La difamación del crimen ritual

A finales del siglo xix, la revista jesuita La Civiltà Cattolica se encargó de difundir por Europa el mito del “crimen ritual”. Hecho infame que alimentó la persecución y el exterminio de los judíos. Jean Meyer, en su libro más reciente, documenta esta genealogía del horror y al hacerlo, dice Enrique Krauze, expone el daño que la mentira y el odio causan en los pueblos.

El papa León XIII, que viró en un sentido de recto progreso el rumbo de la Iglesia, fue indulgente con el prejuicio antijudío. Cuando en 1899 tres eminentes ingleses (el duque de Norfolk, lord Russell, el arzobispo Vaughan de Westminster) lo instaron a desmentir la fábula, se negó a hacerlo. De poco sirvió que, al desatarse en Rusia la acusación más célebre del género en el siglo XX (el juicio contra el obrero judío Mendel Beilis en 1913, que indignó a Lenin al grado de llevarlo a instalar una comisión revisora en 1920), el papa Pío X se comprometiera a “prevenir el infame fanatismo de estas gentes” hacia “los pobres judíos”. El daño estaba hecho.

 

 

Un mérito mayor de Meyer es mostrar la variedad de posturas frente al tema dentro del orbe católico. Recobrando la obra de un brillante ancestro intelectual (el erudito católico Félix Vernet, autor de un artículo, “Juifs et chrétiennes” [“Judíos y cristianos”], en el Diccionario apologético de la fe católica, 1912), Meyer toma en serio la fábula para mejor refutarla. “El crimen existiría si, y solo si, está prescrito y autorizado por la liturgia oficial”, apunta Vernet para concluir que los volúmenes infamatorios de su época (en especial la popular obra del padre August Rohling sobre el crimen ritual en el Talmud) eran enteramente falsos. Todo lo cual no inmuta a La Civiltà Cattolica, que tiene una explicación para la omisión del mandato en los libros sagrados: los judíos no eran tontos como para consignarlo por escrito, por eso lo dejaron en la tradición oral. En cualquier caso, los judíos perdían. Una especie de “efecto tijera” los condenaba siempre: si se quedaban en los guetos o en sus pequeños pueblos de Polonia o Ucrania o Rusia, representaban un arcaísmo intolerable; si salían de ellos, se volvían competidores abusivos y ventajistas. A fines del siglo XIX se decía que los judíos anarquistas “estaban detrás” del asesinato del zar Alejandro II y, simultáneamente, “estaban detrás” de las conquistas imperiales de Bismarck. En el siglo XX la “tijera” volvió a operar: los judíos “están detrás” de Moscú y de Wall Street. Los detractores nunca se preguntaron por qué todo ese poder casi cósmico no les sirvió para prevenir el exterminio de seis millones de correligionarios durante la Segunda Guerra Mundial.

Meyer rescata algunos testimonios valiosísimos de personajes ilustrados (Goethe, Masaryk) recordando el atávico miedo infantil a los judíos, insaciables de sangre cristiana, y en el mismo sentido trae a cuento una frase de Freud que podría haber sido el epígrafe del libro: “Las psicosis populares son inmunes a cualquier argumentación.” Pero, ¿cómo se crea esa psicosis? ¿Cómo cundió en el pueblo católico (y protestante) con esa profundidad, con esa duración, la fábula del crimen ritual? Un ejemplo revelador es el carácter “probatorio” que por varios siglos ha tenido –en sectores del pueblo polaco– un lienzo del siglo XVII que se exhibe en la catedral de Sandomierz y que sirve como portada en el libro de Meyer. Representa a un grupo de viejos judíos estereotípicos (narices ganchudas, largas capas) seduciendo con denarios a una familia cristiana (en particular a una niña) para luego sacrificarla. En una investigación reciente citada por Meyer, una antropóloga polaca encontró que la pintura ha sido, por cuatro siglos y hasta ahora, la prueba fehaciente de la historicidad del crimen: “no creo que es verdad, lo sé”, le dijeron sus entrevistados, refiriéndola al cuadro.

Algo similar ocurrió en el caso del Niño de Trento: la aparición de la imprenta esparció “viralmente” la noticia hasta elevarla a alturas míticas y sacramentales. Una vez instalada en esa zona, la “psicosis popular” se vuelve, en efecto, “inmune a la argumentación”. La Civiltà Cattolica jugó un papel central en esa psicosis. Ampliamente leída y respetada en el orbe católico europeo, su responsabilidad histórica consiste en haber revivido el mito proveyéndole además –escribe Meyer– de una legitimidad “pseudo-teológica”. En Francia, por ejemplo, el periódico La Croix, que hacia 1900 tenía una circulación de 150 mil ejemplares, atizó la hoguera humeante del caso Dreyfus con una intensa cobertura del crimen ritual basada en la revista italiana. En junio de 1934, Hitler (previsiblemente convencido de la verdad histórica del crimen ritual) alienta un número monográfico de Servicio Mundial (el órgano bimensual del Partido Nazi), dedicado a la fábula tomada al pie de la letra. Y, por si faltaran evidencias del carácter viral de un mito cuando arraiga en la mente popular, Meyer explora apenas los múltiples ecos de la fábula en la prensa, los libros y la televisión oficial y comercial del mundo islámico en nuestro tiempo.

 

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En la sección más discutible de su libro, Meyer recoge la obra de algunos historiadores israelíes contemporáneos de la corriente revisionista que atribuyen a textos rituales judíos del Medievo la aparición súbita y desde luego involuntaria de la fábula. Las incidentales menciones de odio hacia los cristianos, las apelaciones a la ira divina aparecen como pruebas de esa intención vengativa que se materializaría en la fábula (y, según algunos, en casos aislados en que el crimen pudo haber ocurrido). Uno de esos historiadores (Israel Yuval, “Vengeance and damnation, blood and defamation: from Jewish martyrdom to blood libel accusations”, Zion 58, 1993) sugiere que el suicidio colectivo de muchos judíos durante las masacres de las Cruzadas en 1096 pudo inducir la idea de que si los judíos mataban a sus propios hijos, con mayor razón cometerían crímenes semejantes contra los niños cristianos.

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Comentarios (8)

Mostrando 8 comentarios.

Interesante sinopsis de un tema del que pocos se atreven a escribir, amplia el universo de nuestro razonamiento... Saludos

La edad media en España y Portugal transcurrió prácticamente bajo el dominio del Islam, lo que hace de estos países diferente al resto de los de Europa Occidental; Bajo estas condiciones diferentes la fuerte presencia Judía vivió otra realidad y que permitió a estas comunidades desarrollarse en condiciones de plena aceptación o tolerancia. No obstante su expulsión en 1492 y que correspondió a la intención política de integración del nuevo estado que surgía y nunca por causas puramente raciales, el "antisemitismo" nunca fue un rasgo cultural dentro de las diversas etnias ibéricas, ni mucho menos llegó a los grados extremos y perversos de otras naciones europeas; en México no pude hablarse de que exista un "antisemitismo" cultural y sus aisladas expresiones corresponde a un esnobismo o adopción de actitudes ajenas y extranjerizantes...

En lo único que acertó, es en la fecha de la expulsión. ¿Dónde estudió ud. historia?. Se nota que es españaol y, como tal, lleva la ignorancia con el mismo orgullo que un pendón de victoria.

Un excelente escrito por su trascendencia hacia lo actual. Al leer "“... Las psicosis populares son inmunes a cualquier argumentación ...” no pude evitar recordar que más del 80% de la población mexicana NO está de acuerdo con el resultado del affair Cassez y cómo los medios periodísticos y de TV involucrados en el cochinero del caso, usan todo lo posible para sacudirse las capas de fango que ellos mismo se untaron.

Considero que no se trata de espacios para propaganda, se trata de la búsqueda de la verdad, de esa historia que manchó el espíritu liberador de la sociedad occidental. se trata de conocer por medio de la investigación decente la realidad de los genocidios, del asesinato en masa de seres, de la destrucción de la vida para conseguir el título de lider de la humanidad entre comillas. 

Me encantó en articulo, es un tema del cual no he leido mucho, me propongo a hacerlo. Serían identificables con nombre y apellido los de" secta de la extrema izquierda"?,para que no quede ud como Meyer (no da argumentacion al lector). A este Krauze respeto ,Así tambien al Vargas llosa escritor ,pero no tengo ningún interes en leer al Krauze y Vargas llosa que hacen propaganda politica. Reciba un coordial saludo.

Resulta admirable el trabajo de algunos periodistas, mas sin embargo espero que en un futuro no muy lejano Sr. Krauze, usted pudiese proporcionar algunos nombres de la izquierda más radical. En articulos anteriores habló del manejo que se le ha dado "Los protocolos de los sabios de Sion", que ha sí ha sido una de las cosas más ignominiosas que se han hecho para manchar el nombre de los judíos. Aún así, creo que el petardo en aquella ocasión era directamente contra usted y su familia. Yo recuerdo que la primera vez que vi esto, fue en los comentarios del video sobre Miguel Sacal. En donde el antisemitismo dejó aflorar la semilla de odio que todavía existe en diversos sectores de la población en contra de ustedes. Recuerdo que en uno de los comentarios venía un Link hacia dicho documento. Ésto es grave, se deberían mencionar nombres porque de lo contrario usted cairía en un acto parecido al que acaba de increpar de manera acertada, el de la siembra del odio por parte de algunos periodistas de forma irresponsable, porque una cosa es diferir con el ideal de Enrique Krauze y otra es atacar a todo un sector de la población que hoy ronda los 50000 habitantes en todo el país, que además no es como lo pintan, porque los judíos que yo conozco no tienen ni tanto dinero ni tanto poder como se dice.

 

Buen ensayo sobre un libro imprescindible. Lectura indispensable en un país donde la Compañía de Jesús es factor en la construcción de nuestra identidad y donde el antisemitismo no anda a tientas. Que difícil es ser católico. El perdón no alcanza a limpiar la culpa que los jesuitas tienen en la construcción del antisemitismo, falta que en este mundo que no puede ser soslayada y menos aún perdonada. La transparencia acarrea dolor y la verdad que contiene es liberadora, aunque nos embargue un sentimiento desordenado de vacío.

 

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