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Literatura

Jorge Semprún y la tortura

En el documental para la televisión Empreintes: Jorge Semprun, realizado en 2010 por Franck Apprederis –las entrevistas van a ser publicadas, en enero de 2013, en la editorial Libella-Maren Sell–, afirmaba el escritor y exministro de Cultura que estaba preparando un libro de reflexión sobre temas autobiográficos que ya había abordado en una u otra ocasión. Bajo un único título, Exercices de survie, se proponía escribir varios volúmenes en los cuales iba a reconstruir su vida. Añadía Semprún que el primero, dedicado a la experiencia en la Resistencia francesa y de la tortura, estaba muy avanzado. La enfermedad y la muerte, que le halló en París en junio de 2011, impidieron la conclusión de este atractivo proyecto.

La editorial Gallimard, el sello que publica habitualmente en Francia las obras de Jorge Semprún, acaba de poner en circulación Exercices de survie, con una introducción de Régis Debray. El volumen contiene dos partes, la segunda de las cuales, sobre sus últimos días en Buchenwald y el retorno a tierras galas, había sido apenas empezada. La primera, sin título, que comenzara a redactar en julio de 2005, parece concordar plenamente con la temática descrita por el autor en el documental citado más arriba. El Lutetia, en cuyo bar Semprún entra para evocar cómodamente algunos fantasmas del pasado –en especial, el suyo propio, el joven fantasma disponible del anciano escritor en el que se había convertido–, constituye el punto de arranque de la narración. El parisino Hotel Lutetia, en el número 45 del Boulevard Raspail, fue, sucesivamente, a principios de la década de 1940, sede de la Gestapo y centro de acogida para los refugiados que volvían a Francia tras la Segunda Guerra Mundial. El hotel se encuentra a pocos minutos de la última residencia de Semprún, en un dúplex del número 78 de la Rue de l’Université.

Jorge Semprún no había abordado nunca en extenso el tema de su experiencia de la tortura. Había tratado sucintamente de ello en alguna novela, como L’écriture ou la vie, o en entrevistas, como las mantenidas con Jean Lacouture en 1996 y reeditadas, en enero de 2012, con el título Si la vie continue...: “Pas d’électricité. Non. Coups et baignoire” [“Nada de electricidad. No. Golpes y tina”]. En 2008, en Von Treue und Verrat. Jorge Semprún und sein Jahrhundert (traducción española: Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo, Tusquets, 2010), Franziska Augstein dedicó íntegramente uno de los capítulos del libro a la tortura. Era la primera vez, en fin de cuentas, que el tema era tratado amplia y detalladamente. La biografía no acabó, sin embargo, de convencer a Semprún: a Nuria Azancot le comentó, por ejemplo, que “en realidad me siento totalmente representado, pero yo no me habría contado así muchos episodios” (El Cultural, 12 noviembre 2010); dijo a Juan Cruz que, por lo que al episodio de la tortura se refiere, ahora le gustaría contarlo, “pero de otro modo” (El País Semanal, 19 diciembre 2010).

 

En los fragmentos de entrevista que cita Augstein (inicialmente, la obra debía constituir un libro de conversaciones) pueden encontrarse ya algunas de las ideas y digresiones que ahora tenemos la ocasión de leer en el volumen recientemente aparecido. Como quiera que sea, a la simple y detallada descripción, Jorge Semprún prefirió siempre la reflexividad. De nuevo tenemos ocasión de comprobarlo en los Exercices, auténticos ejercicios de supervivencia. “Il s’agit ici d’une sorte de réflexion, plutôt que d’un simple récit autobiographique” [“Se trata aquí de una especie de reflexión, más que de un mero relato autobiográfico”], afirma el autor.

 

La Gestapo de Auxerre detuvo, en 1943, al joven resistente Jorge Semprún-Gérard Sorel. Fue aporreado por los esbirros del Dr. Haas, el jefe local, suspendido con una cuerda atada de las manos esposadas a la espalda –“on a alors, lorsqu’on vous suspend, l’impression d’être disloqué, écartelé à jamais” [“cuando te suspendían, tenías la impresión de que te dislocaban y desmembraban definitivamente”], escribe–, y, finalmente, sufrió el suplicio de la bañera. Este último le dejó una fobia absoluta por los baños colectivos y esos juegos en los que, en broma, se le hunde a uno la cabeza en el agua. Eran, en cualquier caso, los tres primeros estadios, en una escala progresiva, que “Tancrède”, compañero resistente, le había explicitado. El dolor infligido comporta, sin duda, un redescubrimiento del propio cuerpo: “J’ai donc ressenti mon corps comme jamais auparavant” [“Pues sentí mi cuerpo como nunca antes lo había hecho”]. Semprún no delató a nadie.

 

El episodio de su tortura a manos de la Gestapo es rememorado en un doble plano: la experiencia propia real en la época de la Resistencia, en Auxerre, pero también la experiencia propia posible y, asimismo, la de los camaradas capaces de ponerlo en peligro, en la etapa de su vida clandestina como dirigente comunista en España. El relato de la primera se enmarca en dos encuentros con Henri Frager “Paul”, su superior en el grupo Jean-Marie Action, en París y en el campo de Buchenwald, respectivamente. La segunda, en otra vida, en otra de las vidas de Semprún, con otro nombre, Federico Sánchez a la sazón. La experiencia de la tortura supone una experiencia de solitud, pero también colectiva, en cierto modo, de fraternidad: no hablar, no facilitar información, no delatar a los compañeros, no ser descubierto, resistir al dolor. Sostiene Semprún, en Exercices de survie, que “l’expérience de la torture n’est pas seulement, peut-être même pas principalement, celle de la souffrance, de la solitude abominable de la souffrance. C’est aussi, surtout sans doute, celle de la  fraternité” [“la experiencia de la tor- tura no es solamente, quizá ni  siquiera principalmente, la del sufrimiento, la de la soledad abominable del sufrimiento. Es también sobre todo, sin duda, la de la fraternidad”]. Este libro póstumo, que esperemos que sea traducido y publicado prontamente en español, constituye, en definitiva, otra pieza maestra en la obra de uno de los grandes pensadores y escritores de la literatura francesa y española del agitadísimo siglo XX~

 

 

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Comentarios (1)

Mostrando 1 comentarios.

 

Desde que leí La escritura o la vida, a la que siguieron Aquel domingo y otros desgarradores relatos autobiográficos, ¿novelas?, de Jorge Semprún,  escritos magistralmente gracias a su portentosa, minuciosa e incisiva memoria, aderezados aquí y allá por la ficción narrativa dueña de un impecable y seductor estilo, junto a un manejo sincrónico del tiempo, que va y viene con soltura y sin rupturas, en la unidad que confiere la conciencia; desde entonces, digo, quedé deslumbrado por este peculiar autor y una obra que no alcanzo a ubicar plenamente, no obstante la temática absolutamente dramática y dolorosa: espeluznante. Luego me fui adentrando más en la impresionante biografía de Semprún, puesto que además que su obra literaria gira en torno a terrible sufrimiento del que fueron capaces de infringir los nazis en los campos de exterminio y confinamiento, está escrita de tal forma como si el lector estuviese leyendo directamente desde la memoria y la imaginación del autor, como si nos metiésemos a sus andanzas y registros reflexivos, como si viviésemos o palpásemos su dolor –aunque fuese sólo como espectadores-, es tan vívida su escritura que tocamos o creemos que tocamos esos registros sensibles, que nos adentramos en la aguda inteligencia de Semprún que busca y encuentra, que ofrece hallazgos insospechados. Luego de su liberación del infierno de Buchenwald, y del tormento que le significó escribir sobre tal experiencia, se enrola rápidamente en otra aventura: la de liberar a su patria perdida de la opresión dictatorial y tiránica, a través de su lucha clandestina como miembro del Partido Comunista Español, a la sazón dirigido por Santiago Carrillo y Dolores Ibarruri La Pasionaria, y después haber participado en unos de los gobiernos de Felipe González como ministro de Cultura y tantos más avatares. Sí he leído varias entrevistas y relatos de Juan Cruz y otros más sobre esta señera figura del siglo XX, un testigo esencial y excepcional. Ahora se antoja el documental y libro sobre la tortura que aquí se reseña. Huelga decir que los testimonios de Semprún, como los de Primo Levi, de quien me enteré de su existencia justamente por el primero, me han dejado una profunda huella indeleble de simpatía por los judíos que padecieron el holocausto y abominación por el nazismo y cualquier otra forma de discriminación racial.      

 

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