha funcionado la presidencia de los Estados Unidos. Es probable que a partir de Clinton, el presidente de ese país dejará de ser excepcional y pueda ser tan sólo un presidente más en este planeta. Hasta que se escriba ese capítulo (¿el primero?) de la historia estadounidense, Bill y Mónica seguirán provocando la ira y la indignación de las buenas conciencias dentro y fuera de su país, siempre prontos a la hora de pegar un grito de horror ante la pérdida de valores o condenar la agresión de los imperialismos de manita sudada; hasta entonces, esta historia no será vista como la perenne confrontación entre el norte de tweed y el sur de a caballo, o bien, como quería Pound, el ataque de los patricios de la costa este contra un sureño de Little Rock que no soporta el crudo invierno de Washington D. C. -

 

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