Sinónimos y distingos

Quien encadena sinónimos se desliza en el fango de la ambigüedad. Multiplicarlos no es signo de riqueza verbal sino de pobreza de pensamiento, pues cada palabra conlleva un matiz sutil por el que se distingue de otras, argumenta Gabriel Zaid.

Octubre 2011 | Tags:

Cuando don Quijote vio venir dos leones enjaulados en una carreta (enviados a Su Majestad desde Orán), sospechó una mala obra de encantadores, y ordenó al carretero que abriera la primera jaula (capítulo XVII de la segunda parte). Como le advirtieran del peligro, exclamó desafiante:

–¿Leoncitos a mí?

Procuraron todos apartarse de lo que iba a suceder. Don Quijote, temiendo que Rocinante se espantara, se apeó, “y desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón y luego a su señora Dulcinea”.

Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula.

La cerró el carretero y prometió contar al rey la portentosa hazaña. Don Quijote añadió:

–Pues si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, direisle que el Caballero de los Leones. Que de aquí adelante quiero que en este [nombre] se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la Triste Figura. Y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían o cuando les venía a cuento.

Francisco Rodríguez Marín, en su edición del Quijote, anota este pasaje (“trueque, cambie, vuelva y mude”) diciendo que Cervantes “gustaba de prodigar los verbos sinónimos o de significación análoga, quizá por algo de jactancia”. Pero la jactancia es de don Quijote, no de Cervantes, que se divierte imaginándola.

La retórica, que para todo inventa nombres innecesarios, llama datismo a este despliegue de sinónimos innecesarios, a partir de la burla contra Datis en La paz (289) de Aristófanes: “Me agrada, me alegra, me encanta”. ¿Será datismo la jactancia de que nuestra lengua tiene más palabras para decir lo mismo que cualquier otra? Jactancia absurda, porque un principio fundamental del habla es la economía. La multiplicación de sinónimos es un desperdicio y una fuente de confusiones. La riqueza del vocabulario no está en los sinónimos, sino en los distingos.

Llamar indistintamente almadía, balsa, barca, batel, bote, canoa, chalana, chalupa, chinchorro, dorna, esquife, falúa, góndola, jangada, lancha, trajinera ozatara a una embarcación pequeña no es riqueza, sino pobreza. Hay que distinguir. Las canoas se distinguen porque no se construyen, sino que se labran de una sola pieza, a partir de un tronco de árbol. Su nombre viene de los taínos que conoció Colón en el Caribe (Diario, 26 de octubre de 1492), lo cual hizo de canoael primer indigenismo que entró a la lengua española. Antonio de Nebrija (Vocabulario de romance en latín, 1516), recordando la Historia natural (VI, 35) de Plinio, donde habla de embarcaciones semejantes, recuperó acertadamente aquel latín para este vocablo nuevo: “canoa: nave de un madero, monoxylum”.

Una misma fruta puede tener distintos nombres en dos poblaciones, y si la comercian tienen que aclarar de cuál se trata. Del comercio resulta la preferencia por un solo nombre, que deja el otro para el uso local (si no desaparece). Cuando los dos persisten, el uso tiende a distinguirlos por algún matiz de significado o alguna circunstancia de uso; y ya no dicen exactamente lo mismo.

La confusión es indeseable. El buen gobierno empieza por rectificar los nombres, dice Confucio (Analectas XIII, 3). Sócrates elogia la elegancia de no usar boulesthai (querer) y epithymein (desear) como si fueran lo mismo (Protágoras 340). Distinguir es relativamente fácil cuando hablamos de realidades que no dependen de cómo se llamen. El oro se distingue del cobre con la piedra de toque y otros ensayos físicos o químicos. Lo mismo sucede, en menor grado, con las frutas, los pájaros y las embarcaciones. Pero no es tan fácil distinguir las realidades de querer y desear. En este caso, el análisis no se puede apoyar en distingos físicos, químicos o genéticos: es puramente conceptual, lo cual implica cierta circularidad. Lo nombrado depende del nombre. Las palabras usadas para definir movimientos del alma, ideas, ideales o realidades históricas y sociales se definen con palabras que, a su vez, requieren definición, y que también son históricas y sociales. Una misma palabra puede tener significados distintos en distintas épocas, en distintos gremios, en distintos niveles sociales. Las palabras usadas para aclarar requieren aclaración.

La circularidad llega a extremos cómicos cuando un diccionario define A como ‘especie de B’ y B como ‘especie de A’. Pero incluso cuando las definiciones de A y de B son independientes, su redacción puede no dejar clara la diferencia. Nunca se ha publicado un diccionario de distingos (con ese nombre), pero los diccionarios de sinónimos aparecieron como tales: para distinguir significados y hablar con exactitud. El primero se llamó La justes se de la langue françoise, ou les différentes significations des mots qui passent pour synonimes. Fue publicado por el abate Gabriel Girard en 1718 (puede leerse en Google Books). Sus recomendaciones para usar le mot juste se extienden a los insultos:

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Comentarios (1)

Mostrando 1 comentarios.

El concepto me interesa. Como traductor y escritor (mas que todo en ingles o al ingles) siempre pienso que el sinonomo es una ilusion, todo tiene un sentido diferente, o sea de registro o meramente de sonido, a veces importante en la poesia; o porque "similar" no es lo mismo que "lo mismo", a veces ayuda a envolver un concepto en su totalidad. Sin embargo, confiezo que mucho me choca cuando abogados o religiosos, por querer ocupar mas tiempo, son conceptualmente ultra-redundantes.

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