El mito de la France Résistante

Entre 1940 y 1944, pese a la ocupación nazi, florecieron en París la pintura, el teatro, la literatura y hasta los cabarets. Sartre daba clases en sustitución de un judío deportado. Picasso recibía oficiales nazis en su estudio. La historiadora Andrea Martínez Baracs comenta el libro de Alan Riding (Y siguió la fiesta) y expone la verdad detrás del mito de la Resistencia francesa.

 

En estos días, puede verse una gran exposición en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de París: El arte en guerra. Francia, 1938-1947. Pese a su título heroico, los textos que acompañan al elegante y pesado catálogo dan una idea de la incapacidad de los parisienses actuales –y de los funcionarios culturales en particular– para enfrentar su incómodo pasado, pues en la concepción misma de la muestra y en los textos de su catálogo abundan las contradicciones, las revelaciones incómodas, los olvidos aberrantes y las florituras retóricas para encubrir los hechos reales.¿De verdad se puede hablar de un “arte en guerra” durante la ocupación nazi de Francia?

A la luz de lo que se sabe acerca de la conducta de los artistas en París durante ese periodo, la afirmación del actual alcalde francés en el prólogo aparece como un cliché muy poco relacionado con la realidad: “La mayoría se ven obligados a esconderse o a huir a fin de continuar a pesar de todo su trabajo, en la clandestinidad o el combate.” El director del museo parisiense, Fabrice Hergott, admite que, así como hubo resistencia, hubo en la misma medida colaboración. Sin embargo, para el funcionario lo heroico fue defender un “arte francés”, hecho que “por sí mismo desde el inicio representó un acto de Resistencia”. Lamentablemente, la defensa de lo francés fue la gran  justificación del gobierno de “Revolución Nacional” encabezado por Philippe Pétain.

Antes de su definitiva nazificación a partir de 1942, el régimen de Pétain contribuyó al florecimiento cultural francés. Incluso no sería exagerado afirmar que la supresión de los judíos abrió espacios a los jóvenes franceses, quienes pudieron destacar gracias a esa oportunidad. Este hecho decisivo –y notable en la industria cinematográfica, por ejemplo, creada por judíos– es algo para lo cual Hergott no tiene respuesta. ¿La expulsión de los judíos, hoy incómoda, fue o resultó ser en el fondo también un acto nacionalista, de apoyo al “arte francés”?

Los escritos introductorios declaran abiertamente que entre 1940 y 1944 París experimentó el florecimiento de su vida cultural: en pintura, el régimen otorgó subvenciones dedicadas al arte religioso, gracias a las cuales se produjo un renacimiento del arte sagrado (Rouault, Bonnard). En el teatro, los nazis implantaron un corporativismo que condujo a una profesionalización y a un sistema de subvenciones para el teatro público y privado, de la capital y de provincia, adquisición fundamental que continúa hoy en día. Sin embargo, la constatación de este esplendor artístico supuso, para los autores de los textos que acompañan al catálogo, omitir hechos vergonzosos: en la nota sobre el cine, por ejemplo, los autores sintomática y muy lamentablemente olvidan mencionar la previa limpia de todos los judíos y, en cambio, hablan de “la certidumbre de haber vivido una de las más brillantes épocas que haya conocido el cine francés”. De ese modo, en un libro que habla supuestamente sobre el “arte en guerra”, no aparece una lista de los numerosos artistas judíos que debieron huir o murieron a manos de los nazis, de la policía parisiense o de Vichy.

El historiador Julian Jackson habla, por su parte, de la “estrategia diabólica de los alemanes” y de la paradoja  de que la ocupación haya sido un “periodo brillante de la vida cultural francesa”, con más de cien obras de teatro representadas, incluidas piezas de Sartre, Camus, Montherlant, Anouilh, Cocteau, Claudel, Giraudoux. Menciona rutinariamente la suerte de los judíos, pero no puede sino cifrar la época en esta frase terrible: “para la mayoría de los franceses, la persecución antisemita no tuvo un gran impacto”. ¿Cómo explicar la conducta de los parisienses –y en especial de la comunidad artística– frente a la ocupación alemana?

A ese ingrato periodo y a la manera en que los artistas e intelectuales abordaron “el peor momento político de la ciudad en el siglo XX”, dedica Alan Riding su libro más reciente: Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis (traducción de Carles Andreu, Crítica, 2012, 496 pp.).

El antisemitismo en Francia no era nuevo. Se había mostrado en toda su amplitud en la sentencia a cadena perpetua, en 1894, del capitán Alfred Dreyfus, un oficial judío del ejército francés acusado con pruebas falsas de ser un espía de Alemania. Aunque el militar fue defendido por un grupo de intelectuales encabezados por Émile Zola y exonerado en 1906, el caso Dreyfus desató y de algún modo dio legitimidad a un antisemitismo muy profundo entre la burguesía y los intelectuales. Ese antisemitismo y la xenofobia fueron atizados por la oleada de inmigrantes que llegó después de la Primera Guerra Mundial. La población judía en Francia pasó de 95 mil en 1900 a trescientos mil en 1940, gran parte de la cual se estableció en el este de París. A partir de 1935, entre los intelectuales y los estudiantes tomó mucha fuerza la extrema derecha nacionalista y antisemita, lo mismo que el comunismo.

Una nación confundida y dividida como la francesa, en lo que Alan Riding llamó “un autoengaño monumental”, eligió ignorar el ascenso del nazismo y la inminente necesidad de enfrentar su agresiva expansión. Cuando el 3 de septiembre 1939 Inglaterra al fin declaró la guerra a Hitler y Francia la siguió horas después, su postura fue tan poco sincera que no implicó un esfuerzo bélico serio o una toma de posición más completa. Se le llamó la drôle de guerre (“la extraña guerra”) y lo fue en varios sentidos: en el interior del país, en vez de acallar a fascistas y pronazis, la policía se dedicó a perseguir y encerrar en campos de concentración a artistas y refugiados en su mayoría judíos. En el plano bélico, por otro lado, la preparación fue aberrantemente tardía e insuficiente, y condujo a una humillante derrota.

Los alemanes lanzaron su ofensiva contra Europa occidental el 10 de mayo de 1940. Las tropas francesas fueron neutralizadas y los alemanes penetraron sin resistencia. Mientras unos ocho o diez millones de franceses huían hacia el sur, la ocupación de la mitad norte del país –incluida París– tomó escasas semanas (la mitad sur, salvo la costa atlántica, quedó bajo el régimen antisemita y de extrema derecha del mariscal Pétain, con sede en Vichy). Cerca de dos millones de soldados franceses fueron capturados por el ejército alemán. Muchos intelectuales y artistas antinazis, así como los judíos que lograron hacerlo, se escondieron primero en el sur, y después huyeron de Francia.

La toma de París se llevó a cabo sin la menor resistencia.

La humillación de la derrota francesa se acrecentó por las condiciones de su sometimiento: Francia debía dar a Alemania, por día, el equivalente actual –por su capacidad adquisitiva– de ciento veinte millones de dólares. La tasa de cambio subió por decreto de doce a veinte francos por marco alemán. Además, Alemania volvió a anexar la Alsacia y Lorena, así como un área pequeña al noroeste, y la región alpina del sureste de Francia fue puesta bajo control de Italia. Por cada prisionero de guerra francés liberado, Berlín imponía el envío de tres trabajadores calificados a Alemania –las mujeres debían servir en trabajos definidos por el régimen de Vichy–. La cuota, de 250 mil trabajadores franceses, para suplir a los alemanes que iban al frente ruso, no pudo cubrirse con voluntarios, por lo que terminó siendo obligatoria. Se cumplió a fines de 1942 y a cambio fueron liberados noventa mil presos. Entre junio de 1942 y julio de 1944, arreciando ya la guerra de los aliados, Hitler impuso a Francia el Servicio de Trabajo Obligatorio (sto), por el cual más de seiscientos mil hombres y mujeres tuvieron que ir a laborar a Alemania. Eso significaba que podían apresar a las personas en cualquier sitio. Para huir del sto, multitudes buscaron ingresar a la Resistencia rural (el llamado maquis) en ese periodo tardío de la ocupación. La economía francesa debió reconvertirse en apoyo de las necesidades de su nueva metrópoli y la guerra impuso a los franceses carestía, racionamientos y frío en invierno.

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Comentarios (6)

Mostrando 6 comentarios.

Al leer, no pude evitar hacer una  comparación con lo que se está y ha estado viviendo en territorios ocupados y dominados por los narcos.

Todos callan y temen, esperan que (en este caso) las fuerzas federales impongan la paz y la "normalidad". Cooperan y callan, trabajan y callan.

Si una hija se "enamora" de uno de ellos, se temen y acepta lo bueno y lo malor. Igual si alguién cercando se enrola ¿Qué y cómo se puede opinar de un miedo que no se ha vivido ni asumido?

Clarificar hechos, beneficia para situar imágenes y modificar premisas, pero ¿para opinar o juzgar?

Lo veo muy difícil. Aquí ambién se respira miedo y nadie actúa por temor, nadie denuncia.

Francia es la puta de Europa; cual es la novedad?

Todas las sociedades humanas son unas putas cuando se trata de sobrevivir y adaptarse. Como (aquí en Mexiquito) la sociedad poblana que festejó con alborozo una visita del emperador Maximiliano, o las damas de la sociedad "decente" que aprovisionaban a las tropas huertistas acuarteladas en la Ciudadela durante la Decena Trágica. La lista de acciones como éstas sería infinita.

Es magnífico tu artículo pues establece, sin posibilidad de rebatirlo, el entorno francés durante la ocupación alemana. La resistencia, como lo afirmas bien y sostenidamente, la resistencia francesa es uno de los varios mitos franceses. El libro de Riding debería convertirse en obra de cabecera para juzgar los méritos más que dudosos de la Francia del siglo XX.

Excelente trabajo de investigación y narrativa, felicidades!. Siempre es importante por lo esclarecedor que es el hablar de las realidades de épocas tan turbias como lo es el tema presente.

 

Gracias.

"12 mil 884 judíos". ¿Qué modo de escribir es éste?

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