En la primavera de 2009, un grupúsculo animalista presentóen el Parlamento catalán 180.000 firmas para que sus señorías debatieran la idoneidad o inconveniencia de prohibir las corridas de toros. Aún faltaban más de dos años para que cuajara la prohibición, pero el abogado Oriol Trillas, taurino de pro, pególa oreja al suelo y presintióel futuro: “Ho tenen guanyat”[Lo tienen ganado].
En mi legendaria candidez, no di crédito a sus palabras; al cabo, quéeran 180.000 firmantes sino una mera erupción gestual, una plasmación notarial de esa nueva sensibilidad que concibe el progreso, las artes y, en general, cualquier expresión de inmodestia como una presunta amenaza para la conservación de la especie; poco importa de quéespecie hablemos, si el manatíde Florida, el pimiento del Piamonte o la lengua catalana. El ecologismo es un hombre vacilante ante tres contenedores de colores; se comprende la severidad y aun la adustez de su gesto: la elección entre vidrio, plástico o papel le procura la ilusión de conservar el mundo, que es una forma grotesca de salvarlo. El hecho de que la gran aduana ideológica de los últimos veinte años no hubiera conseguido más que 180.000 firmas (entre diciembre y mayo) equivalía, a mi juicio, a una suerte de arrebato folclórico. La prohibición llegaría al Parlamento, sí, pero solo para queun puñado de rapsodas provida escenificara una quiebra moral, la que proclama que los animales tienen derechos, que un hombre y un perro son susceptibles de idéntico pesaje.
Trillas no cedía: “Ho tenen guanyat.”
Hoy sé ya que su desánimo poco tenía que ver con la abogacía o la tauromaquia. En realidad, era fruto de su inmenso conocimiento de la catalanidad.
Cataluña es una región que ha convertido el chantaje en una (extraña) forma de vida. Trataréde explicarme: cuando, en 1998, el gobierno nacionalista de Jordi Pujol promulgóla Ley de Política Lingüística (la que, corregida y aumentada, rige en la actualidad), el PSCy el PPCconsintieron que el texto previera sanciones para aquellos ciudadanos que no se tomaran al pie de la letra lo que decía el preámbulo: “La lengua catalana es un elemento fundamental de la formacióny la personalidad nacional de Cataluña, un instrumento básico de comunicación.”Han leído bien, sí: en primer lugar “inglesa”y en segundo “llave”. El hecho de que dos partidos de obediencia española trasegaran, como buenos Zipi y Zape, cucharadas soperas de aceite de hígado de bacalao, se debía a que, como ellos mismos iban gritando por las esquinas, le habían arrancado a CiUla promesa de que esa ley jamás se aplicaría. Los nacionalistas les habían persuadido de que, para amansar a sus correligionarios más exacerbados, había que consentir gestos de esa clase, pero, aquíentre nosotros, cómo demonios pretendes que multemos a un comerciante por rotular su oferta en castellano. ¡Nosotros, que encarnamos la ética del botiguer! El artefacto de relojería que ingenióel pujolismo acabóen manos de un filólogo de provincias llamado Josep-Lluís Carod-Rovira que, con la ley y el viento a favor, acabómultando a todo aquel que se atrevióa desafiar la evidencia de que “Todo a un euro”era un modo más barato de expresar “Tot a un euro”. Así, la Ley de Política Lingüística que no había de aplicarse porque, claro, en quécabeza cabe que yo, que soy hijo de tenderos... se acabóaplicando.
Con los toros ha ocurrido algo parecido. No me atrevería a decir que más complejo, pero símás sibilino. Hace siete años, el concejal Jordi Portabella, de Esquerra Republicana de Cataluña, impulsóuna insólita votación en el Ayuntamiento de Barcelona. Portabella había propuesto (¡ahíes nada!) que el pleno municipal declarase a Barcelona “Ciudad Antitaurina”. No les hurtaréun dato que todavía hoy, en mis ratos libres, me detengo a observar como quien en los museos modernos confunde el termostato con una instalaciónde arte conceptual: Portabella, que, al igual que la actriz Anita Obregón, había estudiado biología, era a la sazón el director del Zoo de Barcelona, un recinto donde los leopardos vivían en jaulas de quince metros cuadrados. ¡Es nuestra forma de preservar al leopardo!, clamaba Portabella cuando le reprendían por ello. Pues bien, el mismo tipo que regentaba ese tinglado pretendía que Barcelona se declarase “antitaurina”. Hay algo más. Algo que todavía me sobresalta en las noches tóxicas del verano barcelonés: es la palabra “antitaurina”. Las ciudades, por lo común, se declaran “feriales”, “olímpicas”o “poco recomendables”. Pero ninguna ciudad se colma a símisma de atributos, sino que suelen ser hombres y aun prohombres de otras ciudades quienes los conceden. Barcelona, en cambio, se declaróa símisma antitaurina. Como el loco que dice ser Napoleón. Porque, en efecto, más insólito que la propuesta de Portabella fue el hecho de que el Consistorio barcelonés tomara la decisión de que la ciudad (que, como dijo Shakespeare, no son sino sus hombres) fuera antitaurina. Obviamente, se trataba de una proclamación inversa. No verán a ningún Portabella pretendiendo que Londres se declare antitaurina. O lo que es lo mismo: declarar una ciudad antitaurina solo tiene sentido cuando esta es exactamente lo contrario. Abreviemos: lo que el pleno municipal aprobófue el subtexto “Barcelona, ciudad antiespañola”.
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