Presentación: Sobre la historia contrafactual

Octubre 2008 | Tags:

Se conoce como historia contrafactual el ejercicio de imaginar escenarios alternativos que respondan a la pregunta “¿Qué hubiera pasado si...?” La historia contrafactual es, simultáneamente, un método de análisis historiográfico y un género de creación literaria. Opera en dos momentos. En el primero se identifica un punto de divergencia con la historia real (una bifurcación significativa, la supervivencia o muerte de un personaje, la derrota o victoria en una batalla crucial). En el segundo se realiza la reescritura de la historia de manera consecuente con los cambios introducidos por la divergencia.

¿Qué hubiera pasado si Napoleón no es derrotado?, ¿si los confederados triunfan en la Guerra Civil norteamericana?, ¿si Alemania vence en la Segunda Guerra Mundial?, ¿si el comunismo soviético no se derrumba en 1991?, han sido algunas preguntas contrafactuales célebres, con respuestas diversas lo mismo en la historia que en la literatura.

Tito Livio formuló, hace casi dos mil años, el primer contrafactual del que se tenga noticia: si Alejandro Magno hubiera emprendido su conquista hacia el oeste en vez del este, habría iniciado una guerra con el Imperio romano. En el siglo XVIII, Gibbon se preguntaba: ¿qué hubiera pasado si los sarracenos vencen a Carlos Martel en el año 773? Entre burlas y veras, respondía: las verdades del Corán se proclamarían en las cátedras de Oxford ante un público de circuncidados.

Si bien existían antecedentes dispersos, el filósofo francés Charles Renouvier inauguró formalmente la historia contrafactual como género literario con la publicación en 1876 de su obra Ucronía: Esbozo histórico apócrifo del desarrollo de la civilización europea tal como no ha sido, tal como habría podido ser. El título de su obra acuñó una nueva palabra y contribuyó a definir un concepto: el de los contrafactuales como el equivalente de la utopía (un no lugar) en la historia. La genealogía iniciada por Renouvier cuenta entre sus miembros a autores como Winston Churchill, Philip K. Dick, Vladimir Nabokov, José Saramago y Philip Roth.

Asimiladas en el ámbito literario, las ficciones históricas han sido, sin embargo, repetidamente rechazadas en el mundo de la historiografía. No pocos historiadores las han juzgado juegos inconsecuentes, basura imposible de respetar académicamente. Convencido de la esterilidad de cualquier planteamiento contrafactual, el historiador británico E.H. Carr afirmó: “La historia es el registro de lo que la gente hizo, no de lo que dejó de hacer.” Ante una censura tan categórica, ¿por qué interesarse entonces en lo que no pasó?

Las razones son ricas y diversas. Si se desea realizar un análisis comparativo de las explicaciones causales en la historia, la perspectiva contrafactual es una necesidad lógica, como ha señalado Niall Ferguson. Del mismo modo, si se pretende conocer plenamente el pasado, los contrafactuales constituyen una exigencia metodológica, pues para comprender lo que ocurrió es imprescindible considerar todas las alternativas que en un momento histórico dado se manifestaron como posibles. Descontar estas alternativas como irreales porque no se cumplieron es, en palabras de H.R. Trevor-Roper, “no sólo un error, sino un error craso. Un error porque, aun cuando se frustraron, explican los motivos de los personajes y encierran una lección histórica”. Si ofrecen preguntas y respuestas plausibles, los escenarios contrafactuales pueden ser algo más que una especulación sin sentido: productos de la imaginación con una base empírica. Isaiah Berlin afirmaba, en un espíritu similar, que el realismo histórico consiste, precisamente, en “situar lo que ocurrió en el contexto de lo que pudo haber ocurrido”.

No es difícil entrever una razón adicional: los ejercicios contrafactuales nos liberan de la prisión de la necesidad histórica, recordándonos que la historia no tiene una orientación anticipada ni es gobernada por leyes filosóficas, materialistas o espirituales, sino que es el escenario de un enfrentamiento entre la libertad, la fortuna y la imaginación. Nos enseñan que la historia es una materia indeterminada, una sustancia más parecida a una nube que a un reloj.

Al concebir el devenir histórico como un territorio poblado de accidentes, actuaciones espontáneas y actos fallidos, las ucronías nos revelan, sobre todo, la prueba de nuestra fragilidad, y nos rescatan de la versión más obstinada del determinismo: la de pensar que las circunstancias del presente eran la única conclusión histórica posible. “La miseria del historicismo –es decir, de las visiones deterministas de la historia– es la miseria de la falta de imaginación”, sostenía Karl Popper, señalando una carencia menos estética que moral.

Los ejercicios de historia imaginaria ocurren en el cruce de la crítica y la fantasía, una fantasía que supone la crítica: el imaginarnos otros o disueltos en la nada implica suspendernos, mirarnos desde fuera con ojos descreídos. Las ficciones históricas son fantasías críticas que demuestran la inestabilidad del presente, la historia, la realidad.

Conjeturar un país imaginario, lo mismo a través de la historia que de la literatura, es arrebatar del limbo de la posibilidad algunos de los innumerables países que, latentes, también habitan nuestra historia: gemelos enemigos, desdoblamientos inquietantes, sombras de nosotros mismos frente a las cuales el país real se desdibuja y penetra en la irrealidad.

Nada distingue, en el ámbito de la posibilidad, a la historia existente de las historias imaginarias. El número de los pasados apócrifos que en su momento fueron tan plausibles como el pasado real es considerable. Nada los distingue, tampoco, en su verosimilitud. Bien mirado, nuestro pasado resulta tan inaudito como el más delirante de los pasados imaginarios, y pareciera que su único rasgo distintivo es haber sufrido el accidente de ser real. Este mapa, esta historia, pudieron haber sido la brutal fantasía de una imaginación feroz. Esbozar los pasados imaginarios de México es admitir la contingencia de nuestra historia y, desde ese extrañamiento, indagar en un pasado que nos conduzca, todavía más, al asombro. ~

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Comentarios (1)

Mostrando 1 comentarios.

Humberto Beck, al empezar este artículo, le atribuye a Tito Livio esta conjetura: "si Alejandro Magno hubiera emprendido su conquista hacia el oeste en vez del este, habría iniciado una guerra con el Imperio romano". Pues bien: esta navidad habrá que regalarle al espíritu de Tito Livio (y a lo mejor también a Humberto Beck) un buen libro de historia, porque Alejandro Magno murió en Babilonia en 323 a. C. mientras que Roma sólo fue un imperio a partir del año 27 a. C.

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