Diagnóstico y escenarios de la violencia en México

Entrevista con Eduardo Guerrero

Especialista en materia de seguridad y transparencia, Eduardo Guerrero (doctor en ciencias políticas por la Universidad de Chicago y socio de Lantia Consultores) analiza la violencia en el sexenio que termina y plantea los retos que enfrentará el gobierno entrante.

Noviembre 2012 | Tags:

Hay autores que dicen que vivimos en un estado de guerra civil. El Departamento de Estado norteamericano afirma que vivimos una situación de insurgencia. ¿Cómo definirías tú la situación que vive México?

No coincido con estas caracterizaciones. En México tenemos diversas zonas con una alta incidencia de delitos de alto impacto, sobre todo de homicidios dolosos, pero no se trata de una situación generalizada en todo el territorio nacional. La violencia está ubicada en puntos específicos del país que se han ido extendiendo. Lo que tenemos es una situación de alta violencia criminal, de homicidios vinculados con el crimen organizado, que categorizo en dos vertientes: la primera es de homicidios relacionados con los cárteles, nacidos de conflictos entre estas organizaciones criminales, que disputan rutas, que pelean por casas de seguridad donde almacenan temporalmente la droga, y que tiende a ser una violencia discreta, pues a estos grupos no les conviene producir una violencia ni escandalosa ni visible porque, como ellos dicen, “les calienta la plaza”: atrae presencia policiaca y militar, y eso para ellos es un estorbo. Estos grupos preferirían pasar inadvertidos; por eso, cuando recurren a la violencia, tratan de esconder los cuerpos en las ahora llamadas “narcofosas”. La otra vertiente es la violencia de mafias locales que participan en los mercados de protección ilegal. Se trata de una violencia escandalosa, con fines propagandísticos, que los criminales usan como recurso publicitario para construirse una reputación de alta violencia en la zona donde operan. Esa extrema violencia les sirve para hacerse de un nombre y con él extorsionar a establecimientos mercantiles, de los que extraen rentas periódicas, mensuales o quincenales. Este fenómeno se ha generalizado en varias regiones; ya no es solamente un problema de gente adinerada, pues también extorsionan al dueño de una tienda de abarrotes que de un carrito de hotdogs, a todos les piden cuotas de protección. ¿Por qué tenemos este fenómeno que no teníamos antes, y que es muy diferente a la violencia que practican los cárteles? Llamo “mafias” a estas células, pues se dedican, como lo mencioné antes, a la venta de “protección ilegal” (concepto acuñado por uno de los principales estudiosos de la mafia italiana, Diego Gambetta). Cuando en una zona comienza a generarse caos y violencia, y la gente empieza a sentirse desprotegida, con miedo de que agredan a su familia o de que le incendien la fábrica –y las autoridades en la zona, llámese policía municipal, estatal o federal, son débiles o están coludidas con los criminales–, entonces la gente sale a buscar a alguien que la proteja: se enteran de cuáles son las bandas o las pandillas que operan en la zona, se informan sobre cuál es la más poderosa, y le solicitan protección (están dispuestos a pagar una renta por eso). Muchas veces, antes de que las personas busquen protección, alguien les exige un pago, conocido como “cuota” o “derecho de piso”, a cambio de esta protección. En un contexto de violencia se genera tanto demanda de protección como oferta de protección. Muchas veces es la demanda la que genera la oferta y da surgimiento a estas células mafiosas. Cuando se tiene a grupos de gente armada capaces de proteger una zona, se puede utilizar a ese mismo tipo de gente para cometer diversos ilícitos, como secuestro, trata de personas, tráfico de migrantes o robo de combustible. Si se logra consolidar un grupo de sicarios que ya trabajaron con un cártel, que usan armas potentes y que se desenvuelven con gran soltura en ese ambiente duro, pueden hacerse grandes negocios, como lo están haciendo varias células criminales en el país.

 

¿Existe una tipología local respecto a la violencia? Tengo la percepción de que en el noroeste las organizaciones están dedicadas sobre todo al narcotráfico; en cambio, en el noreste las organizaciones diversifican sus actividades y se dedican, también, al secuestro, la extorsión, la trata de personas.

Quienes estamos analizando el fenómeno de la violencia no tenemos teorías previas, es algo que nos tomó por sorpresa; no tenemos una literatura analítica que nos oriente, que nos dé claves para comenzar a entender lo que estamos viendo. Ahora sabemos que no existe una sola explicación. Lo que estamos haciendo es segmentar el fenómeno y ver cómo funcionan las distintas partes. Es muy particular la criminalidad que se observa con los Zetas, que nació como un brazo armado del cártel del Golfo y que está innovando en el modo en que se organizan para delinquir. Los cárteles tradicionales, como el de Sinaloa, funcionan como una organización centralizada que contrata sicarios, que posee una estructura de empleados vinculados jerárquicamente, con líneas claras de mando. En cambio, los Zetas trabajan bajo un esquema de franquicia: “colonizan” gradualmente territorios y en cada uno de ellos se vinculan a las organizaciones criminales locales y las obligan a utilizar su nombre. A cambio de eso, los Zetas les proporcionan armas, protección jurídica, a veces pagan sus servicios con drogas. A cambio, la organización delictiva local tiene que ceder a los Zetas un porcentaje de sus utilidades. El resultado ha sido muy exitoso en términos de expansión territorial: los Zetas se han extendido rápidamente en muchos estados del país. Deben de ser un poco más de veinte estados donde operan, que son muchos dada su corta vida como organización criminal autónoma (su presencia es incluso mayor que la del cártel de Sinaloa). También ha sido impresionante cómo los Zetas han reaccionado ante la embestida del gobierno, que el año pasado decidió focalizar su esfuerzo contra ellos en Tamaulipas, Veracruz, Nuevo León y San Luis Potosí. Los Zetas –además de enfrentar en su territorio esta embestida, a la que se sumó el cártel de Sinaloa con el fin de debilitarlos y desplazarlos de algunas plazas muy codiciadas– han tenido la capacidad de movilizar células para lanzar ataques al cártel de Sinaloa en sus principales bastiones: Guadalajara, Mazatlán y Culiacán. Estos ataques han enviado un mensaje claro: son una respuesta a las agresiones que el gobierno y el cártel de Sinaloa han infligido a su gente, sobre todo en Veracruz.

 

A la luz de los resultados, ¿qué balance haces de la estrategia seguida por el gobierno de Calderón en su combate contra la delincuencia?

El presidente Calderón fue valiente en enfrentar un problema de esta magnitud, que había permanecido latente y que culminó en una crisis en Michoacán durante el gobierno anterior. Calderón asumió el poder y encontró zonas en Michoacán por donde ya ni siquiera el gobernador, Lázaro Cárdenas Batel, podía desplazarse. Dado que es michoacano, el presidente estaba bien informado de lo que ocurría ahí. Por ello fue receptivo a la preocupación del gobernador Cárdenas, y decidió armar el operativo del 11 de diciembre. Ese primer operativo contra la Familia, que era el cártel predominante en la zona, logró bajar abruptamente los niveles de violencia, y además consiguió decomisos importantes de droga, de efectivo y de armas. De inmediato la opinión pública aplaudió la acción y los niveles de aprobación de Calderón probablemente aumentaron. Calderón asumió la presidencia en condiciones muy complicadas, en medio de cuestionamientos muy fuertes de la oposición. Al ver que este tipo de acciones, además de responder a una exigencia de la sociedad, son también redituables en términos de imagen y de aprobación de la opinión pública, decidió seguir por esa vía y puso en marcha dos operativos más en 2007 y cinco más en 2008. Fue en ese año que la violencia escaló, en un periodo de tiempo muy corto, a niveles muy altos.

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