Verano del 75

Julio 2011 | Tags:

Era el siglo pasado. El verano de 1975. El último julio de Francisco Franco y su último agosto. Yo tenía siete años. Dormía en un colchón, extendido en el suelo, en una de las habitaciones del piso de Castellón que mis padres y mis tíos habían alquilado para pasar juntos treinta días de vacaciones, en un edificio alto de un ensanche reciente. Era la primera vez que lo hacíamos y sería la última vez que lo haríamos. Castellón era un lugar extraño para veranear, no era como hacerlo en Salou o en Benidorm o en Sitges o en las Islas Canarias o en un pueblo del interior, en un país lleno de pueblos que habían ido quedándose vacíos. Éramos muchos en el piso, que era más grande que el piso en el que vivíamos en Zaragoza y que el piso en el que vivían mis tíos y mis primos en Aranda de Duero, y no había un lugar en el que se pudiera estar verdaderamente solo, ni siquiera en el baño, pero yo me sentía completamente solo entre tantos padres, madres, primos, hermanos, cuñados, sobrinos, hijos. El piso estaba lejos de la playa, junto a una plaza parque rodeada por unas palmeras muy altas y en la que por la noche, cuando huíamos del calor del piso para buscar la brisa, que a menudo no llegaba, atrapada en el laberinto de edificios, había vendedoras de altramuces, cuyo sabor, agua con sal, me gustaba. Las ventanas del piso había que tenerlas cerradas para que el piso no se llenara de arena y de moscas. Las persianas del piso tenían que estar siempre bajadas para evitar que entrara el calor en el piso.

Plaza de toros de Castellón

Era de noche. Hacía calor. Los focos que iluminaban el ruedo añadían calor seco al calor húmedo de Castellón. El olor de los animales era muy intenso y sólido: se quedaba en el cerebro, agarrado con ganchos. Los tendidos estaban casi vacíos. Solo en la zona en la que estábamos sentados había algo más de público, pero disperso, sin forma. Se podía oír con claridad la respiración de los enanos cuando estiraban con fuerza la cola de un toro, que se movía con fatiga. Era un toro negro y flaco y viejo. Otro toro corneó al Bombero Torero, que empezó a sangrar abundantemente. Mi padre me dijo que no era sangre de verdad, que era una broma que formaba parte del espectáculo. Luego el Bombero Torero volvió a entrar en la arena, con un aparatoso vendaje en la mano, manchado de rojo, que no le impedía seguir dando pases con la muleta a otro toro igual de negro e igual de flaco que embestía cabeceando al aire. Eran los mismos lances taurinos que había dibujado Goya. Eran los mismos enanos que había pintado Velázquez, y seguían ahí, como entonces, y es posible que fueran descendientes de aquellos bufones, Sebastián de Morra, el de la perilla, Juan Calabazas, apodado Calabacillas, el de la mirada estrábica, moviéndose para hacer reír a sus espectadores: ya no hacían reír a los reyes y a la corte española, porque ya no había reyes ni corte, pero seguían intentando hacer reír a una clase media que estaba de estreno, asombrada de la distancia que habían logrado poner entre sus padres y ellos, entre los terrones y los trajes. Dos enanos se subieron encima de un toro y caminaron por su lomo, imitando los gestos de un equilibrista sobre el alambre. El toro no se movió en ningún momento, como si estuviera disecado, pero volvió a los corrales trotando, con un paso distinguido, diferente al de los otros animales. Mi padre y mi madre se reían con el Bombero Torero y con sus enanos, pero yo no conseguía reírme con las volteretas y con los revolcones. No me sentía bien por ello, me molestaba no entender el espectáculo y me parecía que esa incomprensión estaba empezando a fabricar un camino que me alejaba de la vida de los otros. Los enanos iban vestidos con minúsculos trajes de torear, cuyos dorados brillaban cuando los focos les iluminaban. Años después, vi en casa de mi amigo Ángel Golet Peg docenas de maniquíes con trajes de torear: su padre era mozo de espadas y ganaba un dinero extra alquilando trajes de torear a los chavales que soñaban con ser toreros, y que escasísimas veces llegaban a tomar la alternativa. Al acercarme a los maniquíes, vi los costurones zurcidos y las abundantes manchas de sangre, ya desleídas, sobre las chaquetillas rosas y azules. La sangre se resiste al agua y al jabón. Los enanos se inclinaban hacia adelante y se quitaban las monteras y las lanzaban al aire y las recogían con cabriolas. El olor de los animales, más caliente y más sólido conforme la noche avanzaba, se enganchaba cada vez con más fuerza en mi cerebro y no sabía cómo sacarlo de allí. Los animales formaban parte de la compañía del Bombero Torero, y aquí me gustaría ahora anotar sus nombres, como si hubiera llegado a saberlos alguna vez. Los enanos se marcharon del ruedo en un camión de bomberos de miniatura, mientras hacían sonar con fuerza unas campanas. Aplaudimos. Las luces que iluminaban la arena se apagaron.

Avenida del Mar de Castellón

Entre nuestro piso y la playa del Grao había varios kilómetros de separación, pero algunas mañanas los recorríamos caminando, siguiendo la Avenida del Mar durante más de una hora. Atravesábamos el centro de Castellón y luego avanzábamos por zonas industriales, con talleres mecánicos y naves industriales, y aun pequeñas zonas agrarias, que habían quedado encerradas, sembradas de verduras sucias, y antes de llegar a la arena entrábamos en el barrio de pescadores del Grao, construido con casas pequeñas y apiñadas, que tenían sillas bajas de enea en las puertas.

Museo de Ciencias Naturales el Carmen de Onda

Era una construcción anexa a un convento, donde todavía vivían unos monjes, aunque no se notaba su presencia. Había varias salas en las que se amontonaban vitrinas acristaladas: con fósiles, con mariposas, cientos de mariposas, con serpientes, con insectos, con huesos que componían esqueletos incompletos, con animales disecados, como los de los escaparates de las tiendas de taxidermia, pero las salas del Museo de Ciencias Naturales el Carmen no tenían el olor químico que salía de las tiendas de taxidermia, con animales hechos de papel maché o de algún otro material ligero y que no guardaban ninguna proporcionalidad con su verdadero tamaño. Algunas de las vitrinas eran grandes diaporamas y representaban a los animales en su hábitat: reproducían una escena apacible de su vida en la naturaleza. Me quedé fascinado por uno de los animales, que no estaba en una vitrina sino en una campana de cristal, quizá porque era imposible recrear en un diaporama una escena pastoril que nunca se había producido, situada en una estantería muy alta que resultaba difícil de ver: un cordero completamente blanco, de una lana rígida, que tenía dos cabezas, las dos con cuello. Además de disecado, el animal, o los animales, porque no compartían el cerebro, parecía haber sido reducido con la técnica que los jíbaros utilizan para reducir cabezas humanas. Una de las cabezas del cordero miraba hacia la derecha y otra de las cabezas miraba hacia la izquierda, pero esa simetría, que quitaba realismo a la anomalía cierta de la mutación natural, parecía habérsela dado el taxidermista jíbaro. ¿Habrían nacido también niños con dos cabezas? ¿Se dejaba que vivieran? ¿Lograban vivir durante mucho tiempo? ¿Necesitaban comer las dos cabezas? ¿Sería una cabeza la de una hembra y la otra cabeza la de un macho?

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