Letrillas

Carta de Barcelona

La galaxia Tsvietáieva

En agosto del 41, Marina Tsvietáieva se ahorcó, dicen que con la cuerda que había utilizado para su maleta del exilio. "Cómo no ahorcarse —diría años más tarde Berberova— cuando la adorada Alemania bombardea tu querido Moscú, los viejos amigos, asustados, se apartan de ti, los periódicos te acusan y no hay nada que comer".
     Después de la Segunda Guerra Mundial, Nabokov rectificó sus prejuicios sobre la difícil Tsvietáieva ("leerla sólo causa estupor y dolor de cabeza"), pero se negó a encabezar su rehabilita-
     ción, que no ha llegado del todo hasta hace unos días cuando se ha publicado en Rusia su obra completa, un hecho que era bien difícil de imaginar en febrero del 41 cuando ella se despidió de la poesía con estos versos: "Es hora de dejar el cárabe,/ es hora de cambiar el léxico,/ es hora de apagar la lámpara/ encima de la puerta..."
     El "espíritu prisionero" de Tsvietáieva ha encontrado su segundo hogar literario en España, y a ello no ha sido precisamente ajeno el espíritu entusiasta de Selma Ancira, mexicana residente en Barcelona des-de hace años, responsable en grado máximo de que la escritora rusa cuente con un gran número de traducciones al castellano.
     "Como a vinos excelsos a mis versos,/ también les llegará su hora", había escrito Tsvietáieva en 1913. Y acertó, aunque es muy probable que no hubiera llegado a imaginar hasta qué punto iba a llegarles la hora a sus versos en un país como España. Lo cierto es que Selma Ancira, gran experta en su obra y traductora del ruso, hace tiempo que puso en marcha su batalla de amor y de campo de pluma por la escritora y ha terminado logrando el milagro. Todo comenzó hacia 1984 cuando Siglo XXI publicó Cartas del verano de 1926, libro al que seguirían, tras una implacable labor en Barcelona de proselitismo por parte de Ancira ante el editor Herralde, El poeta y su tiempo y El diablo (Anagrama, 1990 y 1991). Otras editoriales, atrapadas en la amorosa red fanática de Ancira, continuaron la labor, y así en años sucesivos fueron apareciendo Carta a la amazona, Indicios terrestres, Poemas escogidos, 100 poemas, hasta desembocar en ese magnífico volumen, Un espíritu prisionero (Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores), que acaba de aparecer en Barcelona y que ha desatado un vendaval de elogios por parte de la —tan poco propicia a los grandes abismos poéticos del siglo— crítica de los suplementos literarios españoles. Y así, por ejemplo, Víctor Andresco, en las páginas culturales de ABC, hablaba el otro día de grandísimo acontecimiento literario al referirse a la aparición de Un espíritu prisionero, que cuenta con una traducción y notas de Selma Ancira, un prólogo algo más que lúcido de Irma Kúdrova y un epílogo de Anna María Moix, donde la escritora catalana dice que, en contra de lo que pensaban Berberova y otros muchos, Tsvietáieva acertó al empeñarse en vivir en el ámbito de lo poético, que era el único afín a su naturaleza, el único que no le era extraño y que le proporcionó la posibilidad de desarrollar su extraordinario talento. Dicho de otro modo: el mundo de la palabra se sometió al poderío de la poeta Tsvietáieva mientras que el mundo real la aniquiló.
     Un espíritu prisionero recoge fragmentos del diario de la escritora correspondientes a 1918 y 1919, relatos como "El novio" (1933), "El chino" (1934) o "Tu muerte" (1917), una selección de poemas, y el fascinante texto que da título al volumen y en el que la escritora reconstruye la vida literaria de los años veinte y treinta dentro y fuera de Rusia.
     No es nada fácil trasladar a Tsvietáieva al castellano. De la traducción de Ancira de Un espíritu prisionero se ha dicho que estamos ante una "fluida versión con la que el lector español puede acercarse con gozosa simetría a la pulsión, tan original y difícil de imitar, de la escritora". Tsvietáieva contaba con unos lectores que supieran disponer de un "oído puro", es decir, con unos lectores que supieran ver que lo importante no era ni el poema ni el tema, sino la "entonación". Y ésta sólo se consigue mediante una saturación y expansión lingüística y la ruptura de las normas sintácticas de la prosa capaces de traer el eco de las emociones y los sentimientos fundacionales, "el movimiento del lenguaje en reinos pregenéricos (escribió Brodsky, a propósito de la autora de El diablo), es decir, en las esferas de las que surgió".
     Todo eso ha sido bien trasladado a las versiones españolas de la gran escritora rusa, y en parte es uno de los secretos de que una autora tan apasionante como difícil empiece a contar con entusiastas seguidores de una prosa y una poesía dotadas de una extraña musicalidad que jamás hasta que fue escrita por Tsvietáieva se había oído en Rusia, lo que hizo que en un primer momento se la comparara con Stravinski, algo que puede seguir haciéndose ahora en español al tiempo que gozamos de ese maravilloso dolor de cabeza del que (aunque en otro sentido) hablaba Nabokov y que sin duda nos proporciona su conmovedor arte, heredero de Pushkin y Gogol, pero también de Hölderlin y de Rilke y de la más primitiva de todas las músicas del mundo: la entonación, el sonido original. -

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