Roger Bartra: el intérprete de las mutaciones

Este 7 de noviembre, Roger Bartra, nacido en la ciudad de México, cumple setenta años. El hijo de una pareja de literatos catalanes exiliados (Agustí, el poeta, Anna Murià, la narradora y periodista) tiene muchos motivos para festejar en grande una vida plena en aventuras intelectuales y libros magníficos. Egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la que estaba adjunta al museo en Chapultepec, Bartra ha visto mundo: la Barcelona de sus padres a la que siempre vuelve, ahora como abuelo; el París esplendoroso de los estructuralismos; el Londres del siglo en curso, su nuevo amor; la vida cotidiana en la Hipódromo Condesa en la época de los beatniks o la Venezuela democrática, sin contar sus apariciones en Moscú o en un episodio de la extrema Guerra Fría, en un carguero de bandera norcoreana durante una misión editorial clandestina.

Antropólogo en fin y en principio, Bartra se ha dedicado al estudio de las especies mutantes y, entre estas, aquellas más resistentes al cambio, como los mexicanos ajolotes (La jaula de la melancolía, 1987) o, antes que ellos, su prefiguración analítica, los campesinos, o los salvajes (El salvaje en el espejo  y El salvaje artificial, 1992-1997), ambulantes entre la barbarie y la civilización. Ha estudiado la melancolía en los médicos del Siglo de Oro (en Cultura y melancolía, 2001) y en los filósofos de la modernidad (El duelo de los ángeles, 2004) y desde hace años se dedica al estudio de la mutación más asombrosa, la del cerebro humano: Antropología del cerebro  (2006). Pasa muchas horas, absorto, escuchando música. Como buen ateo, cree que el no-lugar está en las Sonatas del Rosario, de Biber.

Acaso su papel como observador participante en la mutación del marxismo sea su más célebre y polémica actividad pública desde fines de los años setenta del siglo pasado. Antes de la caída del Muro de Berlín, en 1989, fue uno de los poquísimos intelectuales de izquierda en tomar sus previsiones; las más optimistas: se abría (lo creía Bartra, lo cree) la gran oportunidad de conciliar, en verdad, a la democracia con el socialismo. Lo creía desde 1980, cuando sacudió al Partido Comunista Mexicano con una revista de efímera y mítica vida, El Machete, la cual, de haber sido conservada y respetada, le habría ahorrado a la izquierda en México dos décadas de indigencia intelectual autoritaria y nacionalista. Pues Bartra no solo estudió las mutaciones del marxismo, sino las del nacionalismo revolucionario (su bestia negra) y concluyó que el connubio entre una y otra corriente había parido monstruos y los seguiría pariendo.

En esta entrevista, realizada hace pocos meses en su casa de Coyoacán y centrada más en la historia de su vida que en la de sus ideas, Bartra habla claro sobre una especie todavía numerosa cuya extinción no parece próxima: la del intelectual de izquierda para quien la alternancia democrática en México ha sido una tragedia aún peor –así lo dicen– que esos setenta años de autoritarismo priista, cuya restauración, si ocurre, tendrá a Bartra, qué duda cabe, entre sus más decididos adversarios. En 1984, Bartra me había dicho: “La democracia es la exigencia de igualdad entre desiguales; es el establecimiento de instancias donde se anulan las desigualdades existentes en otros ámbitos. La democracia es, por lo tanto, un proceso y un conflicto de larga duración.”[1]

No se quedó Bartra en el cubículo (aunque es el científico social mexicano mejor conocido en lengua inglesa) ni, desde luego, en las reuniones partidarias, sino que decidió hacer política cultural en la plaza pública, primero desde El Machete  y luego, durante seis años, como director de La Jornada Semanal, la cual convirtió en un parlamento abocado a la diversidad ideológica y literaria. Ensayista de curiosidades dieciochescas, Bartra es, entre los intelectuales mexicanos, el más escuchado y respetado de los demócratas de izquierda, y en Letras Libres, desde hace años, representa a la noble tradición del socialismo democrático.

Esta es la segunda vez en mi vida que lo entrevisto. La primera fue, para la revista El Buscón, en la primavera de 1984. Algunas de mis preguntas de ese entonces son hoy obviamente históricas y hasta antediluvianas, mientras que no pocas de sus respuestas resultan actualísimas: había muerto no hacía mucho Enrico Berlinguer, el reformador de los comunistas italianos que había inspirado a quienes como Bartra aspiraban a socialdemocratizar a los herederos de la Tercera Internacional. En esa conversación entre Roger y yo, el diálogo con los liberales, con Octavio Paz y con la revista Vuelta, también aparecía explícitamente en el horizonte. Fue aquel el año, en fin, de un aniversario inusual, el de la cifra con la que George Orwell había titulado su distopía sobre la sociedad totalitaria: 1984. A diferencia de la opinión entonces convencional, Bartra no creía que las democracias occidentales encarnasen maliciosamente al Gran Hermano, que imperaba no solo en Moscú sino en las aulas y en los institutos de investigación de Ciudad Universitaria en México. El “árbol de la utopía”, como le decíamos, no había sido derribado pero estaba visiblemente reseco, desprovisto de savia. Entonces Bartra afirmaba: “La única forma que he encontrado de seguir siendo marxista es la de renunciar al marxismo: descubrimiento tardío, pues ya lo había dado a entender el propio Marx.”[2]

No es que Bartra hubiera previsto (ni mucho menos yo, el discípulo informal que ha tenido la inmensa suerte de volverse su amigo) lo que casi inmediatamente después ocurriría: el inicio de la  perestroika, la caída del Muro de Berlín y el hundimiento del mundo soviético, la cuenta regresiva en el dominio del autoritarismo priista en México y todo lo demás. Lo que sí creo es que uno de los mejor preparados para entender lo que iba a pasar fue Bartra, por su espíritu de apertura, por su noción de sociedad regida por las redes imaginarias de lo político, por su visión horizontal, evolutiva de lo humano, por su gusto por la mezcla, por lo mestizo, propio de un hijo de exiliados que sufrió la condena de ser “semiextranjero o semimexicano”, lo mismo que por su lucidez optimista. Así que esta segunda década del XXI en la que Roger Bartra cumple setenta años me parece, de todos los momentos en que ha sido observador participante, el más propicio, el más auspicioso para el ejercicio de su sabiduría ante las mutaciones.

 

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¿Cómo fue tu infancia, hijo de escritores catalanes refugiados en México?

Mis padres huyeron del franquismo a comienzos de 1939, cuando las tropas de Franco invadieron Cataluña y cayó Barcelona. Tuvieron dificultades para escapar y no llegaron a México sino hasta 1941. Mi padre pasó meses en distintos campos de concentración en Francia y conoció a mi madre en París; juntos lograron escapar de todo lo que se venía –la guerra, la invasión alemana– a través de Cuba y de República Dominicana. Finalmente se establecieron en México, como lo hizo la inmensa mayoría de los refugiados españoles, aunque también habían considerado Chile. También como la mayoría, tenían poco dinero y carecían de nacionalidad. Poco a poco fueron haciéndose un hueco, pero mi padre, Agustí Bartra, era poeta y mi madre, Anna Murià, novelista y periodista –sobre todo novelista–, y no estaban muy interesados en circular por los medios del poder. Querían vivir de la literatura, lo cual era sumamente difícil, y vivían de hacer traducciones. Desde pequeño recuerdo una vida de estrecheces. Mis padres llegaron a principios de los cuarenta y se establecieron, como gran parte de los refugiados, pensando que al terminar la guerra Franco iba a ser hecho a un lado, pero eso no sucedió. Después de un tiempo dejaron de funcionar exclusivamente en círculos catalanes y españoles y comenzaron a integrarse cada vez más a los círculos literarios mexicanos. Recuerdo esa transición: el entorno de la casa primero eran Ramón Xirau, Manuel Durán e incluso, antes de que muriese, Luis Nicolau d’Olwer, el historiador; gente del ambiente intelectual catalán. Poco a poco empezaron a aparecer personajes mexicanos, como Alberto Gironella y su esposa. Después llegaron más.

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Comentarios (7)

Mostrando 7 comentarios.

Detecté tres errores en la transcripción de la entrevista:

"Mis padres llegaron a principios de los cuarenta y se establecieron, como gran parte de los refugiados, pensando que al terminar la guerra Franco iba a ser hecho a un lado, pero eso no sucedió."

"Mis padres llegaron a principios de los cuarenta y se establecieron, como gran parte de los refugiados, pensando que al terminar la guerra Franco iba a ser echo a un lado, pero eso no sucedió."

"(...) la del intelectual de izquierda para quien la alternancia democrática en México ha sido una tragedia aún peor –así lo dicen– que esos setenta años de autoritarismo priista (...)"

"(...) la del intelectual de izquierda para quien la alternancia democrática en México ha sido una tragedia aun peor –así lo dicen– que esos setenta años de autoritarismo priista (...)"

"(...) llegué con la idea de impulsar un partido de opinión de pública (...)"

"(...) llegué con la idea de impulsar un partido de opinión pública (...)"

Desde que leí La jaula de la melancolía quedé deslumbrado por Bartra y mi concpeción de la identidad mexicana se enriqueció notablemente gracias a esa lectura. A partir de entonces, lo sigo con cierta regularidad pues siento que es uno de los escritores mexicanos (no medio mexicano o medio europeo) indispensables y más brillantes. Me ha gustado mucho esta entrevista, qué bueno que la haya hecho otro gran escritor, crítico e historiador y por lo visto un gran amigo suyo. Aunque con distintas características y por motivos biográficos tan diversos, veo un paraleo entre la mutación ideológica de Jorge Semprún y la de Roger Bartra, semejanzas en el derrotero de lo que Semprún llama la Razón Democrática. Hace años dejé atrás el nacionalismo revolucionario que alguna ves me sedujo, y ello se lo debo en buena medida a Bartra, auqnue también a Vargas Llosa, a Fernando Savater y otros más. Felicidades por la excelente entrevista.

Feliz cumpleaños al señor Bartra.

Deja ver Bartra un sentimiento que a veces pervive en muchos de nosotros mexicanos: no estar integrados totalmente al medio que nos rodea. Leì algunos artìculos de Bartra en la "Revista Mexicana de Sociologìa" sobre el tema agrario. Me parecierón informativos. Pero me gustó sobremanera su libro de ensayos "Las redes imaginarias del poder polìtico". Lo leì dos veces completo y algunos ensayos bastante màs veces. Me tomò por sorpresa la presencia de "The simulacra" de Philip K. Dick en los entresijos de ese libro: simulacro es lo que aparece por todas partes en ese campo de mediaciónes que atraviesa el poder político.

Corrijo, El libro es "el duelo de los ángeles".

Supe por primera vez de Roger Bartra cuando compré su libro del llanto de los angeles; en ese tiempo yo estaba interesado en el tema de la acedia y la melancolia.

No lo entendi, (aun no entiendo l que qeuria demostrar) pero me fascinó la manera en que el pesamiento se desarrollaba a partir del contacto con un suceso real y no expuesto de manera esquematica como conclusiones logicmente necesarias deducidas a partir de principios "evidentes por si mismos" (como ocurre con la politica para amador).

Los casoa expuetos en el libro o terminaban de cerrar, desbordaban al sistema de pensamiento de los pensadores que se abordaban. Es un detalle importante: si un istema de pensamiento se considera sin fisuras o es internamente congruente, ya no dialoga sino que sólo impone.

Buscando información sobre bartra fue como llegue a letras libres.

Ciertamente ha dado muchos saltos mortales. es raro en la academia porque, para lograr hacer algun aporte valioso, es necesario tiempo para dominar el tema, a veces varios años. A menos que exista un hilo conductor, tal vez una pequeña obsesión que lo impulse a reunir todas las perspectivas posibles para comprenderlo.

Intresente articulo e interesente personaje. Lo que si creo que demerita por lo ambiguo de la frase y por todas las implicaciones que conlleva es su frase "el problema de la violencia hay que medirlo mas objetivamente. Creo que mereceria un cuestinamiento ironico y vago ( casi vulgar ) como la misma frase : mas objetivamente que que ?.....

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