Sangre en las manos

El mundo corrupto y brutal del boxeo

Publicado hace una década en Esquire, este texto de Pete Hamill denuncia la decadencia y los peligros de un deporte que alguna vez fue un arte. Combinación de homenaje y alegato, este panorama del boxeo se inscribe en la mejor tradición del periodismo deportivo.

Agosto 2007 | Tags:

Los viejos amores demoran mucho para morir. Pueden sobrevivir decepciones y separaciones, pequeñas crueldades y efímeras pasiones, pero finalmente sucumben a la roedora erosión del tiempo. De pronto, una gélida mañana, amanecen muertos. Durante un tiempo demasiado largo fui amante del deporte brutal de las peleas de campeonato, pero ahora he llegado finalmente al gélido amanecer. No se puede amar a lo que habita una alcantarilla. Y el mundo del boxeo es ahora más fétido y repugnante de lo que jamás había sido en su escuálida historia.

Cada mes, en esta era de premios multimillonarios, de la televisión por cable y del pago-por-evento, las peleas de campeonato son arregladas por concertación. Hay falsos campeones en cada una de las divisiones de pesaje. Chicos valientes asumen negociaciones faustianas para obtener peleas donde podrían aspirar a títulos de campeonato, para luego ser robados y explotados por promotores rapaces. Cuando sus cerebros ya han sido apaleados y sus ojos triturados hasta la ceguera serán tratados como vagabundos, abandonados y en constante escarnio. En este país se trata mejor a los perros viejos que a los antiguos boxeadores de postín. Ya no quiero mirar más hacia ese mundo inmundo y contribuir en la continuidad de su existencia. Por lo menos, no en el estado en que se encuentra actualmente.

Cuando yo era joven y crecía en los bloques de apartamentos de la Nueva York posterior a la Segunda Guerra Mundial, el pugilismo era el príncipe negro de todos los deportes. Desde luego, el béisbol era nuestra religión secular, pero se jugaba en páramos soleados donde rara vez había jugadores lastimados. Muy poca gente de la América burocrática mostraba pasión hacia el futbol americano o el baloncesto.

Pero el boxeo exudaba el peligroso glamour de la noche urbana. Los viernes por la noche viajábamos en metro hacia el viejo Madison Square Garden. Antes de la función, el lobby se atiborraba con los chicos rudos de barrio y policías que libraban, viejos boxeadores con las caras ajadas, apostadores de ojos muertos y sombreros gris perla con terciopelo en las solapas de sus abrigos. Había muchos anillos en meñiques. Algunos tipos iban con sus mujeres, criaturas carnosas con cabelleras cegadoras y brillosos labios de grana. Todos fumaban y el aire mismo parecía cargarse con el inminente rito sanguíneo. Estábamos todos ahí para presenciar la transformación de la violencia en arte.

En su máxima forma de expresión, el boxeo era un arte. Para mi generación, el gran maestro era Sugar Ray Robinson, quien como campeón de peso welter y peso medio mostraba todas las cualidades que precisaban los grandes luchadores: soberbia técnica de boxeo, combinaciones en ráfaga de golpeo y el poder del nocaut en cada uno de sus puños. Él sabía de tácticas y de estrategias. Ejercía la astucia y la decepción. Preparaba espectaculares y elegantes emboscadas.

Por esa razón muchos de nosotros llenábamos el Garden y otras arenas no tan glamorosas de otras ciudades americanas. Queríamos ver a otro Robinson. No solamente por las habilidades que mostraba, sino por la otra inmensa cualidad que nos revelaba: corazón. No se trataba de simple valentía, pues sabíamos que cualquier hombre que se calzaba los guantes y entraba a un ring tenía un cierto grado de valentía o coraje, mayores a los de la mayoría de los hombres. Pero decir que un hombre tenía corazón era un asunto más complicado. El boxeador con corazón era capaz de soportar el dolor con tal de poder producirlo. El boxeador con corazón aceptaba las crueles reglas del deporte. No debía –ni podía– darse por vencido. Podía quedar desclasificado o superado, pero jamás buscaría una salida. Por eso el Muhammad Ali del apasionante combate en Manila será recordado mucho tiempo después de que hayamos muerto todos: había sobrevivido el salvaje purgatorio llamado Joe Frazier y emergió orgulloso y triunfante.

En su más gloriosa expresión, el pugilismo no era una película en la que cada acción estaba coreografiada y en donde siempre ganaban los buenos. Cuando veíamos una pelea, sabíamos que el daño era real. La sangre era real. El dolor era real. Cuando había un guión, cuando el resultado era sabido aun antes de que se lanzara un puñetazo, la pelea estaba arreglada.

En los años cincuenta, cuando me la pasaba en el Gimnasio de Sullivan y el Gimnasio Gramercy, había peleas arregladas. Frankie Carbo y Blinky Palermo y otros gángsters se habían adueñado del deporte; un campeón de peso ligero prestó su título en por lo menos dos ocasiones y la división de los pesos welter no era más que un montón de escoria. El objetivo de estas peleas arregladas era dar un golpe en las apuestas. Al boxeador se le daba dinero para que perdiera. Uno podía hacerse de un buen dinero si se llegaba a saber que un contendiente, abajo tres a uno en las apuestas, era el seguro ganador. Todos los metidos en el mundo del boxeo sabían lo que pasaba y los cronistas deportivos también lo sabían. Jimmy Cannon, del diario New York Post, llegó a definir al boxeo como “el distrito rojo de los deportes”.

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Comentarios (1)

Mostrando 1 comentarios.

Espléndido artículo. Revelador de una realidad que, o nunca nos imaginamos, o nos daba pudor/flojera/indolencia pensar, además de su valor en el reconocimiento a esos enormes talentos del box cuyas aportaciones describe con maestría, aunque olvida a muchos otros casos también grandiosos y tristes, olvido perdonable a cambio del mérito descriptivo de su prosa. Aplaudo la sugerencia de las modificaciones más que la alternativa de extinción, porque creo que el boxeo no se va a extinguir: es pasión universal y, como el autor dice, resabio de un pasado remoto, cuando la supervicencia de la especie dependía, entre otras cosas, de sublimar la natural y bienvenida agresividad para enfrentar y conquistar el contexto mediante un ritual sangriento, pero con reglas progresivamente civilizadas. De más está comentar la merecida paliza que propina a los vividores que rodean a los héroes del ring.

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