Dossier

El mundo árabe y la libertad

El orden político en Egipto

Las revueltas árabes no auguran un desenlace fácil ni responden a una explicación simple. Francis Fukuyama propone analizarlas de manera extensa y profunda a la luz de un ensayo olvidado, El orden político en las sociedades de cambio, escrito por Samuel P. Huntington en los años sesenta.

 

Aunque en los últimos tiempos la ciencia política académica no ha aportado mucho a los encargados de diseñar políticas, hay un libro que resulta particularmente relevante ante los acontecimientos que actualmente suceden en Túnez, Egipto y otros países de Oriente Medio. Se trata de El orden político en las sociedades en cambio [Paidós, 2006] deSamuel Huntington, publicado por primera vez hace más de cuarenta años. Huntington fue uno de los últimos estudiosos de las ciencias sociales que intentó entender los vínculos entre los cambios políticos, económicos y sociales de forma global, y la debilidad de los esfuerzos posteriores para mantener perspectivas amplias como esa es una de las razones por las que tenemos dificultades, tanto en términos intelectuales como de políticas prácticas, para mantenernos al ritmo del mundo contemporáneo.

Tras estudiar los elevados niveles de inestabilidad política que asolaban los países en vías de desarrollo durante las décadas de 1950 y 1960, Huntington observó que los crecientes niveles de desarrollo económico y social producían golpes, revoluciones y tomas del poder por parte de los militares con más frecuencia que transiciones tranquilas hacia la moderna democracia liberal. La razón, señalaba, era la distancia entre las esperanzas y expectativas de un pueblo que había alcanzado recientemente la movilización, la educación y cierto poder económico, y el sistema político existente, que no ofrecía un mecanismo institucionalizado para la participación política. Podría haber añadido que esos regímenes de instituciones frágiles estaban a menudo sometidos a un capitalismo de amigotes, que no aporta trabajos ni beneficios para la clase media. Pocas veces los más pobres dirigen ataques contra el orden político existente, apuntaba Huntington; tienden a dirigirlos las clases medias ascendentes, que se sienten frustradas por la falta de oportunidades políticas y económicas: un fenómeno que ya señaló Alexis de Tocqueville en su magistral análisis de la Revolución francesa y que volvió a plantear a comienzos de los años sesenta la célebre teoría de la curva J en la revolución.1

Algo parecido a ese proceso del que hablaba Huntington se ha desarrollado en los últimos meses en Túnez y Egipto. En ambos casos, las protestas contra el gobierno no estuvieron dirigidas por los pobres de las ciudades o por redes islamistas clandestinas, sino por jóvenes de clase media relativamente bien educados y acostumbrados a comunicarse a través de Facebook y Twitter. No es un accidente que Wael Ghonim, el jefe de marketing de Google en la región, haya emergido como un símbolo y líder del nuevo Egipto. Las quejas de los manifestantes se centraban en que los regímenes autoritarios de Ben Ali y Mubarak no les ofrecían un camino coherente hacia la participación política, y no les aportaban trabajos adecuados para su estatus social. Después, en ambas sociedades, a las protestas se sumaron otros grupos –sindicalistas, islamistas, campesinos y virtualmente cualquiera que estuviera descontento con los viejos regímenes– pero la fuerza motriz siguió correspondiendo a los segmentos más modernos de la sociedad tunecina y egipcia.

Las sociedades carentes de instituciones capaces de acomodar nuevos agentes sociales producían una condición que Huntington llamaba pretorianismo, donde la participación política asumía la forma de golpes, manifestaciones, protestas y violencia. En esas circunstancias los militares tomaban el poder con frecuencia, porque eran el único agente social organizado capaz de dirigir un gobierno. El primer autócrata de la república egipcia, Gamal Abdel Nasser, llegó al poder de ese modo en julio de 1952, cuando su movimiento de Oficiales Libres representaba a la clase media ascendente de Egipto. La tragedia del Egipto moderno es que en el más de medio siglo que ha pasado desde entonces apenas ha habido una evolución política importante: es decir, en los términos de Huntington, la aparición de instituciones modernas que pudieran canalizar de forma pacífica la participación ciudadana.

Entretanto, el desarrollo socioeconómico ha sido acelerado: entre 1990 y 2010 el Índice de Desarrollo Humano (un indicador compuesto por los parámetros de salud, educación e ingresos, y recogido por la onu) subió un 30% en Túnez, y un 28% en Egipto. Ambos países produjeron decenas de miles de graduados universitarios sin futuro discernible, y una distribución asimétrica en la que una parte desproporcionada de los beneficios del crecimiento iba a un pequeño grupo de personas políticamente conectadas. El análisis del Egipto de las décadas de 1950 y 1960 que hizo Huntington sigue siendo inquietantemente relevante hoy en día.

En el orden político Huntington también hacía una observación más amplia sobre el proceso del desarrollo. La importancia del libro debe valorarse en el contexto de la teoría de la modernización posterior a la Segunda Guerra Mundial, que a su vez recurría a la teoría social europea clásica del siglo xix y que articularon académicos como Edward Shils, Talcott Parsons y Walt W. Rostow. La teoría estadounidense de la modernización postula que el desarrollo es un proceso sencillo y consistente. El desarrollo económico, cambiantes relaciones sociales como la ruptura de los grupos vinculados por el parentesco y el aumento del individualismo, una educación de nivel más elevado y más inclusiva, cambios normativos hacia valores como “logro” y racionalidad, la secularización y el crecimiento de instituciones políticas democráticas se consideraban partes de un todo interdependiente.

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