Roy Spivey

Noviembre 2011 | Tags:

Me he sentado dos veces al lado de un hombre famoso en un avión. El primero fue Jason Kidd, de los Nets de Nueva Jersey. Le pregunté por qué no volaba en primera clase y me dijo que era porque su primo trabajaba para United.

–¿No sería esa mayor razón para que te pongan en primera?

–Está bien así –me dijo estirando las piernas en el pasillo.

Ya no insistí porque ¿qué sé yo de los pormenores que conlleva ser una celebridad deportiva? No volvimos a hablar durante el resto del vuelo.

No puedo darles el nombre de la segunda persona famosa, pero les diréque es un galán de Hollywood que está casado con una joven estrella. Además, su nombre incluye la letra “V”. Es todo. No puedo decir nada más. Una pista: espías. Bueno, basta, de verdad es todo. Lo llamaré Roy Spivey, que es casi un anagrama de su nombre.

Si yo fuera una persona más segura de mí misma no me hubiera propuesto para ceder mi asiento en un vuelo atestado, no me hubieran pasado a primera clase y no me hubieran sentado junto a él. Fue el premio a mi falta de voluntad. Durmió durante la primera hora y era sobrecogedor ver esa cara tan famosa parecer vulnerable y vacía. Él tenía ventanilla y yo pasillo, y sentía como si estuviera cuidándolo, protegiéndolo de los destellos y los paparazzi. Duerme, pequeño espía, duerme. En realidad no es pequeño, pero todos somos niños mientras dormimos. Por esta razón, siempre dejo que los hombres me vean dormida desde el principio de nuestra relación. Les hace darse cuenta de que, aunque mido 1.80, soy frágil y necesito que me cuiden. Un hombre que puede percibir la debilidad de un gigante sabe que es, en efecto, un hombre. Pronto, las mujeres pequeñas lo hacen sentir casi amanerado y, he aquí, ahora le gustan las mujeres altas.

Roy Spivey se movió en su asiento, empezando a despertar. Rápidamente, cerré los ojos y luego los abrí lentamente, como si yo también hubiera estado durmiendo. Ay, pero él todavía no acababa de abrir los suyos. Cerré los míos otra vez e inmediatamente los abrí, lentamente, y él abrió los suyos lentamente y nuestras miradas se encontraron y parecía como si hubiéramos despertado de un solo sueño, el sueño de toda nuestra vida. Yo, una mujer alta y sin embargo ordinaria; él, un extraordinario espía, pero no de verdad, solo un actor, pero no de verdad, solo un hombre, quizás incluso solo un niño. Ese es el otro efecto que tiene mi altura en los hombres, el más común: me convierto en su madre.

Hablamos incesantemente durante las siguientes dos horas, con ese tipo de conversación que trata específicamente de todo. Me contó detalles de su esposa, la bellísima M. ¿Quién hubiese pensado que era tan atormentada?

–Claro, todo lo que sale en los tabloides es verdad.

–¿Ah, sí?

–Sí, especialmente lo de sus problemas con la comida.

–¿Y lo de las infidelidades?

–No, no lo de las infidelidades, claro que no. No puedes creer lo que lees en los bloides.

–¿Bloides?

–Los llamamos bloides. O tabs.

Cuando sirvieron la comida fue como si estuviéramos desayunando juntos en la cama y cuando me levanté para ir al baño bromeó: “¡Me abandonas!”

Y yo dije: “¡Volveré!”

Mientras caminaba por el pasillo, muchos de los pasajeros me miraban fijamente, especialmente las mujeres. Los rumores se expandían con rapidez en este pequeño pueblo volador. Quizá hasta había algunos reporteros de los bloides en el vuelo. Había lectores de bloides, eso seguro. ¿Habíamos hablado demasiado alto? A mí me habría parecido que susurrábamos.Sentada en la taza, me miré en el espejo preguntándome si sería yo la persona más insulsa con la que él había hablado. Me quité la blusa y traté de lavarme debajo de los brazos, algo que realmente no es posible en un baño tan pequeño. Me eché agua conlas manos en las axilas y acabó sobre mi falda. Estaba hecha de esa tela que se vuelve mucho más oscura al mojarse. Vaya lío en que me había metido. Reaccioné rápidamente: me quité la falda, la empapé en el lavabo, la exprimí y volví a ponérmela. La alisé con las manos. Listo. Había quedado toda entera en un tono más oscuro. Caminé de vuelta por el pasillo, teniendo cuidado de no rozar a nadie con mi falda oscura.

Cuando Roy Spivey me vio, gritó: “¡Has vuelto!”

Me reí, y dijo: “¿Qué le ha pasado a tu falda?”

Me senté y le expliqué toda la historia, empezando con lo de las axilas. Me escuchó atentamente hasta que terminé.

–Bueno, y al final, ¿te pudiste lavar las axilas?

–No.

–¿Te huelen?

–Creo que sí.

–Puedo olerlas y decirte.

–No.

–No hay problema, así es en el mundo del espectáculo.

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Comentarios (5)

Mostrando 5 comentarios.

Muy real, porque simepre nos detenemos en esas frivolidades?nos entretienen tanto que olvidamos las cuestiones mas profundas o con mayor validez moral y personal.

De alguna manera, siempre dejamos escapar la oportunidad por algún miedo tonto. Pasado el tiempo, no queda más que suspirar.

Me pareció muy divertido

El simple anhelo

Me encantó, fue ágil, agradable y delicioso.

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