para María y Diego
Hay personas que solo están de cuerpo presente al mirar pasar la vida y todo el mundo que les rodea; por el contrario, de vez en cuando hay quienes tienen la conciencia tan despierta que no hay un ápice o tonalidad de la realidad que se les escape. Son almas propensas al sosiego, cuya reflexión ilumina a los demás, aunque muchas veces no sean comprendidos por sus semejantes o coetáneos y tengan que pasar lustros o siglos para que sus advertencias cobren justicia. En el enrevesado decurso de una vida, este tipo de personas que son faros se aparecen muy de vez en cuando y tengo para mí que no llegan a rebasar el número de dedos que llevamos en una mano.
Manuel Chaves Nogales nació en Sevilla en 1897, hijo de una pianista y de un periodista, Manuel Chaves Rey, y sobrino de otro, José Nogales. A principios de los años veinte publicó dos libros, Narraciones maravillosas y La ciudad, que despertaron no pocos comentarios que prefiguraban lo que vendría después: fue nombrado redactor jefe del periódico El Heraldo en 1926 y al año siguiente obtuvo el premio Mariano de Cavia, confirmación de que Manuel Chaves Nogales ya era el reportero más importante de su época, condición que le permitió empezar sus viajes, allende Sevilla, ojos abiertos al mundo: entre 1929 y 1934, de su periplo por Rusia publicaría Lo que ha quedado del imperio de los zares, La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja y El maestro Juan Martínez que estaba allí. También en esas andanzas jamás debemos olvidar que Chaves Nogales entrevistó a Joseph Goebbels –cuando el engaño nacional-socialista parecía convencer al mundo– y sus preguntas y postura crítica le valieron quedar anotado en la lista negra de la Gestapo. Podría anotar paso a paso la valiosa bibliografía de Chaves Nogales e insertar o entrelazar sus párrafos con su biografía, pero es momento para adelantar que Chaves Nogales murió en Londres, en 1944, y condenado a una amnesia injustificada que apenas se ha levantado con la reedición de tres de sus libros en años recientes y una biografía que ya hacía falta que alguien publicara, que saldrá en fecha próxima.
Ahora bien, los aficionados a las corridas de toros –y no pocos lectores en general– sabían que Manuel Chaves Nogales era el muy leído autor de Juan Belmonte, matador de toros. Los necios velos de la dictadura insistieron en permitir la publicación de las muchas ediciones de ese libro, sin que se ventilara la biografía del autor y por ende impidieron que se filtrase por algún resquicio su verdadera importancia. Sin embargo, los lectores sabíamos que no estábamos ante un opúsculo común de tauromaquia efímera, sino ante una gran faena verbal cuyo personaje, trama y desenlace serían propios de novela, si no constara que Belmonte fue de carne y huesos,caminando a diario por la Sierpes sabiéndose el torero que revolucionó al toreo. Chaves Nogales logró convertirlo en leyenda literaria –¿qué otro destino podría tener el antiguo rival de Joselito, amigo de Valle-Inclán y de Ramón?–, en una suerte de crónica o libro de historia que acá en México don Luis González llamó novela verídica y que Antonio Muñoz Molina ha confirmado al declarar: “La novela de ficción a la que dedicó tantos desvelos Truman Capote la había inventado muchos años antes Manuel Chaves Nogales, y produce asombro y un poco de vergüenza pensar en todo el tiempo que ha hecho falta que pasara para que se le reconozca ese mérito, al menos entre nosotros” y, como advierte Felipe Benítez Reyes en el prólogo “El matador y el repórter”, en la afortunada reedición del libro:
Algunos libros tienen la capacidad de transformarse en algo que no son, de convertirse en algo distinto a lo que pretendían ser. Juan Belmonte, matador de toros es uno de esos libros mutantes que se elevan prodigiosamente sobre sí mismos.
No exagero si me atrevo adecir aquí que el Belmonte de Chaves Nogales es una obra maestra del género que parece inventarse con sus páginas y única biografía o novela de una vida que cierra con un ripio envidiable, “Ai’ queda eso”. Pero habrá que agregar que al tiempo en queChaves Nogales entrevistaba a Belmonte para el zurcido y confección de su biografía novelada, novela vivida o periodismo palpable, ya era director del diario Ahora, que –al ser incautado por las Juventudes Socialistas Unificadas en 1936– decide “ascenderlo” alcargo de “camarada-director”, dando al traste no solo con la estructura funcional que tenía ese periódico sino con su viabilidad y el ánimo con el que se publicaba. Bajo su dirección, Ahora se irguió dignamente como alternativa al derechista ABC e inauguró la moderna red de corresponsales por todos lados, en particular reporteros que, como él, se preocuparon por informar sobre el fascismo en Italia o el nazismo en Alemania. Además, bajo su dirección se volvieron colaboradores de Ahora Pío Baroja, Ramiro de Maeztu y Miguel de Unamuno, entre otros. Mas el enrevesado clima que ensombreció a España en los primeros meses del año 36 y los primeros nubarrones de lo que sería uno de los conflictos más desgarradores del siglo XX llevaron a Chaves Nogales a buscar el exilio desde noviembre de 1936, quizá cumpliendo con la frase “Andar y contar es mi oficio” que siempre había declarado como currículo.
En realidad, caso no tan raro, Manuel Chaves Nogales, apenas abrirse el negro telón de lo que fue laGuerra Civil española, “había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros”. Una conciencia presente se vuelve incómoda para los fanáticos u ortodoxos inquebrantables de cualquier bando; una conciencia presente se vuelve incómoda en cuanto narra lo que ve, sin importar el color de las banderas que provocan el sangrado... y, como dice Muñoz Molina,
[...] el don de observar que llevaba tantos años ejerciendo Chaves Nogales parece que solo se reveló en toda su plenitud con el sobresalto de la Guerra Civil, que él vivió no solo en primera fila, sino además con los ojos bien abiertos a todo lo que sucedía, con sensatez de republicano progresista no seducido ni por las palabras ni por el resplandor criminal de la sangre, escrupulosamente fiel a la legalidad establecida y enemigo por lo tanto de los sublevados contra ella, pero también de la sinrazón y desorden que estallaron en un Madrid sin gobierno.
A pesar de ser amigo y seguidor de Manuel Azaña, Chaves Nogales no se calló críticas opiniones que subrayaban gazapos imperdonables e incluso abusos irracionales que se tropezaban en nombre de la República; antifascista y particularmente antinazi, Chaves Nogales también tuvo mucha tela de donde observar dada la irracional expansión de la baba fascista y autoritaria con la que se suponía se salvaría España.
En noviembre de 1936, Manuel Chaves Nogales salió de su país para jamás volver: “Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España.” Sin embargo, sí hizo algo y tremendamente importante, aunque no sea sino hasta décadas después que se lo podamos aquilatar y agradecer. Se trata de otra obra maestra tituladaA sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, con la que Chaves Nogales confirma ser el testigo pensante, conciencia presente y, de nuevo en voz de Muñoz Molina, “el hombre justo que no se casa con nadie porque su compasión y su solidaridad están del lado de las personas concretas que sufren: es el que ve las cosas con una claridad que lo vuelve extranjero sin remedio; el fugitivo que se va quedando sin refugio a cada paso de su huida” y en eso le va la vida. Nada menos. A sangre y fuego es el testimonio que deja el escritor que sabe que ha de transterrarse hasta nuevo aviso, donde cuenta “lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera”, pero es también testamento del escritor ya exiliado en un cuartucho de hotelito a las orillas del Sena, en Montrouge –en un París que ya no es el mismo delas luces– donde quizá narrar le alivie “esta congoja de la expatriación y ganarme mi vida”.
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