Hugo Hiriart

El filósofo de la calle del árbol

Pocas personas hay más queridas y admiradas en el reino de la literatura mexicana que Hugo Hiriart, quien el próximo 28 de abril cumple setenta años en plenitud de sus extraños y seductores poderes literarios. En 2010 publicó uno de sus ensayos más penetrantes y eficaces, El arte de perdurar (Almadía), una pieza polémica sobre por qué Borges y no Reyes se adueñó de la posteridad, tema hugoliano si los hay. Antes aparecieron La repugnante historia de Clotario Demoniax y otras piezas y ensayos para teatro (2005); Un actor se prepara (2004), una parodia del género policíaco; Cómo leer y escribir poesía (2003); El agua grande (2002), un relato cosmogónico; Discutibles fantasmas (2001), y la cuenta retrospectiva nos llevaría hacia Sobre la naturaleza de los sueños (1995), uno de los tratados más originales que se han escrito en español, o hacia los Cuadernos de Gofa (1981), su novela-enciclopedia sobre la imaginaria aunque deseable civilización de los gofos, sin olvidar sus obras dramáticas, pues Hiriart, además de narrador y ensayista, es dramaturgo originalísimo (Minotastasio y su familia, 1981), titiritero, escultor, hombre de habilidades manuales y mente adiestrada en la filosofía analítica, reinventor de la novela de caballerías (Galaor, 1972). Es un fabulador práctico fascinado por el apocalipsis, por la destrucción de todas las cosas, motivo de su novela de 1992 sobre la conquista de México.

Hiriart es nuestro gran ingenio y cualquier literatura mayor lo tendría, como lo tenemos nosotros, entre sus glorias vivas. Es didáctico, es mayéutico, es el antimaestro ante el Altísimo, además de ser persona sobria y especulador intransigente, disperso y mordaz. Es tierno y puede ser frívolo, porque lo que a él le parece importante no suele ser lo que nos ocupa al común de los mortales. Con frecuencia me lo encuentro caminando por Coyoacán o por Nueva York o por Oaxaca y no se detiene, continúa caminando y reanuda alguna conversación que dejamos interrumpida hace mil años o pocos días antes, sobre la vesania de algún político malhechor, sobre Aristóteles o el teatro de García Lorca o la Historia de los heterodoxos españoles, una jugosa nota al pie dejada por Gibbon o cualquier chisme espeluznante de los que lo alegran a él, cuya risa es balsámica, bonachona, a veces hasta siniestra, capaz de resucitar a un deprimido o ganar sorpresivamente a un necio para el partido de los perspicaces. “Observa bien y acertarás”, podría ser la divisa de Hiriart, quien, como Oscar Wilde según Borges, siempre tiene la razón.

A quien se deja le presumo que fui discípulo suyo, no informal como tantos escritores, sino formal, formalísimo, cuando me tocó de tutor en las becas del inba, hace más de veinticinco años, curso intensísimo en que leímos a Descartes, la Ética nicomáquea, mucho Pío Baroja, todo esto mientras Hugo y sus tres discípulos lo acompañábamos por las tardes a cumplir con sus encargos, domésticos y profesionales, por la ciudad de México, en un vocho. Mucho de lo que sé se lo debo a Hiriart, y su punto de vista siempre es una posibilidad a la que recurro cuando debo pensar algo trascendente o algo baladí. No pocas veces, Hugo me ha llamado la atención, como lo espera un alumno de su mentor. Muchos hemos querido, sin lograrlo, ser el Boswell de nuestro doctor Johnson.

Con esas credenciales, hace un par de meses, me apersoné en la Calle del Árbol, legendaria porque allí viven Guita y Hugo desde siempre, a entrevistarlo con motivo de una historia de la literatura mexicana que graba Clío-TV. Esto fue lo que me dijo uno de los pocos escritores cuya fama y fortuna, estoy seguro, nos sobrevivirá a todos.

 

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Háblame de algunas de tus lecturas formativas.

George Steiner dice en algún ensayo que cuando Borges se hizo muy famoso él sintió que le habían robado algo. Bueno, yo también. Mi padre tenía un amigo, un ingeniero argentino, Raúl Marzal, muy entendido, que había sido discípulo de Casagrande en Estados Unidos. Cada vez que regresaba de ver a su familia en Argentina traía un libro de Borges. Mi papá lo leía y luego me lo pasaba. Cuando estaba en la prepa le presté un libro de Borges a Gustavo Sainz, que era amigo mío, y él me habló de Cortázar y me prestó Los premios y algún libro de Borges. Pero a Borges lo admiraba mucho más que a Cortázar.

A Stevenson lo leía mucho. Su obra podría ser Las mil y una noches de finales del siglo xix. Me parecía que destilaba en él la esencia del narrador. Otro autor que conocí e influyó mucho en mi vida fue Tácito. Yo tenía el libro de Tácito de la editorial Aguilar deshecho, todavía lo tengo de cómo lo leía una y otra y otra vez, y, bueno, era omnívoro.

Pero grandes autores, para mí, en primer lugar Edward Gibbon, en segundo Boswell. Para mí son la cumbre.

 

De los autores mexicanos importantes durante tu juventud, de tus contemporáneos, ¿cuáles te simpatizaban, te apasionaban o te parecían incitantes?

Me parecía bueno mi maestro, aunque mal maestro, don Julio Torri, que me dio clase de literatura del siglo xviii español. Daba mal la clase, muy quedito, pero era un hombre que sabía todo. Nunca voy a olvidar que él invitó a dos amigas mías, las niñas Galindo, a su casa –era muy coqueto y le gustaba enseñarles a las muchachas su colección de miniaturas persas pornográficas–. Ellas me contaron y les dije: “Llévenme, ¿no?” Y me llevaron. Él era educadísimo, de una educación decimonónica, en realidad incapaz de la menor cosa. Nos enseñó sus libros y nos regaló unas novelas de Balzac.

Yo lo admiraba como escritor, aunque me parecía que venía de un autor que había leído. Nunca hablé con él de eso, no hablé de nada, yo lo oía, pero creo que Torri deriva fundamentalmente de De Quincey. De fusilamientos (1940) es hijo directo de El asesinato considerado como una de las bellas artes (1827).

Leía a los poetas. Me acuerdo de una vez en que estaba en una cantina leyendo un libro temprano de José Emilio Pacheco. Leía a Octavio Paz, aunque sus ensayos no me gustaban. Mi poeta predilecto era Ramón López Velarde, y después Carlos Pellicer y Salvador Díaz Mirón, que siempre me encantó porque su verso es de gran contundencia, y además me atrae mucho como personaje.

 

¿Se puede decir que tú no hacías vida literaria?

No, yo nunca he hecho vida literaria. ¿Qué escritores conocía yo? Era amigo de Rita Macedo y por ella conocí a Carlos Fuentes. Hasta hicimos un viaje juntos a Acapulco una vez. Pero es una cosa extraña, nunca me hice amigo de él. Me acuerdo muy bien de llegar a una fiesta de domingo hace muchos años, no recuerdo si en casa de Fuentes o de Luis Cardoza y Aragón, y como yo era muy tímido y retraído me senté ahí donde estaba un muchacho delgado y me puse a hablar con él de la nota roja. Era Gabriel García Márquez, delgadito y muy instruido en la nota roja. Tampoco me hice amigo de él, de ninguno, ni de Juan García Ponce, que siempre se enojaba conmigo de algún modo...

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Comentarios (3)

Mostrando 3 comentarios.

Excelente entrevista. El cumplir años y la pasión a lo destruible Es la mejor muestra del amor a la vida ya que demuestran nuestra finitud humana...Y que mejor manera de ser admirada, que el de la mirada.

¡Felicidades estimado Hugo, por tus 70's! Yo también los cumoplo este año, pero en otoño, un poco más joven que tú. Me ha dado gusto leer tus comentarios en esta entrevista. Mi admiración por tu escritura se inició con Galaor, junto con esos amigos a los que sobrevivimos, Esther y Carlos (que hicieron aquel número de Vuelta). Tú y yo nunca fuimos amigos, sino conocidos, de la Facultad, pero hablamos algunas veces cordialmente. Trabajé por la misma época que tú en la presidencia. En una ocasión recuerdo que te encontramos (no recuerdo con quien iba yo) en una cantina de los alrededores de Palacio y Zócalo. Estabas en la barra y ahí iniciamos una plática donde creo que salió el tema del agua. Y entonces te pusiste a relatarme La retirada de los diez mil de Jenofonte. Fue soberbio. Nunca lo he olvidado porque me fui de inmediato a leer la obra. Mercenarios griegos en el ejército persa abandonados, hambriento y sedientos, tratando de regresar, van dirigiéndose a alguna costa del mar Negro y el avanzadilla que sube una colina lo divisa y se vuelve hacia la columna y grita: Thalassa, Thalasses! Y entonces, todos corriendo hacia el lugar gritan en sordina Thalasess.

Gracias Hugo. Un abrazo.

Excelente conversación. Siento una profunda admiración por Hugo, por las cosas que dice y por lo que piensa. ¡Feliz cumpleaños, querido Hugo!

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