Convivio

UNAM: Reflexiones Críticas

Vuelta a Copilco

Guiado por la invisible mano de Luisa Bonilla, en esta entrevista Guillermo Sheridan analiza los principales problemas de la UNAM: voracidad sindical, ineficacia administrativa, desprecio hacia la docencia, privilegios y canonjías de los órganos administrativos y un largo etcétera.

A diez años de la huelga, y de su libro Allá en el campus grande (Tusquets, 2000), sigue usted siendo muy crítico de la UNAM. ¿Nada ha cambiado?

Bueno, soy crítico en general, supongo. Hace treinta años que la UNAM, en su superior sabiduría, me contrató para escribir libros sobre la historia de la poesía mexicana, así que es como mi otro país. Me he pasado la vida en ella y es mi patrona y la quiero y está llena de actividades y personas que admiro y respeto, e, inevitablemente, también reparo en sus vicisitudes y las platico, o me las platico. Lo hago desinteresadamente y sin provecho. Hay quienes creen que lo hago con mala fe o, peor aún, por consigna. Yo me alzo de hombros. Esto de que la UNAM es un país quizás no sea exageración: tiene territorio, himno, leyes, policía, sistema de gobierno, clases sociales, rituales, política. Vamos, tiene hasta territorio en rebeldía. Y además es de primer mundo: un país welfare, sin desempleo y sin cárceles. Su problema, claro, es que no acuña moneda y genera sólo el 10% de lo que cuesta. Ahora, a diferencia de otras instituciones, sí me parece que en una universidad la crítica es obligatoria y necesaria, y más en México, y más en estos tiempos. Una universidad que critica sin criticarse se devalúa.

 

La impresión es que no hay mucha crítica sobre las universidades en general.

Bueno, sí, y más ahora que la crítica se ejerce sin cortapisas y que todas las instituciones políticas, económicas y sociales son objeto de crítica, de la baladronada editorial a la crítica serena e inteligente. Y sí, parecería que las universidades tienen una dispensa. Pero me llama la atención más todavía que la universidad misma no se critique, o que no lo haga con tenacidad y enjundia similares a las que algunos que viven en ella ponen en su crítica, digámosle, extramuros. El tonante iracundo que zarandea al gobierno federal en su artículo semanal, escrito en su cubículo de la UNAM, ¿no tiene nada que criticarle a la UNAM? El denuedo con que critica al sistema educativo ¿por qué se detiene ante las universidades? Es curioso que cierta UNAM sea tan conventual y conservadora hacia adentro como “progresista” hacia afuera; PRI de su casa y PT de la calle.

 

Se diría que quien es buen juez por su casa empieza.

Pues sí, pero en México se entiende que el que se mete con la familia no es buen juez: o tiene intereses o es un suicida. “Hay que atrevernos a decir las cosas”, dijo el rector José Narro hace unos días ante el presidente. ¿Podría ser de otro modo? La crítica al interior de la UNAM no se podría ejercer sin irritar a colegas o grupos, sin arriesgar recompensas o afectar intereses muy entretejidos. Cierta idea de la lealtad que parece incluir la reserva. Y las universidades son instituciones piramidadas, donde se hacen carreras largas que conviene llevar sin sobresaltos. Por otro lado, cuando algún politólogo o economista aplica su ciencia a los problemas de la UNAM y los hace públicos, no se leen como crítica, sino como política, por ejemplo, porque hay un cargo en disputa. Sólo parece surgir la crítica cuando se ha acumulado un exceso de presión y hay una huelga. Bueno, a veces la crítica “progresista” dice la verdad sobre el sindicato, que tiene todos los vicios tradicionales del sindicalismo mexicano, pero no lo critica por eso, sino por pugnas al interior del PRD. Las denuncias son atroces y, luego, el silencio. Por otro lado, habrá muchos universitarios con intereses políticos para los que la UNAM ya sirve muy bien para lo que debe servir.

 

¿Ha cambiado la UNAM en esta década que coincide con la llegada al poder del PAN?

Bueno, entre sus ideólogos, si se habla de la transición democrática es para decir que la democracia no sirve, o que la transición fue hacia el lado equivocado, o bien para ponerla de ejemplo y revivir la vieja fantasía de someter los cargos directivos universitarios al voto “popular”, que incluye el de estudiantes y trabajadores. Ya lo dijimos: es un país. Si bien la denuncia del presunto afán privatizador del gobierno se remonta a 1991, 1992, se presume que el gobierno panista aumenta la presión. Ahora, que al hablar de la UNAM se piense sobre todo en su protagonismo político es ya un signo de que no ha cambiado mucho, y que si la UNAM sirve para educar e investigar, que es lo mejor que tiene, conserva una plusvalía política, que no es lo mejor que tiene. Estos años han agudizado la disputa sobre si debe ser política o no. Una disputa que viene desde 1933, por lo menos, cuando la agresión de Bassols y la famosa polémica entre Caso y Lombardo, sobre si debe generar y difundir conocimiento sin meterse en política o si es una institución social, un ente político, una cosa pública. Bueno, parecería que esa pugna se ha resuelto en este último sentido y que se cerró el periodo en el que se pensó en el otro.

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